Capítulo 1
La vida de Byun BaekHyun a sus veinticinco años era rutinaria y lo que cualquiera llamaría, aburrida. Era contable, trabajaba en la asesoría que heredó de su padre y su personalidad era casi tan seca como su profesión. Lo más emocionante que podía ocurrirle en un día era que su programa contable se volviera loco y descuadrara todos los balances de final de año, lo que sería una jodida locura. Y si tenía que ser sincero, a él le gustaba de esa forma.
BaekHyun nunca fue un tipo fiestero, dicharachero o carismático. Él era la clase de bastardo al que había que sacarle las palabras a cucharadas y el que cuando hablaba te jodía por todas partes porque no era sutil ni tenía intenciones de serlo. No le gustaban los espacios cerrados ni concurridos y no le interesaba hacer más amigos de los que ya tenía.
En resumidas cuentas, le gustaba su profesión, tener una casa propia y vivir solo. No le importaba una mierda que su amigo SeHun dijera que era un hijo de puta aburrido y que vivía como un tipo de cincuenta años amargado. Él podía besarle el culo, según su opinión. Porque BaekHyun tenía la vida que quería y así estaba jodidamente bien para él.
Por eso, tenía una rutina, un plan. BaekHyun se levantaba todos los días a las siete menos cuarto de la mañana, ni un segundo antes ni un segundo después. Su traje de chaqueta siempre estaba bien planchado y sin arrugas, su maletín iba en su mano derecha y tomaba un capuchino con dos cucharadas de azúcar antes de ir a la asesoría.
Tenía horarios y era meticuloso con el tiempo y cómo lo invertía. Sobre todo, le jodía que alguien alterara sus planes sin consultarle y odiaba los imprevistos y no tener el control de las situaciones. SeHun lo llamaba bastardo controlador, BaekHyun se definía como alguien previsor.
Sin embargo, esa mañana de miércoles nada era diferente cuando recibió una llamada a las nueve menos cuarto.
—Asesor Byun. —respondió con tono formal, el auricular entre la oreja y el hombro y sus ojos puestos en la contabilidad frente a él.
Hicieron falta tan solo siete segundos para que BaekHyun sepa que esa no es una llamada de trabajo y que de hecho, lo iban a joder. KyungSoo, al otro lado de la oficina, lo observó por debajo de las pestañas, al escucharlo gruñir y dejar el ordenador de lado.
—Estaré allí en media hora. —rumió a la persona al otro lado del teléfono, colgándole después de mal humor. Miró a su compañero de oficina con rostro indescifrable. —Tengo que salir, procuraré volver antes del almuerzo.
KyungSoo asintió y él tampoco le dio tiempo a decirle nada más.
Pocas cosas lograban molestar de verdad a BaekHyun, y trastocar su vida y tocarle las pelotas era una de ellas. Con esa llamada, no solo estaba jodido, sino que además lo estaban poniendo en un compromiso social y moral que no quería tener, demonios. Porque una prima de él, a la que ni siquiera había visto más de dos o tres veces en su puñetera vida, se había muerto. La cosa no sería relevante si la pobre mujer no hubiera tenido un hijo de dieciséis años que necesitaba tener un tutor que se encargara de él.
Por lo que le había explicado la señora al otro lado de la línea el chico no tiene a nadie más, señor Byun, su abuelo está en una residencia de ancianos y no está capacitado para cuidarlo, y por lo que nos ha contado, no conoció a su padre. ¿Y a él qué carajo le importaba que el chico no tuviera a nadie? ¿Por qué tenía que hacerse cargo de un adolescente al que ni siquiera conocía, solo porque figuraba como un pariente lejano en una lista?
Era absurdo y estúpido. No podía ni quería criar a un niño, mucho menos a un adolescente. BaekHyun siempre contó consigo mismo, no tuvo hermanos y en su casa se le enseñó depender de sí mismo, solucionar sus problemas solo y no esperar que otro se encargara de él. Meter a un desconocido en su vida no estaba dentro de sus planes, aunque tan solo fuera hasta que el chico cumpliera la mayoría de edad.
—Los centros de acogida no son un hogar, señor Byun. En estos casos siempre es mejor que esté con un familiar. —le dijo la mujer de servicios sociales.
