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HOGG

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Sinopsis

En el asfixiante desierto de Tucson, Arizona, a la sombra del cementerio de aviones militares más grande del mundo, Cletus Hogg parece un simple mecánico de deshuesadero. Pero detrás de ese nombre rústico y las manos manchadas de grasa se esconde un prodigio de la ingeniería improvisada y la conducción al límite: un hombre capaz de construir un arma con chatarra aeroespacial y llevar un motor V8 analógico más allá de las leyes de la física. En la cima de las montañas de Santa Catalina, dentro de una fortaleza de cristal climatizada, reina Reginald Sterling III. Elitista, intocable y dueño de la red tecnológica que controla cada cámara, semáforo y dron del estado, Sterling gobierna la ciudad desde la nube como un dios digital. Cuando el núcleo encriptado de un prototipo secreto de Sterling cae por error en el taller de Cletus, el multimillonario envía a sus escuadrones de élite para borrar del mapa a un grupo de chatarreros que no deberían significar nada. Comienza una guerra asimétrica a cuarenta y cuatro grados a la sombra: el control digital absoluto y los millones de la élite corporativa contra el ingenio puro, la gasolina, el titanio reciclado y un hombre que no puede ser hackeado porque no está conectado a ninguna red.

Genero:
Action
Autor/a:
maike
Estado:
hace 3 horas
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPITULO 1

A las tres de la tarde de un martes de julio, el termómetro oxidado clavado en el poste de madera afuera del taller marcaba cuarenta y cuatro grados a la sombra, aunque en el sur de Tucson la sombra era un concepto puramente teórico.


Adentro del galpón de lámina galvanizada situado en el kilómetro catorce de la Vieja Carretera a Benson, el aire olía a soldadura de estaño fundido, pasta térmica de silicio, aceite de transmisión quemado y el chile verde asado de los burritos que vendían en el puesto de lámina de la esquina. Dos ventiladores industriales armados con hélices recicladas de un camión frigorífico zumbaban a máxima potencia, moviendo el aire caliente de un lado a otro sin enfriarlo ni medio grado.


Sentado frente a un banco de trabajo de tres metros de largo cubierto de paños magnéticos azules, Cletus Hogg, de veintiséis años y un metro setenta y ocho de estatura, tenía los ojos cerrados y un destornillador de precisión Torx T6 girando entre los dedos índice y medio de la mano derecha como si fuera el bastón de un malabarista.


Sobre la mesa, completamente despiezada hasta el último tornillo milimétrico, descansaba una estación de trabajo de doble procesador con un sistema de refrigeración criogénica preparado para nitrógeno líquido que costaba en el mercado unos dieciocho mil dólares, junto a la placa madre abierta de un módulo de telemetría militar de los años noventa.


No estaban rotos. Ninguno de los dos tenía una sola falla cuando Cletus los había puesto sobre la mesa a las dos de la tarde.


Simplemente hacía demasiado calor para salir al patio y Cletus estaba aburrido.


—Tres minutos con cuarenta segundos —anunció una voz áspera desde el rincón junto a la máquina de refrescos, donde Mateo «Toro» Castellanos, un exsargento de mantenimiento del Cuerpo de Marines de cincuenta y ocho años con brazos del grosor de un hidrante y un bigote entrecano manchado de grasa, sostenía un cronómetro mecánico en una mano y una botella helada de cerveza en la otra—. Si no conectas el puente sur antes de los cuatro minutos, me debes veinte dólares y te toca limpiar la fosa del diferencial del camión de basura de los hermanos Grijalva.


—El camión de los Grijalva tira líquido de frenos por el cilindro de rueda trasero derecho, Toro, no por el diferencial —respondió Cletus sin abrir los ojos, mientras sus dedos largos, manchados de hollín en las yemas pero dotados de una sensibilidad quirúrgica, tomaban a ciegas un procesador de sesenta y cuatro núcleos por los bordes de fibra de vidrio—. Lo escuché rechinar ayer a tres cuadras cuando iban subiendo por la avenida Alvernon. Tienen el tambor ovalado.


