Crear nueva lista
Compartir con tus amigos
Personalizar legibilidad

✨One-shot✨🪽LA MUJER QUE TENÍA ALAS🪽

Sinopsis

Becky siempre había pensado que los ángeles pertenecían a las historias que contaba la gente cuando necesitaba creer en algo. Hasta que una noche encuentra a Freen herida, escondida entre los árboles, con unas enormes alas blancas que intenta ocultar. Freen ha sido expulsada del mundo celestial por desobedecer una regla que jamás debió romper: no involucrarse con los humanos. Becky decide ayudarla sin hacer demasiadas preguntas. Lo que comienza como una pequeña promesa de protegerla se transforma poco a poco en una relación que obliga a Freen a elegir entre regresar al cielo... o quedarse en la Tierra junto a la única persona que consiguió hacerla sentir que, por primera vez, tenía un hogar. Porque quizá Freen no cayó del cielo por castigo. Quizá cayó porque estaba destinada a encontrar a Becky.

Genero:
Romance
Autor/a:
Queen
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

🪽🤍 LA MUJER QUE TENÍA ALAS 🤍🪽

Freen Sarocha × Becky Armstrong

Género: Romance, fantasía, drama y romance sobrenatural.

Formato: One-shot.

I. LA MUJER EN EL BOSQUE

Becky encontró a la mujer una noche de lluvia.

No fue una decisión heroica.

Tampoco estaba buscando a nadie.

De hecho, llevaba casi una hora arrepintiéndose de haber tomado aquel sendero en lugar de seguir la carretera principal. Sus zapatos estaban completamente empapados, el frío comenzaba a calarle los huesos y su teléfono apenas conservaba un cuatro por ciento de batería.

La linterna iluminaba débilmente el camino.

—Perfecto —murmuró—. Excelente decisión, Becky. Definitivamente mereces un premio por tu inteligencia.

Entonces escuchó algo.

Un golpe seco entre los árboles.

Se detuvo.

Esperó.

Otro sonido.

Esta vez parecía un quejido.

—¿Hola?

Ninguna respuesta.

Becky miró alrededor. Los árboles se balanceaban con el viento y la lluvia golpeaba las hojas con tanta fuerza que apenas podía distinguir los sonidos del bosque.

—¿Hay alguien ahí?

Una voz respondió desde la oscuridad.

—Vete.

Becky frunció el ceño.

—¿Estás herida?

—No.

—Eso ha sonado exactamente como algo que diría alguien que está herido.

Silencio.

Becky avanzó unos pasos y apartó unas ramas.

Entonces la vio.

Una mujer estaba sentada contra el tronco de un árbol. Tenía el cabello oscuro completamente empapado, la ropa cubierta de barro y una mano presionada contra su costado.

Su rostro era extraordinariamente hermoso, pero había algo en su expresión que llamó más la atención de Becky: una seriedad casi dolorosa, como si estuviera acostumbrada a soportar cualquier sufrimiento sin permitir que nadie lo notara.

Sin embargo, aquello no fue lo que la dejó sin palabras.

Detrás de la desconocida había unas alas.

Enormes.

Blancas.

Majestuosas.

Varias plumas estaban manchadas de sangre y una de las alas parecía haber sufrido una lesión considerable.

Becky abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

—Tienes alas.

La mujer levantó lentamente la mirada.

—Ya me había dado cuenta.

Becky parpadeó.

—Bueno... perdón.

—Vete.

—No.

—No sabes quién soy.

—Tampoco tú sabes quién soy yo.

—Eres humana.

—Exacto. Y, por lo que parece, soy la única persona que está intentando ayudarte.

La desconocida cerró los ojos, aparentemente agotada.

—Eso es precisamente el problema.

Becky se acercó con cautela.

—¿Cómo te llamas?

La mujer tardó varios segundos en responder.

—Freen.

—Yo soy Becky.

—No necesito saberlo.

—Yo sí necesito saber el nombre de la persona a la que estoy a punto de ayudar.

—No puedes ayudarme.

Becky observó la herida de su costado y después la de su ala.

—Podemos discutir eso cuando dejes de sangrar.

Se quitó la chaqueta y se arrodilló frente a ella.

—Necesito que levantes el ala.

Freen la miró como si acabara de escuchar la cosa más absurda del universo.

—¿Qué estás haciendo?

—Curándote.

