Prólogo
Me desplomé en el suelo. La habitación daba vueltas. Me faltaba el aire y sentí cómo se me oprimía el pecho.
Muertos.
Esa sola palabra lo cambió todo.
No pude contenerme y las lágrimas empezaron a rodar por mi cara.
Habían matado a mis dos padres.
Oía al doctor hablar, pero no entendía nada de lo que decía. Mi padre una vez llamó a nuestra familia «la gente», y decía que si te ponías en su contra, no había escapatoria. No salías de ahí con vida.
Mis maletas estaban en el coche de alquiler afuera del hospital. En mi bolso, que apretaba con fuerza, llevaba el pasaporte nuevo y los billetes de avión. Era mi única esperanza para seguir viva, para empezar de cero y escapar del infierno en que se había convertido mi vida.
Se me rompía el corazón por mi mamá y mi papá. Nunca podré perdonarme por lo que pasaron. Sé que sufrieron. Mi esposo no era un hombre capaz de tener piedad.
Mis padres siempre hicieron lo posible por protegerme. Si quería tener una oportunidad de escapar, debía salir del hospital cuanto antes.
El doctor se agachó y me tendió la mano.
—Su esposo viene en camino, Sra. Dyer. ¿Por qué no se sienta aquí?
Me levanté sin su ayuda. Me temblaban tanto las piernas que tuve que hacer un gran esfuerzo para salir de la habitación tambaleándome.
Él me llamó, pero yo seguí hacia las escaleras con la cabeza baja. La recepción estaba llena. Al cruzar el vestíbulo, vi que un Bentley negro muy conocido se estacionaba afuera.
—Mierda...
Me puse la capucha del abrigo y me metí por una puerta.
—¿Puedo ayudarla en algo?
Giré la cabeza de golpe para mirar al hombre mayor que me hablaba. Tenía un trapeador y un cartel de piso mojado; sus cejas pobladas estaban fruncidas.
Sentí que me apretaban el pecho y pegué la espalda contra la pared.
—N-necesito e-esperar aquí —tartamudeé—. Por favor...
Él me recorrió con la mirada y se detuvo en mi cuello. Con las prisas, me había dejado la bufanda en el coche. Sabía perfectamente lo que estaba mirando.
—Mire, si quiere puedo llamar a alguien. Se ve muy mal...
Su voz era más suave ahora, como si le hablara a una niña.
—No tengo a nadie. Solo necesito esperar un minuto, eso es todo —le supliqué, sintiendo que los ojos y las mejillas me ardían.
No parecía muy convencido, pero por suerte asintió.
—¿Hay alguna otra salida? —murmuré. Estaba demasiado nerviosa por el tiempo como para quedarme ahí.
—Hay una salida de emergencia por aquí, pero...
—Gracias —lo interrumpí antes de que terminara la frase y salí corriendo por el pasillo.
Respiré hondo para calmarme antes de empujar la puerta. La luz del día me dio de lleno en la cara. Había salido por un costado del hospital, así que me tocaba caminar más para llegar al coche de alquiler.
Me temblaban las piernas al caminar, pero aguanté las ganas de correr. Esta era mi oportunidad, la única para escapar con vida. Cuando por fin vi el coche, me dio esperanza. Ya casi llegaba...
Entonces lo vi. Estaba al otro lado del estacionamiento, hablando por teléfono muy enojado. Se me revolvió el estómago. Antes de que pudiera darse la vuelta y verme, eché a correr.
Me peleé con las llaves. Me temblaba tanto la mano que ni siquiera podía presionar el botón para abrir el coche. Tenía muchas ganas de mirar atrás para ver si mi esposo me había visto, pero no quise arriesgarme.
En cuanto subí al coche, ni me puse el cinturón. Arranqué y me fui de ahí lo más rápido posible.
—Vamos, muévanse... —me quejé, atrapada en una fila de tráfico a la salida del estacionamiento.
Miré por el retrovisor para ver por última vez al hombre que alguna vez amé.
Mi esposo no siempre fue un monstruo. Sin embargo, ya no quedaba ni rastro del chico con el que crecí.
Mi mejor amigo y mi alma gemela.
Él se había ido hacía mucho tiempo.
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