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El Mito de Yensi

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Sinopsis

En Irlia, la esperanza murió en la cruz. Sobrevivir bajo el yugo del implacable imperio de Silveria exige sumisión absoluta. Yensi, un joven marcado por la brutal ejecución de su padre, lucha por mantener a su familia unida en medio del hambre y la miseria. Pero su supervivencia se convierte en una cacería cuando desafía a los Pentateucos, un escuadrón de élite del imperio donde cada ejecutor encarna el poder y la furia de un libro sagrado. Acorralado por estos fanáticos y el temible General Sao, Yensi tendrá que tomar una decisión imposible: seguir agachando la cabeza ante una fe de sangre o convertirse en la chispa que incendie el mundo entero.

Genero:
Fantasy,Horror
Autor/a:
Cronolibros
Estado:
hace una hora
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 0: El Árbol Madre

Así lo cuentan en Silveria. Así lo enseñan los ancianos a los niños, a la luz de las lámparas, la víspera del diezmo, cuando los pequeños preguntan por qué hay hambre en el mundo.

Antes de los reinos, antes del imperio y antes de los muros, existía el paraíso del Gran Iam.

Era un lugar sin invierno y sin llanto. Allí el día no terminaba: se volvía dorado, luego plateado, luego dorado otra vez, y nadie había visto jamás una estrella apagarse. Todo respiraba, cantaba y existía en perfecto orden. Los Serafines, de seis alas, ardían de devoción alrededor del trono. Los Querubines guardaban la sabiduría. Los Tronos, ruedas inmensas de justicia, mantenían en equilibrio cuanto Iam había creado. Cada criatura conocía su lugar y lo amaba. Nadie mandaba con látigo, porque nadie lo necesitaba. El cielo era obediente por amor.

Todo fluía como una larga melodía. Todo, salvo el barro.

Porque Iam, en su infinita bondad, quiso hacer también criaturas de la tierra. Tomó un puñado de arcilla del borde del Jardín, lo calentó entre las manos, y de ella modeló a un hombre y a una mujer: Jacob y Lilith. Les sopló en la boca. La arcilla se hizo carne, y la carne tuvo frío, y tuvo hambre, y tuvo sueño.

Eran frágiles. Sudaban. Se herían con las espinas. Pero Iam les dio un regalo que no dio a ningún ángel, ni a los Serafines ni a los Tronos: la libertad de elegir.

—Estoy con ustedes —les dijo—. Sean felices.

Y lo fueron durante mucho tiempo.

* * *

Lilith amaba el cielo tal como era. Ponía nombre a las cosas, porque le gustaba oírlas responder: al río, a la hierba, al viento que le revolvía el pelo. Se sentaba a escuchar el coro de los Serafines hasta quedarse dormida con la cabeza en el regazo de Jacob. Con eso le bastaba.

A Jacob no.

Él también amaba a Lilith. Eso sí lo decían los ancianos, y lo decían despacio, porque era la parte que más dolía. La amaba con la mansedumbre de quien tiene una sola cosa verdaderamente suya. Pero Jacob miraba. Miraba las alas, miraba la luz, miraba cómo los ángeles no tenían que dormir ni envejecer ni rascarse la piel, y algo dentro de su pecho empezó a doler sin que él supiera nombrarlo.

Los ángeles menores, los que aún no habían madurado en las legiones, rondaban a la pareja con una curiosidad que no siempre era amable. Se posaban sobre las ramas bajas y los miraban desde arriba.

—¿Por qué se rascan? —preguntaba uno.

—Porque les pica la piel —respondía otro, y reían.

Se burlaban de que no pudieran volar. Les arrojaban frutos para ver cómo se manchaban. Imitaban su torpeza al caminar, su manera de encogerse cuando hacía frío, el sonido de su estómago vacío. Cuando Jacob tropezaba, el coro de risas lo seguía hasta que se perdía de vista. Una vez lo empujaron a un arroyo entre aplausos, y él tuvo que salir arrastrándose, empapado, chorreando agua y vergüenza, mientras sobre su cabeza una nube de alas blancas se alejaba entre carcajadas.

Esa noche Lilith le trenzó una corona de flores y se la puso en la cabeza.

—No les hagas caso —le dijo—. Son niños.

Jacob sonrió. Dejó que ella viera la sonrisa. Luego esperó a que se durmiera para quitarse la corona y deshacerla, flor por flor, en la oscuridad.

Cosas de niños, dicen los ancianos de Silveria. Travesuras sin maldad. Ningún ángel quiso jamás hacer daño.