—No puedes.

—Freen.

—¿Qué?

—Levanta el ala.

La mujer la observó durante unos segundos.

Finalmente, una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Eres mandona.

—Y tú estás sangrando.

Freen suspiró.

Pero obedeció.

Y Becky, sin comprender todavía a quién acababa de encontrar, tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre.

II. EL ÁNGEL DESTERRADO

Becky llevó a Freen hasta una pequeña cabaña que pertenecía a su familia.

Era una construcción antigua, rodeada de árboles y situada a varios kilómetros del pueblo. Su abuela la utilizaba durante las vacaciones, pero llevaba años vacía.

Era sencilla, cálida y, sobre todo, estaba lo suficientemente alejada de las miradas curiosas.

Perfecta para esconder a una mujer con alas.

Durante las primeras horas, Freen apenas habló.

Becky limpió sus heridas, preparó algunas vendas y consiguió que bebiera agua. La lesión del costado no parecía mortal, pero el ala estaba mucho más dañada de lo que había imaginado.

—¿Te duele? —preguntó mientras cambiaba el vendaje.

—No.

Becky levantó una ceja.

—¿Siempre mientes tan mal?

—No estoy mintiendo.

—Entonces tienes una expresión muy convincente para alguien que parece estar sufriendo.

Freen la miró.

—Hablas demasiado.

—Y tú demasiado poco. Supongo que estamos equilibradas.

Durante los siguientes días, Becky hizo preguntas.

Muchas.

Demasiadas.

—¿Puedes volar?

—Sí.

—¿Hasta dónde?

—No lo sé.

—¿Nunca lo has contado?

—No.

—¿Comes comida normal?

—Sí.

—¿Duermes?

—Sí.

—¿Puedes morir?

Freen levantó la mirada del libro que estaba leyendo.

—Sí.

Becky dejó de sonreír.

—Ah.

—No soy inmortal.

—Pero eres un ser celestial.

—Eso no significa que sea imposible matarme.

Becky se sentó frente a ella.

—Eso es bastante deprimente.

—La vida suele serlo.

—¿Y por qué estás aquí?

Freen cerró el libro.

Esta vez no respondió inmediatamente.

Miró por la ventana, donde las gotas de lluvia resbalaban lentamente por el cristal.

—Porque me expulsaron.

Becky parpadeó.

—¿Del cielo?

—Sí.

—¿Por qué?

Freen guardó silencio.

—Desobedecí una orden.

—¿Qué orden?

—Me ordenaron abandonar a una persona que estaba bajo mi protección. Según las leyes celestiales, su destino ya estaba escrito y yo no tenía derecho a intervenir.

Becky frunció el ceño.

—¿Y qué hiciste?

—La salvé.

—Entonces no parece que hayas hecho algo terrible.

Freen volvió la mirada hacia ella.

—Para ellos, sí.

—¿Y te arrepientes?

La respuesta llegó sin vacilación.

—No.

Becky sonrió suavemente.

—Entonces quizá no seas tú quien debería sentirse avergonzada.

Freen la observó.

Durante mucho tiempo había escuchado condenas, reproches y amenazas.

Pero nunca había escuchado a alguien defenderla sin conocerla.

—No sabes nada de mí —murmuró.

Becky se encogió de hombros.

—Sé que estabas herida y aun así intentaste convencerme de que me marchara. Sé que tienes unas alas preciosas y que eres insoportablemente orgullosa.

Freen arqueó una ceja.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

Y, por primera vez desde su caída, Freen se permitió sonreír de verdad.

III. LAS ALAS QUE NO DEBÍAN TOCARSE

Freen tardó semanas en confiar completamente en Becky.

Pero la convivencia comenzó a revelar pequeños detalles que la humana encontraba encantadores.

A Freen le gustaba la tranquilidad.

Le gustaba sentarse junto a la ventana.

Le gustaba leer durante horas.

No soportaba el café demasiado dulce.

Y, aunque jamás lo admitía, parecía disfrutar cuando Becky hablaba demasiado.

Una tarde, Becky entró en la habitación con dos tazas.

—Para ti.

Freen levantó una ceja.

—No te lo pedí.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque pensé que te gustaría.

Freen tomó la taza.

—Gracias.

—De nada.

Becky se sentó frente a ella.

Durante unos minutos, ambas permanecieron en silencio.

