Una noche especial

Me desperté al sentir un cosquilleo en la nariz. Abrí los ojos y me encontré con Oliver, mi gato, observándome fijamente. En cuanto notó que estaba despierta, se bajó de la cama y se dirigió hacia la puerta, donde comenzó a maullar insistentemente para que lo dejara salir y pudiera bajar a comer.
Puse los ojos en blanco.
—Ya voy, Oliver.
Con más sueño que ganas de empezar el día, busqué mi teléfono entre las almohadas. Tenía un mensaje de WhatsApp de James, guardado en mis contactos como «Amorcito ❤️».
Sonreí apenas leí su nombre y abrí la conversación.
Hola, amor. ¿Qué te parece si cenamos juntos esta noche? Paso a buscarte a las nueve. Ponte el vestido que me gusta y ven hermosa, aunque tampoco creo que necesites esforzarte demasiado para eso.
No pude evitar sonreír.
James siempre había tenido esa facilidad para hacerme sentir especial, incluso a través de una pantalla.
Dejé el teléfono sobre la cama y me dirigí al baño para comenzar con mi rutina de todas las mañanas. Mientras me lavaba los dientes y me preparaba para empezar el día, mis pensamientos volvieron inevitablemente a él.
James y yo nos conocíamos desde hacía años. Habíamos compartido el instituto, amigos, momentos buenos y otros no tan buenos. Lo nuestro había surgido de una manera tan natural que, cuando finalmente empezamos a salir, parecía que llevábamos toda la vida juntos.
Ya habían pasado tres años desde entonces.
Ahora éramos adultos y teníamos nuestras propias responsabilidades, pero siempre encontrábamos la manera de hacernos un lugar en la vida del otro.
James era atento, cariñoso y tenía una paciencia conmigo que, sinceramente, a veces me sorprendía. Durante nuestra época en el instituto, más de una persona nos había confesado que envidiaba nuestra relación. Y no los culpaba. A su lado podía ser yo misma, sin sentir que tenía que cambiar para agradarle a nadie.
Me daba mi espacio, respetaba mis decisiones y, por encima de todo, me hacía sentir amada.
¿Qué más podía pedir?
Un estruendo al otro lado de la puerta interrumpió mis pensamientos.
—¡Holaaaa! ¿Hay alguien que quiera pasar? ¡Apúrate, princesa!
Cerré los ojos y respiré hondo.
Mi hermano. ¿Quién más?
Abrí la puerta de golpe y pasé por su lado, propinándole un fuerte golpe en el hombro.
—¡Auch! ¡Maldita mocosa! ¡Voy a acusarte con mamá!
Me limité a mostrarle el dedo del medio antes de encerrarme en mi habitación para terminar de arreglarme y empezar el día.
Lo admitía: ninguno de los dos parecía haber madurado demasiado.
Y, aunque yo era la hermana mayor y supuestamente debía dar el ejemplo, bastaba con que me provocara un poquito para que termináramos peleándonos como dos niños pequeños.
Así éramos nosotros. Podíamos discutir por las cosas más insignificantes del mundo y, cinco minutos después, comportarnos como si nada hubiera pasado.
Pero, en el fondo, sabía que no cambiaría aquello por nada.
⸻
Cuando terminé de arreglarme, bajé las escaleras y encontré a mis padres desayunando en la mesa del comedor.
Mientras descendía, escuché la risa de mi madre. Papá debía de estar contándole uno de sus chistes malos, esos que solo a ella parecían hacerle tanta gracia.
Sonreí al verlos.
Amaba la relación que tenían. Definitivamente, eran almas gemelas. Después de tantos años juntos, seguían encontrando motivos para reírse y pequeños gestos con los que demostrarse cuánto se querían.
Habían crecido enseñándonos el valor del amor, la confianza y el respeto. Y yo agradecía haber encontrado a alguien con quien compartir algo parecido.
—Hola, princesa. Buenos días —saludó papá al verme acercarme.
—Hola, pa.
Me incliné para abrazarlo por detrás y le di un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás, cariño? —preguntó mamá, apartando la mirada de su taza de café.
—¡Demasiado bien! ¿Adivinen quién tiene una cita esta noche?
Me señalé a mí misma con un gesto exagerado y mostré mi mejor sonrisa, como si acabara de anunciar la noticia del año.
