CAPÍTULO 1: LA SOMBRA SOBRE ALASKA
Viernes 14 de noviembre de 2036 · 22:30 (hora de Alaska)
El silencio sobre la tundra era absoluto, roto únicamente por el silbido cortante del viento ártico, que arrastraba capas finas de nieve sobre el asfalto congelado de la Ruta 2. A unos diez kilómetros al norte del perímetro de Fort Greely, el puesto de control de la Guardia Nacional de Alaska transcurría con su rutina habitual. Los reflectores iluminaban la calzada mientras los guardias regulaban el tráfico civil con las manos entumecidas.
En lo alto de la torre de vigilancia, el cabo de guardia sostenía un termo con una mano y, con la otra, sintonizaba una pequeña radio portátil. Una canción sonaba de fondo para acompañar la jornada.
De pronto, la música se cortó y fue reemplazada por un chillido agudo de estática que le erizó el vello de la nuca. El guardia golpeó el aparato con los nudillos, frunciendo el ceño.
—¿Y a ti qué rayos te pasa? —refunfuñó en voz baja, ajustando la perilla del dial sin éxito—. No me digas que me vas a abandonar ahora. Aún quedan dos horas de guardia y necesito entretenerme con algo...
Al no lograr sintonizar ninguna señal, dejó la radio sobre el escritorio y miró de nuevo por el ventanal blindado, hacia el horizonte sur, más allá de las copas de los pinos.
Se detuvo en seco.
Entre la bruma nocturna, sobre el sector donde se encontraba Fort Greely, pequeñas luces anómalas comenzaron a parpadear en el cielo. Un tono violáceo e irreal tiñó las nubes bajas.
—¿Pero qué demonios es eso? —murmuró, entrecerrando los ojos mientras se inclinaba hacia el cristal.
Las luces no parecían bengalas ni aeronaves conocidas. Segundos después, un retumbo sordo y subterráneo hizo temblar levemente las paredes de la torre.
En la garita del puesto, un soldado trataba de comunicarse con la base. Apretaba el auricular contra el oído mientras ajustaba con frenesí la perilla de la frecuencia táctica. El sudor frío le corría por el cuello a pesar del aire congelado.
—¡Aquí puesto de control a la base de Fort Greely! ¡Aquí puesto de control a Fort Greely! —gritó por el micrófono, con la voz temblorosa—. ¿Alguien me escucha, por favor? ¡Aquí la Guardia Nacional! Necesitamos saber cuál es su situación. Repito, ¿cuál es su situación? ¡Respondan!
Al otro lado del altavoz solo hubo silencio, seguido por ráfagas de estática.
—¡Maldita sea, respondan! —insistió el soldado, golpeando la mesa con el puño.
En lo alto de la torre, el vigía soltó el termo. El café se derramó sobre la consola mientras él se abalanzaba sobre el micrófono de la radio militar.
—¡Mando Central! ¡Aquí la torre del puesto de control! —gritó, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Maldita sea, qué rayos está pasando! ¡Fort Greely está bajo un ataque masivo! ¡Veo explosiones y algo enorme entre las nubes! ¡Necesitamos apoyo!
—Aquí Comando Central —respondió desde Fairbanks la voz seria de un operador, que intentaba mantener la calma—. Respire, soldado. ¿Qué están viendo exactamente?
—¡No lo sé! —replicó el vigía, desesperado—. ¡El cielo sobre la base está cubierto de nubes, pero hay algo gigante oculto allá arriba! ¡Las trazadoras antiaéreas parecen estar golpeando algo sólido y los destellos iluminan siluetas enormes en la bruma! ¡Todo el sector sur está ardiendo! ¡Necesitamos apoyo, por favor!
Tras unos segundos de tensión, la voz del operador volvió a sonar por el altavoz:
—Comprendido, torre. Enviaremos una patrulla terrestre y una unidad de apoyo aéreo desde Fairbanks. Mantengan la posición y esperen los refuerzos.
