Prologo
Cuando el mundo era solo piedra mansa y frío sin nombre, Gor’Tharok bajó de la tormenta buscando a alguien que no le temiera al trueno.
Los hombres lo ignoraron; los enanos se habían enterrado vivos. Y los elfos se volvieron árboles. Solo los salvajes de piel naranja se pararon en la cumbre, con el pecho abierto y los dientes apretados, devolviéndole el rugido a la bestia.
Gor’Tharok no los bendijo con paz; les dio su propia sangre. Y desde entonces, su estirpe canta en bucle la misma melodía rota: resistir hasta que el mundo se quiebre, porque nacer, para un orco, siempre ha sido una guerra contra la muerte.
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