Hasta que Becky hizo una pregunta.

—¿Puedo tocar tus alas?

Freen casi se atragantó con el café.

—¿Qué?

—Tus alas.

—Ya sé qué has dicho.

—Entonces...

—No.

—Está bien.

Becky no insistió.

Simplemente tomó su propia taza y comenzó a beber.

Aquella reacción sorprendió a Freen.

Estaba acostumbrada a que los humanos sintieran curiosidad por sus alas. Algunos querían tocarlas, otros arrancar una pluma y otros contemplarlas como si fueran un objeto extraordinario.

Pero Becky había aceptado su negativa sin intentar convencerla.

Pasaron varios minutos.

Entonces Freen habló.

—Puedes.

Becky levantó la cabeza.

—¿De verdad?

—Si todavía quieres.

—Claro que quiero.

Freen dejó la taza sobre la mesa y extendió lentamente una de sus alas.

Becky se acercó con cuidado.

Tocó una pluma con la punta de los dedos.

Era mucho más suave de lo que había imaginado. Casi parecía hecha de luz.

—Es preciosa.

Freen la observó.

—Es solo un ala.

Becky negó suavemente.

—No.

Acarició otra pluma.

—Es parte de ti. No es solo algo bonito que tienes en la espalda.

Freen permaneció inmóvil.

Aquellas palabras despertaron algo que llevaba mucho tiempo dormido.

Durante siglos, sus alas habían representado su deber, su rango y su pertenencia al cielo.

Después de su expulsión, se habían convertido en un recordatorio de todo lo que había perdido.

Pero Becky las miraba de otra manera.

Como si fueran simplemente una parte de la mujer que tenía delante.

—Gracias —susurró Freen.

Becky sonrió.

—De nada, ángel.

Freen apartó la mirada.

No sabía por qué, pero escuchar aquel apodo en los labios de Becky le provocaba una sensación cálida en el pecho.

Y durante aquella noche no volvió a cerrar las alas.

IV. LO QUE NO DEBÍA SENTIR

El problema comenzó cuando Becky empezó a notar ciertas cosas.

Que Freen siempre la esperaba despierta cuando regresaba tarde.

Que caminaba del lado de la carretera cuando salían juntas.

Que, cuando Becky tenía frío, aparecía una manta sobre sus hombros sin que nadie se la ofreciera.

Que cuando estaba triste, Freen se sentaba a su lado.

Nunca preguntaba demasiado.

Nunca intentaba arreglarlo todo.

Simplemente se quedaba.

Y Becky comenzó a descubrir que aquella compañía silenciosa significaba mucho más de lo que había imaginado.

Una tarde, mientras preparaban la cena, Freen observó cómo Becky intentaba alcanzar un frasco colocado en el estante superior.

—Podrías pedirme ayuda.

—Podría.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

—Porque estoy intentando demostrar que puedo hacerlo sola.

Freen extendió una de sus alas, tomó el frasco y lo colocó sobre la mesa.

—Demostración innecesaria.

Becky la miró indignada.

—¡Podía alcanzarlo!

—Por supuesto.

—No te burles.

—No lo hago.

Becky intentó mantener una expresión seria, pero terminó riéndose.

Freen la observó durante unos segundos.

Había aprendido a reconocer aquella risa.

Le gustaba.

Demasiado.

Una noche, mientras contemplaban las estrellas desde el porche, Becky apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Freen.

—¿Sí?

—¿Extrañas el cielo?

La mujer permaneció mirando las estrellas.

—A veces.

—¿Quieres volver?

El silencio se prolongó.

—No lo sé.

Becky levantó la cabeza.

—¿Qué te detiene?

Freen la miró.

Y por primera vez Becky descubrió miedo en sus ojos.

—Tú.

Becky dejó de respirar durante un instante.

—¿Yo?

Freen apartó la mirada.

—No debería haberte conocido.

—Pero me conociste.

—Sí.

—Y ahora...

—Ahora no sé cómo marcharme.

El corazón de Becky comenzó a latir demasiado rápido.

—Freen...

—No.

La mujer se levantó.

—No digas nada.

—¿Por qué?

—Porque si dices algo, podría quedarme.

Becky también se puso de pie.

—¿Y eso sería tan malo?

Freen cerró los ojos.

—Para ti, quizá.

—Déjame decidirlo.

Freen volvió a mirarla.