—¡Recibido! ¡Dense prisa! —respondió el vigía.
En la garita, el soldado que intentaba comunicarse soltó el micrófono. Pálido y con las manos temblorosas, miró el horizonte en llamas a través del cristal.
—¡Tenemos que irnos de aquí! ¡Ya! —exclamó, dando un paso atrás—. ¡Esas cosas no parecen humanas! ¿Viste lo que le hicieron a la base? ¡Tenemos que huir!
—¡Cállate, soldado! —lo cortó el sargento, acercándose a él e intentando conservar la autoridad—. Los refuerzos de Fairbanks ya vienen en camino. Vamos a mantener la posición y esperar. ¿Entendido?
—¡¿Mantener la posición?! —estalló el soldado, señalando hacia el sur—. ¡Esas cosas están a solo unos kilómetros y acaban de arrasar una instalación militar! ¿De verdad crees que este puesto, con seis soldados, va a detenerlas?
El sargento respiró hondo, conteniendo el miedo, y miró a sus hombres reunidos en la garita.
—Escúchenme bien —ordenó con voz firme—. Voy a acercarme a la base en la camioneta para averiguar cuál es la situación y si hay heridos o supervivientes.
Señaló a uno de los cabos.
—Tú vienes conmigo al volante. Los otros cuatro se quedan aquí, rafa queda a cargo de las comunicaciones. los demás custodiando el puesto y manteniendo la comunicación con la torre. Esperen a que lleguen los refuerzos desde Fairbanks. ¿Entendido?
Los cuatro soldados tragaron saliva y asintieron.
—Entendido, mi sargento —respondieron al unísono.
— Nos acercaremos con prudencia hasta quedar a unos tres kilómetros del perímetro. Si la situación nos supera, abortamos, nos retiramos y avisamos a la base.—dijo el sargento mientras abría la puerta de la camioneta—. Si la situación nos supera, abortamos, nos retiramos y avisamos a la base.
Minutos después, los neumáticos de la camioneta patinaron sobre una capa de hielo negro en la Ruta 2. El vehículo derrapó un par de metros antes de que el conductor corrigiera el volante y pisara el acelerador, internándose en la oscuridad de la tundra.
—¡Mantén el control! —le urgió el sargento desde el asiento del copiloto. Se aferraba al tablero con una mano y sujetaba el micrófono de la radio táctica con la otra—. ¡Aquí patrulla del puesto de control de la Guardia Nacional! ¡Llamando a Fort Greely! ¿Alguien me escucha?
A través del parabrisas, el cielo sobre la base era un espectáculo aterrador. Enormes destellos violáceos y columnas de fuego iluminaban la noche. Las explosiones sacudían la carrocería del vehículo.
A unos tres kilómetros del perímetro norte de Fort Greely, y aproximadamente siete kilómetros al sur del puesto de control, el sargento hizo una seña.
—¡Frena! ¡Apaga las luces! —ordenó en voz baja.
El conductor pisó el freno y la camioneta se detuvo oculta tras la vegetación, con el motor al ralentí. Las explosiones principales habían cesado. Solo se oían el fuego lejano y el viento helado.
El sargento quitó el seguro de su fusil M4.
—Escúchame bien. Quédate aquí y mantén el motor encendido. Voy a avanzar a pie hasta la curva para echar un vistazo. Si escuchas algo, das media vuelta y regresas. ¿Entendido?
—Señor, no debería ir solo... —alcanzó a decir el soldado.
—Solo voy a echar un vistazo. Mantén la radio abierta.
El sargento abrió la puerta, pisó la nieve crujiente y avanzó despacio por el arcén, con el fusil preparado.
Dentro de la cabina, el conductor tragó saliva y acercó la boca al micrófono:
—Aquí patrulla del puesto de control a Fort Greely... ¿Alguien me escucha?
De repente, una silueta cuadrúpeda y colosal emergió de la bruma a una velocidad aterradora. Un sabueso Zyphon embistió al sargento. El impacto lo lanzó contra el parabrisas delantero de la camioneta.