Pero Jacob las guardaba todas. Cada risa, cada mirada, cada dedo que lo señalaba caía en su pecho como una piedra. Lilith se encogía de hombros y seguía su camino. Jacob las contaba. Se medía contra ellos, y cada vez salía perdiendo, y a esa herida la llamó injusticia.

* * *

Un día, Iam llamó a la pareja a la orilla del Jardín, bajo los primeros árboles. Les mostró la inmensidad de lo que les había dado: los ríos, los frutos, los claros donde la luz llegaba tibia.

—De todo esto podéis tomar —dijo, y su voz era honda y serena, como la de un padre—. Todo es vuestro, salvo una cosa. Más allá de aquellas colinas está el Árbol Madre. Sus frutos son míos, y a nadie le es dado tocarlos. Quien los toque no podrá volver a lo que era.

Lilith asintió con la cabeza baja. Jacob también asintió. Pero se quedó mirando las colinas mucho después de que la voz se hubiera apagado.

Pasaron los días. Jacob dejó de comer con Lilith, y ella lo notó. Le preguntó una vez qué miraba cuando miraba tan lejos.

—Nada —respondió él.

Esa fue su primera mentira.

Lilith lo supo. Lo supo por la forma en que él evitó sus ojos, y no dijo nada, porque no sabía que se podía mentir y no quiso aprenderlo. Solo le tomó la mano, y se la apretó un poco más de lo necesario.

Una noche, cuando el coro de los Serafines adormecía el reino, Jacob se levantó sin hacer ruido. Se quedó un momento junto a Lilith, mirándola dormir. Pudo haberse quedado.

Echó a andar hacia las colinas.

* * *

Cruzó el valle con las plantas descalzas, bajo una luz plateada que nunca se apagaba del todo. Cuando llegó a lo alto, se detuvo. Abajo, en un claro, estaba el Árbol Madre.

No se parecía a ningún otro.

Era enorme y pálido, de un blanco enfermizo como hueso mojado. Sus raíces latían bajo la tierra como venas doradas, y a cada latido el suelo se hinchaba y se aflojaba, como un pecho que respira. La corteza estaba cubierta de una humedad tibia que brillaba a la luz y goteaba sin ruido.

Y de sus ramas colgaban los frutos.

Eran bebés. Cientos de bebés ángeles, envueltos en capullos de luz lechosa, pegados a las ramas por cordones finos y pulsantes que desaparecían en la corteza. Dormían acurrucados sobre sí mismos, con las rodillas contra el pecho y las alas diminutas plegadas sobre la espalda. Tenían los párpados cerrados, pero bajo ellos los ojos se movían despacio, como si soñaran todos el mismo sueño. Respiraban a la vez. Cientos de pechos pequeñitos que subían y bajaban al mismo compás, y en el claro no se oía otra cosa que ese murmullo húmedo y parejo, como un coro de labios dormidos.

De vez en cuando, uno abría la boca y movía los labios sin emitir sonido, como si mamara de algo que no estaba allí.

Esperaban el día de madurar para sumarse a las legiones del cielo. Eso era un ángel: algo que primero había colgado de una rama. El aire olía a poder, a eternidad, y debajo de eso, a leche tibia.

Jacob se quedó inmóvil largo rato, escuchando la respiración del árbol.

Recordó la voz de Iam. Recordó a Lilith, dormida a lo lejos, con la mano todavía abierta donde antes estuvo la suya. Dio un paso atrás.

Pero el hambre que Iam no le había dado, la que nació solo en él, le apretó el pecho. Dio otro paso, esta vez hacia delante.

Y otro.

Se acercó a la rama más baja. Sus manos, manchadas con la tierra de su origen, rodearon con cuidado la figura luminosa de un infante alado. Dudó, y por un instante todo el cielo pareció contener el aliento. Luego tiró.

El cordón se rompió con un chasquido húmedo. Del tronco brotó un hilo de luz dorada que se perdió en la tierra.

Jacob abrió la boca y hundió los dientes en la carne divina.

* * *

Estaba tibia. Eso fue lo primero que pensó, y le pareció una crueldad que estuviera tibia. El capullo de luz cedió, y lo que había dentro se removió. Dos manitas se abrieron contra su cara, diminutas, con los dedos todavía fundidos como los de quien no ha terminado de nacer. Una de ellas le tocó la mejilla. Le tocó los labios.

El pequeño despertó.