—No entiendes lo que significa amar a alguien como yo.

—Entonces explícame.

—No puedo ofrecerte una vida sencilla. No puedo prometerte que siempre estaré aquí. Ni siquiera sé cuánto tiempo podré permanecer en este mundo.

Becky se acercó.

—No te estoy pidiendo una vida sencilla.

Freen bajó la mirada.

—Podría perderte.

Becky tomó su mano.

—Y yo podría perderte a ti. Pero no quiero que el miedo decida por nosotras.

Freen entrelazó sus dedos con los de ella.

No se besaron aquella noche.

Pero ambas comprendieron que ya habían cruzado una frontera invisible.

V. EL HOMBRE QUE VINO DEL CIELO

La tranquilidad terminó una noche de luna nueva.

Becky despertó al escuchar un estruendo en el exterior.

Se incorporó y miró por la ventana.

Una luz blanca atravesaba el bosque.

No era un relámpago.

Era demasiado intensa.

Demasiado constante.

Freen apareció en la puerta de la habitación.

Su rostro había perdido todo rastro de tranquilidad.

—Quédate aquí.

Becky se levantó.

—¿Qué sucede?

—Han venido por mí.

Salieron de la cabaña.

En medio del claro había una figura vestida de blanco. Su presencia parecía alterar el aire. A su alrededor flotaban pequeñas partículas luminosas y sus ojos tenían el brillo frío de las estrellas.

Era un hombre alto, de expresión severa y alas doradas.

—Freen Sarocha —pronunció—. Por orden del Consejo Celestial, debes regresar.

Freen se colocó delante de Becky.

—No voy a volver.

El hombre observó sus alas heridas.

—Has permanecido demasiado tiempo entre los humanos.

—Estoy donde quiero estar.

—No tienes derecho a elegir.

Becky frunció el ceño.

—¿Y usted quién es?

El desconocido la miró con desprecio.

—Soy Cassian, emisario del Consejo Celestial.

—Encantada. Ahora, si no le importa, está asustando a mi invitada.

Freen cerró brevemente los ojos.

Incluso en aquella situación, Becky seguía siendo Becky.

Cassian ignoró su comentario.

—Tu destierro fue una oportunidad para reflexionar sobre tu desobediencia. Sin embargo, has cometido una nueva falta.

Freen levantó la barbilla.

—No he hecho nada que deba avergonzarme.

—Has permitido que una humana se acerque demasiado a ti.

Becky dio un paso al frente.

—No soy una enfermedad.

Cassian la observó con frialdad.

—Eres mortal. Tu existencia es breve. No comprendes las consecuencias de lo que estás haciendo.

—Quizá no conozca sus leyes, pero sí conozco a Freen.

El emisario volvió la mirada hacia la mujer alada.

—Tu vínculo con ella debe terminar.

—No.

—Si permaneces aquí, perderás definitivamente tu condición celestial.

Freen no respondió.

Cassian extendió una mano.

Una luz dorada envolvió el claro.

—Tienes hasta el amanecer para decidir. Regresarás al cielo o serás despojada de tu esencia y condenada a una existencia mortal.

La luz desapareció.

Y con ella, el emisario.

Becky miró a Freen.

—¿Qué significa eso?

Freen no respondió inmediatamente.

Sus alas temblaron.

—Significa que esta vez no vienen a pedirme que regrese.

Becky sintió un escalofrío.

—¿Qué quieren hacerte?

Freen la miró.

—Quieren asegurarse de que nunca vuelva a elegir por mí misma.

VI. LA VERDAD DE LA CAÍDA

Aquella noche, Freen decidió contarle todo.

No solo el motivo de su expulsión.

También lo que había ocurrido antes.

Mucho antes de conocer a Becky, Freen había sido una guardiana celestial. Su misión consistía en proteger a los humanos cuya existencia estaba amenazada por fuerzas que ellos no podían comprender.

No podía intervenir en todas sus decisiones.

No podía cambiar todos sus destinos.

Pero tenía permitido protegerlos cuando la oscuridad amenazaba con destruirlos.

Hasta que conoció a una niña.

La pequeña estaba destinada a morir durante una guerra provocada por seres que habían escapado del mundo celestial.

El Consejo ordenó a Freen que no interviniera.

Según sus leyes, aquella muerte formaba parte de un equilibrio que no debía alterarse.