El cristal se hizo añicos. El sargento quedó tendido sobre el capó, inmóvil.
La camioneta se sacudió con tanta fuerza que el motor se apagó. Con el corazón martilleándole en el pecho, el conductor se desabrochó el cinturón y se pasó torpemente al asiento del piloto. Intentó arrancar el motor y, al buscar las luces, accionó el interruptor.
Los faros se encendieron de golpe, cortando la niebla con dos haces blancos. Iluminaron el capó destrozado y, más adelante, la silueta musculosa de otro sabueso Zyphon que olfateaba la carretera.
—Dios mío... —murmuró el soldado.
Antes de que pudiera poner la camioneta en reversa, una presencia pesada bloqueó la luz a su izquierda.
El soldado giró la cabeza hacia la ventanilla del conductor. Pegada al cristal, la figura colosal del Zyphon de élite lo observaba. Su piel bio-orgánica y sus placas oscuras absorbían la luz tenue de la cabina. El rostro alargado y biomecánico lo miraba con una frialdad inhumana.
El terror paralizó al soldado mientras la sombra del invasor cubría el interior de la camioneta.
Veinte minutos después, a unos siete kilómetros de allí, cuatro soldados seguían esperando noticias en la garita del puesto de control. El vigía había bajado de la torre y se había unido a ellos.
—¿Sargento? —llamó uno, apretando el auricular contra su oído—. ¿Sargento, me recibe? Camioneta Uno, responda...
—Ya deben estar muertos... —susurró otro, abrazando su fusil mientras miraba el suelo.
—¡Cierra la boca! —le espetó un tercero, aunque el temblor de su mandíbula delataba que pensaba lo mismo.
De pronto, un zumbido sordo y metálico empezó a vibrar en el aire, superando el aullido del viento. Era el sonido de rotores que se aproximaban desde el norte, siguiendo la ruta desde Fairbanks.
—¡Escuchen! —exclamó uno de los soldados, incorporándose de un salto y corriendo hacia el ventanal—. ¡Ahí vienen! ¡Son los refuerzos de la Guardia Nacional!
—¡Al fin! —respondió otro, pegándose al cristal.
Uno de ellos se abalanzó sobre el micrófono de la garita e intentó contactar con la aeronave:
—¡Aquí el puesto de control! ¡El helicóptero de apoyo está llegando a nuestra posición! ¡Señor, necesitamos saber cuál es su situación!
Un potente reflector blanco se encendió bajo un UH-60 Black Hawk y barrió el asfalto helado de la Ruta 2. El piloto activó la frecuencia abierta.
—Aquí Halcón Uno a puesto de control. Tenemos contacto visual con su posición. Iniciamos reconocimiento sobre el sector sur. ¿Cuál es su situación en tierra?
El soldado apretó el micrófono con ambas manos, casi llorando de alivio.
—¡Halcón Uno! Nuestra patrulla salió hace unos veinte minutos en una camioneta para verificar Fort Greely y perdimos todo contacto con ellos. No responden a la radio. ¡Tengan mucho cuidado, el cielo sobre la base está...!
—Tranquilo, hijo, ya estamos aquí —lo interrumpió el piloto, mientras la aeronave viraba hacia el sur—. Vamos a rastrear la carretera para ubicar la camioneta y...
El piloto no pudo terminar la frase.
Entre las nubes bajas y la bruma violácea, un destello de energía cruzó la noche desde las alturas.
El proyectil de bioplasma impactó de lleno en el rotor principal del Black Hawk.
La explosión iluminó el cielo. El helicóptero empezó a girar fuera de control, perdiendo la cola y dejando una estela de humo y metal incandescente.
La voz del piloto estalló por el altavoz, quebrada por el pánico:
—¡Mayday, Mayday! ¡Nos dieron! ¡Perdimos el control, nos caemos! ¡Mayday, Mayd—!
La transmisión se cortó con una ráfaga de estática.
