Prologo.
En el Reino de Aurelis, todos los niños conocían la misma historia.
Se decía que, en la antigüedad, no existían las bestias mágicas. Muchos investigadores de la actualidad consideraban aquello una simple leyenda, convencidos de que las criaturas habían poseído magia desde tiempos inmemoriales; aun así, el relato seguía llegando a oídos de los niños. Hablaba de una diosa y un dios que, al contemplar el desastre ocurrido hacía eones, habían intervenido para otorgar al mundo la fuerza de la magia.
Los animales, sin embargo, resultaron más afines a ella que los humanos, y hubo un tiempo en que las bestias dominaron el mundo sin control. Fue entonces cuando la diosa concedió a una joven el poder de vincularse con una criatura, ofreciéndole una oportunidad de supervivencia. Al otro lado del mundo, el dios eligió a un muchacho y le encomendó una misión importante. Ambos tuvieron sus encuentros, pero finalmente acabaron separados; la misión no llegó a cumplirse en su tiempo y serían sus descendientes quienes la concluirían, aunque nadie supiera quiénes eran y cual era su mision.
La princesa Lyriana de Aurelis tenía apenas quince años y buscaba una criatura mágica que resonara con ella antes de alcanzar la mayoría de edad, al cumplir los dieciséis. Aquella búsqueda la había llevado al Gran Mar Verde, la inmensidad que se extendía en medio del continente y albergaba una enorme cantidad de bestias mágicas. En el Bosque de los Mil Susurros, cercano al Reino de Aurelis y a las zonas más agresivas de aquella extensión, las criaturas solían mantenerse tranquilas ante los visitantes que recorrían sus caminos. O, al menos, eso era lo que se había creído hasta entonces.
La lluvia caía sobre el bosque como si el cielo intentara borrarlo del mundo. Las ramas se inclinaban bajo el viento, el barro cubría el sendero real y los relámpagos convertían los árboles en siluetas blancas durante apenas un instante, antes de devolverlos a la oscuridad.
—Alteza, debemos regresar.
Gareth Arclayne avanzaba delante del caballo de la princesa con la espada desenvainada. Tenía veinticinco años entonces, pero ya portaba la armadura del capitán de la Guardia Real. El agua resbalaba por las placas de acero y hacía que su capa azul pesara como una manta empapada. Lyriana sostenía las riendas con ambas manos; el cabello dorado se le había pegado a las mejillas, su vestido de viaje estaba cubierto de barro hasta las rodillas y una de las pequeñas piedras azules de su broche se había desprendido durante la huida. Detrás de ellos, seis guardias trataban de mantener unidos a los caballos.
En algún lugar del bosque se escuchó un rugido. No fue fuerte ni cercano, pero bastó para que los animales se agitaran.
—La bestia volvió a seguirnos —dijo uno de los hombres.
Gareth miró hacia los árboles.
—Es un ciervo lunar —replicó—. Debe de estar peleando contra Thunderus.
—Los ciervos lunares no atacan caravanas. Además, ¿cuánto cree que podrá resistir Thunderus?
—Pues, dadas las circunstancias, este sí lo hace. Y, en cuanto a Thunderus… espero que resista lo suficiente para que escapemos.
Horas antes, la criatura había aparecido junto al camino. Era un animal hermoso, alto como un caballo, de pelaje plateado y cornamenta transparente. Los nobles que acompañaban a Lyriana habían ordenado detenerse para admirarlo; uno de ellos incluso quiso acercarse, convencido de que se trataba de una señal favorable para la princesa. Entonces, los ojos del ciervo se volvieron negros y la criatura embistió el carruaje. Dos escoltas resultaron heridos antes de que Gareth consiguiera apartarla. Desde aquel momento, el animal los seguía a través del bosque, apareciendo entre los árboles y desapareciendo antes de que los arqueros pudieran apuntarle. Algunos de los nobles se habían separado del grupo durante la huida y nadie había vuelto a saber de ellos.
—Necesitamos llegar al pabellón de caza —ordenó Gareth—. Sus muros están protegidos con sellos reales.
Lyriana no respondió. Había escuchado algo que, al principio, confundió con el silbido del viento entre las raíces; sin embargo, el sonido volvió a repetirse y pudo distinguir un gemido débil, breve, casi ahogado por la tormenta. Tiró de las riendas y su caballo se detuvo con brusquedad.
—¿Qué sucede? —preguntó Gareth.
—Hay algo ahí —respondió ella, mirando hacia el costado del camino.
—Solo son arbustos.