Papá fingió pensarlo durante unos segundos.
—Mmm… ¿tu hermano?
Lo miré con indignación.
—Ja, ja. Muy gracioso. Sin ofender, pa, pero el día que Kevin tenga una cita, los cerdos van a volar.
Le robé una tostada del plato antes de que pudiera defenderse.
—¡Emilia, no seas grosera! —me reprendió mamá, aunque tuvo que disimular una sonrisa.
—No te enojes, mamá, pero es verdad. Su única preocupación en el mundo son los videojuegos —contesté, encogiéndome de hombros.
Papá soltó una carcajada mientras untaba mantequilla en otra tostada.
—Tampoco es que tenga tantas responsabilidades ahora. Tiene dieciséis años. Lo único que debe hacer es ir a la escuela y sacar buenas notas.
—Podríamos agregar bañarse a esa lista, porque, uf…
Me tapé la nariz con dos dedos y fingí una arcada.
—¿Qué dijiste?
La voz de Kevin sonó justo detrás de mí.
No tuve tiempo de darme vuelta. En cuestión de segundos, me había rodeado con los brazos y había empezado a hacerme cosquillas en los costados.
—¡No! ¡Kevin, para! —grité entre carcajadas, intentando apartarlo—. ¡Te juro que te voy a matar!
—¿Qué pasa? ¿Ya no te haces la graciosa?
—¡Mamá, dile que pare!
—¡Kevin, deja a tu hermana desayunar tranquila! —intervino mamá, aunque la diversión en su voz no ayudaba demasiado a mi situación.
Papá ni siquiera intentó disimular la risa.
Traidores. Todos unos traidores.
Cuando finalmente me soltó, me acomodé el pelo y le lancé una mirada asesina a mi hermano.
Él me respondió con una sonrisa triunfal antes de sentarse a la mesa como si no acabara de cometer un crimen.
Definitivamente, no teníamos remedio.
Y aunque a veces me preguntaba cómo era posible que dos personas que se querían tanto pudieran pasar buena parte del día molestándose mutuamente, no cambiaría a mi familia por nada del mundo.
—Por cierto, ¿a qué hora viene James? —preguntó mamá mientras volvía a tomar su café.
—A las nueve. Vamos a cenar.
—Qué bonito. ¿Y adónde te llevará esta vez? —quiso saber papá.
—No me lo ha dicho. Solo me pidió que me pusiera el vestido que le gusta.
—Qué misterioso —comentó mamá con una sonrisa.
—Eso mismo pensé. Pero ya lo conozco. Seguro que quiere sorprenderme con algo.
Kevin soltó una risita.
—A lo mejor por fin te pide matrimonio y así dejas de hablar de él las veinticuatro horas del día.
Casi me atraganté con el jugo.
—¡Kevin!
—¿Qué? ¡Solo digo!
—¡Come y deja de inventar tonterías!
—Bueno, bueno. No te enojes. No quiero que tu novio me persiga por hacer llorar a su princesita.
Le lancé una servilleta que él esquivó con facilidad.
—¡Eres insoportable!
—Y tú me adoras.
No le respondí, porque lo peor era que tenía razón.
Mamá negó con la cabeza, divertida, mientras papá volvía a reírse.
Después de desayunar, me despedí de ellos y regresé a mi habitación. Todavía tenía todo el día por delante y quería aprovecharlo antes de comenzar a prepararme para la cena.
No tenía ni idea de lo que James estaba planeando, pero estaba segura de que sería una noche especial.
⸻
El día pasó volando.
Me pasé la tarde haciendo una pequeña maratón de películas mientras esperaba ansiosa que llegara la hora de salir. Cada tanto miraba el teléfono, aunque no tenía ninguna notificación importante.
Hasta que, finalmente, decidí levantarme y prepararme.
Abrí el armario y saqué el vestido que James me había regalado para el baile de fin de curso, cuando nos graduamos. Le encantaba cómo me quedaba y siempre encontraba una excusa para recordármelo.
Definitivamente, le gustaba hacerme regalos y sorprenderme con pequeños detalles.
Extendí el vestido sobre la cama y lo observé durante unos segundos.
No era solamente una prenda bonita. También era uno de esos recuerdos que guardaba con cariño porque me recordaba cuánto había significado para mí aquella etapa de nuestra vida.
