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Universos Perdidos

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Sinopsis

Una joven descubre una biblioteca donde cada libro contiene un universo. Al encontrar su nombre en una historia marcada por la muerte, deberá descubrir su verdadero origen, enfrentar los secretos de sus hijas y salvar mundos que quizá ella misma destruyó. Porque no todas las historias quieren tener un final.

Genero:
Fantasy,Scifi
Autor/a:
LoreEstelar
Estado:
Completa
Capítulos:
31
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1- La página que no debía existir

LA BIBLIOTECA QUE CONTENÍA UNIVERSOS ENTEROS

Capítulo 1. La pared que respiraba

La primera vez que escuché respirar a la pared, pensé que había alguien escondido detrás.

Eran las dos y diecisiete de la madrugada.

Estaba sola en casa, sentada en el suelo frío de mi habitación, intentando reparar una lámpara de lectura que llevaba varios días parpadeando con un molesto zumbido eléctrico. Afuera, una tormenta golpeaba los cristales con tanta fuerza que parecía querer entrar. El viento silbaba entre las rendijas de las ventanas y, de vez en cuando, un relámpago iluminaba las paredes durante una fracción de segundo.

Llevaba horas sin dormir.

Había preparado café, había intentado leer y finalmente había decidido arreglar la lámpara. No era la primera noche que me quedaba despierta hasta tarde, pero aquella tenía algo diferente. Una sensación extraña me acompañaba desde que había despertado por la mañana, como si alguien me estuviera observando desde un lugar que no podía encontrar.

Entonces lo escuché.

Un sonido profundo. Lento. Parecido al fuelle de una vieja fragua o a una respiración contenida bajo el agua.

Me quedé inmóvil, con el destornillador suspendido a pocos centímetros del metal.

El sonido procedía de la pared situada detrás de mi armario.

Contuve el aliento y escuché.

Nada.

Solté el aire lentamente y volví a inclinarme sobre la lámpara. Tal vez era una tubería. O alguna corriente de aire atrapada entre las paredes. Mi edificio era antiguo y tenía suficientes problemas como para que un ruido extraño no resultara demasiado sorprendente.

Entonces ocurrió otra vez.

Hhhh...

Una inhalación larga y pesada.

Después, un silencio espeso.

Finalmente, una exhalación tan profunda que hizo vibrar las tablas del suelo bajo mis rodillas.

Me levanté despacio.

—¿Hola?

Mi propia voz sonó frágil y ridícula en la habitación vacía.

Nadie respondió.

Me acerqué al armario y apoyé la palma de la mano contra el papel pintado de la pared.

Estaba caliente.

Retiré los dedos de golpe, como si me hubiera quemado.

Aquello no tenía sentido. La calefacción llevaba semanas apagada y aquella superficie siempre había estado fría, incluso durante los días más calurosos del verano.

Volví a tocarla.

Esta vez noté algo todavía peor.

La pared cedió ligeramente bajo mis dedos.

No era una grieta ni una irregularidad del yeso. Era como si la superficie sólida se hubiera vuelto flexible, casi orgánica.

Aparté la mano.

—No puede ser...

El sonido regresó.

Hhhh...

La pared estaba respirando.

Y lo que más me aterrorizó fue descubrir que empezaba a sincronizarse con mis propios pulmones.

Di varios pasos hacia atrás y encendí todas las luces de la habitación. La lámpara del techo parpadeó dos veces antes de quedarse encendida.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después escuché tres golpes.

Toc. Toc. Toc.

Esta vez no procedían de la pared.

Venían de algún lugar situado detrás del armario.


A la mañana siguiente decidí no contarle nada a nadie.

No quería escuchar explicaciones condescendientes sobre el estrés, el cansancio o las alucinaciones provocadas por el insomnio. Ya había tenido suficientes conversaciones de ese tipo como para buscar otra.

Además, a plena luz del día, la pared parecía completamente normal.

La golpeé varias veces con los nudillos.

Sólida.

Fría.

Silenciosa.

Incluso vacié el armario y lo arrastré hasta el centro de la habitación para comprobar si había alguna tubería oculta o un falso panel. No encontré nada extraño, tan solo el revoque agrietado de siempre y una pequeña cantidad de polvo acumulado.

Estuve a punto de darme por vencida.

Hasta que descubrí una marca circular en el papel pintado, oculta en la esquina inferior donde antes reposaba el mueble.

Era un símbolo extraño: un círculo perfecto atravesado por siete líneas diminutas.

Me agaché para examinarlo.

Jamás lo había visto.

Pasé el dedo por encima y una fina capa de polvo se desprendió. Debajo de la celulosa rota apareció una superficie oscura.

Raspé con la uña.

Una letra.

Después otra.

Las palabras fueron apareciendo lentamente, como si alguien las estuviera escribiendo desde el otro lado.

ENTRA.

Me quedé mirándolas durante varios segundos.

Aquello no estaba allí el día anterior.

