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La máscara rota

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Sinopsis

Una trampa de la alta sociedad tejida en las sombras del microcentro porteño arrastra a Olivia a un peligroso juego de secretos, amor y ruina. Rodeada por el vértigo de las torres corporativas, el asfinxiante ritmo de la city y un cerco invisible que se estrecha sin tregua, descubre que cada paso que dio fue calculado milimétricamente por su propio padre y el clan Vance. Las fachadas impecables y los lujosos despachos se derrumban bajo el peso de fotografías ocultas, decisiones forzadas y una tensión insostenible que estallará sin piedad. En este thriller psicológico asfixiante, donde las máscaras se rompen y cada aliado es una amenaza latente, el pasado regresa para cobrar una deuda de sangre. ¿Estás lista para cruzar la línea, enfrentar la verdad y descubrir qué se esconde tras la ambición desmedida? Lee ahora esta intensa historia de intrigas donde las apariencias queman, la culpa es la única salida y nadie sale indemne. Déjate atrapar por un laberinto oscuro que te mantendrá sin aliento hasta la última página. Cada calle del microcentro esconde un peligro y cada reflejo en los ventanales de vidrio es un recordatorio de que ya no hay escapatoria posible. Prepárate para entrar en un mundo donde confiar en el amor puede ser tu sentencia definitiva y la única certeza es que la tormenta recién comienza

Genero:
Drama
Autor/a:
daniela
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

La propuesta

El sol de las cinco de la tarde filtraba una luz dorada de finales de verano que se reflejaba en su pelo rubio, haciéndolo parecer de oro a través de las cortinas sencillas del departamento. El día estaba soleado pero fresco, anunciando con suavidad la cercanía del otoño. Ese aire fresco se colaba por las rendijas de la ventana, manteniendo el ambiente templado, pero Olivia Duarte permanecía completamente ajena a la temperatura exterior. Toda su atención estaba fija en la pantalla de alta resolución de su computadora, donde repasaba con ojo clínico los números y la estrategia general de la última propuesta de branding para un cliente crucial de su startup, Nodus Studio.

Estaba cómoda en su propio espacio, en ese refugio de líneas simples y luz natural que le servía de oficina y hogar. Vestía un pantalón de jogging holgado color gris clarito que se amoldaba con soltura a la línea de sus caderas, una camiseta blanca clásica —de esas básicas e impecables de algodón que nunca fallan— que enmarcaba su silueta delgada y voluptuosa, medias blancas de algodón y un saco largo de media estación, también blanco, que le caía abierto sobre los hombros. Iba a cara lavada, sin maquillaje, mostrando una belleza natural e higiénica. Llevaba el cabello recogido en un chonguito flojo en la parte alta de la cabeza, sujeto con una pinza sencilla, dejando dos mechones ondulados sueltos a los costados del rostro.

Estaba sentada en la silla ergonómica del escritorio con un pie subido al asiento, apoyando la rodilla cerca del pecho. Tecleaba con soltura y agilidad en el teclado numérico mientras apretaba el teléfono celular entre el hombro y la oreja.

—No, Gastón, escuchame bien —dijo Olivia con voz firme pero relajada, ajustando las métricas en la pantalla con un par de clics certeros—. El cliente no busca solo un cambio superficial de imagen o un logotipo bonito; quiere una reestructuración de marca completa que justifique su nuevo posicionamiento en el mercado. Decile al equipo de diseño que simplifique la paleta de colores y que la estrategia se enfoque estrictamente en el valor premium que acordamos. Si no cerramos la entrega antes de las seis, nos pisan el pago de la segunda cuota.

—Entendido, Oli. Ya hablo con los chicos de arte, lo corrijo ahora mismo y te lo mando al correo para revisión —respondió su empleado desde el taller de diseño.

—Perfecto. Avísame apenas lo tengas cargado en el servidor y lo apruebo antes de que el cliente cierre la oficina...

Tres golpes secos, pesados y autoritarios resonaron contra la madera maciza de la puerta de entrada.

El sonido interrumpió el ambiente sereno del departamento. Olivia se congeló un segundo, con los dedos detenidos sobre el teclado. Bajó el pie al suelo de madera y frunció el ceño. Rara vez recibía visitas sin previo aviso en su departamento privado; casi todas las reuniones las gestionaba de forma virtual.

—Gastón, bancame un segundo en línea que están golpeando la puerta —murmuró, alejando un poco el micrófono del teléfono.

Se levantó de la silla con movimiento fluido, acomodó la caída de la camiseta blanca y la solapa del saco largo, y caminó hacia la entrada. Echó un vistazo por la mirilla y el aliento se le atascó en la garganta. El corazón le dio un vuelco involuntario.

Del otro lado, apoyado sutilmente en un bastón de empuñadura plateada tallada y vistiendo un abrigo de paño de corte impecable que respiraba aristocracia, estaba Federico Vans. El multimillonario, el patriarca indiscutido y hombre más poderoso del holding corporativo Vans... y el único magnate que en su momento miró a la cara a su padre antes de romper toda relación con él por haberla abandonado en el internado San Judas cuando era una niña.

Olivia apartó el teléfono de la oreja. La frialdad profesional volvió a instalarse en su rostro de inmediato.

—Gastón, te tengo que cortar. Te llamo en diez minutos —dijo rápido, colgando antes de que su empleado pudiera responder.

Inhaló hondo, recuperando la compostura, se acomodó el cabello y destrabó la cerradura. Abrió la puerta con serenidad.

