Prefacio
A quien llegara este códice a sus manos:
No te engañes creyendo que sostienes la palabra de Dios.
Dios no tiene palabra. Mas alguna vez tuvo cuerpo, y el cuerpo se llamó Daga.
Lo que sostienes es el esfuerzo de los que quedamos por no olvidar el sonido de un nombre que fue despedazado.
He reconstruido y copiado estos textos en piel, porque el papel se pudre y las voces se pierden.
He viajado desde las costas del Remnan hasta las profundidades de la Isla, escuchando a los ancianos que aún recuerdan las Guerras Santas, y a los Dignos que han sobrevivido al juicio de las quimeras.
He recolectado susurros en los mercados, himnos grabados en rocas partidas y los versos que unos pocos cronistas lograron salvar del fuego cuando el mundo fue aniquilado.
No busques la verdad completa.
Está rota, repartida en las fauces de las bestias que custodian la Puerta. Este códice es solo una costura, un intento de unir lo que quedó.
Te advierto, sin embargo, de tres cosas:
Primero: No pronuncies los nombres de las quimeras en voz alta si no estás preparado para soportar su hambre.
Segundo: No permitas que este texto caiga en manos de los Körios. Ellos creen que la fe de la Criba es suficiente; no entenderían que el nombre de Dios exige sacrificio y no ser el sacrificio por el bien de la guerra. Si te descubren, te arrebatarán el códice para alimentar sus dioses de un solo día.
Tercero: Huye y ten cuidado de las Estirges. Que no sepan nunca de tu fe, pues con ella tejen sus maldiciones. Ten a bien de llevar tu falso ídolo en el bolsillo. No temas, Dios habita en tu corazón.
Si este libro es encontrado, quiero que se sepa que fui un testigo. Yo también escuché los lamentos, y que también espero, contra todo pronóstico, que el nombre sea redescubierto y que El que yace despierte.
Que Anak, su hijo, tenga piedad de nosotros.
Níos, el Escriba de la orilla, Sacerdote de Remnan, al servicio de la Puerta.
Año 642 de Draguria.