Pero Freen no pudo obedecer.

Descendió a la tierra y salvó a la niña, sacrificando parte de su propia esencia para cerrar el portal por el que las criaturas habían escapado.

La niña sobrevivió.

El portal quedó sellado.

Pero Freen perdió su lugar en el cielo.

—Me quitaron mi rango, mi hogar y gran parte de mi poder —explicó—. Me dejaron caer porque consideraron que había traicionado el orden celestial.

Becky permaneció en silencio.

—¿Y Cassian?

—Es uno de los emisarios más fieles del Consejo. Cree que las leyes están por encima de cualquier sentimiento.

—¿Y tú?

Freen miró sus manos.

—Yo creía lo mismo.

Becky se acercó.

—Hasta que salvaste a aquella niña.

—Hasta que comprendí que obedecer no siempre significa hacer lo correcto.

Becky tomó sus manos.

—No hiciste mal al salvarla.

—No me arrepiento. Pero ahora podrían destruir lo que queda de mí.

—No permitiré que te hagan daño.

Freen sonrió con tristeza.

—No puedes enfrentarte al cielo.

—Quizá no. Pero puedo enfrentarme a cualquiera que intente arrebatarte tu libertad.

Freen la miró con una ternura que no consiguió ocultar.

—¿Por qué haces esto?

Becky acarició sus dedos.

—Porque te amo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambas.

Freen cerró los ojos.

Había imaginado muchas veces cómo sería escuchar aquellas palabras.

Pero nunca había imaginado que dolerían tanto.

—No deberías amarme —susurró.

Becky se acercó.

—No me digas lo que debería sentir.

Freen apoyó la frente contra la suya.

—Tengo miedo.

—Yo también.

—No quiero que sufras por mi culpa.

—Entonces no me apartes para decidir por mí.

Freen respiró profundamente.

Y finalmente la besó.

Fue un beso suave, lleno de sentimientos que ambas habían intentado ocultar.

Cuando se separaron, Freen apoyó la frente contra la de Becky.

—Te amo.

Becky sonrió.

—Eso era lo que estaba esperando.

VII. LA ÚLTIMA ORDEN

El amanecer llegó demasiado pronto.

La cabaña comenzó a temblar.

Las ventanas se iluminaron con un resplandor blanco y el aire se volvió tan pesado que Becky tuvo dificultades para respirar.

Freen salió al exterior.

Cassian estaba esperándola.

Esta vez no había llegado solo.

Detrás de él se encontraban otros dos seres celestiales.

—Ha llegado el momento —anunció.

Freen extendió sus alas.

—No voy a acompañarte.

Cassian levantó una mano.

Una cadena de luz apareció alrededor de una de las alas de Freen.

La mujer cayó de rodillas.

—¡Freen!

Becky corrió hacia ella.

—¡Suéltala!

Cassian la observó.

—Apártate, humana.

—¡No!

Becky intentó romper la cadena, pero una descarga luminosa la lanzó hacia atrás.

Freen gritó.

—¡No la toques!

La luz que rodeaba sus alas comenzó a intensificarse.

Cassian se acercó.

—Todavía puedes regresar. El Consejo está dispuesto a perdonar tu desobediencia si renuncias a esta mujer.

Freen levantó la cabeza.

—No necesito vuestro perdón.

—Entonces perderás todo lo que eres.

—Mi esencia no está en vuestro poder.

Cassian apretó la mano.

Las cadenas se cerraron alrededor de las alas de Freen.

Becky, todavía en el suelo, vio cómo una de las plumas blancas caía lentamente sobre la hierba.

Algo dentro de ella se quebró.

Se levantó y corrió hacia Freen.

Esta vez no intentó apartar las cadenas.

Tomó la mano de la mujer.

—Mírame.

Freen apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Becky... vete.

—No.

—Por favor.

Becky apretó sus dedos.

—Me dijiste que el cielo te expulsó porque elegiste salvar a alguien.

Freen la miró.

—Sí.

—Entonces no permitas que ahora te convenzan de que fue un error.

La luz comenzó a rodear las manos de ambas.

Becky sintió un calor intenso en el pecho.

Una pequeña marca luminosa apareció sobre su muñeca.

Era el mismo símbolo que había visto grabado en una de las plumas de Freen.

Cassian retrocedió.

—¿Qué significa esto?