Con un movimiento fluido y casi hipnótico, sin levantar los párpados, Cletus encajó el procesador en el zócalo de cuatro mil pines sin doblar un solo contacto microscópico, bajó la palanca de retención de acero con el pulgar izquierdo, tomó a tientas la jeringa de pasta térmica de plata y depositó cinco puntos exactos del tamaño de un grano de arroz sobre el encapsulado del procesador, antes de atornillar el bloque de cobre en cruz con una presión gradual y uniforme, sin exceder el límite de montaje de la placa.


A su izquierda, sobre una repisa hecha con cajas de munición vacías, una radio portátil de transistores que Cletus había modificado con una antena de banda ancha construida a partir de componentes recuperados de un radar de avión de combate para captar desde la banda civil hasta los canales abiertos de la patrulla fronteriza emitía la programación local de la tarde en Tucson.


Entre el chisporroteo de la estática y el calor del desierto, se escuchaba la voz engolada, suave y teatral del Custodio Mayor del Distrito Sur de La Congregación del Redil Puro, cuya gigantesca sede regional —un complejo de domos blancos y cristales espejados exento de impuestos— se levantaba veinte kilómetros al norte, al pie de las montañas de Santa Catalina:


«...porque la podredumbre entra por los ojos y por la vanidad de la carne, hermanos míos —decía el predicador en la radio con un suspiro ensayado de profunda tristeza moral—. Ayer mismo me dolió el alma ver a jóvenes de nuestras propias sucursales caminando por el centro con faldas por encima de la rodilla y escuchando música mundana, olvidando la modestia que nos distingue del lodo de afuera. Recuerden que la puerta es estrecha, y que esta semana el Canasto de la Providencia de nuestra sucursal de Tucson aún está a treinta mil dólares de la meta mensual de gratitud. Aquel que esconde su moneda en el bolsillo cuando pasa el canasto, le está robando el pan a la obra...».


Cletus abrió por fin los ojos —dos pupilas de un color café claro, vivaces, irreverentes y cargadas de una chispa de cálculo perpetuo—, estiró el brazo izquierdo sin mirar hacia la radio y le dio un golpecito seco con el mango de unas pinzas de corte al dial analógico.


La estación cambió de golpe, cortando el sermón a mitad de frase para dejar sonar los acordes rasposos de la guitarra de Creedence Clearwater Revival a todo volumen en el taller.


—Ese infeliz del Redil acaba de comprarse una Suburban blindada del año la semana pasada y sigue llorando por treinta mil dólares en la radio —gruñó el viejo Toro Castellanos, escupiendo en un bote de aserrín junto a sus botas de casquillo—. Mi cuñada Marta va todos los domingos a la sucursal de la calle Broadway. El mes pasado el encargado de su grupo la puso de pie frente a cincuenta personas para avergonzarla porque su hijo mayor fue a una fiesta donde había cerveza, pero cuando a Marta le cortaron la luz en enero por no tener para el recibo de cien dólares, el tipo le dijo que la Congregación no daba limosnas individuales porque eso fomentaba la pereza. Son unos buitres con traje planchado.


—No es una Suburban normal, Toro —comentó Cletus, tomando un soldador de lápiz caliente a trescientos ochenta grados para unir en dos segundos un puente de capacitores de tantalio que le había injertado a la placa base militar—. La vi pasar el jueves por la carretera de Sabino Canyon. Lleva blindaje Nivel Cinco de kevlar laminado en las puertas, cristales de policarbonato de cuarenta milímetros y llantas run-flat militares. Nadie necesita blindaje contra fusiles de asalto para ir a recoger ofrendas de señoras jubiladas en Tucson, a menos que lo que lleves en la cajuela no sean biblias.


