Capítulo 1
Había pasado un tiempo considerable desde que Marina vio por última vez a Pedalina. Meses prácticamente, meses desde que ella había sido liberada del hechizo que la hipnotizaba, más no de las consecuencias de este.
Aquel video, aquel maldito video grabado aquella noche durante una “simple fiesta de pijamas” se había vuelto extremadamente viral, todo el mundo lo había visto en redes. Todo el mundo lo seguía recordando. Marina no podía caminar por los pasillos de la universidad sin ser señalada, sin ser humillada, sin que le recuerden que era la “chupa-pies”.
- ¿Por qué ya no te hipnotizas? - Preguntaban las chicas burlonas enseñando sus pies. - Así no tienes gracia.
Clara, su mejor amiga, siempre la acompañaba. Había notado el hundimiento progresivo que delataba la mirada de Marina, y trataba de ser su apoyo incondicional. Clara intentó convencer a los demás de que pararan, pero era inútil.
- Tú empezaste. - Le respondían siempre. - Se te veía taaan feliz con ella a tus pies.
Eventualmente dejó de intentarlo, pero nunca perdió de vista a su amiga. Cuando terminaban las clases la acompañaba a casa y se quedaba con ella, tratando de hacerla feliz de cualquier manera. Marina agradecía su esfuerzo, pero el mero hecho de recordar lo que sucedería al día siguiente, y el siguiente, y el siguiente, y el siguiente... La devolvían a su tristeza.
Lo peor es que ya no se trataba solo de las burlas de gente presencial en la universidad. Ese video estaba en todas las redes sociales, y no pasaba un día (incluidos fines de semana) en los que a Marina no le llegase un mensaje (o muchos) referente a aquel momento. Daba igual cuántas cuentas bloquease, siempre había nuevas, y más mensajes, y más cuentas...
Marina había intentado hablar con sus profesores, los cuales, como no podía ser de otra manera, eran inútiles. Le decían que ellos no podían borrar algo que circulaba por la red, y que debía tener más cuidado con lo que hacía. Y de paso, si no le importaba recomendarles un sitio de pedicura.
Un día, Marina estaba más débil de lo normal, cosa que Clara notó. Tenía la mirada completamente perdida, andaba tambaleándose, llegó a duras penas a su casa, donde su cuerpo empezó a temblar.
- Mari... ¿Qué te ocurre? - Preguntó Clara preocupada.
Marina cayó de rodillas y empezó a llorar desesperada. Sus lágrimas brotaban a velocidad de vértigo y sus llantos se escuchaban por toda la casa.
- ¡NO PUEDO SEGUIR ASÍ! - Chilló alocada.
Clara la tomó entre sus brazos y se la llevó al sofá del salón, donde la sentó y se abrazó a ella fuertemente.
- No puedo hacer nada para revertir esto... - Dijo sintiendo la culpa de lo que ella hizo. - Pero... libérate, suéltalo, deshaogar es bueno.
Marina siguió llorando durante varios minutos más. No decía nada, simplemente dejaba que su frustración escapara por el único hueco que había encontrado. Eventualmente se calmó y le devolvió el abrazo a Clara.
- Gracias... - Susurró Marina.
- Denada, cuenta siempre conmigo. - Dijo Clara.
Pasados unos segundos, una idea surgió en la mente de Clara.
- Oye... Estaba pensando... ¿Y si hablas con ella?
- ¿Cómo? - Marina no entendía a qué se refería su amiga.
- Con Pedalina. - Dijo Clara. - A lo mejor podrías...
- Me castigó. - La interrumpió Marina.
- Cierto, pero cuando aprendiste la lección, te liberó. - Afirmó Clara.
- ¿A dónde pretendes llegar? - Preguntó Marina.
- Pues... Considero que por hablar con ella, no pierdes nada. - Dijo Clara. - De acuerdo a lo que me contaste, se veía dispuesta a escuchar. Podrías intentar pedirle que la gente olvide lo sucedido.
Marina la miró con sus ojos aún rojos de tanto llorar y una expresión apenada.
- ¿Tú crees...? Yo... No lo sé... ¿Y si?
- ¿Has cumplido tu parte del trato? - Preguntó de golpe Clara.
- Desde luego. - Afirmó Marina. - No he vuelto a burlarme de los pies desde entonces, y ya no solo de los pies. Sino de nadie en general. Habría caído fuertemente hipnotizada de incumplir mi parte.
- Entonces inténtalo. - Le insistió Clara. - Ella no tiene razones para volver a castigarte. Si no escucha tu deseo, al menos no será porque no lo hayas intentado.
- Pero... ¿Y si me vuelve a hechizar? - Preguntó temerosa Marina.
- Bueno... en ese caso... Prometo dejar que me chupes los pies sin grabarte. - Respondió Clara entre risas.
Marina le lanzó una mirada asesina.
- Perdóname, no he podido evitarlo. Pero lo hacías muy bien.
Marina le dio la espalda y la invitó a irse.
- Vale vale, ya paro, lo prometo. - Dijo Clara dulcemente buscando volver a abrazarla.
Marina respiró algo más calmada.
- Es la Diosa de los pies, ¿verdad? - Preguntó Clara para confirmar que su recuerdo no era erróneo.
- Sí, ¿por qué preguntas? - Respondió Marina.