Freen abrió los ojos.

—No puede ser...

La marca comenzó a brillar con mayor intensidad.

Becky sintió una oleada de recuerdos que no le pertenecían: cielos inmensos, estrellas, alas extendidas y una mujer cayendo entre las nubes.

Pero no era un recuerdo suyo.

Era el recuerdo de Freen.

Y en medio de aquella visión comprendió algo.

El vínculo que las unía no había nacido de la magia.

La magia estaba respondiendo a un vínculo que ya existía.

Becky levantó la mirada hacia Cassian.

—No puedes obligarla a regresar.

—No tienes autoridad para cuestionar al Consejo.

—No necesito autoridad para saber que nadie tiene derecho a decidir a quién puede amar.

La luz de la marca se extendió por el suelo.

Las cadenas comenzaron a resquebrajarse.

Freen, reuniendo sus últimas fuerzas, extendió las alas.

Una ráfaga de energía recorrió el bosque.

Las cadenas se rompieron.

Cassian levantó el brazo para protegerse.

—¡Esto no ha terminado!

Freen se puso de pie, aunque apenas podía sostenerse.

—Para mí sí.

El emisario la observó con una mezcla de furia e incredulidad.

—Has renunciado a la eternidad por una humana.

Freen miró a Becky.

Después volvió a mirarlo.

—No. He elegido mi propia vida.

Una luz blanca envolvió el claro.

Cuando desapareció, Cassian y sus acompañantes ya no estaban.

El bosque volvió a quedar en silencio.

Freen cayó entre los brazos de Becky.

VIII. EL PRECIO DE SER LIBRE

Becky llevó a Freen hasta la cabaña.

La mujer estaba débil. Sus alas habían perdido parte de su brillo y algunas plumas se habían vuelto grises.

—¿Vas a estar bien? —preguntó Becky.

Freen intentó sonreír.

—He sobrevivido a cosas peores.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué?

—Porque no quiero acostumbrarme a verte al borde de la muerte.

Freen soltó una pequeña risa.

Becky le acarició el rostro.

—¿Qué va a pasar ahora?

Freen miró sus alas.

—He perdido mi condición celestial. No sé si podré recuperarme por completo.

Becky sintió un nudo en la garganta.

—¿Y puedes volver al cielo?

—No lo sé.

—¿Lo deseas?

Freen permaneció en silencio.

Durante mucho tiempo había pensado que su mayor pérdida era el cielo.

Pero ahora comprendía que había pasado demasiado tiempo confundiendo su hogar con el lugar al que le habían ordenado pertenecer.

—No —respondió finalmente—. No quiero volver.

Becky la miró.

—¿Estás segura?

Freen tomó su mano.

—Por primera vez, sí.

Becky sonrió entre lágrimas.

—Entonces construiremos algo nuevo.

Freen contempló sus alas.

—No sé si podré volar otra vez.

Becky se inclinó y besó su frente.

—Entonces caminaremos.

—¿Y si no puedo caminar?

—Te cargaré.

Freen soltó una carcajada.

—Eres demasiado pequeña para cargarme.

—Puedo intentarlo.

—Lo sé.

Becky apoyó la cabeza junto a la suya.

Y permanecieron abrazadas mientras el sol comenzaba a iluminar el bosque.

IX. UN HOGAR BAJO EL MISMO CIELO

Los meses siguientes no fueron perfectos.

Freen tuvo que aprender a vivir con una energía que ya no respondía como antes. Sus alas seguían siendo hermosas, pero habían perdido parte de su fuerza. No podía volar durante mucho tiempo y, en ocasiones, el dolor regresaba cuando intentaba desplegarlas.

También tuvo que acostumbrarse a cosas que antes consideraba insignificantes.

El frío.

El hambre.

El cansancio.

La necesidad de descansar después de caminar demasiado.

Becky estuvo a su lado durante todo el proceso.

No la trataba como alguien frágil.

Tampoco fingía que nada había cambiado.

Simplemente aprendieron a adaptarse.

Freen descubrió que la vida humana tenía pequeñas maravillas.

El aroma del pan recién hecho.

La lluvia golpeando el techo.

Las tardes tranquilas.

Los abrazos inesperados.

Y, sobre todo, la posibilidad de despertar junto a la persona que amaba.

Una mañana, Becky estaba sentada en el jardín leyendo cuando Freen apareció detrás de ella.