Me lo probé y me miré en el espejo.
Mi cabello rubio caía sobre mis hombros y mis ojos azules resaltaban con la luz de la habitación. Me acomodé el vestido, arreglé mi cabello y terminé de prepararme.
Por un momento, me quedé contemplando mi reflejo.
Tenía esa mezcla de nervios y emoción que aparece cuando estás a punto de encontrarte con alguien a quien amas.
Pensé en James, en nuestras primeras citas y en todas las veces que me había hecho reír cuando yo estaba convencida de que nada podía mejorar mi día.
Tres años juntos.
Tres años compartiendo una parte importante de nuestras vidas.
Y, aun así, sentía que todavía nos quedaban muchísimas cosas por vivir.
Si alguien me hubiera preguntado aquella tarde cómo imaginaba mi futuro, habría respondido sin dudarlo.
Lo imaginaba con James.
Miré la hora en mi teléfono y comprobé que estaba lista justo a tiempo.
Poco después, escuché que llamaban a la puerta de casa.
Era él.
⸻
Cuando salí, James me esperaba junto a su automóvil. Llevaba ropa elegante y el cabello rubio perfectamente acomodado.
Al verme, sus ojos recorrieron mi vestido y una sonrisa apareció en su rostro.
—Vaya… Estás preciosa.
Bajé la mirada, intentando disimular lo mucho que me gustaba escucharlo decir esas cosas.
—Gracias. Tú tampoco estás nada mal.
—¿Nada mal? Después de todo el esfuerzo que hice para arreglarme, esperaba algo más.
Solté una carcajada.
—No te acostumbres.
James se acercó y me dio un beso antes de abrirme la puerta del automóvil.
—¿Lista para nuestra cita?
—Más que lista.
Subí y nos dirigimos al restaurante que había elegido.
Era uno de esos lugares elegantes de Boston, con luces cálidas, mesas cuidadosamente preparadas y una atmósfera que hacía que todo pareciera un poco más especial.
Apenas entramos, una persona del personal nos acompañó hasta nuestra mesa.
Me senté frente a James y observé el lugar con curiosidad.
—Tengo que admitir que elegiste un sitio precioso.
—Me alegra que te guste.
—¿Y bien? —pregunté, entrecerrando los ojos—. ¿Cuál es la ocasión especial?
James sonrió.
—¿No puedo invitar a cenar a la mujer que amo sin que me interrogue?
—Claro que puedes, pero me conoces. Soy curiosa.
—Sí, ese es uno de tus muchos encantos.
Puse los ojos en blanco, aunque no pude evitar sonreír.
La cena transcurrió entre conversaciones, bromas y recuerdos. Hablamos de cosas cotidianas, de momentos que habíamos compartido y de todo lo que habíamos vivido durante aquellos tres años.
Por momentos, me descubrí observándolo mientras hablaba.
Había algo reconfortante en conocer tan bien a una persona. En saber cómo se reía, cómo gesticulaba cuando estaba emocionado y cómo me miraba cuando quería decirme algo sin necesidad de hablar.
James formaba parte de mi vida de una manera que me resultaba imposible imaginar sin él.
Cuando terminamos de cenar, el camarero retiró los platos y nos ofreció el postre.
—¿Quieres algo? —me preguntó James.
—Un volcán de chocolate.
—Sabía que elegirías eso.
—Es mi favorito. No puedes culparme.
Soltó una pequeña risa y pidió el postre.
Mientras esperábamos, continuamos hablando. Yo estaba tan cómoda que no advertí que James parecía un poco más nervioso de lo habitual.
No dejaba de mirar hacia la mesa y, en un par de ocasiones, pareció estar a punto de decirme algo. Sin embargo, terminaba sonriendo y cambiando de tema.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí. ¿Por qué?
—Estás extraño.
—¿Extraño cómo?
—No lo sé. Distinto.
James tomó mi mano por encima de la mesa.
—Estoy bien, Emilia. Te lo prometo.
Quise insistir, pero en ese momento llegó el postre.
El camarero colocó frente a mí el volcán de chocolate. Mi expresión cambió de inmediato.
—Por fin —dije, tomando la cuchara.
James me observaba con una sonrisa peculiar, como si estuviera esperando algo.