El gemido se repitió y esta vez el capitán también lo oyó.
—Alteza, no podemos detenernos.
—Entonces no te detengas —replicó Lyriana mientras desmontaba.
—Princesa…
Ella ya se había internado entre los arbustos. Gareth apretó la mandíbula y la siguió; dos guardias bajaron de sus caballos detrás de él, mientras los demás formaban un círculo defensivo alrededor del sendero. Las ramas mojadas arañaron el rostro de Lyriana y su calzado se hundió varias veces en el barro, pero continuó siguiendo aquel sonido hasta llegar a una pequeña hondonada.
Allí encontró una carreta destruida. Una rueda sobresalía entre las raíces; había sacos abiertos, pedazos de madera y huellas profundas que la lluvia comenzaba a deshacer. No había cuerpos ni supervivientes a la vista, tan solo un cachorro dorado atrapado debajo de una tabla. El animal trató de retroceder al verlos, pero una de sus patas traseras estaba aprisionada. Tenía el pelaje sucio, una oreja lastimada y el hocico cubierto de barro; estaba tan delgado que podían distinguirse sus costillas.
—Tranquilo —murmuró Lyriana al arrodillarse.
El cachorro mostró los dientes, aunque apenas podía mantener la cabeza levantada y el gesto no resultó amenazante. Gareth, entretanto, examinó los restos de la carreta.
—Mercaderes, probablemente. Debieron de ser atacados hace varios días.
—¿Y lo dejaron aquí?
—Quizá murieron. Quizá huyeron. Lo importante es que no están aquí y que nosotros debemos irnos.
Lyriana acercó lentamente una mano y el cachorro gruñó.
—Alteza, podría morderla.
—Tiene miedo.
—Los animales asustados son los que muerden.
—Entonces procuraré no asustarlo más.
La princesa se quitó uno de sus guantes y dejó la mano sobre el barro, lo bastante cerca para que el cachorro pudiera olerla, pero sin intentar tocarlo. El animal permaneció inmóvil; sus ojos marrones pasaban de aquella mano al rostro de Lyriana mientras la lluvia golpeaba las hojas sobre ellos. Gareth observó el bosque.
—Tenemos que irnos.
—Ayúdame a levantar la tabla —pidió ella, sin moverse.
—Princesa…
—No pienso abandonarlo.
El capitán soltó un suspiro contenido, guardó la espada y se inclinó junto a la madera.
—Cuando la levante, tire de él con cuidado.
—Lo sé.
Gareth alzó la tabla y Lyriana tomó al cachorro entre los brazos. El animal lanzó un chillido al liberar la pata e intentó morderla, pero no tuvo fuerzas: su mandíbula apenas rozó la manga del vestido antes de que el cuerpo entero comenzara a temblarle.
—Ya está —susurró ella—. Ya terminó.
El cachorro apoyó el hocico contra su pecho y Lyriana sintió su respiración débil. Gareth volvió a tomar la espada.
—Debemos movernos.
Un relámpago iluminó la hondonada. En ese instante, una bola eléctrica apareció entre los árboles y se estrelló contra los restos de la carreta; Gareth apenas alcanzó a apartar a la princesa antes de que la golpeara. La bola se desplegó y dejó ver a un armadillo que todavía conservaba algo de conciencia. Restos de electricidad recorrían su cuerpo mientras miraba hacia el lugar desde el que había sido lanzado.
—¡Thunderus! ¿Qué pasó?
El armadillo miró a Gareth un momento, pero enseguida volvió a concentrarse en la profundidad del bosque. El capitán se puso en alerta.
—¡Todos en posición!
El estrépito de los árboles apartados por algo que avanzaba entre ellos comenzó a escucharse cada vez más cerca, hasta que el ciervo lunar apareció y se plantó frente a todos. Su cuerpo plateado estaba cubierto de heridas que no sangraban; vapores oscuros surgían de su cornamenta y se arrastraban por su cuello como raíces vivientes. Los ojos, antes luminosos, parecían dos pozos sin fondo.
—¡Formación!
Los guardias levantaron las lanzas. La criatura bajó la cabeza y Gareth se colocó delante de Lyriana.
—Corra hacia el sendero.
—¿Y tú?
—Cumpliré con mi deber. Thunderus, cuento contigo.
El ciervo embistió. Gareth recibió el impacto con el escudo, mientras Thunderus, herido, salió despedido en forma de bola. El metal se deformó y el capitán fue arrojado contra un árbol. Los dos guardias atacaron desde los costados, pero una ráfaga de energía oscura los lanzó al barro.
