MUERTE BLANCA
Adela ensanchó los pulmones al salir de casa. La luz se le clavó en los ojos como esquirlas de cristal. El tiempo avanzaba inexorable en su contra. Atrás, el encierro; a sus pies, el asfalto ardiente; y por delante, cada vez más cerca, la muerte blanca.
Ese primer lunes de agosto, la ciudad moría atrapada dentro de una campana de humo y contaminación. La gente dibujaba caminos erráticos de sombra en sombra. Adela avanzaba como un fantasma más con zapatos de plomo. Por fin logró llegar y el estanco seguía abierto. El camino, tan corto en realidad, se le había hecho eterno. Se lanzó dentro a trompicones y lo inundó todo de olor a jazmín. Acabó apoyada con ambas manos en el mostrador para recuperar el equilibrio.
El dependiente levantó las cejas y dibujó una leve sonrisa. Ya la conocía de otras muchas veces. Ella, casi sin respiración, dijo:
—Qué bien que no ha cerrado.
—Aún queda media hora. ¿Qué desea?
—Ah, es cierto, que usted cierra tarde. Qué tonta. Y yo con tanta prisa. Quería tabaco, un cartón, del de siempre; ya sabe, para mi marido. Ah, espere. Y también esos caramelos de ahí. Perfecto, con tarjeta.
Pagó, cogió los caramelos y los metió en el bolso. El dependiente la observaba con los brazos cruzados. Adela se fijó en un póster que colgaba, algo ladeado, en la pared. Palmeras perfiladas al contraluz, el mar brillaba como un espejo esmeralda. Las gaviotas volaban libres en un cielo infinito. Sacudió la cabeza para salir de su ensoñación, debía volver a casa, no podía tardar tanto. Al cruzar la puerta, se llevó la mano a la frente: «¡El tabaco!». Agarró el envoltorio con un solo zarpazo. Iluminó el estanco con su sonrisa y se marchó como un soplo de aire fresco.
Aligeró el paso consciente de que su marido la esperaba. Cruzó la calle, tenía el semáforo a su favor. Un Ibiza blanco surgió en estampida, con el estruendo de una frenada inútil. Ella se giró a tiempo para ver cómo se le echaba encima, ya sin escapatoria. Extendió los brazos para protegerse. Antes de impactar contra el suelo, lo vio: el hombre que siempre iba a desayunar al Chiki. Allí estaba, con esos ojos verdes y ese pelo que desbordaba rizos de carbón sobre la frente. Observarlo a escondidas mientras tomaba el café cada mañana iluminaba el pozo en el que vivía. Ahora la miraba desde la acera con las manos hacia delante, como si quisiera agarrarla, pero demasiado lejos para hacerlo. Adela pensó en lo extraña que resultaba la presencia de aquel hombre, justo en ese momento.
El choque atrajo a mucha gente. Salían de los portales, bares y tiendas. Unos se arremolinaban como moscas en torno a Adela, tendida inconsciente en el suelo. Otros, alrededor del coche, ayudaban al conductor a salir. Lukas, el hombre de ojos verdes, se mantuvo al margen mientras hablaba por el móvil: «Marcial, ven a recogerme, rápido. Hay que resolver lo del hospital y luego tenemos que informar».
Un joven, menudo, salió con sigilo de un portal oscuro. Al dar la luz contra su rostro dejó ver una nariz alargada, ojos muy juntos y pelo negro, tan fino, que dejaba a la vista parte de su cráneo abultado. Posó la mirada de comadreja sobre Adela, y luego hacia el coche, boca arriba, las ruedas todavía giraban. Observó por un instante a Lukas, distraído con el móvil. Dio un paso rápido hacia atrás y desapareció entre las sombras. Al llegar la ambulancia, Lukas también se fue a paso ligero. Un coche negro, con los cristales tintados, le recogió un par de manzanas más allá.
***
Ese mismo día, lunes de sorpresas, la neblina de la tarde había comenzado a ocultar el sol. Adela descansaba en una cama de hospital, y Lukas se dirigía al despacho del alto comisionado. Debía presentar un informe completo sobre los acontecimientos.
