Caught by Park Jimin [JiKook] [Adap.]

Sinopsis

JungKook es un adolescente con las ideas muy claras. El apoyo de sus padres y de sus amigos le ayudan a llevar su homosexualidad con orgullo y valentía haciendo frente a los insultos y ataques de algunos compañeros de instituto. Sin miedo no hay razón para esconderse y JungKook vive su sexualidad de una manera sana, divertida y feliz hasta que se cruza en su camino Jimin, un amigo de la infancia. Jugador de baloncesto, estudiante brillante y con una novia despampanante, Jimin es el chico más popular del instituto y su nueva obsesión es JungKook. Tras un primer y fogoso encuentro, Jimin se convierte en dictador de la vida de JungKook anulando su jovial carácter y cerrando el círculo de sus relaciones y amistades. JungKook intentará mil formas de librarse de su atractivo tirano, pero Jimin siempre va un paso por delante y solo cuando vea a JungKook completamente derrotado le confesará la verdad de sus sentimientos.

Genero:
Erotica/Drama
Autor/a:
casteva
Estado:
Completado
Capítulos:
25
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Cuando JungKook era pequeño le encantaban los cuentos de hadas.

Antes de saber leer ya había memorizado muchos de tanto que le pedía a sus padres que se los leyesen. Luego, ya conociendo la palabra escrita, no dejó de leerlos y buscaba siempre nuevas historias fantásticas de dragones, caballeros y princesas.

Bueno, ese último punto siempre lo tuvo en discusión. Para un niño pequeño a veces puede ser muy difícil tratar con cosas que son propias de la adolescencia y la madurez, incluso cuando las sienten vivamente. Pues con JungKook lo que ocurría es que desde que tenía cierto entendimiento no le gustaban del todo las princesas. No soportaba que siempre estuvieran haciéndose las víctimas, tan delicadas y frágiles, sin saber qué hacer. Les faltaba carácter. También odiaba los vestidos y la superabundancia de color rosa, encajes y florecillas. No entendía a qué venía tanta parafernalia solo por lucir un poco más bonitas.

Porque también, por mucho que se esforzasen por hablar bien de ellas o los dibujos de los libros fueran preciosos, a JungKook nunca le parecieron demasiado lindas. Como mucho resultonas y solo le caía bien alguna que hiciera gala de cierta gracia e inteligencia. ¿Y a qué venían esos pelos tan largos? O sea, qué incomodidad tener que peinarlo todos los días y lo que debía pesar. Siempre tuvo la duda de si a Rapunzel no se le partía el cuello por semejante cabellera.

Y además luego se pasaban todo el día durmiéndose, siendo malditas, encerradas, mientras que el príncipe tenía que recorrer miles de kilómetros, combatir monstruos y brujas, deshacer hechizos, usar su ingenio, evadir un bosque de zarzas… Y encima, normalmente, solo salía al final de la historia o como mucho de fondo mientras ellas acaparaban toda la atención.

JungKook no le veía la gracia a una señora limpiando y haciendo comida para siete enanos, eso ya lo hacía su vecina y sin necesidad de maldiciones, ser linda, noble o cantar para que un ciervo le limpiase el baño.

En cambio, los héroes que acudían a rescatarlas siempre parecían valientes, fuertes y vestían mucho mejor. Le encantaban las armaduras brillantes y esas capas tan elegantes. Por no olvidar que siempre le parecían mejor dibujados en los cuentos y que se notaba que serían capaces de doblar una barra de hierro. Con ellos no tenías que temer nada, por muy mal que fuera la cosa siempre eran capaces de hacer frente a todas las calamidades. JungKook pensaba que con alguien así a su lado se sentiría siempre seguro y protegido.

¿Cómo no iba a pasar con un chico que era capaz de derrotar a monstruos terribles y magos todopoderosos? Muchas veces imaginaba que él estaba en problemas, por causas ajenas a su voluntad y desde luego mostrando más voluntad que todas esas princesitas ahogadas en obras de ingeniería textil, y uno de esos príncipes llegaba en su hermoso caballo blanco a salvarlo y solucionar todos sus problemas. Que con él se divertía mucho, visitaba muchos lugares, gobernaban reinos juntos, combatían mil peligros y…

Aquí con la edad las cosas se fueron diversificando y la situación cambiaba un poco. No es que dejasen de pelear con quimeras o buscar tesoros, es solo que la parte de comer perdices (en realidad para sus adentros siempre pensaba en pavos, las perdices le lucían una niñeria) se alargaba ostensiblemente y se iba cargando de detalles. A algunos de esos puntos tardó tiempo en agarrarles todo el sentido, pero lo que no dudaba es que cuanto más lo pensaba, más le gustaba.