Los cuatro soldados contemplaron, petrificados, cómo el helicóptero en llamas caía entre los pinos, a unos quinientos metros de distancia. El estruendo sacudió la tierra y la onda expansiva hizo vibrar los cristales.
El reflector parpadeó un par de veces y se apagó. Los cuatro supervivientes quedaron sumidos en la penumbra. Ninguno se movió. Ninguno habló.
La aterradora verdad cayó sobre ellos: no había refuerzos en camino ni evacuación posible. El cielo ya no pertenecía a los humanos.
—¡A cubierto! ¡Al suelo! —gritó el soldado a cargo, arrastrándose tras el mostrador y preparando su fusil.
—¡Están aquí! —exclamó el más joven, aferrándose a su arma—. ¡Esas cosas están aquí mismo!
—¡Cierra la boca! —le espetó el veterano, asomándose apenas por el ventanal—. ¡Concéntrense y apunten hacia afuera!
—Tenemos que comunicarnos con la base —insistió otro, golpeando el tablero—. Dijeron que mandarían apoyo terrestre. ¡Tienen que enviar a la infantería!
—No van a mandar a nadie más —respondió el veterano, sin apartar la vista de la oscuridad—. Mandaron el helicóptero a reconocer la zona. Para ellos solo somos unos guardias aislados en la nieve.
El silencio volvió a caer sobre la carretera. Solo se oía el crepitar lejano del helicóptero. La bruma se espesó sobre el asfalto.
Entre las sombras de los árboles y el humo, varias siluetas enormes comenzaron a avanzar, despacio y en formación, hacia la garita.
—Mierda... —murmuró uno de los soldados.
—¡Apunten a las articulaciones y al cuello! —ordenó el soldado a cargo—. ¡Abran fuego!
El estruendo dentro de la pequeña garita fue ensordecedor. Los M4 estallaron al unísono e iluminaron el interior con fogonazos amarillos. El olor a pólvora invadió el aire helado mientras los casquillos caían sobre el suelo de madera.
Los proyectiles atravesaron los cristales del ventanal y alcanzaron al Zyphon de élite que encabezaba el avance. Las placas de su pecho se agrietaron bajo el fuego concentrado y un fluido purpurino manchó la nieve. La criatura gruñó y retrocedió un paso.
—¡Le estamos haciendo daño! ¡Sigan disparando a las grietas! —gritó el soldado al mando.
Aprovechando la cobertura, el más joven abrió apresuradamente una caja de suministros en el rincón de la garita. Encontró dos granadas de fragmentación M67. Con las manos temblorosas, las guardó en las cintas de su chaleco.
Pero la vanguardia Zyphon no luchaba sin estrategia.
A unos ochenta metros, entre la vegetación y detrás del líder herido, un tirador pesado Zyphon apuntó hacia la estructura. Con un chasquido metálico, descargó una ráfaga de aguijones térmicos de alta velocidad.
Los proyectiles atravesaron la pared frontal de concreto y madera. El impacto y la onda expansiva destrozaron parte de la caseta y lanzaron a los soldados contra el fondo entre polvo, fuego violáceo y escombros.
—¡Rafa! ¡Rafa, levántate! —tosió el soldado al mando, arrastrándose entre el polvo, con un pitido ensordecedor en los oídos.
A través del boquete humeante de la pared, la bruma helada entró en la estancia. El soldado que llevaba el chaleco ensangrentado logró incorporarse con dificultad. Sacó una granada M67 y retiró la anilla de seguridad.
A tres metros del boquete, el Zyphon de élite avanzó entre los escombros. Se detuvo y observó a los humanos atrapados.
El soldado, con el rostro cubierto de polvo, sostuvo la mirada del alienígena. Sin decir una palabra, soltó la palanca de la granada y la dejó caer a los pies de la criatura.
Un segundo después, el estallido sacudió la tundra y envolvió la entrada en una nube de fuego y escombros. La posición defensiva del puesto quedó en silencio.




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