No podía estarlo.

Me levanté y miré alrededor, buscando alguna explicación razonable. Quizá alguien había entrado en mi casa. Quizá se trataba de una broma de mal gusto.

Pero la puerta principal seguía cerrada con llave. Las ventanas no tenían señales de haber sido forzadas.

Y, sin embargo, alguien había escrito una orden en mi pared.

Movida por una mezcla de terror y fascinación, arranqué un trozo mayor del revestimiento.

Debajo no había ladrillos ni cemento.

Había madera.

Una superficie negra, lisa y pulida, de una antigüedad imposible.

Continué desgarrando el papel hasta descubrir un rectángulo perfecto de casi dos metros de altura.

Era una puerta.

Una puerta que jamás debió estar allí.

Poseía un pomo de hierro pesado y una cerradura singular, tallada con la forma exacta de un ojo humano abierto.

Me acerqué con extrema lentitud.

El metal estaba cubierto de una pátina de abandono, pero la zona alrededor del pomo brillaba limpiamente, como si unas manos invisibles lo hubieran estado utilizando durante años.

Entonces escuché un golpe.

Procedía del otro lado.

Uno.

Dos.

Tres.

Retrocedí.

—¿Quién hay ahí?

La respuesta llegó inmediatamente.

—Por fin.

Era una voz masculina. Grave, áspera y extrañamente cercana, como si alguien tuviera los labios pegados a la madera.

Sentí que la piel se me erizaba.

—¿Quién eres?

Hubo una pausa.

—Eso depende de lo que estés buscando.

Miré hacia el pasillo de mi casa. Todo seguía en orden. La cocina estaba vacía y la luz de la mañana entraba por la ventana del salón.

Después volví a mirar la puerta.

—¿Cómo has llegado hasta ahí?

—La pregunta correcta es cómo has llegado tú hasta aquí.

Tragué saliva.

Podía llamar a emergencias, salir corriendo a la calle o fingir que nada de aquello estaba ocurriendo.

Pero antes de que pudiera decidirme, la cerradura giró por voluntad propia.

El hierro emitió un chasquido profundo.

La puerta se abrió unos centímetros.

Un aire helado, cargado de un olor extraño, se coló en mi habitación. No olía a humedad ni a encierro.

Olía a papel antiguo, a cuero curtido y a miles de libros guardados en la oscuridad durante siglos.

Me acerqué a la rendija.

Al otro lado no había otra habitación de mi casa.

Había un pasillo colosal.

Las paredes desaparecían tras estanterías titánicas que se elevaban hasta perderse en una negrura infinita. Cientos de pequeñas luces flotaban en el aire como luciérnagas, iluminando lomos de libros de todos los tamaños, formas y colores imaginables.

Algunos estaban encadenados con pesados grilletes de plata. Otros flotaban lentamente entre los estantes, como si nadaran en el aire.

Al fondo distinguí una escalinata monumental que parecía subir hacia ninguna parte.

Me quedé sin aliento.

Mi piso tenía tres habitaciones, una cocina y un salón minúsculo.

Aquello desafiaba cualquier ley del espacio.

—¿Qué es este lugar? —susurré.

La voz masculina respondió desde la penumbra:

—La biblioteca.

—¿Qué biblioteca?

—La que contiene todo lo que ha existido, lo que existe y lo que aún no se ha atrevido a nacer.

Volví a asomarme.

Millones de volúmenes se extendían ante mí. Algunos temblaban sobre sus lomos, como si respiraran bajo sus cubiertas. Otros tenían cerraduras en lugar de títulos.

Entonces vi algo que me paralizó.

Sobre una mesa de roble oscuro reposaba un libro abierto.

Sus páginas no mostraban palabras.

Mostraban una ciudad.

No era una ilustración. Era un mundo real.

Pude distinguir edificios diminutos, calles adoquinadas y pequeñas figuras humanas caminando entre ellos. Incluso alcancé a ver el humo gris que brotaba de una chimenea.

Me acerqué un poco más.

Una de las figuras se detuvo.

Levantó la cabeza.

Y miró directamente hacia mí.

A pesar de la distancia imposible, pude ver su rostro.

Era un hombre anciano, vestido con una túnica marrón. Parecía estar mirando a través de un cristal invisible.

Abrió la boca.

Su grito atravesó la página como si estuviera a mi lado.

—¡CERRAD EL LIBRO!

Retrocedí bruscamente.

El volumen se cerró de golpe con un estruendo seco.

Las luces flotantes parpadearon al mismo tiempo.

Desde las profundidades de la biblioteca llegó un ruido inmenso, parecido al crujido de miles de árboles rompiéndose.

Las estanterías comenzaron a temblar.

—¿Qué ha sido eso? —grité.

La voz masculina ya no sonaba tranquila.

—No deberías haber mirado ese libro.

—¡Tú me has dicho que entrara!

—Yo no te he llamado.

Sentí que el frío me recorría la espalda.

