Capítulo 1:El Volcán en la Nieve
Mi madre decía que el valor de una mujer se mide por su silencio y su clausura. Crecí en un pueblito de Rusia donde el invierno parecía eterno y las costumbres, de piedra. Desde que tengo uso de razón, su voz —una letanía seca, repetida frente a la estufa de hierro mientras afuera la nieve sepultaba los caminos— fue la única ley que conocí: «Tienes que llegar virgen al matrimonio, Tatiana. Todo lo demás es manchar la honra de la familia». Para ella, el cuerpo de una mujer era una propiedad ajena que se guardaba bajo llave hasta entregarla al mejor postor.
A los veintidós años recién cumplidos, mi mundo olía a humedad, a sopa de remolacha y a obediencia ciega. Pero en mi mesita de noche, escondidos bajo el colchón como contrabando revolucionario, vivían dos mundos que desafiaban cada mandato materno. Devoraba las páginas impúdicas y filosóficas del Marqués de Sade buscando la anatomía del exceso, y me perdía en los mapas sangrientos y pasionales de Juego de Tronos, donde los reinos ardían por ambición y el deseo no pedía permiso a la moral. A través de ellos entendí que existía otra vida: una donde las mujeres no esperaban a ser elegidas, sino que tomaban el poder de su propio destino, aunque fuera quemándose las manos.
Por eso acepté la beca en Málaga. Necesitaba cruzar el continente para comprobar si todo aquello que leía era solo tinta o si en mi interior latía algo indomable. Dejé atrás el frío blanco y la sombra asfixiante de mi madre con una maleta ligera y la firme convicción de que el verano mediterráneo iba a ser el escenario de mi propia demolición.
Lo que no sabía es que la libertad real no empieza en los libros, sino en el preciso instante en que te atreves a romper la primera regla sagrada... y descubres que el eco de la culpa sabe a gloria.
Llegué al aeropuerto de Málaga un día lunes. A mis espaldas quedaban los mandatos rígidos de mi madre
En la maleta, junto a los libros ajados del Marqués de Sade y los mapas de un poder que desafiaba cualquier moral, llevaba una sola certeza: ya no quería obedecer.
En mi hogar, durante las largas noches de invierno, había devorado historias prohibidas a la luz de una lámpara, imaginando cómo se sentía arder por dentro. Ahora, pisando el suelo andaluz con el sudor empezando a pegarme la ropa a la piel, sentí que el aire mismo quemaba. No vine a Málaga por los manuales de literatura antigua.
Llegué toda sudada al instituto de letras de Málaga, la ropa se me pegaba a mi cuerpo y la pesada chaqueta de piel ya se sentía como una condena. Para colmo, con mi metro ochetytantos y una anatomía de gimnasio bien marcada, jamás pasaba desapercibida. A mi paso, los jóvenes se quedaban embobados, con la mirada fija en mis piernas y en la silueta que la ropa de invierno delataba; las chicas, en cambio, arrugaban la cara con desdén, armando un muro invisible a mi alrededor.
No tuve ni un respiro. El preceptor de turno, amargado y con demasiadas ganas de ejercer autoridad, me interceptó en la entrada y me obligó a entrar a su oficina bajo la excusa barata de que llegaba tarde.
No hice más que cruzar el umbral de su despacho cuando me hizo sentar de mala gana. Era un ser repugnante, de baja estatura, aspecto hosco y voz rasposa.
—Supongo que usted es la estudiante becada de Rusia, Tatiana Volkanova —me soltó, viéndome de arriba abajo con una mezcla de recelo y asco mal disimulado—. Mire, jovencita, le digo desde ya que esa ropa tan ajustada no va con este establecimiento. Está provocando al alumnado varón y a los empleados. Mañana viene de uniforme y zapatos, como corresponde.