Cletus conectó el cable de la fuente de poder con un chasquido, puenteó los dos pines de encendido directamente en la placa con la punta metálica de su destornillador Torx y dio un paso atrás.


Bip.


Los indicadores LED azules de la estación de trabajo cobraron vida al instante. El sistema criogénico comenzó a evaporar el nitrógeno líquido contenido en su depósito aislado y una fina nube blanca escapó por la válvula de venteo, mientras en el monitor viejo colgado de la pared aparecía la pantalla de diagnóstico. El procesador alcanzó durante la prueba una frecuencia de cinco punto dos gigahercios: una cifra muy superior a la especificación de fábrica, conseguida mediante los ajustes de frecuencia y alimentación que Cletus había realizado. El oscilador de referencia de cuarzo militar que había recalibrado contribuía a mantener estable la señal de reloj durante la prueba.


Toro miró su cronómetro mecánico, soltó un bufido de resignación y sacó un billete arrugado de veinte dólares del bolsillo de su camisa de mezclilla, dejándolo caer sobre el banco junto a una lata de aceite penetrante.


—Tres minutos con cincuenta y dos segundos —admitió el viejo, aunque había una chispa de orgullo mal disimulado debajo de su ceño fruncido—. Eres un fenómeno de circo, Cletus. Con esa cabeza que tienes podrías estar ganando trescientos mil dólares al año en Silicon Valley o en los laboratorios de misiles de Raytheon aquí al lado en el aeropuerto, con aire acondicionado y secretaria, en lugar de estar sudando como una iguana en mi patio trasero arreglando módulos de tractores y armando monstruos que nadie te pidió.


Cletus tomó el billete de veinte dólares, se lo guardó en el bolsillo trasero de sus vaqueros manchados de grasa de litio y se limpió las manos con una estopa roja mientras caminaba hacia el centro del galpón.


—En Raytheon te obligan a usar gafete en el cuello, zapatos cerrados de vestir y a pedirle permiso a tres gerentes con corbata que no saben qué es un transistor para cambiar un fusible, Toro —dijo Cletus con una sonrisa ancha y despreocupada—. Además, si me pongo un traje y me llaman «Ingeniero Hogg», se pierde toda la magia cuando los niños ricos de la universidad bajan los viernes a correr a la carretera del desierto y ven mi nombre escrito con plumón en la tabla de apuestas.


Se detuvo junto a la joya que ocupaba la fosa central del taller.


No era un coche deportivo moderno lleno de pantallas táctiles, sensores de carril y computadoras de tracción que le decían al conductor cuándo frenar. Cletus odiaba los coches que pensaban por sí mismos; decía que cualquier máquina conectada a una antena era una máquina que otro imbécil podía apagar desde un escritorio.


Lo que descansaba sobre los gatos hidráulicos era el chasis de un Plymouth Road Runner de 1971, pintado de un color gris plomo mate antirreflejo que parecía absorbido por el polvo del desierto.


Por fuera parecía un auto viejo de chatarrero con un golpe sin pintar en la salpicadera izquierda. Por dentro del cofre abierto, sin embargo, era una obra de arte de la ingeniería aeroespacial improvisada. Cletus había reconstruido un bloque V8 Hemi de cuatrocientas veintiséis pulgadas cúbicas desde cero, reemplazando las bielas originales de acero por unas de aleación de titanio grado cinco, mecanizadas a partir de una barra de procedencia aeronáutica cuya composición había verificado antes de trabajarla. No tenía ni un solo microchip conectado al acelerador: llevaba dos carburadores mecánicos de cuatro gargantas sincronizados al milímetro, un sistema propio de inyección de agua y metanol, inspirado en los sistemas de inyección de agua utilizados en motores aeronáuticos y adaptado para reducir la temperatura de los cilindros bajo carga, y una jaula antivuelco oculta por dentro de los postes de la carrocería soldada con tubo de cromo-molibdeno.