Hundí la cuchara en el postre y, al hacerlo, noté algo diferente en su interior.
Me detuve.
—¿Qué es esto?
Aparté con cuidado un poco de chocolate y descubrí una pequeña caja.
Durante unos segundos, no entendí lo que estaba viendo.
Después levanté la mirada hacia James.
Él ya no sonreía de la misma manera. Se había puesto de pie y me observaba con una mezcla de nervios y emoción.
Abrió la pequeña caja.
Dentro había un anillo.
Me llevé una mano a la boca, incapaz de decir nada.
—Emilia… —comenzó, y su voz hizo que mi corazón se acelerara—. Llevamos tres años juntos y, desde que llegaste a mi vida, no puedo imaginar un futuro en el que no estés conmigo.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
James respiró profundamente y continuó:
—Eres la persona con la que quiero compartir mis días buenos y mis días malos. Quiero estar contigo cuando todo salga bien y también cuando las cosas se compliquen. Quiero seguir conociéndote, seguir creciendo a tu lado y construir una vida juntos.
Hizo una pausa sin apartar la mirada de la mía.
—Te amo, Emilia. Y quiero que seas la persona con la que pase el resto de mi vida.
Entonces se arrodilló frente a mí y levantó la caja del anillo.
—¿Quieres casarte conmigo?
Me quedé mirándolo, con el corazón latiéndome tan fuerte que apenas podía escuchar los sonidos del restaurante.
Todo lo que había imaginado alguna vez parecía estar ocurriendo delante de mis ojos.
James quería pasar el resto de su vida conmigo.
El hombre al que amaba me estaba pidiendo que construyéramos un futuro juntos.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas y una enorme sonrisa apareció en mi rostro.
—Sí —respondí, casi sin poder creerlo—. ¡Sí, James! ¡Claro que sí!
Él sonrió, visiblemente aliviado, y colocó el anillo en mi dedo.
Me levanté de la silla y lo abracé, rodeándole el cuello con los brazos. James me sostuvo contra su pecho y me besó.
Durante aquel instante, el resto del mundo dejó de importar.
No pensé en el mañana, en las dificultades ni en las cosas que todavía nos quedaban por resolver.
Solo pensé en nosotros.
En nuestro amor.
En el futuro que acabábamos de prometer construir juntos.
—Te amo muchísimo —susurré contra su pecho.
—Y yo a ti, preciosa.
Me separé apenas para mirarlo a los ojos.
—No puedo creer que hayas hecho todo esto.
—Quería que fuera especial.
—Lo es. Es perfecto.
James me acarició la mejilla y volvió a besarme.
Con el anillo brillando en mi mano, creí que aquella noche sería uno de los recuerdos más felices de mi vida.
No podía dejar de mirarlo. De vez en cuando, volvía a observar el anillo y sonreía como una niña.
—¿En qué piensas? —preguntó James.
—En que voy a casarme contigo.
Él soltó una pequeña risa.
—Espero que eso sea algo bueno.
—Lo mejor que podría pasarme.
Me tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los míos.
Y así, entre besos, risas y promesas, terminó nuestra cena.
⸻
—Emilia, ¿me escucha?
La voz de un hombre me sacó de mis pensamientos.
Parpadeé varias veces y levanté la mirada.
Estaba sentada en una habitación fría, frente a una mesa. Al otro lado, un hombre esperaba una respuesta mientras revisaba unos documentos.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que había entrado allí. Todo me parecía extraño, como si estuviera viviendo una situación que no me correspondía.
Me acomodé en la silla y traté de concentrarme.
El hombre dejó los documentos sobre la mesa y volvió a mirarme. Su expresión era seria, profesional.
—Necesito hacerle una pregunta más, Emilia.
Tragué saliva.
Él hizo una breve pausa antes de hablar.
—¿Qué relación tenía usted con la víctima, James Whitmore?
Mi corazón dio un vuelco.
Por un instante, no pude pronunciar una sola palabra.
Miré al hombre que tenía enfrente, esperando que aquellas palabras significaran algo diferente de lo que acababa de entender.
Pero no fue así.
Y, de pronto, comprendí que aquella noche que había comenzado con una invitación a cenar y una promesa de amor había terminado convirtiéndose en algo que jamás habría podido imaginar.








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