En ese preciso instante, mientras él se acomodaba tras el escritorio con ínfulas de Dios menor, pensé: viejo reprimido y aburrido. Pero por puro compromiso institucional, con una sonrisa fría que rozaba la burla, solo atiné a decir:
—Sí.
Salí de allí sintiendo el calor del despacho pegado a la piel, pero al caminar por los pasillos, el diablillo que llevaba muy adentro desde las noches de lectura clandestina me sopló al oído: es hora de quemar todo.
Buscando un poco de fresco, me introdujé en la biblioteca del instituto. Y allí estaba él. No era alto, más bien bajito. Me sonrió con una amabilidad que desentonaba con la hostilidad del preceptor y me preguntó qué buscaba.
—Nada, tengo calor y acá está fresco —le solté sin rodeos.
—Me llamo Agustín —me dijo, extendiendo la mano con suavidad—. ¿Y vos?
—Tatiana —le respondí, sosteniéndole la mirada.
—Tienes un acento extraño —notó él al instante.
—Soy rusa —repliqué, analizando cada detalle de su rostro—. Y vos tienes un acento raro para estar en España.
—Soy argentino y vivo aquí hace seis años —respondió con una media sonrisa.
Me dijo su edad con total soltura. Al oírlo, hice mis cuentas mentales y, examinando sus facciones cuidadas y esa calma que desprendía, le solté sin filtro:
—¿Cuarenta y cinco? Pareces de treinta.
Él sonrió, divertido ante mi desfachatez, y su respuesta me dejó completamente descolocada. Pero mi mente ya iba a mil por hora. Aparte, me dije a mí misma: argentino. Las chicas en Rusia me habían comentado historias al oído, asegurando que los hombres de ese país eran los más ardientes en la cama, los que sabían encender un fuego incontrolable.
Mi cabeza daba vueltas sin parar entre el calor sofocante del verano andaluz y el eco de mis lecturas prohibidas. Si de verdad iba a cruzar la línea, si iba a romper el mandato sagrado de mi madre y perder mi virginidad de una vez por todas, tenía que ser con alguien como él. Si iba a caer, que fuera por la persona indicada.
Agustín no apartó los ojos de los míos. Había algo en su forma de sostener la mirada que no demostraba incomodidad ante mi altura ni ante la fuerza de mi presencia, todo lo contrario al viejo amargado del pasaje. Entre los pasillos silenciosos, rodeados de lomos de cuero y estanterías interminables, el aire olía a papel antiguo y a una calma que me invitaba a tentar a la suerte.
—¿Te gusta la literatura clásica, Tatiana? —preguntó, apoyando las palmas sobre el mostrador de madera oscura, inclinándose apenas hacia mí.
—Depende de quién la escriba —le contesté, bajando la voz, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba—. Prefiero a los que no tienen miedo de romper las reglas. A los que desnudan el alma y la carne sin pedir disculpas.
—Depende de quién la escriba —le contesté, bajando la voz, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba—. Prefiero a los que no tienen miedo de romper las reglas. A los que desnudan el alma y la carne sin pedir disculpas.
Él arqueó una ceja, intrigado, y una sonrisa sutil se dibujó en la comisura de sus labios.
—Entonces creo que te has equivocado de sección, o tal vez has venido al lugar indicado —murmuró, con un tono pausado que me recorrió la espalda como un escalofrío en pleno verano—. Aquí los libros guardan secretos, pero hay cosas que la tinta no alcanza a explicar.
Me quedé en silencio, observando sus manos, imaginando lo que se sentiría ser tocada por alguien que no tenía prisa, por un hombre que había cruzado el océano y cargaba con su propio misterio. La idea fija que llevaba en la cabeza desde que subí al avión en Rusia zumbaba con fuerza: mi cuerpo ya no era de mi madre, era mío, y el calor de Málaga exigía un sacrificio. Miré de nuevo sus labios, luego sus ojos, y supe que este encuentro apenas era el prólogo de mi propia caída.







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