En ese momento, el sonido de unas llantas anchas mordiendo la grava suelta del patio exterior a demasiada velocidad hizo vibrar las láminas del techo del taller.


Tres segundos después, una camioneta Ford Bronco de 1988 sin puertas y cubierta de polvo rojo del desierto de Sonora derrapó hasta detenerse justo frente a la cortina metálica abierta, levantando una nube de tierra caliente que entró al galpón.


Del asiento del conductor bajó de un salto Valeria «Val» Reyes.


Val tenía veintinueve años, el cabello negro recogido en una coleta apretada bajo una gorra de béisbol despintada de los Wildcats de Arizona, unos lentes de sol de aviador con un cristal rayado y una camisa militar remangada que dejaba ver una quemadura antigua de cautín en la muñeca derecha. Cuatro años atrás había sido una de las ingenieras de radiofrecuencia más brillantes de Tucson, hasta que descubrió que la empresa donde trabajaba estaba vendiendo componentes defectuosos al departamento de bomberos y decidió publicar los planos internos en internet antes de romperle la nariz a su supervisor con un teclado mecánico. Desde entonces estaba en la lista negra de todas las corporaciones del estado y se ganaba la vida comprando lotes cerrados de chatarra electrónica por kilo en las subastas públicas de liquidación de la Base de la Fuerza Aérea Davis-Monthan.


Val no entró caminando; entró casi corriendo, con un par de guantes de cuero de carnaza en una mano y una tableta de diagnóstico casera en la otra.


—Cletus, deja esa cafetera que estás armando y ven a la Bronco ahora mismo —dijo Val sin saludar, levantándose los lentes de sol hacia la frente con el dorso de la mano mientras miraba hacia la carretera a sus espaldas para asegurarse de que nadie la hubiera seguido desde la avenida Valencia—. Creo que los idiotas de logística del Sector Cuatro del Boneyard se equivocaron de tarima esta mañana en la subasta de chatarra por peso.


Cletus dejó la estopa sobre el guardafangos del Plymouth y arqueó una ceja con curiosidad inmediata.


A tres kilómetros al norte de aquel taller se extendía el Boneyard de Davis-Monthan: once kilómetros cuadrados de suelo alcalino duro como el cemento, cercados por triple alambre de púas, donde el gobierno de los Estados Unidos almacenaba más de cuatro mil cuatrocientos aviones de guerra, bombarderos estratégicos B-52, cazas F-16 y drones de reconocimiento retirados de servicio bajo el sol seco de Arizona. Cada mes, las piezas no clasificadas o los excedentes de contratistas privados que alquilaban hangares de prueba junto a la base se compactaban o se vendían como aluminio bruto a los deshuesaderos locales como el de Toro.


—¿Qué compraste, Val? —preguntó Toro, acercándose mientras limpiaba el cuello de su botella de cerveza—. Te dije el martes que ya no tengo espacio en el patio trasero para más cabinas de aluminio sin motor.


—No compré aluminio, Toro, compré la tarima cuarenta y dos por trescientos dólares pensando que eran cajas de fuentes de poder quemadas del hospital militar —dijo Val, dando media vuelta hacia la parte trasera de su camioneta Bronco y bajando de un golpe la compuerta metálica llena de tierra—. Pero cuando abrí el fondo falso del contenedor de fibra de vidrio hace unos veinte minutos, en el camino de tierra junto a las vías del tren... venía esto pegado con sellos térmicos debajo de la espuma.


Cletus y Toro se acercaron a la parte trasera de la camioneta bajo el sol aplastante de las tres y cuarto.


Envuelto entre restos de cables cortados y espuma de poliuretano negra, había un cilindro achatado de unos cuarenta centímetros de diámetro que no se parecía a ninguna chatarra militar de los años ochenta o noventa que saliera habitualmente del cementerio de aviones.


