Esclavitud
Al norte, en algún lugar donde el sol se oculta tras grandes montañas de arena. Y los héroes tallados en mármol, son parte de los corredores de la historia. Allí, tras horribles muros de piedra roja, alineados cuidadosamente, construidos según los protocolos de los expertos egipcios, que fueron enviados especialmente para tal faena. Magnífico se alzaba el reino de Ayor.
Generaciones de nobles soberanos, forjaron un estado líder, fuerte y honorable. Trascendiendo su fama, más allá de las tierras conocidas.
Años de envidiada prosperidad, hacia de este, el paso obligatorio para mercaderes y emigrantes. Y muchos se quedaron, trayendo a sus familias y sirvientes.
Sin embargo, casi al final del linaje real. Cuando los mensajeros extranjeros, promovían las aterrorizantes noticias, de las batallas al otro lado del mundo. Amenabis ascendió al trono, tras la muerte del padre.
Muy interesado permitía el acceso al palacio. Uno tras otro los mensajeros desfilaban, narrando la misma historia, cuantas veces él se los pidiera.
De noche los murmullos de los mensajeros, invadían su mente, esquivando al sueño e invocando al Hades.
Hechizado con el oro y tantos botines de guerra. Planificó varias invasiones, comenzando por las naciones menos afortunadas.
El territorio de Ayor se expandió casi al doble. Lo que la hacía poderosa e invencible.
Amenabis orgulloso de las victorias, ostentaba de las riquezas, provocando el enojo de quienes observaban.
La sed de poder y de sangre, conducían apresuradamente al rey Amenabis a la destrucción. Pero nunca se permitió retroceder.
En el último de sus enfrentamientos, Amenabis profanó los templos, violando a las doncellas y asesinando a los sacerdotes.
Tras la inspección del lugar, los soldados encontraron un salón oculto.
Amenabis ordenó que derribaran las puertas. Descubriendo el santuario de la diosa de la victoria.
De rodillas frente a una figura dorada, se encontraba la delgada figura de una virgen. Cubierta por una túnica blanca, repetía súplicas de protección.
Los hombres de Amenabis se abalanzaron sobre ella, encontrando la muerte.
Ágiles movimientos hacían de esta muchacha una peligrosa arma de combate. Una treintena de hombres probaron el filo de sus dagas, y seguía arremetiendo hasta que estuvo frente al rey.
El hombre con los ojos desorbitados, la observaba. Cubierta por un carmesí oscuro, la sangre impregnaba la túnica y parte de su cuerpo.
Del metal teñido, escurrían delgados hilos de sangre, sobre el mármol, los rastros viscosos oscurecían los pálidos pies de la joven.
-¡Detente!- ordenó el rey impresionado.
Uno de los soldados le entregó una imagen de oro de la diosa de la victoria.
Y la muchacha dejó caer las dagas sobre el piso.
Una sonrisa de satisfacción apareció de pronto en el rostro de Amenabis, tranquilizando sus temores. Y sin dejar de sostener la imagen, hizo que sus hombres se retiraran del lugar.
Seguro de poseer a la diosa guerrera, regresó a Ayor.
Encadenada, aislada del resto de la tripulación, la virgen permanecía resguardada por sirvientes y soldados.
Hasta que la nave terminó el viaje, y todos los tesoros fueron llevados hasta el palacio.
Amenabis disfrutaba observar la juventud de su nueva adquisición.
Prohibiendo el paso a cualquiera que intentara acercarse a ella.
En uno de tantos arrebatos, el rey rasgó la túnica que cubría la espalda de la virgen. Letras doradas tatuadas en la lengua de los dioses sobre la pálida piel, detuvieron sus intenciones.
Atemorizado por las supersticiones, envió por los escribanos. Hizo que transcribieran con precisión cada letra de la espalda de la joven.
Siete papiros asegurados por guardias, fueron entregados a diferentes traductores, que pertenecían a colonias extranjeras.
El sueño de Amenabis lo abandonó por siete noches. Los hechiceros y agoreros. Intentaban tranquilizar su impaciencia, sin éxito.
Los consejeros del rey se beneficiaron tras el evento que trastornaba al reino.
Amenabis al límite de sus fuerzas, enviado por los traductores.
Algunas de las interpretaciones, aseguraban era la hija de la diosa, y que la pureza era la fuente de su fuerza. Otros, que era la mitad mortal de la diosa de la victoria, y que no deben separarla de la imagen de oro.
Pero hubo solo una que decía:
“La diosa de la victoria terminará en ella, hasta que la sangre brote y tiña la tierra.”
Los consejeros se acercaron al rey precipitando la decisión.
Entonces Amenabis proclamó como decreto:
-“Nadie se atreverá a tomar a la mujer como suya. O la muerte sera el castigo. Ella será la fuerza que peleará en combate, y desaparecerá del mundo hasta su muerte.”-
La furia, como la llamaron los soldados que fueron testigos de la matanza. Permaneció encerrada en lo más profundo del palacio.
Su presencia era solicitada por el rey Amenabis, solo cuando era necesario. El la evitaba por temor a la naturaleza que lo sometía.
Obligada a obedecer, utilizada como un arma de castigo. Derramaba la sangre de aquellos valientes que se atrevían a enfrentarse a la ira del rey.
Sobre un giganteco mapa tallado a mano, innumerables colgaban las armas en la muralla principal de Ayor. Los nombres de los reinos vencidos que estas armas representaban, eran grabados cuidadosamente, segun la lengua de origen.
La furia observaba las heridas que cicatrizadas parecían tatuajes enrojecidos. Cada una de ellas una batalla en nombre del tirano.
Que la empujó un poco más a la venganza y el odio.








