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Muéstrame la pancita ও Taekook

Sinopsis

𝐓𝐀𝐄𝐊𝐎𝐎𝐊 : ❝Donde Jungkook queda en cinta y su alfa al saber la noticia de que seria papá, no deja de ver la pancita rellenita del menor❞. ¡ 𝐀𝐃𝐕𝐄𝐑𝐓𝐄𝐍𝐂𝐈𝐀𝐒 ! ━━━TaeHyung top, JungKook bottom. ━━━Omegaverse. ━━━Fluffy, romance y soft. ━━━Saltos de tiempo Historia completamente original. Fanfic únicamente disponible aquí y en mi cuenta de Wattpad: @defsoulgguk. No se permiten copias, resubidas y/o adaptaciones de ésta obra. ©defsoulgguk. 🥞

Estado:
Completado
Capítulos:
1
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n/a
Clasificación por edades:
18+

only.

El amanecer entraba apenas por las rendijas de la persiana, tímido y anaranjado, cuando Jungkook abrió los ojos con la sensación repentina de que algo dentro de él se retorcía. No era dolor, no exactamente. Era un desasosiego líquido, una náusea que le subió desde el estómago hasta la garganta sin previo aviso.

Se llevó la mano a la boca y giró sobre la cama, procurando no despertar a Taehyung. El alfa dormía boca abajo, abrazando la almohada como si fuera un peluche, el cabello castaño revuelto sobre la frente y los labios entreabiertos. Su aroma —café y whisky, siempre tan envolvente— llenaba la habitación, pero esta mañana Jungkook no podía disfrutarlo. Algo estaba mal.

Sus pies descalzos tocaron el suelo frío y un escalofrío le recorrió la columna. Avanzó por el pasillo hacia el baño con pasos torpes, tambaleándose ligeramente porque el mareo se sumaba ahora a la náusea, creando una combinación insoportable. Cuando empujó la puerta y encendió la luz, el resplandor blanco le golpeó los ojos y casi le hizo perder el equilibrio.

Fue entonces cuando lo vio. La tapa del retrete estaba levantada.

Taehyung. Su alfa olvidadizo y despistado que nunca bajaba la tapa. Jungkook solía regañarlo por eso, con pucheros y quejas que siempre terminaban en risas. Esta mañana, sin embargo, habría besado a Taehyung hasta dejarlo sin aliento por ese descuido.

Se arrodilló justo a tiempo. La primera arcada le sacudió el cuerpo entero, una contracción violenta que le hizo agarrarse al borde de porcelana con los dedos blancos. Todo lo que había cenado la noche anterior —el arroz, las verduras, aquel postre de chocolate que tanto le gustaba— regresó en un torrente amargo y ardiente. Las arcadas no se detuvieron. Una, dos, tres, cuatro veces. Su cuerpo se convulsionaba con una fuerza que lo dejó sin aire.

Cuando por fin terminó, se quedó inmóvil, jadeando, con un hilo de saliva colgándole de los labios. El olor ácido del vómito le golpeó las fosas nasales y frunció la nariz, llevándose la mano derecha para taparse. Con la izquierda, buscó la palanca a tientas y descargó el agua. El sonido llenó el silencio del baño mientras él se dejaba caer hacia atrás, apoyando la espalda contra la pared fría de azulejos.

Estaba mareado. El baño daba vueltas a su alrededor y tuvo que cerrar los ojos un momento. ¿Qué le estaba pasando? No había comido nada extraño la noche anterior. No tenía fiebre. No se sentía resfriado.

Solo sentía... eso. Aquella sensación de vacío y plenitud al mismo tiempo. Su lobo interior —ese omega que siempre estaba alerta, protector con sus emociones— se removió inquieto. Estaba confundido. Jungkook podía sentirlo en su pecho, aquella presencia cálida que ahora parecía encogida, expectante.

—Bebé... ¿Dónde estás?

La voz de Taehyung llegó amortiguada desde el dormitorio. Jungkook intentó responder, pero su garganta estaba irritada y solo emitió un sonido ronco. Carraspeó y sintió cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos sin razón aparente. No estaba triste. No estaba asustado. Entonces, ¿por qué su cuerpo reaccionaba así?

—¿Está todo bien, mi amor?

El tono de Taehyung había cambiado. Ya no era adormilado, sino alerta. Jungkook lo conocía demasiado bien: su alfa estaba preocupado. Pudo imaginarlo perfectamente en la cama, pasando la mano por el espacio vacío donde debería estar él, frunciendo aquel ceño que tanto le gustaba besar.