La carcasa exterior no era de aluminio pintado de verde olivo; era un compuesto liso, negro mate, de fibra de carbono tejida con titanio e incrustaciones de cerámica disipadora de calor. No tenía tornillos visibles ni puertos USB estándar. En el centro de la placa superior llevaba grabado con láser de alta precisión un logotipo minimalista y aristocrático en platino cepillado: una corona estilizada sobre tres líneas convergentes, acompañada de la leyenda:


STERLING-VANGUARD SYSTEMS — PROTOTIPO DE ENLACE NEURONAL / PROPIEDAD PRIVADA NIVEL OMEGA.


Debajo del logotipo, una pequeña luz microscópica de color ámbar parpadeaba una vez cada cinco segundos, alimentada por una batería de reserva interna que seguía viva a pesar de tener el arnés principal cercenado de un tajo, como si la unidad hubiera pertenecido a un dron experimental que se había estrellado en el polígono de pruebas la noche anterior y algún empleado de limpieza la hubiera arrojado por error al camión de desecho equivocado.


El viejo Toro Castellanos dio medio paso atrás en cuanto leyó el nombre grabado en platino, como si la caja negra tuviera una serpiente de cascabel adentro.


—Sube esa porquería de vuelta a la lona y tírala al canal seco del río Santa Cruz ahora mismo, Valeria —dijo Toro, y su voz de exmarine perdió todo rastro de broma en un segundo—. Eso es de Reginald Sterling.


Val se mordió el labio inferior, mirando a Cletus.


En Tucson todo el mundo sabía quién era Reginald Sterling III, aunque casi nadie en los barrios del sur lo hubiera visto jamás en persona. Hijo y nieto de magnates mineros y financieros de la Costa Este, Sterling había trasladado hacía cinco años el cuartel general de su imperio tecnológico a la cima más alta e inaccesible de Catalina Foothills, comprando trescientas hectáreas de reserva natural para construir una fortaleza de cristal, acero blanco y concreto arquitectónico que miraba desde las alturas a toda la ciudad como un castillo feudal. Sterling-Vanguard había absorbido el control de las cámaras de tráfico inteligentes del estado, las redes de fibra óptica municipales, los sistemas de despacho automatizado y los contratos de drones de vigilancia autónoma de la frontera.


—Por eso vine directo para acá sin pasar por mi casa —dijo Val en voz baja y rápida—. La batería interna sigue alimentando el circuito lógico, Cletus. Intenté meterle mi escáner de frecuencias en el camino, pero tiene un blindaje electromagnético activo que me quemó el fusible de entrada en medio segundo. Si esa luz ámbar es un transmisor de recuperación, aún no está emitiendo señal porque el impacto le rompió la antena externa principal. Pero la carcasa podría tener una antena auxiliar integrada. Si el reloj interno completa el ciclo de reinicio a las cuatro de la tarde, el módulo podría enviar un pulso de emergencia por la red celular y permitir que las torres de la ciudad triangulen su posición.


Cletus no retrocedió como Toro.


Al contrario: sus ojos color café claro brillaron con esa fascinación pura, irremediable y peligrosa del niño que ve un reloj suizo nuevo y necesita desesperadamente saber qué resortes tiene adentro.


Se inclinó sobre la caja trasera de la Bronco, sacó del bolsillo de su camisa un pequeño estetoscopio mecánico de varilla de aluminio que usaba para escuchar válvulas dobladas en los motores V8 y apoyó la punta metálica directamente contra la carcasa de fibra de carbono negra del módulo de Sterling.


Escuchó en silencio durante cuatro segundos bajo el sol ardiente del desierto.


—No puedo saber qué tipo de memoria lleva sin abrirlo, y no pienso hacerlo —murmuró Cletus, y su sonrisa despreocupada se transformó en una expresión de concentración absoluta mientras sus dedos recorrían las juntas invisibles del cilindro negro—. Pero esa vibración no es de un disco girando. Es un mecanismo interno que entra en actividad a intervalos regulares. Y la carcasa está construida para impedir que alguien llegue a los componentes sin activar alguna clase de protección.