Comenzó preguntándose a qué venía lo de besar a la princesa. A él no le gustaba nada la idea de darle un beso a una chica (ya tenía bastante con su madre y su abuela), así que pensó que el quid de la cuestión debía estar en el chico. Se imaginaba como debía ser besar a uno de esos príncipes tan valientes y atractivos que hacían de todo. Al principio no podía evitar reírse por lo bajo, luego se sonrojaba, entonces notaba un calor en su interior que le hacía sentir bien y más tarde descubrió el maravilloso mundo de las erecciones.

En algún punto intermedio también se interesó por el momento de llevar a la doncella cargada. Con los brazos musculosos que les dibujaban tenían que ser capaces de cargar con él durante mucho tiempo y de defenderlo de muchas cosas. Se preguntaba lo que se sentiría ser acunado por un hombre con un cuerpo como ese. Lo más que había visto es que lo cargaran su padre o alguno de sus tíos, que no estaban gordos pero sí algo blandos, cosas de la genética.

Además, ninguno era tan guapo como los chicos que veía en los cuentos, ni de lejos. En cambio, ser abrazado por uno de esos caballeros de fantasía tan hermosos, atléticos y perfectos tenía que ser una experiencia única. Si no la dama de cuento no se le agarraría con tanta fuerza, serían todas unas amas de casa presumidas que no eran capaces de agarrar un arma para defenderse, pero sí que sabían lo que les gustaba… JungKook les tenía cada vez más manía según crecía al ver como las muy lapas no soltaban al príncipe ni a sol ni a sombra.

Pese a que en su infancia le dio muchas vueltas a estos y otros asuntos, la auténtica resolución de sus dudas vino cuando tuvo más edad. La tempestad hormonal de la pubertad y la madurez le permitieron atar todos los cabos, hacerles un nudo doble, trenzarlos, confeccionarlos, deshacerlos, teñir los hilos y tejerlos todo en un nuevo tapiz. Aceptar la homosexualidad no suele ser muy fácil para nadie y para JungKook tampoco lo fue, haberlo sabido toda su vida no le ayudaba mucho. Cuando sus ojos empezaron a mirar a sus compañeros de clase y amigos como miraba a los príncipes de su infancia se dio cuenta de que ocurría algo. El miedo iba de la mano del deseo, pero el segundo supo tirar del primero y al final lo dejó muy atrás. Una persona que viva en el mundo de hoy en día tiene vías de sobra para explorar nuevas vías sexuales.

Aprendió muchísimo en Internet, cosas que jamás se le habrían ocurrido antes, tanto buenas como malas. Sí, aparte abusó un poco en demasía del porno, pero, ¿cómo no iba a hacerlo? A fin de cuentas, tenía demasiadas incógnitas dentro, miedos, deseos susurrantes y muchas ganas de experimentar y conocer. Todo era muy caótico y confuso, pero aun así las cosas siguieron su rumbo. Puede que tuviera sus cosas, pero era suficiente listo para lograr racionalizar y comprender lo que le pasaba con la pequeña ayuda de algunas páginas web, un libro o dos, cine de temática gay y pornografía.

Además, tampoco creamos que era un mosco muerto que observaba temeroso a sus compañeros desde lejos temiendo admirarlos en demasía. JungKook no era una gran belleza, no era un adonis musculoso con cara de efebo griego, pero tenía posibilidades. Ya a los catorce años tenía el aspecto que conservaría el resto de su vida, amén de algún añadido derivado de la vejez que aún le quedaba muy lejos. No era un coloso, pero sí que era algo más alto de la media. Y aunque su figura era delgada, no llegaba a ese estilo esquelético similar al de una araña o un bicho palo. Pese a su estilizada silueta tenía algo de carne en los sitios adecuados, lo que le daba un aspecto elegante y delicado, aunque en algunas zonas lo suficientemente fibroso como para denotar cierta fuerza y resistencia.