Oyó los pasos apresurados, ese caminar un poco torpe de quien se acaba de despertar. La puerta del baño se abrió del todo y la luz del pasillo enmarcó la silueta de Taehyung. Llevaba el cabello revuelto como un nido de pájaros, los pantalones del pijama torcidos y la camiseta arrugada. Estaba tan guapo que dolía.

Jungkook quiso decir algo, pero sus labios temblaron. Bajó la cabeza y se abrazó las rodillas contra el pecho, haciéndose pequeño. Pequeño y vulnerable. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas sin pedir permiso, silenciosas y cálidas. No entendía nada. Su lobo tampoco.

—Kook.

La voz de Taehyung fue un susurro roto. El alfa se acercó con pasos largos pero lentos, como si temiera espantar a un animalillo asustado. Su aroma se intensificó, café recién hecho y un toque de whisky añejo, feromonas tranquilizadoras que envolvieron a Jungkook como una manta cálida.

—Bebé.

Cuando Taehyung llegó a su lado, Jungkook levantó la mirada. El alfa estaba pálido. Sus ojos color miel —aquellos ojos únicos que hacían que la gente se girara por la calle— lo observaban con una preocupación tan profunda que al omega se le encogió el corazón. Taehyung se arrodilló frente a él sin importarle el suelo frío.

—Tae.

Pronunciar su nombre fue suficiente. Jungkook se lanzó hacia delante y rodeó el cuello de su alfa con los brazos, aferrándose a él como si estuviera a punto de caer al vacío. Enterró el rostro en el hueco del cuello de Taehyung, justo donde su aroma era más intenso, y aspiró profundamente. Madera, café, whisky. Hogar. Seguridad.

Los brazos de Taehyung lo rodearon de inmediato, firmes y cálidos, posándose en su cintura con esa presión exacta que siempre lograba calmarlo. El alfa no preguntó nada. Solo lo sostuvo, acariciándole la espalda con movimientos lentos y circulares, dejando que sus feromonas hicieran el trabajo de tranquilizar a su omega.

Jungkook sintió que su lobo se relajaba un poco. Pero el miedo seguía ahí, agazapado.

—Tengo miedo, ayúdame, alfa.

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. Y supo, en ese instante, que no era él quien hablaba. Era su lobo. Esa parte primitiva y salvaje que reconocía el peligro antes que su mente consciente. El omega interior estaba asustado y buscaba protección en su alfa.

Taehyung lo entendió. Su lobo alfa respondió con un gruñido bajo que vibró contra el pecho de Jungkook, un sonido protector que resonó en sus huesos. Le dio un beso corto en la mejilla, luego en la sien, luego en la frente.

—Estoy aquí —susurró contra su piel—. No voy a ir a ninguna parte. Pase lo que pase, estamos juntos en esto, ¿me escuchas?

Jungkook asintió débilmente, aún con el rostro escondido en el cuello de su alfa. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no tan descontroladas. Taehyung le besó el cabello y siguió hablando, palabras de amor y promesas que fluían como un bálsamo.

—Mi omega valiente. Mi Kookie precioso. Sea lo que sea, lo enfrentamos juntos. Tú y yo, como siempre.

El alfa siguió susurrando hasta que los temblores de Jungkook cesaron. Hasta que el llanto se convirtió en hipo y el hipo en respiraciones más tranquilas. Siguieron así, abrazados en el suelo del baño, mientras el sol terminaba de salir y pintaba rayas doradas sobre los azulejos blancos.

Jungkook pensó, en la calma que siguió, que no merecía a alguien como Taehyung. Alguien que lo abrazara sin hacer preguntas, que lo sostuviera sin pedir explicaciones. Alguien que lo amara incluso cuando él mismo no se entendía.

Pero su lobo ronroneó satisfecho, en desacuerdo. Porque Taehyung era suyo. Su alfa. Su compañero destinado. Y nada en el universo podía cambiar eso.

Un mes entero de mañanas idénticas a aquella primera. Jungkook despertaba con la boca pastosa y el estómago revuelto, corría al baño y devolvía hasta la primera comida del día anterior. A veces ni siquiera llegaba al retrete y tenía que conformarse con el lavabo. Taehyung siempre aparecía segundos después, con un vaso de agua y su presencia tranquilizadora.

Los mareos también persistían. A Jungkook le daba vergüenza admitirlo, pero en dos ocasiones su alfa tuvo que cargarlo de vuelta a la cama porque las piernas no le respondían. Era frustrante. Humillante, casi. Él, que siempre había sido independiente, ahora necesitaba ayuda hasta para caminar al baño.