—Estás ocupando mi silla.

Becky levantó la mirada.

—Es nuestra silla.

—La compré yo.

—Entonces es tuya.

—Gracias.

Becky sonrió.

Freen se sentó a su lado.

Sus alas estaban extendidas sobre el césped, recibiendo la luz del sol.

—¿Qué lees? —preguntó.

—Una novela romántica.

—¿Es buena?

—Todavía no lo sé. La protagonista está enamorada de una mujer muy complicada.

Freen arqueó una ceja.

—Parece interesante.

—Muchísimo. Tiene alas, es orgullosa y cree que puede resolver todos sus problemas sola.

—No conozco a nadie así.

Becky soltó una carcajada.

Freen sonrió.

—¿Y qué sucede después?

—Todavía no lo sé.

Becky cerró el libro y la miró.

—Pero espero que termine feliz.

Freen tomó su mano.

—Yo también.

X. EL CIELO QUE ELIGIERON

Una tarde, mientras contemplaban el atardecer, Becky observó las alas de Freen.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Siempre.

—¿Te arrepientes?

Freen giró el rostro.

—¿De qué?

—De haberte quedado.

La mujer contempló el horizonte.

Durante unos segundos no respondió.

Después extendió lentamente una de sus alas.

Todavía era blanca, aunque algunas plumas conservaban un delicado tono plateado.

—Antes creía que el cielo era el único lugar al que podía pertenecer.

Becky apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿Y ahora?

Freen entrelazó sus dedos.

—Ahora sé que un hogar no es necesariamente un lugar. A veces es una persona. Alguien con quien puedes ser tú misma sin miedo a que te expulsen por sentir demasiado.

Becky sonrió.

—Eso ha sido muy romántico.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Freen se rio.

Becky levantó la mirada.

—¿Sabes algo? Creo que las personas se equivocan cuando dicen que los ángeles viven en el cielo.

Freen arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí. Creo que algunos encuentran su hogar en la Tierra.

Freen le acarició la mejilla.

—Entonces tuve mucha suerte.

—¿Por qué?

—Porque encontré el mío.

Becky la besó.

Freen respondió con la misma ternura.

Después, la mujer alada extendió sus alas alrededor de ambas.

No para esconder a Becky del mundo.

No para protegerla de una amenaza.

Simplemente para abrazarla.

Y mientras el sol desaparecía detrás de los árboles, Becky comprendió que nunca había necesitado que Freen fuera un ángel perfecto.

La amaba con sus heridas, sus dudas, sus alas y sus cicatrices.

La amaba por la mujer que había elegido ser.

Y Freen, que alguna vez había perdido el cielo por desobedecer una orden, descubrió que no había perdido la capacidad de volar.

Solo había encontrado una razón diferente para extender las alas.

Porque a veces un ángel no cae del cielo para ser castigado.

A veces cae porque allí abajo alguien lo está esperando.

Y otras veces, cuando finalmente encuentra el valor de elegir, descubre que no necesita regresar al cielo para volver a sentirse en casa.

Solo necesita una mano que no la suelte.

Una voz que la llame por su nombre.

Y un corazón que la elija incluso cuando sus alas ya no puedan volar.

FIN. 🪽🤍

¡Cuéntale a Queen lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Nuestro Amor

San: Es una novela muy envolvente, en cada capítulo te atrapa más y más esta muy interesante!! Espero terminarla sin ningún inconveniente!!

Leer ahora
Embarazada del bebé de su hombre lobo 🌙 Kookmin Adap.

janneth1108: Dios ya quiero mas .. me encanta 😍😍😍

Leer ahora
Amor en cláusulas.

Elena: Me s gustado todo

Leer ahora
ATRAPADO

MONSY💋: Me.encanto 💋

Leer ahora
Marido y mujer, ¡solo en papel!

Claudia: Hgytvbggghhhhhh Hu yhhhhhhyh

Leer ahora
La Conquista del Alfa

Mariela: Me gustaría saber cómo continúa !!

Leer ahora
It All Fell Down | KookV

ana: Me encantó muchísimo, cada tanto la releo. 😍🩷 muy entretenida y bien escrita ✨

Leer ahora
LOBO BLANCO

Beatriz: Buena historia, bien escrita. Tal vez un poco previsible pero agradable para una tarde de domingo.

Leer ahora