Estaba claro que no podría derrotar a los armarios empotrados que eran algunos de su instituto, pero con el resto podía medirse con ciertas garantías. Tenía la suerte de tener un pelo lacio. Solía llevarlo corto, sin caer en rapado, aunque en algunas ocasiones había experimentado con peinados más largos o abundantes. Su cara era normal con una barbilla de bebé que misteriosamente contrastaba con su aspecto estilizado. La nariz era algo grande, sería imposible describir su forma, solo se puede subrayar la sensación que transmitía. Y si a esto unes sus ojos casi negros y sus labios, que aunque no finísimos no eran nada gruesos, muchas veces tenía un aire algo altanero y orgulloso. Pero no nos dejemos engañar, eso no es más que una impresión superficial.

No es que sea algo así como Miss Simpatía, pero es capaz de tratar a sus semejantes con amabilidad. Cuando era un niño tenía un pequeño coro de amigos gracias a su amabilidad y con la edad no supo perder su toque. No era extremadamente extrovertido, pero era capaz de moverse con facilidad en un entorno social y hasta podía realizar algunas muestras de arrojo. Sus padres en algunos momentos temían por su reserva, pero se dieron cuenta enseguida de que, simplemente, su hijo era un poco remolón cuando no tenía motivos suficientes para tratar con los demás.

Así, con cierta gracia física de un lado y cierta simpatía, aun siendo muchas veces interesadas, JungKook supo rápidamente como acercarse a los otros muchachos. Poco a poco fue tanteando a los otros chicos de su edad y valorando sus posibilidades. Usando una mezcla de verdades desnudas y otras algo más vestidas, fue cumpliendo las experiencias que ansiaba. Es cierto que cometió errores, pero también tuvo importantes victorias que le pusieron la miel en los labios. Y como un oso que paladea por primera vez una colmena plena de miel, JungKook continuó. Porque algo que descubrió cuando creció es que los príncipes no existían.

No cogían y derrotaban al monstruo, pasaban miles de peligros y rompían hechizos sin esperar recibir algo a cambio. Ya entendía por qué las princesas iban tan vestidas, como no ocultar lo que tenían debajo su salvador se limitaría a astese a la caverna donde la tenían encadenada, se masturbaría y se iría a buscar algo más asequible. Y en el caso de JungKook, ni siquiera admitirían que había tenido cierto interés por la dama (o caballero) en cuestión. Porque otra lección que aprendió cuando creció es que no todos tenían las cosas tan claras como él. Conoció las mil caras de la hipocresía y la falsedad.

Un chico que un día podía estar desnudo a sus pies reclamándole de todo, al día siguiente ni lo miraría en público o incluso no reconocería siquiera que se conocían. No es que el príncipe fuera solo un interesado, es que encima era hipócrita y estaba cargado de defectos. Era falso, mentiroso y muchas veces ni siquiera era tan bueno como en los cuentos. Porque muchos podrían ser aspirantes a modelos, pero no eran ni tan listos ni buenos como aquellos con los que JungKook soñaba.

¿Que sufrió muchísimo? ¿Que tuvo traumas? Algún chasco se llevó y tuvo que replantearse muchas cosas, pero no estamos ante alguien que se deje vencer fácilmente. Mientras seguía acostándose y conociendo a otros como él, tampoco descartó otros métodos como Internet, JungKook sopesó las circunstancias y sus opciones. Era un hecho demostrado que después de todo los caballeros de brillante armadura no existían, como mucho los de brillantes pectorales aceitosos. Sí, no podía esperar que llegara uno a rescatarlo de todos sus problemas, de su monótona vida, y que además llenara su existencia de aventuras y diversiones de todo tipo. Pero tampoco se iba a quedar apartado en una torre aislada desilusionado y esperando un salvador. Ni permitiría que sus preocupaciones, como una madrastra brujeril, amargaran su existencia con maldiciones sin fin.

Es cierto que ninguno era perfecto, pero algunos eran muy divertidos aún con sus defectos y otros, aunque sea eran buenos en la cama o lo ponían a mil, ¿por qué desaprovecharlos? Así que JungKook decidió que se adaptaría a las circunstancias y que de hecho sería feliz con esa realidad que no era como un cuento de hadas. No comería perdices ni pavos, pero al menos pensaba hincharse de pollo y pasarlo bien hasta el fin de sus días.