Lo más extraño era el apetito. O más bien, la falta de él. Jungkook siempre había disfrutado de la comida. Le encantaba cocinar, probar recetas nuevas, sorprender a Taehyung con platillos elaborados. Pero ahora el simple olor de ciertos alimentos le revolvía el estómago. Apenas picoteaba durante el día, aterrado de provocar otra arcada.

Y sin embargo, su cuerpo cambiaba.

Lo notó aquella mañana, un mes exacto después del primer episodio. Estaba frente al espejo del dormitorio, recién salido de la ducha, con una toalla alrededor de la cintura. Su reflejo le devolvió la imagen de alguien distinto. Sus mejillas estaban ligeramente más redondas. Sus caderas, más anchas. Y su vientre... su vientre tenía una curva nueva. Una pequeña prominencia que antes no existía.

—¡¿Cómo?!

El grito salió de su garganta antes de que pudiera procesarlo. Jungkook se llevó las manos al estómago, palpando aquella hinchazón suave con incredulidad. Era absurdo. Imposible. Apenas comía, ¿cómo podía estar ganando peso?

Oyó pasos atronadores en el pasillo y Taehyung irrumpió en la habitación blandiendo una escoba como si fuera una espada. Llevaba los pantalones a medio poner, enseñando el elástico del bóxer, y el cabello le tapaba media cara. Sus ojos color miel brillaban con determinación salvaje.

—¡Ahora sí no te escapas de mí, maldita ardilla!

Jungkook se quedó inmóvil, mirando a su alfa con una mezcla de confusión y exasperación. Taehyung recorrió la habitación con la escoba en alto, inspeccionando esquinas, detrás de las cortinas, bajo la cama. Un guerrero ridículo en busca de un enemigo invisible.

La ardilla. Aquella maldita ardilla que se había colado por la ventana de la cocina hacía tres días y que Taehyung llevaba persiguiendo desde entonces con una determinación que rozaba la obsesión. El animalito era más listo que él y siempre lograba escabullirse. La escoba se había convertido en su arma principal después de que el primer intento con una cacerola terminara con un florero roto y un Taehyung compungido.

—¿Qué haces?

La pregunta de Jungkook sonó más severa de lo que pretendía. Taehyung se detuvo en seco y giró la cabeza hacia él. Su expresión de guerrero feroz se desvaneció al encontrarse con la mirada del omega, reemplazada por una mueca de culpa.

—Gritaste y pensé que la ardilla había vuelto —explicó, formando un pequeño puchero. Con la escoba aún en la mano y los pantalones mal puestos, parecía un niño al que han pillado en una travesura.

Jungkook soltó un suspiro largo y pesado. Contó hasta diez mentalmente, como le había enseñado su terapeuta. En otras circunstancias, la escena le habría parecido adorable. Pero ahora, con su reflejo mostrándole un cuerpo que no reconocía, no estaba de humor.

—No era la ardilla —dijo, volviendo a mirarse al espejo.

Sus ojos se humedecieron. Malditos cambios de humor. Odiaba esto. Odiaba sentirse así: hinchado, torpe, extraño en su propia piel. Su lobo interior emitió un pequeño gemido de angustia y Jungkook tuvo que morderse el labio para no llorar.

Taehyung dejó la escoba apoyada contra la pared y se acercó. Rodeó a Jungkook por detrás, pegando su pecho a la espalda del omega, y reposó la barbilla en su hombro. Sus manos encontraron las de Jungkook sobre el vientre y las cubrieron, entrelazando los dedos.

—¿En qué piensas? —preguntó, su voz grave vibrando cerca del oído del menor.

Jungkook observó sus manos unidas sobre su estómago. Las de Taehyung eran más grandes, con dedos largos y elegantes que siempre encontraban la manera de calmarlo. Su lobo interior ronroneó de felicidad al sentir el calor del alfa justo ahí, en ese lugar que se estaba redondeando sin explicación.

—Estoy cada vez más gordo.

No quería decirlo. Las palabras escaparon solas, arrastrando consigo las lágrimas que había estado conteniendo. Un gimoteo patético se le escapó de los labios y sintió que se moría de vergüenza. Pero ya no podía parar.

—Odio vomitar cada vez que algo toca mi boca, odio los mareos, odio sentirme cada vez peor, odio...

—Hey, hey.

Taehyung lo giró suavemente, tomándolo por los hombros. Ahora estaban frente a frente, y el alfa colocó sus manos sobre las mejillas de Jungkook, sosteniendo su rostro con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus brazos musculosos. Sus pulgares barrieron las lágrimas que resbalaban por la piel del omega, una tras otra, con infinita paciencia.