- Entonces... Búscala donde la viste por primera vez, ve descalza. Eso es lo que le gusta a ella, ¿no? ¿Qué puedes perder por intentarlo?
- A estas alturas... Supongo que nada... - Dijo Marina aceptando la petición de su amiga. - Pero iré yo sola, si ha de pasar algo, que sea solo a mí.
- Yo quiero acompañarte. - Dijo Clara.
- Clara... Por favor... No quiero ser tu esclava otra vez. - Respondió Marina con sarcasmo.
- ¡Pero yo no me refería a eso! ¡Me preocupas! - Exclamó Clara.
- Lo sé... Pero aún así, quiero ir sola.
- ... Ten cuidado. - Le pidió Clara.
- Lo tendré, gracias. - Dijo Marina antes de irse.
Marina salió de su casa llevando una sudadera con capucha, unos pantalones que casi nunca se ponía y unos zapatos que no había llegado a sacar de su caja. Con la mirada cabizbaja, y pidiendo en silencio que nadie la reconociera, empezó a caminar en dirección al parque.
Hacía un día maravillosamente soleado con una brisa suave, ideal para reducir un poco el calor que le provocaba a Marina esa sudadera. Las demás personas paseaban, los niños jugaban al balón, los adolescentes recorrían las calles con sus patines y bicicletas, los ancianos daban trozos de pan a las palomas. Marina era la única que desentonaba, una figura lúgubre caminando lentamente hacia un destino incierto.

Tras un lapso indeterminado de minutos que se sintieron como infinitas horas para ella, Marina llegó al parque. La mera entrada ya le daba algo de miedo, Pedalina era peligrosamente dulce. Pero pensó en las palabras de Clara: “Has cumplido tu parte”; “¿Qué puedes perder?”; “Ve descalza”.
Marina miró a un lado y luego al otro. El parque estaba convenientemente vacío, todas las personas se encontraban disfrutando el día fuera de este. ¿Coincidencia? Tal vez. Marina se bajó la capucha, revelando sus pelos enmarañados, su rostro desmaquillado y sus ojos ligeramente llorosos. Miró al suelo, y se quitó un zapato, luego el otro. Después se quitó un calcetín y lo guardó en su zapato, repitiendo la operación con el otro calcetín.
Sus pies no eran perfectos, pero tenían un atractivo natural y juvenil, y además que ella sí los mantenía bien cuidados. Flexionó ligeramente los dedos, sintiendo el suave tacto de la hierba húmeda y cerrando los ojos. Aquella sensación, en el fondo, no estaba tan mal.
Guardó sus zapatos en una pequeña mochila que había tomado justo antes de salir de su casa y empezó a caminar. El tacto era suave y agradable, Marina respiró con cierta tranquilidad. Aquel silencio era tan hermoso de escuchar, que por primera vez en meses ella podía centrarse en la conexión con la naturaleza que experimentaba en ese momento.
Durante el camino se ensuciaron sus plantas de los pies por la tierra, pero a ella no le importaba. El tacto suave y húmedo era todo lo que necesitaba en ese momento, un simple momento de desconexión.
Y entonces llegó, el lago, aquella masa de agua donde Pedalina remojaba sus pies, el lugar donde ella la conoció. Lo que no había pensado era en cómo iba a llamarla, la vez anterior fue la propia Diosa quien le mandó un mensaje por teléfono. Pero aquel contacto había desaparecido. ¿Qué iba a hacer ahora?
Se sentó junto al lago, dejando caer sus pies al agua, creando un reflejo que distorsionaba su forma, cerró los ojos y pensó con todas sus fuerzas:
- Oh, grande y poderosa Pedalina, Diosa del fetiche de pies, y dueña de mi destino. Solicito una audiencia con vos.
Unos segundos eternos pasaron sin respuesta, cuando la suave brisa empezó a ser algo más fuerte. Un ligero viento que parecía acariciar la espalda de Marina, ella se giró y, ante sus ojos, Pedalina poco a poco apareció.
- Creo recordar que te dije que no hacía falta el numerito. - Dijo Pedalina con una tierna sonrisa y cesando el viento.

Su apariencia era tal y como la recordaba, su piel morena cálida, su vestido blanco que parecía moverse ligeramente con vida propia, su sonrisa dulce y a la vez traviesa, su mirada sincera y, cómo no, sus pies perfectos.
Una sensación de calma invadió a Marina cuando miró a sus pies, y no se sintió deseosa de lanzarse a adorarlos.
- No se me ocurrió otra manera, no tengo forma de contactarte. - Dijo Marina son suavidad.
Pedalina caminó lentamente hacia ella, con sus manos juntas por delante, y su mirada que no expresaba más que bondad genuina.
- ¿Puedo sentarme a tu lado? - Le preguntó con dulzura.
Marina asintió, y Pedalina sumergió sus pies al lado de los suyos.
- ¿Por qué me has llamado? - Preguntó Pedalina.
- Sé que lo sabes... - No pudo evitar decir Marina, arrepintiéndose al instante de lo que acababa de escapar de su boca.
Pedalina sintió el pánico recorrer a Marina, tomó su rostro con sus manos, buscando que sus ojos encontraran los suyos.
- Aprecio mucho tu sinceridad. - Dijo Pedalina con una voz melodiosa. - Pero me gusta que sea el deseante el que expresa su deseo.