Bajó del coche a las afueras, en una zona de almacenes abandonados. Una valla de alambre rodeaba el recinto. Paró un momento para tomar aire. No dejaba de darle vueltas a la situación. Se dedicaba a detectar anomalías. La vigilancia constante era su vida y, sin embargo, esa chica, a la que veía todas las mañanas en el desayuno, no había hecho saltar sus alarmas. Quizá le distrajo la actitud del marido. Era un error difícil de justificar. ¿Qué tenía ella que le había cegado? Rendir cuentas iba a ser complejo, pero por nada del mundo permitiría que le quitaran el caso. Movió la cabeza, no se le borraba el disgusto. Sacó la llave para abrir el candado. Tres dóbérmanes, negros como la noche, se acercaron a olfatearle. Les acarició con suavidad y siguió su camino. Fue derecho hacia uno de los edificios, el más grande. Empujó la puerta, que dejó escapar un largo quejido. El interior oscuro olía rancio, denso. Vio unas escaleras que bajaban. Los perros se sentaron fuera. Se ayudó con la linterna del móvil para descender hasta un sótano sumergido en humedad.
Cajas y muebles viejos se amontonaban en un caos polvoriento. Desplazó un armario que se apoyaba en la pared del fondo. Dejó al descubierto una especie de compuerta circular metalizada, parecida a las de los submarinos. Destacaba un rectángulo plano y liso en medio de la puerta. Solo con poner la palma de la mano encima, giró hacia él. Tuvo que retroceder para que no le golpeara, atravesó por el hueco y enseguida se volvió a cerrar. Escuchó el ruido del armario al colocarse en su sitio. «Ya no hay vuelta atrás, adelante, Lukas», se dijo. «Hay que dar la cara».
Atravesó un pasillo interminable iluminado por luces de emergencia. A veces se curvaba y todo el rato iba cuesta abajo. Se trataba de un gran tubo bastante estrecho que terminaba en otra puerta igual a la primera. Al pasarla, se encontró en un espacio esférico, amplio y bien iluminado. Una pantalla colgaba del techo y se situaba justo en el centro de la estancia. La cara distorsionada y borrosa en el monitor empezó a hablarle: «Rastreador Lukas, el alto comisionado le recibirá en este momento. Entre en la cápsula ocho». Paseó la mirada por las cincuenta cápsulas de cristal pegadas a las paredes en el perímetro de la habitación. Entró en la que le habían indicado y desapareció tras un gran fogonazo. Salió por otra en una estancia pequeña, rectangular y con el techo muy alto.
La iluminación obligaba a entrecerrar los ojos. Lukas se preguntó si habían colocado ese foco así, tan cerca de la entrada, como una estrategia para lograr la sensación de una sala de interrogatorios. El comisionado, en cambio, permanecía de pie, en la penumbra, en el otro extremo de la habitación; tras una mesa de madera oscura llena de filigranas. Su figura de casi tres metros se recortaba contra el ventanal, a su espalda. Las cortinas, echadas, filtraban un tono gris plomizo. Las paredes, abarrotadas de cuadros de distintos estilos y tamaños, transmitían un caos bastante incómodo.
Preparaba lo que iba a decir, anticipaba posibles respuestas y organizaba sus argumentos. Sabía que iba a resultar difícil, pero con el alto comisionado la firmeza y la prudencia eran virtud.
Levantó la vista cuando resonó, como desde una sima, la voz de Vidal al decir:
—¿Por qué no la ha detectado antes?
Se fijó en la alfombra con el eslogan de la agencia: «Si miras, te miran y si te miran, te ven». El latido acelerado de su corazón se acompasó poco a poco.
—Ha sido bastante inesperado debido al color de sus ojos. No son verdes, señor, sino color miel. Ya me he encargado del hospital. Está en una habitación bajo nuestro control. También me he ocupado del marido.
—Mandaremos a un captador. Redacte un informe detallado y que lo dejen en mi mesa.
—Con todos mis respetos, me gustaría llevar el caso yo —dijo Lukas.
Vidal le clavó el azul intenso de sus ojos, como estiletes de hielo.
—Usted no es captador. Regrese a su punto de observación.
—Pero lo he sido y sé lo que tengo que hacer. He coincidido con esa chica varias veces en mi primer puesto de vigilancia. Puedo acercarme a ella con ventaja.
—¿Debo recordarle por qué fue degradado a rastreador?
A los lados sobresalían varias vitrinas llenas de obras de arte y antigüedades polvorientas que, tan apelotonadas, asemejaban abejas en un panal. Resultaba muy difícil concentrarse con tantos objetos alrededor. Lukas intentó ignorarlos.
—Hace ya tiempo de eso. Desconfiará si se le acerca un desconocido, sin embargo, yo puedo conseguir que confíe en mí. Nos hemos cruzado un montón de veces por el barrio.
—Negativo.
—Mi expediente está lleno de honores. Fui un buen captador. Si me lo permite, demostraré que todavía lo soy.
Vidal se apretó el nacimiento de la nariz con los dedos. Todos los dolores empezaban ahí. Aquel asunto prometía una migraña de buen tamaño. Lanzó un suspiro.