—No eres nada ni remotamente parecido a lo que dices estar —dijo Taehyung, su voz firme pero tierna—. Eres hermoso. Eres el omega más hermoso que he visto en mi vida y me considero el alfa más afortunado del universo por tenerte.

Jungkook negó con la cabeza, queriendo protestar, pero Taehyung no se lo permitió. Le dio un beso en la frente, luego en la punta de la nariz, luego en cada uno de sus párpados húmedos.

—Y sobre lo que sientes... podemos ir al doctor. ¿Qué dices, bebé?

La propuesta flotó en el aire. Jungkook se quedó callado, debatiéndose. Ir al médico significaba respuestas. Pero también significaba posibles malas noticias. Su mente, siempre traicionera, ya estaba imaginando escenarios terribles. Enfermedades incurables. Diagnósticos devastadores.

Sin embargo, otra parte de él —su lobo, quizás— ya sabía la verdad. La había sabido desde aquella primera mañana en el baño, cuando su cuerpo empezó a cambiar y sus instintos se agudizaron. Simplemente no quería aceptarlo. Todavía no.

Encogió los hombros, sin comprometerse a nada. Taehyung captó el mensaje y no insistió. En lugar de eso, le dio un beso breve en los labios, apenas un roce.

—Creo que ya debemos terminar de cambiarnos. Tu mamá nos está esperando para la cena —dijo Jungkook, cambiando de tema.

Le mostró una sonrisa pequeña, un intento valiente de normalidad. Pero Taehyung no era tonto. La preocupación seguía dibujada en sus facciones mientras asentía con la cabeza.

—Como quieras, mi vida.

La casa de los Kim olía a sopa de algas y a flores frescas. Era un aroma hogareño que a Jungkook solía gustarle, pero esa noche le revolvió el estómago en cuanto cruzó el umbral. Apretó los dientes y se obligó a sonreír mientras la señora Kim los recibía con besos y exclamaciones de alegría.

—¡Mis niños! —exclamó la mujer, una alfa imponente de cabello canoso y ojos bondadosos—. Pasen, pasen. La cena está casi lista. Jungkook, cariño, qué guapo estás. ¿Has comido bien? Te veo un poco pálido.

—Estoy bien, señora Kim. Solo un poco cansado.

La madre de Taehyung entrecerró los ojos. Su mirada se deslizó por el cuerpo de Jungkook con una atención que al omega le resultó incómoda. Se detuvo un segundo de más en su vientre y luego en su rostro. Algo brilló en sus pupilas, una chispa de comprensión que Jungkook no supo interpretar.

—Bueno, siéntense. Voy a terminar de preparar la mesa.

La cena transcurrió con la animación habitual. La señora Kim hablaba de las últimas noticias del vecindario, de cómo el perro de los Park había vuelto a escaparse, de las obras en la calle principal. Taehyung comía con apetito, ajeno a la tormenta interna de su omega. Jungkook apenas probaba bocado, moviendo la comida de un lado a otro del plato para disimular.

En un momento dado, una nueva oleada de náuseas lo asaltó. Pidió permiso para ir al baño y se levantó con cuidado, procurando no llamar la atención. Caminó por el pasillo familiar, decorado con fotos de Taehyung en distintas etapas de su vida —el Taehyung niño de sonrisa desdentada, el Taehyung adolescente con brackets, el Taehyung adulto con su título universitario— y se encerró en el baño.

No vomitó. Por milagro. Pero se quedó sentado en la tapa del retrete, respirando hondo, con las manos apoyadas en el vientre. Su lobo estaba extrañamente calmado, como si supiera algo que él se negaba a aceptar.

Mientras tanto, en el comedor, la señora Kim había aprovechado la ausencia de Jungkook para interrogar a su hijo.

—¿Cuándo me ibas a decir que estás esperando un bebé?

Taehyung, que en ese momento bebía un sorbo de agua, se atragantó. La tos lo sacudió con violencia y tuvo que golpearse el pecho varias veces antes de poder respirar.

—¡¿Qué cosas dices, mamá?! —exclamó cuando recuperó el aliento, mostrando una sonrisa nerviosa que no engañaba a nadie.

La señora Kim alzó una ceja. Conocía a su hijo mejor que nadie. Taehyung era un alfa maravilloso, amoroso y protector, pero también era increíblemente despistado. Podía no darse cuenta de lo que tenía delante de las narices hasta que alguien se lo señalaba.