Val abrió los ojos de par en par.


—¿Una carga incendiaria? ¿Por qué demonios le pondría Reginald Sterling una carga de termita a tres mil grados para fundir su propio módulo de navegación si alguien intenta abrirlo?


—Porque esto no es un módulo de navegación de tráfico, ni es del ejército —dijo Cletus en voz muy baja, levantando la vista hacia el norte, más allá de los hangares polvorientos del cementerio de aviones, hacia las montañas azules de Santa Catalina donde el sol rebotaba como un espejo cegador contra las cúpulas blancas de las mansiones de la élite—. El pulso codificado que está intentando salir por la antena rota no está buscando la torre de Sterling-Vanguard. Está modulando en una frecuencia privada que utiliza el servidor central de la Congregación del Redil para recibir comunicaciones cifradas.


A veintidós kilómetros de distancia y a novecientos metros sobre el nivel del mar, la temperatura dentro del salón principal de la Villa Sterling era de exactamente veinte coma cinco grados centígrados, con una humedad relativa controlada por computadora del treinta y ocho por ciento.


No había polvo, ni olor a grasa, ni moscas, ni ruido de motores viejos.


Lo único que se escuchaba en la inmensa estancia de techos de seis metros de altura y suelos de mármol travertino italiano importado de Tívoli era el segundo movimiento del Concierto para piano n.º 21 de Mozart, reproducido con una fidelidad acústica perfecta a través de altavoces invisibles integrados en los muros de cristal blindado de triple capa que daban hacia el precipicio del Cañón Ventana.


Abajo, muy lejos, extendida sobre la llanura ocre y polvorienta del valle como una mancha de aceite seco, se veía la ciudad de Tucson.


Reginald Sterling III estaba de pie frente al ventanal panorámico, sosteniendo una copa de cristal de Riedel con dos dedos de agua mineral gasificada traída de un manantial de los Alpes franceses.


Tenía cuarenta y cuatro años, una complexión delgada y fibrosa mantenida a base de entrenadores privados de esgrima y una dieta pesada al gramo, el cabello rubio cenizo peinado hacia atrás sin un solo cabello fuera de lugar y unas facciones afiladas, simétricas y gélidas. Vestía un traje de tres piezas de lana fría color gris perla hecho a mano en Savile Row, Londres, con una camisa blanca de algodón egipcio cuyos gemelos de platino brillaban con el mismo logotipo de la corona estilizada que llevaba el módulo perdido en la camioneta de Valeria Reyes.


A tres metros detrás de él, de pie sobre el borde exacto de la alfombra para no pisar el mármol recién pulido con sus botas tácticas negras, esperaba Kaelen Vance —sin parentesco alguno con banqueros europeos—, el jefe de operaciones de seguridad de Sterling-Vanguard: un excontratista de operaciones especiales de un metro noventa, con el cráneo rapado, un auricular transparente en el oído izquierdo y una cicatriz quirúrgica que le cruzaba la garganta.


—¿Me estás diciendo, Kaelen —habló Reginald sin darse la vuelta, con una voz suave, educada y modulada con el acento impecable de los internados privados de Nueva Inglaterra—, que un dron de enlace valuado en cuatro millones de dólares tuvo una falla de actuador anoche sobre el polígono sur, y que en lugar de que tu equipo de recuperación recogiera el núcleo antes del amanecer, un trabajador de la cuadrilla civil de limpieza lo subió a un camión de basura metálica?


—El dron cayó a doscientos metros fuera de la valla perimetral de nuestro sector arrendado en Davis-Monthan, señor Sterling —explicó Kaelen con rigidez militar, mirando la nuca del magnate—. La cuadrilla matutina del contratista civil de limpieza pasó a las cinco y media de la mañana, antes de que nuestro helicóptero despegara, y metió los restos del fuselaje en el lote cuarenta y dos de subasta pública por peso. El supervisor de ese turno ya fue... despedido de forma permanente hace media hora.