—Señorita Duarte —dijo Federico Vans con voz grave y rasposa, quitándose el sombrero con delicadeza—. Perdone la interrupción en su ámbito de trabajo y en su hogar. Necesito hablar con usted. Es un tema de extrema urgencia y relevancia.

—Señor Vans... pase —respondió Olivia haciéndose a un lado para dejarle el paso libre, sorprendida pero manteniendo una postura firme.

El anciano avanzó con paso cansado, apoyando el peso sobre el bastón. Sus ojos experimentados miraron a su alrededor con una mezcla de respeto y profunda melancolía, observando la computadora encendida, los bocetos sobre la mesa y los libros de negocios.

—Sé perfectamente quién es usted, Olivia —comenzó el anciano con voz pausada—. Sé perfectamente lo que construyó aquí con su startup, sin pedirle un solo centavo de ayuda a nadie y mucho menos a su padre.

Olivia mantuvo la espalda erguida, cruzando los brazos con una serenidad calculada, aunque sus ojos reflejaban el peso de un pasado doloroso.

—Mi padre dejó de existir para mí el día que me desheredó y me abandonó en San Judas para rehacer su vida con otra familia, señor Vans —respondió con voz helada—. Lo único que me dejó fue una parte del fideicomiso de mi madre, que apenas me alcanzó para comprar este departamento, costear mis gastos iniciales y pagar los primeros cuatro años de mi carrera universitaria. Los últimos dos años me los tuve que pagar yo sola, trabajando día y noche mientras montaba mi empresa.

—Lo sé perfectamente —asintió Federico, clavando sus ojos cansados en los de ella—. Sé cada paso que dio. Por eso mismo rompí todos mis contratos con su padre en aquel entonces. No tolero la bajeza ni la falta de honor. Y por eso mismo estoy parado hoy aquí, porque usted tiene la madera de la que ya no quedan ejecutivos.

Federico apoyó ambas manos sobre la empuñadura de su bastón, exhalando un suspiro pesado. —Me queda poco tiempo de vida, Olivia. Los médicos no me dan más de unos meses. Mi corazón ya no resiste el ritmo de la corporación.

Al ver la fragilidad evidente en el rostro del magnate, a Olivia se le frunció sutilmente el ceño con genuina preocupación.

—Señor Vans, por favor tome asiento —dijo ella, señalándole el sillón principal.

El anciano aceptó el gesto sin orgullo. Caminó despacio y se acomodó en el sillón, dejando escapar un largo suspiro de alivio.

Olivia caminó un par de pasos hacia la cocina integrada. —¿Le puedo ofrecer un café caliente, señor Vans? O un vaso de agua.

—Un café negro se lo agradecería mucho, Olivia —respondió Federico con una leve sonrisa.

Ella sirvió una taza rápida en la máquina y se la alcanzó con cuidado. Esperó a que diera el primer sorbo antes de retomar la charla.

—Como le decía... La razón de mi visita va más allá de un saludo cordial. Mi hijo Ian va a regresar de Estados Unidos en una semana. Está furioso conmigo por haberlo obligado a dejar su vida allá, pero es un hombre impulsivo y apasionado. Si toma el mando de la corporación Vans sin una guía estratégica a su lado, destruirá el patrimonio en cuestión de meses. Necesito a alguien con su inteligencia, su temple impecable y su astucia analítica.

Olivia lo observó sin pestañear. La sola mención del nombre de Ian le hizo dar un vuelco violento al corazón.

—¿Qué es exactamente lo que propone, señor Vans? —preguntó en un tono estrictamente profesional.

—Quiero que Nodus Studio asuma la consultoría ejecutiva, la auditoría interna y la reestructuración completa de imagen de la corporación Vans —dijo el anciano sin rodeos—. Le daré el control total de la estrategia de comunicación y branding. Pero eso no es todo. Como respaldo personal y garantía de su independencia, le ofrezco un fideicomiso blindado a su nombre en el extranjero, acceso inmediato a una tarjeta corporativa Black... y la condición innegociable de que camine al lado de mi hijo como su prometida oficial ante los medios y el directorio.

Olivia sintió que el aire de la sala se volvía denso. El contrato era la oportunidad de oro para consolidar Nodus Studio, pero el costo personal era altísimo: volver a colisionar con el único hombre que había marcado su pasado.

Federico se levantó con esfuerzo. —Piénselo, Olivia —dijo mientras caminaba hacia la salida—. No es una decisión fácil.

Olivia lo miró a la cara, con la espalda completamente erguida. —No tengo nada que pensar, señor Vans. Acepto.

Federico se detuvo junto al umbral y sacó una tarjeta de presentación dorada con una clave anotada. —Esta es la clave de acceso digital y la dirección de un nuevo departamento ejecutivo en el centro. A partir de hoy es suyo. Le dará la privacidad y el nivel de representación que requiere su nuevo rol como prometida de mi hijo.

Olivia tomó la tarjeta con firmeza.

—Ian estará llegando en una semana —continuó Federico—. Tiene estos siete días para instalarse en su nueva casa, organizar la tarea en Nodus Studio y preparar todo. El lunes próximo a las nueve en punto la espero en el piso cuarenta.

—Así será, señor Vans. Nos vemos el lunes —asintió Olivia.

Cuando el anciano cruzó la puerta y el eco de su bastón se extinguió en el pasillo, Olivia cerró la entrada. Observó la tarjeta dorada en sus dedos, caminó hacia el ventanal y contempló el atardecer sobre la ciudad. Tenía siete días. Una semana entera para armarse por completo antes de volver a ver a Ian.

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