Los gatos siempre vuelven
Una tarde fría de otoño lo viste la primera vez, mientras el sol bajaba su pequeña y esbelta silueta salía desde el patio de tu casa. Huyó despavorido apenas te vio, al entrar descubriste que había abierto la bolsa de basura que tenías en la parte de atrás para sacar sobras de comida que habías tirado hace poco, suspiraste sabiendo que la historia se alargaría, recordaste las palabras que alguna vez te dijo tu madre en una sobremesa.
“Los gatos siempre vuelven”.
En los días siguientes lo viste un par de veces más por el barrio, sólo podía tener un par de meses, aún se veía pequeño y desproporcionado, aunque claramente tenía la suficiente autonomía para arreglárselas por su cuenta. Muchas veces te preguntaste si alguien en el barrio podía estar alimentándolo, con el pasar de las semanas ganaba forma y ganaba peso, a pesar de no estar bien cuidado y estar sucio siempre se veía esponjoso, tomaba el sol en la acera, donde su pelaje, en machas blancas y cobrizas se veía más suave que nunca. Nunca te gustaron los gatos, los creías temperamentales y caprichosos, pero asumiste que su presencia se volvería constante si había hecho del barrio su hogar, ya que después de todo, los gatos siempre vuelven.
Despertaste una madrugada a causa de unos ruidos que venían desde dentro de tu casa; aterrado, esperabas encontrar indicios de un robo, pero sólo presenciaste una escena caótica: Una llave de agua corriendo débilmente, basura desparramada y algo de loza destrozada en el suelo, siendo la última la que logró despertarte, luego de unos segundos notaste una brisa que te puso la piel de gallina: Tu intruso había entrado por una ventana que creías haber cerrado, ahora abierta de par en par. Suspiraste con verdadera molestia, entre el agotamiento de tu despertar y el deseo de deshacer el desastre; cerraste la ventana, aunque sabías que era inútil, después de todo no sería su último encuentro, los gatos siempre vuelven.
Una mañana de invierno saliste tarde al trabajo, encendiste el auto sin darle tiempo para calentar el motor, pensabas que sería preferible eso a llegar tarde. Habías avanzado unos metros en la calle cuando golpeaste algo, junto con el crujido que venía directamente debajo de ti escuchaste un grito terrible que te erizó la piel.
Paralizado por un par de segundos, no quisiste bajarte a ver, tenías una horrible sospecha que no querías confirmar, una sospecha que te hacía pensar en la posibilidad de una pequeña criatura conocida que sólo trató de refugiarse en el chasis para esconderse del frío del invierno y que no alcanzó a advertir que habías encendido el auto; lleno de adrenalina, aceleraste, pero no pudiste evitar mirar por el retrovisor. Una mancha blanca, con un castaño cobrizo, yacía inmóvil contra el asfalto.
Las siguientes semanas se volvieron un borrón, casi sin darte cuenta empezaste a despertar con rasguños, despertabas sobresaltado escuchando ruidos dentro de tu casa en la madrugada; más de una vez lo dejaste pasar como estrés, como un mal sueño, como el peso de tu consciencia por no haberte hecho responsable en el momento de los acontecimientos, aunque empezó a llenarse tu casa de pelo blanco, aunque de a poco empezabas a sentir en algunas habitaciones un olor bastante similar a la putrefacción, siempre preferiste ignorar, preferiste huir.
Sin embargo esta noche es distinta, te has despertado con un peso tibio y húmedo a tus pies, traspasa tus colchas y tus sábanas, del bulto que no puedes identificar en la oscuridad emana un olor innegable a putrefacción, puedes escucharlo, gruñe a susurros, mientras tu no sabes que creer, no sabes si es sueño, si es realidad, tu cabeza no te permite pensar.
Sientes como el bulto avanza a rastras a lo largo de tu pierna, puedes sentir sus garras llenas de rencor hundiéndose en tu piel mientras su gruñido se vuelve más y más audible. En ese minuto sólo hay un pensamiento que cruza tu mente, te maldices a ti mismo por siquiera pensarlo, por simplemente considerarlo una posibilidad plausible, por considerarlo la explicación a este escenario imposible… Pero después de todo, los gatos siempre vuelven.