El despacho era pequeño y casi claustrofóbico por los muebles robustos de madera, las miles de carpetas a su alrededor y los muchísimos papeles que desordenaban el ambiente. BaekHyun detestaba el desorden y no dejó de fijarse en la mancha de café de la camisa floreada de señora que ella trató de disimular con un broche redondo, y que probablemente, otra persona no hubiera visto.
—Ni siquiera nos conocemos, estará con un desconocido, de todas maneras, ¿Cuál es la jodida diferencia? —apretó los nudillos sobre su regazo, por debajo de la mesa.
La mujer frunció el ceño, sus gafas de pasta se deslizaron por su nariz y a él le recordó a la típica caricatura de institutriz soltera y amargada.
—Tiene dieciséis años, señor Byun, ha perdido a su madre y debe de sentirse perdido. Si lo mandamos a un centro de acogida, probablemente lo perdamos ¿entiende? Los chicos en su situación no prosperan allí.
BaekHyun procuró no rodar los ojos ante la mujer y ella notó su hastío. La señora Han suspiró, quitándose las gafas y dejándolas caer hasta su regazo, sujetas con el cordón negro a las patillas.
—¿Por qué no prueba un mes? —le sugirió con tono derrotado y suplicante. —Puedo tratar de buscarle una familia de acogida, pero no ahora, y mientras tanto, usted puede comprobar que ChanYeol no es mal chico y que lo único que necesita es una figura masculina que pueda ayudarlo. Un hermano. Alguien como usted.
Hermano. BaekHyun podría haberse reído sarcásticamente ante esa idea estúpida. Él jamás se preocupó por otra persona, ni siquiera era un buen amigo para SeHun, como el bastardo se encargaba de recordarle todos los días, ¿por qué demonios iba a ser el hermano del hijo de su prima? Sin embargo, ¿qué otra opción tenía? Podría haberse marchado, alegar falta de tiempo para cuidar de un adolescente y renunciar a ser el tutor legal del niño. Y aun así, no pudo. No cuando la mujer se lo presentó.
Si tiene que decir algo a favor de la señora Han, BaekHyun dirá que fue inteligente presentándole al adolescente antes de permitirle rechazar su propuesta. Park ChanYeol estaba sentado en un banco del patio interior del edificio y se veía a todas luces que era un chico perdido y triste. Los pantalones vaqueros estaban desgastados y rotos en las rodillas, sus piernas eran largas, más que las de BaekHyun, y se sintió absurdamente bajito de pie frente al adolescente de uno ochenta. El pelo teñido de rubio y lacio, cayendo sobre sus ojos negros o el pequeño tatuaje de la silueta de un fénix detrás de su oreja izquierda, le gritó problemas a BaekHyun por todas jodidas partes.
Porque pese a la rabia y frustración que parecía acompañar a ChanYeol en esos momentos, no creía que él fuera así constantemente. De hecho, creía poder imaginarse al chico sonreír y siendo brillante y BaekHyun no sabía lidiar con ese tipo de personas. Y de todas formas, se encontró diciendo que sí.
—Vas a vivir conmigo un mes, chico. —le dijo con tono serio y sin alteraciones. ChanYeol parpadeó, sin hablar, no sabiendo quién coño era y confuso por la información. —Espero que no me des problemas.
La señora Han se encargó de las formalidades, de presentarlos, es el primo de tu madre, ChanYeol, Byun BaekHyun, o de todas aquellas cosas que BaekHyun no se molestó en escuchar, porque quería llegar al despacho antes de las doce y revisar la contabilidad de los señores Hang.
ChanYeol no habló tampoco, casi parecía intimidado por él y no había decidido todavía si era buena idea meter a un desconocido en su casa. De hecho, BaekHyun no creía que estuviera haciendo lo correcto, pero por mucho que le jodiera admitirlo, no fue capaz de rechazar la tutela, después de conocer al ridículamente alto adolescente. Porque ChanYeol tenía esa clase de mirada brillante pese a la tristeza, y había algo en el chico que le dijo que era especial, o algo así, demonios.
Por eso terminó cargando su bolsa viaja de deporte y un estuche de guitarra llena de pegatinas en su coche e indicándole a ChanYeol dónde estaba la palanca para echar hacia atrás el asiento del copiloto, porque le gustaba joder a SeHun cuando iba él conduciendo.