No gritó al principio. Abrió los ojos, que eran enormes y sin sombra, y miró a Jacob con una confianza total, la de quien jamás ha conocido el daño. Y entonces el primer bocado le llegó al fondo, y Jacob sintió cómo le llenaba la garganta algo dorado, espeso y ardiente, con sabor a miel quemada y a hierro.

El llanto fue un hilo agudo, casi musical. Los piececitos patalearon contra su pecho. Jacob apretó con los dientes y lo oyó crujir, un sonido blando y menudo, de cosa que no estaba hecha para romperse. Quiso soltarlo. Sus manos no obedecieron. La boca siguió trabajando sola, y el oro le corría por el cuello y le manchaba el pecho, y con cada trago algo dentro de él se abría, ansioso, enorme, y pedía más.

El llanto cesó de golpe.

Quedó solo el sonido de la masticación.

A su alrededor, en las ramas, cientos de pequeños seguían respirando al unísono, sin despertar. Pero el compás había cambiado. Respiraban más rápido, entrecortado, y uno de ellos, el más cercano, movió los labios y dejó escapar un gemido dormido, como si soñara que le dolía algo.

Jacob tragó el último pedazo. Se quedó de rodillas, con las manos abiertas y las muñecas goteando, mirando la rama vacía donde el cordón seguía latiendo, buscando algo que ya no estaba.

El árbol soltó un quejido largo, silencioso, que hizo temblar el suelo bajo sus rodillas.

Entonces, dicen los ancianos, el cielo guardó silencio. Y el castigo comenzó.

* * *

Dicen que lo primero fue el calor.

Un calor que subía desde el vientre de Jacob, como si hubiera tragado un horno. Cayó de rodillas junto a las raíces del Árbol Madre y vomitó un líquido negro que humeó al tocar la hierba. Sus entrañas hervían. Quiso gritar y no le salió voz.

Su cuerpo de barro no estaba hecho para contener la esencia de un dios.

Los huesos se le alargaron con un crujido seco. Se quebraron y volvieron a soldarse en formas afiladas, torcidas, que ningún cuerpo humano debía tener. La piel de su espalda se abultó, como si algo intentara salir desde adentro, y se abrió con un desgarro húmedo. De la herida surgieron dos alas inmensas, pero no de luz: eran de una negrura profunda, empapadas, goteando su propio nacimiento.

Su piel cobriza se secó en segundos y quedó pálida, fría como el mármol. La mandíbula se le desencajó. Las uñas se le volvieron garras de obsidiana. Cuando por fin alzó la vista, sus ojos humanos habían desaparecido. En su lugar ardían dos pozos de un rojo incandescente, y de ellos caían lágrimas espesas que ya nunca dejarían de caer.

Ya no era barro. Pero tampoco era luz. Era algo que el mundo no había visto nunca.

Los ancianos de Silveria bajan la voz en este punto. Dicen que hasta el viento dejó de soplar.

* * *

Lilith despertó con el grito.

Lo había oído dentro del sueño, y supo antes de abrir los ojos que era la voz de Jacob. Echó a correr descalza por el valle sin pensar en nada, y cuando alcanzó la cima de la colina, se detuvo. Abajo, entre las raíces pálidas, había algo de rodillas.

Vio plumas negras. Vio restos de oro sobre la hierba. Vio la espalda abierta, y las alas, y se llevó las manos a la boca para no gritar.

La criatura giró el cuello hacia ella, despacio. Se oyó un crujido enfermo.

Lilith bajó la colina. No supo por qué. Quizá porque él era lo único que había conocido en su vida, y las piernas la llevaron antes que el miedo.

—¿Jacob...? —susurró, deteniéndose a unos pasos—. Jacob, ¿qué has hecho?

El ser se puso de pie. Era mucho más alto de lo que Jacob había sido, y a su alrededor las hojas celestiales se marchitaron al instante.

—Ese nombre pertenece a la tierra —respondió. Ya no era voz de hombre, sino un eco hondo y frío—. Yo soy Lucyfer.

Lilith dio un paso atrás. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Y sin embargo, tendió la mano.

—Iam te perdonará —dijo, aunque no lo creía—. Si vuelves ahora. Si le pides perdón... Yo me quedo contigo. Te lo prometo. Ven.

Lucyfer miró la mano abierta de Lilith durante un largo rato.

Era la misma que le había tomado la mano aquella noche, en la hierba, cuando él mintió. La misma que le había puesto una corona de flores. Veía en ella todo lo que había sido: la debilidad, el frío, el barro, la humillación de quien se mide y pierde. Era la única que lo había conocido antes, la única que sabía quién era Jacob. Para ser algo nuevo, pensó, tenía que arrancar eso de raíz.

