La firma
Yaira podía levantarse e irse.
Nadie la había obligado a entrar en aquel despacho. Nadie impediría que cruzara la puerta y olvidara aquella dirección para siempre.
Sin embargo, seguía sentada.
El contrato descansaba frente a ella.
Doce páginas.
Una experiencia.
Sin letra pequeña. Sin cláusulas ocultas. Sin el lenguaje enrevesado con el que suelen disfrazarse las trampas.
Lo entendía todo.
Y eso era precisamente lo que más la inquietaba.
Le faltaba algo.
No sabía qué.
Tenía la incómoda sensación de que el verdadero acuerdo no estaba escrito.
Alzó la vista.
Él la observaba desde el otro lado de la mesa. Un tipo difícil de leer. Traje oscuro. Corbata negra. Las manos entrelazadas, como si pudiera esperar allí toda la tarde.
No intentaba impresionarla.
Era extraño.
A Yaira le bastaba una mirada, una sonrisa o un gesto calculado para que la mayoría de los hombres olvidaran dónde estaban.
Él ni siquiera parecía verla.
Aquello la irritaba.
Y, al mismo tiempo, despertaba una curiosidad difícil de explicar.
Inclinó la cabeza hacia un lado. El pelo rubio cayó sobre su hombro. Y esa sonrisa suya, tan controlada, que casi siempre cambiaba el curso de una conversación.
—¿No vas a intentar convencerme?
Él no se movió. No sonrió. No apartó la mirada.
Fue ella quien terminó borrando la sonrisa.
—Si tengo que convencerla, no debería firmar.
Ninguno dijo nada durante unos segundos.
Yaira volvió al contrato.
Durante semanas había buscado información sobre aquel hombre. Testimonios desperdigados en foros privados. Mujeres que hablaban de un antes y un después. Algunas utilizaban la palabra «despertar». Otras, «dependencia». Pero casi todas coincidían en algo.
Ninguna explicaba el proceso. Como si existiera un pacto silencioso.
Como si no encontraran palabras suficientes para describirlo.
Respiró despacio.
Todavía podía marcharse.
Era lo sensato.
Llevaba cuatro años viviendo de despertar deseo en desconocidos a través de la pantalla. Había probado casi todo lo que había querido probar. Dinero, seguidores y una independencia que muy pocos entendían.
Pero sentía que todo aquello era una representación. Una fantasía cuidadosamente iluminada.
Quizá por eso estaba allí.
No buscaba otro juego.
Buscaba algo que no pudiera controlar.
El bolígrafo esperaba junto a la última página.
Lo tomó.
El metal estaba frío.
Por primera vez desde que había entrado en el despacho, dudó de verdad.
No porque temiera al hombre que tenía delante.
Temía haber encontrado, por fin, a alguien que no reaccionaba ante ella como todos los demás. Que podía descolocarla.
Y eso no podía controlarlo.
Miró al hombre. Una última vez.
Bajó el bolígrafo.
—No —dijo él.
Deslizó la mano hacia ella.
Sus dedos rozaron los de Yaira. Un roce breve. Casi imperceptible.
Ella no apartó la mano.
Él tampoco.
—Aquí —dijo él—. En este espacio.
El contacto duró un instante de más.
Él retiró la mano.
Por un momento, Yaira dejó de ver el contrato.
Cuando volvió a mirar el papel, su firma ya estaba allí.
Él recogió el contrato con la misma calma con la que lo había dejado sobre la mesa. Lo revisó apenas unos segundos, cerró la carpeta y la guardó en un cajón.
Ningún gesto de satisfacción.
Ninguna felicitación.
Como si acabara de comenzar un proceso que llevaba mucho tiempo esperándola.
Se incorporó y caminó hasta la ventana.
Madrid seguía moviéndose al otro lado del cristal.
Todo parecía exactamente igual.
Sin embargo, Yaira tuvo la extraña impresión de que acababa de dejar algo atrás.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Él no se volvió. No la miró.
—Puede irse a casa.
Eso era todo.
Ninguna instrucción. Ninguna explicación.
Solo un vacío incómodo.
Yaira se dirigió hacia la puerta.