—Entonces, ¿quién ha escrito esa palabra en mi pared?

No respondió.

Solo escuché pasos que se acercaban desde el interior del pasillo.

Lentos.

Metódicos.

Alguien caminaba hacia la puerta.

—Escúchame con atención —dijo el hombre—. Aléjate de la entrada.

—¿Por qué?

—Porque saben que estás aquí.

Miré por encima del hombro.

La habitación estaba vacía.

Pero la pared había comenzado a respirar de nuevo.

Esta vez con una violencia inusitada.

Hhhhh...

El aire entraba y salía por la abertura con tanta fuerza que el marco de madera vibraba.

Algo colosal estaba despertando al otro lado.

—¿Quiénes son ellos? —pregunté.

El hombre no contestó.

Sus pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta.

Una sombra alargada se proyectó bajo la madera.

Era demasiado grande para pertenecer a un ser humano.

Entonces llegó el primer golpe.

La puerta entera tembló.

El segundo hizo vibrar los cristales de mi habitación.

El pomo comenzó a girar violentamente.

—¡Cierra! —gritó el hombre.

No lo pensé.

Me lancé hacia delante, agarré el pomo de hierro y tiré con todas mis fuerzas para sellar la abertura.

Pero algo empujaba desde el otro lado.

Algo pesado, frío y hambriento que se negaba a dejarme marchar.

El suelo vibró con furia.

Las estanterías lejanas crujieron y una voz completamente diferente resonó desde la oscuridad.

Era profunda, áspera y rasgada como el metal oxidado.

—Por fin te hemos encontrado.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Quién eres tú?

La respuesta llegó acompañada de un tercer golpe que casi me arrancó el pomo de las manos.

—El que escribió tu nombre en este libro antes de que nacieras.

Con un último empujón desesperado, conseguí encajar el pestillo.

La puerta quedó cerrada.

El silencio volvió a caer sobre la habitación.

Me dejé deslizar contra la madera hasta quedar sentada en el suelo. Tenía las manos entumecidas y los ojos llenos de lágrimas.

No sabía cuánto tiempo permanecí allí.

Un minuto.

Diez.

Quizá una hora.

Hasta que algo cayó a mis pies.

Un golpe sordo.

Bajé la mirada lentamente.

Era un libro pequeño, encuadernado en cuero rojo, con los bordes desgastados.

No estaba allí antes.

Lo recogí con los dedos temblorosos.

En la portada, unas letras doradas parecían palpitar como venas.

LA HISTORIA DE LA ÚLTIMA VISITANTE.

Debajo aparecía mi nombre completo.

Y justo bajo él, una fecha escrita con tinta negra:

Hoy.

Sentí que el estómago se me encogía.

Abrí las tapas.

Las primeras páginas estaban completamente en blanco, excepto por una única línea escrita en el centro de la primera hoja.

«Mañana, a las dos y diecisiete de la madrugada, la biblioteca vendrá a buscarte. Y esta vez no abrirá la puerta para dejarte entrar».

Leí la frase una vez.

Después otra.

La tinta parecía fresca.

Pasé los dedos por encima, pero no se corrió.

Quise cerrar el libro, aunque algo me impidió hacerlo.

En la página siguiente apareció una nueva frase.

No estaba allí un segundo antes.

«No confíes en el hombre que te espera al otro lado».

Me quedé inmóvil.

El hombre de la biblioteca.

¿Quién era realmente?

¿Había intentado ayudarme o también quería que entrara?

De pronto, las letras comenzaron a borrarse.

Una por una.

Como si una mano invisible estuviera pasando una goma sobre el papel.

La última palabra desapareció lentamente.

Después surgieron otras.

CORRE.

Levanté la cabeza.

La habitación estaba en silencio.

La puerta negra permanecía cerrada.

Pero algo había cambiado.

El símbolo de siete líneas que había descubierto en la pared comenzaba a brillar débilmente bajo el papel arrancado.

Me acerqué al muro sin soltar el libro.

Entonces lo escuché.

Tres golpes secos.

Rítmicos.

Toc.

Toc.

Toc.

Esta vez no procedían de detrás de la pared.

Procedían de dentro del libro.

La cubierta se abrió sola.

Las páginas comenzaron a pasar a una velocidad imposible hasta detenerse en una hoja que antes estaba en blanco.

Había aparecido una ilustración.

Era mi habitación.

Mi armario estaba en el mismo lugar, la lámpara seguía desmontada sobre el suelo y la puerta negra permanecía abierta.

Pero había alguien de pie detrás de mí.

Una figura alta, vestida con páginas arrancadas.

No pude distinguir su rostro.

Debajo de la ilustración apareció una última frase:

«La visitante ya ha sido encontrada. Ahora solo falta recordar quién debe morir primero».

Y entonces, desde el interior del libro, una voz susurró mi nombre.

No era la voz del hombre de la biblioteca.

Era mi propia voz.

FIN DEL CAPÍTULO 1

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