Lilith vio cómo cambiaba su rostro, y entendió. Retiró la mano.

Echó a correr.

No llegó lejos. Lucyfer desapareció de donde estaba y reapareció ante ella en un parpadeo. Su mano le cerró el cuello y la levantó del suelo. Lilith pataleó, arañó el brazo pálido sin dejar siquiera una marca.

—Jacob —alcanzó a decir, con lo que le quedaba de aire—. Por favor.

No hubo piedad en los ojos rojos. Lucyfer alzó la otra mano y la hundió en el pecho de Lilith con la facilidad de quien rompe una tela vieja.

Ella no gritó. Lo miró, nada más, con los ojos muy abiertos y llenos de una sorpresa casi infantil, como si todavía esperara que él se detuviera. Después la luz se fue de su rostro.

El aire que salió de su boca fue el primer sonido de muerte que oyó el reino de Iam.

Lucyfer retiró la mano y dejó caer el cuerpo sobre las raíces del Árbol Madre. Lo que corría por la hierba se mezcló con el oro derramado de los frutos. El árbol, a su espalda, había empezado a llorar.

Se quedó de pie, respirando, con las alas todavía mojadas. Después las abrió despacio, en toda su envergadura, y proyectó sobre el claro algo que nunca antes había existido en el cielo.

Una sombra.

* * *

Dicen los ancianos que Iam bajó esa noche.

No hubo trueno. Los Serafines enmudecieron en mitad del canto. El cielo, que nunca había conocido el crepúsculo, se oscureció de un extremo a otro, y por primera vez hubo un lugar donde la luz no llegaba.

Iam miró el cuerpo de Lilith sobre las raíces. Miró el árbol herido. Miró a la criatura que había sido Jacob, y habló sin elevar la voz.

—¿Qué has hecho con lo que te di?

Lucyfer no respondió. No retrocedió ni bajó la cabeza.

Entonces Iam, que era bueno, lloró. Dicen los ancianos que fue la primera vez que el cielo vio llorar a su dios, y que cada lágrima cayó sobre la tierra y se volvió lluvia. Y después los Tronos se alzaron, y los Serafines desplegaron sus seis alas contra la sombra, y lo arrojaron fuera del paraíso, hacia abajo, hacia el barro del que había salido, y su caída duró nueve días y nueve noches.

Pero la sombra no cayó sola. Con ella cayó el hambre de lo que no se tiene, la envidia, la sed de ser más. Y esas cosas, dicen en Silveria, se mezclaron con la arcilla de la que Iam había hecho a los hombres. Por eso los hijos de Jacob nacen con frío. Por eso nacen con hambre. Por eso, en cada generación, hay quienes miran la mesa del vecino y sienten que algo les muerde por dentro.

Es el veneno de Lucyfer, dicen. Y no se va.

Desde entonces, toda sombra le pertenece. Y por eso los niños deben dormir con una lámpara encendida.

* * *

En Irlia, donde el aceite escasea y las lámparas se apagan antes de que los niños se duerman, la historia se cuenta también. Pero se cuenta menos, y más bajo.

Aquella noche, mientras la lluvia caía sobre los techos de hojalata, una lámpara de aceite se consumía en una casa alquilada. Y en la oscuridad que se acercaba, alguien estaba a punto de nacer.

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author

Hola, vi tu post en el grupo, así que vine a dejarte mi comentario por aquí.

Sentí que a este primer capítulo le falta precisamente eso que hace memorables a los relatos creacionales (como el Génesis bíblico): una narración épica, solemne y un poco nostálgica.

Por otro lado, si esto es algo que los ancianos del mundo le cuentan a los niños, tal vez podrías jugar con eso. En lugar de la voz omnisciente del narrador, podrías probar con un anciano (o anciana) relatándoselo directamente a un grupo de niños alrededor del fuego; eso le daría una capa de calidez, voz propia y oralidad muy interesante. Claro, eso ya dependerá del tono general que busques para la novela, (apenas voy en este primer capítulo) Pero quería dejarte la idea. Igualmente es interesante, espero seguir leyéndote. En cuanto el feedback, sólo te pediría eso, un intercambio honesto, sin compromisos (libremente si tu quiere) de nuestras historias (es decir no estás obligado a leer mi historia, ni mucho menos tienes que hacer una reseña obligado)

una hora
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