Y él no sería como una princesita débil envuelta en seda. No solo tenía la vida por los cuernos y se aprovecharía de los «héroes», sería capaz de sobrevivir sin ellos. No se sentía ni se sentiría solo, tenía suficiente fuerza como para ser capaz de sobrevivir solo con la compañía de sus amigos y familiares, que no es que fueran pocos. Y no valía la pena tratar con manías de otros chicos, que aún aparte de la hipocresía, algunos se atrevían encima a cargarlo con cosas que no venían al caso a estresarlo con tonterías sin sentido. Y ni que la vida fuera solo sexo y hermosos cuerpos desplegados en eróticas coreografías. JungKook no era un genio, pero tenía suficiente cabeza como para encontrar diversiones y entretenimiento de sobra.

Desde los quince años tenía una guitarra y practicaba con ella casi todos los días, le gustaba la idea de poder componer algún día una canción. Y aparte tenía otros intereses como un marcado gusto por los libros de Douglas Preston y Lincoln Child y las películas de detectives. Para ser un adolescente, con todo lo que esto implica, JungKook estaba bastante seguro de casi todo. Aceptaba el mundo y lo que había en él, tanto las luces como las sombras.

Pero por mucho que tú te aceptes y tengas claras las cosas, como el caso de JungKook, no es lo mismo tu juez interior que el del común de personas. Y de nuevo la hipocresía volvió a atacar. De entrada, tanto por miedo como por precaución, JungKook era muy precavido con sus relaciones personales e íntimas y los chicos con los que compartía cama también se callaban por vergüenza, discreción o confusión. Pero claro, basta que unas cuantas personas lo supieran para que al final a alguien se le fuera la lengua. JungKook, aún un año después de los primeros rumores, no sabía exactamente quién había sido. Lo único que tenía claro es que al parecer alguien dijo algo o una tercera persona lo pilló intimando más de la cuenta con otro. Le daba igual, lo que supuso a efectos prácticos fue lo mismo.

Vivimos en una época supuestamente moderna y avanzada en que muchos prejuicios están desterrados o puestos en tela de juicio. Pero una cosa es lo que se dice oficialmente o lo que promocionan los auténticos grupos libres de prejuicios y sentencias morales innecesarias, y otra lo que seguía haciendo la mayoría. Lo que contaba es que, a nivel popular, y encima dentro de un instituto con alumnos cuyo raciocinio aún no estaba maduro, primaban una serie de máximas absurdas, obsoletas o, como mínimo, bastante limitadas.

Así, una chica que viviese una vida sexual activa, por muy responsable que fuera, seguiría siendo una zorra mientras un hombre que se trinchase a todo lo que tuviera faldas sería un auténtico machote. Siguiendo una regla de tres no cuesta imaginar lo que pensaban de un homosexual que tuviera relaciones habitualmente. JungKook se convirtió de golpe en el «puto maricón» del instituto y del barrio. Y aquellos que hacían o deseaban hacer lo mismo que él, pero tenían miedo o preferían mantenerlo en secreto, se unieron alegremente a la condena y la discriminación del único gay declarado de su edad. Porque claro que había más de uno, JungKook lo sabía perfectamente, trataba con algunos por Internet y con muchos había compartido momentos muy privados. Sin embargo, ni uno de ellos habló a su favor, lo apoyó o dio un paso al frente y dijo «yo también lo soy». Otra vez los príncipes desaparecían en las fauces de una bestia de la que los cuentos no hablaban.

Pero de nuevo, JungKook no se dejó llevar por la tempestad o la adversidad. Sí, las bromas eran muy incómodas, algunas de hecho eran terribles, pero seguía teniendo puntos de apoyo. Muchos amigos se quedaron de su lado, lo apoyaron y acallaban cualquier palabra procaz que hubiese hacia él. Cuando veía que alguno de ellos recriminaba a otros sus comentarios inoportunos, no podía evitar sonreír y cualquier expresión altiva o de superioridad que tuviera desaparecía de su cara por completo. Obviamente los rumores llegaron a su casa y sus familiares estaban al tanto de lo que decían sobre el marica oficial del barrio. Pero eso no era un problema. De entrada, sí que se esperaba dificultades, pero en un día se despejaron todas las dudas.