Lyriana retrocedió con el cachorro entre los brazos. El ciervo giró la cabeza hacia ella y, durante un instante, el bosque entero pareció guardar silencio. La criatura no observaba a la princesa, sino al perro, y los vapores negros que cubrían sus astas se agitaron.
El cachorro levantó la cabeza. Su cuerpo seguía temblando, apenas podía abrir uno de los ojos y una pata le colgaba sin fuerza. No poseía garras de acero, cuernos luminosos ni colmillos capaces de atravesar una armadura; era pequeño, estaba herido y tenía miedo. Aun así, cuando el ciervo dio un paso hacia Lyriana, se revolvió entre sus brazos.
—No —dijo ella, intentando sujetarlo.
El perro cayó al barro. Por un momento no logró levantarse: sus patas resbalaron y su cuerpo chocó contra el suelo. Sin embargo, volvió a intentarlo hasta colocarse delante de la princesa. El ciervo lunar era diez veces más grande, pero el cachorro enseñó los dientes y dejó escapar un gruñido bajo.
Gareth, todavía aturdido, levantó el rostro.
—Alteza… aléjese…
Lyriana no podía hacerlo. El cachorro dio un paso hacia el ciervo y luego otro; cada movimiento parecía causarle dolor, mientras la bestia mágica permanecía inmóvil. Los vapores oscuros se extendieron por su rostro, pero, al aproximarse al pequeño animal, se detuvieron. No chocaron contra una barrera ni fueron rechazados por un hechizo: simplemente parecieron incapaces de tocarlo.
El cachorro ladró. Fue un sonido torpe y agudo, nada digno de una leyenda, pero el ciervo retrocedió y las sombras sobre su cuerpo se estremecieron. Cuando el perro volvió a ladrar, la criatura lanzó un gemido estremecedor y sacudió la cornamenta. La energía negra se separó parcialmente de su cabeza, como si una mano invisible hubiese perdido el control durante un instante.
—¡¿Qué eres?!
La pregunta resonó en sus mentes mientras el ciervo se estremecía.
Gareth aprovechó la oportunidad. Thunderus tampoco la dejó escapar: se lanzó contra el ciervo en su forma de bola, a máxima velocidad, como un rayo viviente. La criatura, distraída, recibió la embestida y quedó inmovilizada el tiempo suficiente para que el capitán tomara ventaja. Gareth se incorporó, corrió y hundió la espada en el suelo.
—¡Sello de la Guardia Real!
Un círculo azul se extendió bajo la criatura y cadenas de luz surgieron de la tierra para rodearle las patas. Los guardias heridos se levantaron y reforzaron el encantamiento. El ciervo forcejeó, pero cada movimiento hacía que las cadenas se cerraran con mayor fuerza.
Lyriana se agachó y recogió al cachorro. Esta vez, el animal no intentó morderla; solo apoyó la cabeza contra su brazo. Gareth se aproximó mientras los soldados aseguraban a la bestia.
—Ese perro…
—Está herido.
—El ciervo le temió. Pero ¿qué quiso decir al preguntarle qué era?
—No seas absurdo. Y, en cuanto a lo otro… no tengo idea. Nunca había oído hablar a una bestia mágica.
—Eso… lo veremos después. Primero debemos encadenar al ciervo y luego informar de todo al rey.
Lyriana miró al pequeño animal, que había cerrado los ojos. No había luz en su pelaje, ninguna marca espiritual adornaba su frente y no existía un vínculo mágico entre ambos ni una voz ancestral que anunciara que sus destinos acababan de unirse. Era un perro común, uno que había ladrado porque una criatura se acercó demasiado a la persona que lo sostenía.
—Quizá sea una bestia poco común —dijo Lyriana.
Gareth observó al cachorro durante unos segundos.
—Es posible, ya que no existe criatura mágica sin magia.
—Creo que encontré a mi compañero.
—No creo que eso le agrade al rey, mi princesa. ¿Qué pasaría si fuera como los animales de las historias y no tuviera magia?
—Le agradará. Y yo creo que este cachorro será una bestia mágica excepcional. Has visto cómo dejó al ciervo, pero todavía es una cría; no debemos apresurarnos a sacar conclusiones.
—Si usted lo dice, alteza.

Y aquel encuentro fue apenas el comienzo de una relación que habría de conducir al mundo, tal como lo conocían, hacia un futuro incierto.
![Eres mía [#1]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_4344f13bc3a0abb8b1c504d5bd3ac0a3.jpg)