Reginald dio un sorbo minúsculo a su agua alpina y miró hacia la mancha marrón de los barrios del sur de Tucson, allá donde humeaban las chimeneas de las fundidoras y los talleres mecánicos de la carretera Valencia. Un gesto casi imperceptible de asco puro le curvó la comisura del labio superior, como si pudiera oler el sudor y el combustible diésel de aquella gente a través de tres capas de cristal blindado.


—No me importa el costo del dron, Kaelen —dijo Reginald con frialdad cortante, girando lentamente sobre sus zapatos Oxford de cuero italiano hechos a medida—. Lo que me importa es que dentro de ese núcleo de carbono está alojado el módulo maestro de enrutamiento «Pastor Silencioso» que debo entregar personalmente la próxima semana al Consejo Supremo de la Matriz del Redil.


El silencio de la sala pareció volverse más frío.


—Ese módulo contiene los algoritmos de barrido financiero automático y las llaves de acceso trasero de las trescientas sucursales del continente —continuó Reginald, caminando con las manos cruzadas a la espalda hasta su consola central de cristal líquido flotante—. Si un solo byte de esa arquitectura cae en manos de un periodista o de un regulador federal, nuestros socios de la Matriz van a ponerse nerviosos. Y a mí me disgusta profundamente tratar con clientes nerviosos que se creen enviados del cielo.


—La carga de termita está conectada a un sensor de apertura y permanecerá bloqueada mientras el módulo reconozca la autenticación criptográfica correcta —dijo Kaelen, consultando la pantalla táctica de su muñeca—. Y a las cuatro en punto de la tarde, en exactamente treinta y ocho minutos, el condensador de emergencia forzará el pulso de localización a través de la red celular, aunque tenga la antena principal rota. La antena auxiliar integrada debería bastar para transmitir la señal. En cuanto emita el primer milisegundo, mis dos escuadrones de respuesta rápida en vehículos blindados estarán encima del punto en menos de cuatro minutos, recuperarán el núcleo y eliminarán a cualquiera que haya visto la pieza.


Reginald deslizó un dedo limpio y manicurado sobre la superficie de cristal de su consola.


En el aire frente a él se desplegó el mapa tridimensional en tiempo real del sector sur de Tucson, alimentado por las mil ochocientas cámaras de tráfico municipales, los lectores automáticos de matrículas de la autopista I-10 y los dos drones de gran altitud de Sterling-Vanguard que orbitaban en silencio a seis mil metros sobre el desierto de Sonora.


En el registro de salida de la puerta cuatro de subastas del Boneyard a las dos y cincuenta de la tarde apareció la fotografía de alta resolución de una vieja camioneta Ford Bronco modelo 1988, sin puertas y cubierta de barro seco, conducida por una mujer con gorra de béisbol, perdiéndose por los caminos de tierra sin cámaras hacia el laberinto de deshuesaderos de la Vieja Carretera a Benson.


Reginald miró la imagen de aquella camioneta oxidada en su pantalla de cristal inmaculado con el mismo desprecio clínico con que un cirujano observa una cucaracha sobre el piso de un hospital.


—Chatarreros —murmuró Reginald con voz helada, dejando su copa sobre la bandeja de plata—. Gente que vive escarbando entre los desperdicios de hombres superiores para vender el cobre por kilo. No esperes a las cuatro de la tarde, Kaelen. Conecta el centro de mando a las cámaras de tráfico que sigan operativas del distrito sur, levanta los tres drones tácticos armados del hangar privado y envía a tus hombres a barrer cada taller mecánico desde la avenida Valencia hasta la carretera a Benson. Quiero el núcleo de vuelta en mi mesa antes de la cena, y quiero que ese basurero arda con ellos adentro para que nadie vuelva a tocar algo que lleva mi nombre.

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