—Le pondré a prueba. Ante cualquier duda, extracción inmediata. ¿Está claro?
—Clarísimo, señor. No fallaré, se lo aseguro.
—Le enviaré a uno de nuestros mejores fantasmas como apoyo y para garantizar el éxito de esta misión. Rastreador, retírese.
Lukas, al inclinar la cabeza, escondió una incipiente sonrisa. Con una profunda reverencia, se puso a andar hacia atrás para marcharse, mientras Vidal permanecía esculpido en piedra.
Una vez solo, el alto comisionado se dejó caer en la silla. Su trenza gruesa, color fuego, le rebotó como un látigo contra la espalda. Consciente de que debía avisar al gobernador Jeskel, cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y pensó: «Se avecinan cambios y no creo que sean a mejor. Serán, me temo, muchos problemas. Mis problemas».
***
Adela no se despertó hasta el día siguiente. Abrió los ojos con pereza. Veía borroso y pensó que estaba en casa. Quizá era por la mañana temprano o tal vez la siesta de la tarde. Volvió a cerrar los ojos, los párpados pesaban. Intentaba recordar el día, algo no iba bien. Los abrió de nuevo, esta vez con brusquedad. Parpadeó hasta lograr fijar la vista. Ya podía ver, pero no entendía aquel entorno blanco, aséptico, aquel olor a desinfectante. Intentó incorporarse. Un intenso pinchazo en la cabeza la hizo caer sobre la almohada. De pronto, la luz llegó a su cerebro. Aquello era un hospital.
Pensó en el resto de su cuerpo. Primero los brazos: levantó uno y luego otro. Tenía puesta una vía sujeta a una bolsa con un líquido transparente. Empezó a mover las piernas. Todo parecía estar en su sitio, pero, por si acaso, quitó la sábana de un tirón y pudo ver su cuerpo completo. Suspiró aliviada. Se tocó la cabeza con cuidado. Donde le había dolido estaba cubierto con gasas y esparadrapo. El reloj de la pared marcaba las tres de la tarde, la hora de comer; su marido se pondría furioso. Quiso incorporarse de nuevo, volvió el dolor y se mareaba. Se recostó. Las tripas se enroscaban como serpientes enloquecidas. Tenía la boca seca.
Entonces se abrió la puerta y entró Lukas con bata blanca. Llevaba un portapapeles en un brazo y, con el otro, le dio la mano.
—Señora Ramírez, hola, encantado. Soy el doctor García. Me alegro de que ya esté despierta. ¿Cómo se encuentra?
—Creo que bien. Me duele un poco la cabeza. ¿Qué ha pasado?
—Voy a tomarle la tensión. ¿No recuerda nada?
—Algo con un coche, creo.
—Sí, eso es. Y dígame: ¿Recuerda su nombre? Voy a ver si tiene fiebre, aunque no ha tenido hasta ahora.
—Me llamo Adela Ramírez. No recuerdo lo que pasó con el coche. Iba a cruzar la calle y, de pronto, lo tenía encima. ¿Qué ocurrió?
—Logrará recordarlo poco a poco. No lo fuerce. La tensión está perfecta y no tiene fiebre.
—¿Cuánto llevo aquí?
—Desde ayer.
—Todo el día. ¿Y mi marido? —dijo Adela con voz aguda, agitando los brazos.
—Cálmese, debe descansar. No hay que preocuparse por nada. Le llamamos y le explicamos lo ocurrido. Está tranquilo. Le mantenemos informado. Por el momento, usted no puede recibir visitas.
—¿Está seguro, doctor? Mi marido no es una persona tranquila.
—Yo mismo he hablado con él. Sabe que no puede venir y no va a hacerlo, se lo aseguro.
—¿Y mi móvil?
—Se rompió con el golpe. Si los análisis siguen correctos, como hasta ahora, un día más aquí será suficiente.
—¿Puedo levantarme? —Dijo Adela.
—Para ir al baño, nunca sola; podría marearse. Llame a una enfermera si lo necesita. Todavía está bajo el efecto de los calmantes. La televisión está conectada, aunque le vendría mejor dormir. Yo volveré mañana a primera hora.
—Gracias, doctor García. Una pregunta más: ¿cómo está el conductor del coche?
—Bien, no se preocupe, saltó el airbag. Tan solo tiene moratones. No hubo que ingresarle siquiera.
—¿No quiere contarme lo que pasó?
—No. Debe recordarlo usted misma, pero sin prisa. Hasta mañana, señora Ramírez. Tenga paciencia y descanse.
Lukas se fue. Adela miraba la puerta y, mientras se dormía, pensó: «Qué ojos verdes tan bonitos».

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