Prólogo
Odio un poco a mi compañera de piso.
Bueno, en realidad no. Es dulce y considerada, nunca pide cosas prestadas sin avisar y jamás intentó ligar con mis novios. (Ellos sí ligaban con ella, pero ese no es el problema real. Bueno, sí es una parte minúscula del problema, pero no... ok, definitivamente tiene que ver con el problema, pero para ser sincera, ni siquiera los culpo, maldita sea).
El problema —bueno, el problema original— es que es guapísima. Está buena de pies a cabeza. Yo soy bonita, ella es arrebatadora. Todo el maldito tiempo, y no es porque se esfuerce; simplemente se despierta radiante, pasa dos minutos maquillándose y menos peinándose, y sigue con su día, disfrutando de las miradas de los tíos. Los chicos me miran y sonríen. Los chicos la miran a ella y se quedan clavados, embobados.
Apenas se da cuenta. Bueno, claro que se da cuenta, si los tíos se quedan congelados por todas partes, es decir, ¿cómo no vas a notarlo?, pero ella sigue su camino como si nada. En serio, algunas mañanas quiero sacarle los ojos.
O al menos quería. Ahora es... un poco complicado.
Y sé lo que estás pensando. Tener una compañera de piso buena tiene sus ventajas. Traerá chicos interesantes y podrás conocerlos; ella no puede quedarse con todos, y las sobras pueden ser un bocado sabroso... pues no. No Syeira. (No es su nombre real, y ya verás por qué). Ella tiene —atención— un novio en su país. A varios miles de kilómetros. Se escriben correos y usan Skype. Es un poco nauseabundo.
Y lo entiendo. Es de la nobleza o realeza o algo así —claro que sí, ¿qué más iba a ser?—, y vuela hasta aquí varias veces por semestre. Ella desaparece el fin de semana cuando él viene, lo que significa que tengo la oportunidad de mirarme al espejo y recordar que yo también soy guapa. Ah, ¿mencioné que es prima segunda de una reciente Miss Rumanía? No, nunca lo admitió, pero todos tuvimos que hacer árboles genealógicos para un proyecto de clase y ahí estaba el nombre en su árbol, y algunos chicos lo reconocieron. Por supuesto. (Algunos chicos señalaron que en realidad se parecía más a una Catherine Zeta-Jones joven y con más tetas, lo que provocó una larga discusión sobre sus diversos atributos que me dio ganas de vomitar. No quiero volver a escuchar la palabra boobalicious en mi vida).
Oh, ¿y qué estudia? Psicología. Esta chica que no tendrá que trabajar ni un solo día en su vida tiene una carrera totalmente legítima y le va bien. Se supone que las chicas así deberían suspender Historia del Arte y luego conseguir trabajo como modelos. (Su madre no la deja ser modelo. Por supuesto).
Y... bueno, no. Podría seguir durante páginas, pero maldita sea, no es una mala persona. Ella simplemente se despierta dulce, encantadora e impecable, y termino sintiéndome yo como la mala persona por odiarla tanto. Al menos no nació rica; en realidad viene de la pobreza y tiene un trabajo para complementar su beca.
Lo interesante —lo que quiero escribir— es que... ella no es un ángel. Podrías pensar que, con el novio a distancia y sin nadie en el campus, sería esa chica tan nauseabundamente buena que te hace sentir vulgar. Pero no lo es. Y no lo es de una forma muy concreta que persigue mis sueños.
Ella no habla de eso, excepto aquella vez. Estaba borracha. Acababa de pelearse con su novio por Skype porque él quería venir ese fin de semana pero ella tenía que estudiar, y él la puso a parir por eso. Se lo tomó muy mal —en serio, estuvo llorando toda la tarde, es muy sensible— y luego se bebió un ponche de vodka con limón. No suele beber y no tenía ni puta idea de lo que estaba mezclando. Para cuando volví a la habitación, se había bebido más de un tercio de una botella de litro de Smirnoff. Estaba hecha un desastre y, bueno, incluso una compañera de piso celosa no puede odiarla tanto en ese estado. Le sujeté el pelo mientras vomitaba, le di agua y zumo, y me quedé con ella para asegurarme de que no empeorara. Parte de eso significaba mantenerla hablando.
Y joder, la historia que contó...