Lo llevó a su apartamento en un bloque de edificios céntrico, moderno y bien cuidado. Vivía en la tercera planta, no gustándole estar ni muy abajo ni demasiado arriba y eligió la vivienda de la esquina, para tener tan solo un vecino a su derecha y el que vivía por encima de él. Tomaron el ascensor para subir el poco equipaje del chico y BaekHyun fue consciente una vez más de la altura del adolescente.
No solía molestarle algo tan estúpido como que otro fuera más alto que él, porque a fin de cuentas, SeHun era tan alto como ese chico, y no obstante, BaekHyun lo encontró irritante de algún modo. Quizás porque ChanYeol parecía orgulloso de su altura, pese a llamar demasiado la atención, o porque no le importaba que la gente lo mirara algo impresionados por su color de pelo llamativo y su cuerpo desgarbado.
A lo mejor, tan solo le jodía, porque esa mirada de impresión que había visto al inicio en sus ojos, cuando se conocieron, se había ido, y ChanYeol ahora parecía más mayor de lo que realmente era, viéndose desconfiado y analítico, mirándolo como si fueran iguales, cuando BaekHyun sabía que no lo eran.
Lo hizo entrar en su apartamento aún en silencio. La luz natural entraba por el ventanal que daba a su terraza y las cortinas claras del salón dejaban entrar la claridad. A BaekHyun le gustaban los espacios limpios y abiertos, bien iluminados y ordenados, y toda su casa era un conjunto de todo eso, aplicado en muebles sencillos, prácticos y estrictamente necesarios.
Tenía un dúplex, por lo que en la parta baja contaba con la cocina abierta al salón y un pequeño cuarto para la lavadora, y en la parte alta habían tres habitaciones, la principal, de invitados y un despacho.
ChanYeol dejó las cosas en el suelo y BaekHyun se giró para mirarlo desde el centro del salón con el ceño fruncido sobre esa vieja bolsa de deporte que parecía no haber sido lavada en mucho tiempo.
—Mientras vivas aquí tendrás que cumplir ciertas normas de convivencia. —comenzó con tono neutro y sin emoción. —No tolero el desorden, limpiarás lo que ensucies y tus cosas estarán siempre en tu habitación. —miró significativamente su guitarra y bolso y él frunció el ceño.—Lavarás tu ropa y te prepararás tú mismo la comida. Nada de ruido innecesario, tocar mis cosas o romperlas. Y no puedes entrar en mi despacho ni en mi habitación.
—No soy un niño. Ya cuidada de mí mismo antes de venir aquí. —le sorprendió respondiendo. Su voz era más grave de lo que se esperaba de un adolescente de su edad y BaekHyun apretó la mandíbula al ser interrumpido.
—No eres un niño. —replicó sarcástico. —Entonces no tengo que decirte que yo no voy a cuidar de ti.
—Nadie te ha pedido que lo hagas. —le gruñó de mal humor, ofendido. —No sabía quién coño eras hasta que la señora Han nos presentó.
—Sí me lo han pedido, nadie más puede hacerse cargo de tu tutela, ChanYeol. —sonrió irónico. —Y yo tampoco sabía que existías hasta hoy. —bufó, mirando su reloj de pulsera. —Tu habitación es la segunda del pasillo y hay comida en la nevera.
—¿Te vas a ir?—preguntó él y BaekHyun notó un deje de desesperación en su voz que contradijo sus palabras hoscas anteriores.
Alzó las cejas, ignorándolo.
—Lava tu ropa antes de meterla en el armario y tira esa bolsa de mierda a la basura, no la quiero dentro de mi casa. —le ordenó acercándose a él. —Volveré a las cinco. Y oh. —fingió el tono de manera falsa, inclinándose cerca de ChanYeol, el cual se veían tenso y nervioso. —El código de seguridad es sesenta y uno, cero, cuatro.
ChanYeol lo miró a los ojos, clavándole la mirada negra brillante e intensa de una manera poco adecuada para tratarse de un adolescente desconocido, y BaekHyun por un jodido instante, pensó que de alguna manera, esto iba a trastocar su vida. Park ChanYeol iba a ser algo, y no estaba seguro de querer saber qué.
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