Su mano ya rozaba el picaporte cuando él habló de nuevo.
—Por cierto.
Ella se giró.
—No vuelva más aquí.
Frunció el ceño.
—¿Entonces cómo...?
Él siguió contemplando la ciudad.
—No tendrá que buscarme.
Hizo una breve pausa.
—Yo le diré cuándo, dónde... y cómo.
El despacho quedó atrás.
Yaira no miró hacia la ventana del edificio cuando salió. No quiso comprobar si él estaba allí, observándola.
No sabía por qué ese detalle le importaba.
Había firmado porque quería hacerlo. Porque empezaba a sospechar que ya nada conseguía descolocarla.
Aunque intentaba convencerse de que aquello no significaba nada.
Condujo sin prisa.
Las mismas calles. Las mismas luces. La misma gente caminando sin saber que, unos minutos antes, ella había tomado una decisión que quizá no podría deshacer.
Cuando llegó a casa, sintió una extraña quietud.
Encontró un mensaje de Diego.
«¿Nos vemos?».
Una pregunta sencilla. Una invitación sencilla.
Todo en él era sencillo.
Durante años había pensado que eso era algo bueno.
Diego era cómodo. No pedía nada que ella no quisiera dar.
Aceptó verlo.
Quizá porque necesitaba comprobar que todo seguía igual.
Que aquella firma no había cambiado nada.
Diego llegó puntual. Sonrisa fácil, presencia agradable, ese perfume que ella reconocía de otras veces.
—Pasé por tu casa por la tarde y no estabas.
—Unas gestiones. Nada importante.
Las palabras salieron solas.
Diego asintió. Era de esos que aceptaban las respuestas sin pedir detalles.
Se acercó a Yaira.
Ella lo dejó hacer. Lo dejó quitarle la camiseta, los vaqueros, las bragas. Recorrerla sabiendo dónde tocar para obtener una respuesta.
La llevó a la cama. Se puso encima. La tomó.
Diego jadeó cerca de su oreja, dijo su nombre. Que la deseaba.
Yaira miraba el techo.
Sentía el roce, el peso, la humedad de la excitación. Pero no sentía el fuego. No sentía que se le nublara la vista, ni que le faltara el aire. Todo era mecánico.
Cerró los ojos. Esperó sentir lo de siempre.
No llegó.
Diego aumentó el ritmo. Ella gimió por costumbre. Un sonido que sabía que él esperaba.
Lo sintió tensarse, soltarse, desplomarse sobre ella con un suspiro de satisfacción.
Se quedaron unos minutos en silencio. El sudor de él se enfriaba sobre su piel.
—¿Quieres que me quede esta noche?
Yaira negó antes de que la última palabra saliera.
—Estoy cansada.
Diego no hizo preguntas.
Se levantó. Se vistió. La besó antes de irse.
—¿Nos vemos el finde? —preguntó, con la mano en el pomo.
Ella asintió. Pero lo miró como si se despidiera de él.
Cuando volvió a quedarse sola, permaneció unos segundos en silencio.
El olor de Diego aún flotaba en la almohada.
Pero no sentía nada.
Cerró los ojos.
Y entonces, sin saber por qué, apareció la imagen del despacho. Aquel hombre.
Su voz.
La calma con la que no había reaccionado a su sonrisa.
Intentó apartar aquella imagen.
Pero solo consiguió verla con más claridad.
Llevó la mano entre sus piernas. Sin pensar. Sin planearlo.
La humedad ya estaba ahí.
No tenía sentido.
Apenas sabía nada de aquel hombre.
Ni siquiera recordaba el color de sus ojos con precisión.
Pero sí recordaba exactamente cómo había pronunciado aquella frase:
Yo le diré cuándo, dónde... y cómo.
El orgasmo llegó en segundos. Rápido. Casi violento.
Yaira abrió los ojos. Respiró hondo.
No estaba arrepentida.
Miró el teléfono.
Decenas de notificaciones.
Ninguna era la que esperaba.
Lo dejó sobre la mesilla. Permaneció inmóvil unos segundos.
Volvió a cogerlo.
Nada.




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