—Taehyung... una madre nunca falla. Y si te menciono que vas a ser padre, es que lo vas a ser.

Taehyung frunció el ceño. Las palabras de su madre resonaron en su cabeza, conectando piezas que hasta ahora habían estado dispersas. Los vómitos matutinos. Los mareos. Los cambios de humor. La falta de apetito. Y sobre todo... esa curva nueva en el vientre de Jungkook. Esa curva que él, idiota, había atribuido a un aumento de peso sin importancia.

Su silla chirrió contra el suelo cuando se levantó de golpe. La señora Kim sonrió satisfecha mientras veía a su hijo dirigirse al baño con determinación.

Taehyung llegó justo cuando la puerta se abría. Jungkook salió con la mirada perdida, flotando en algún lugar entre la negación y la aceptación. Sus ojos, esos grandes y hermosos ojos que siempre habían sido su rasgo más distintivo, brillaban con una emoción indescifrable.

—Cariño... ¿Está todo bien? —Taehyung odió el temblor en su propia voz.

Jungkook levantó la mirada hacia él. Lo observó durante un segundo eterno y luego sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, pero auténtica. La misma sonrisa que le había robado el corazón años atrás, cuando solo eran dos amigos torpes que no sabían cómo confesar sus sentimientos.

—No estaba completamente seguro hasta ahora. Sin embargo...

Dejó la frase en el aire. Los nervios de Taehyung se dispararon. Su lobo aullaba en su interior, presintiendo lo que estaba a punto de escuchar.

—¿Sin embargo?

Jungkook inspiró hondo. Su aroma —fresas y chocolate, siempre tan dulce— se intensificó, y por primera vez Taehyung notó algo diferente. Un matiz nuevo. Una nota láctea que antes no existía. El aroma de un omega gestante.

—Estoy en cinta.

El mundo se volvió negro. Literalmente. Taehyung sintió que el suelo se movía bajo sus pies, que las paredes del pasillo se inclinaban y que una oscuridad repentina le nublaba la vista. Su último pensamiento consciente fue el rostro de Jungkook y aquellas palabras mágicas.

Luego, nada.

Cuando recuperó el conocimiento, estaba tumbado en el sofá del salón, con un cojín bajo la cabeza y el aroma preocupado de su omega envolviéndolo. Jungkook estaba arrodillado a su lado, sujetándole la mano. La señora Kim observaba desde la puerta con una expresión que mezclaba la diversión y la ternura.

—Bienvenido de vuelta, papá —dijo Jungkook, y su sonrisa esta vez fue amplia y brillante.

Taehyung parpadeó. Procesó las palabras. Y entonces, sin previo aviso, rompió a llorar. Lágrimas gruesas que rodaban por sus mejillas mientras se incorporaba para abrazar a Jungkook con todas sus fuerzas.

—¿Un bebé? —sollozó contra el hombro del omega—. ¿Vamos a tener un bebé?

—Vamos a tener un bebé —confirmó Jungkook, acariciándole el cabello—. Pero, por favor, no vuelvas a desmayarte. No quiero tener que cuidar de dos niños.

La risa de la señora Kim llenó la habitación.

Dos meses desde aquella cena, desde el desmayo, desde que sus vidas cambiaran para siempre. El embarazo de Jungkook avanzaba sin complicaciones, aunque no sin molestias. Las náuseas remitieron al final del primer trimestre, reemplazadas por un apetito voraz que sorprendió hasta al propio omega.

Pero lo que más había cambiado era Taehyung.

—Muéstrame la pancita.

Esas tres palabras se habían convertido en el mantra diario del alfa. Las susurraba por la mañana al despertar, con la voz todavía ronca de sueño. Las repetía al mediodía, cuando regresaba del trabajo y encontraba a Jungkook descansando en el sofá. Las murmuraba por la noche, antes de dormir, con los labios pegados al vientre redondeado de su omega.

Aquella mañana no fue la excepción. Jungkook estaba en la cama, recostado contra los almohadones, leyendo uno de esos libros sobre crianza que la señora Kim le había regalado. El sol entraba por la ventana y dibujaba patrones dorados sobre el edredón. Todo era paz y tranquilidad.

Hasta que Taehyung apareció.

—Muéstrame la pancita —pidió, arrodillándose en el colchón.

Jungkook bajó el libro y arqueó una ceja.

—Pero si la acabas de ver hace unos minutos.

Era verdad. Apenas media hora antes, Taehyung había interrumpido el desayuno para levantarle la camiseta y besarle el ombligo. “Buenos días, pequeño”, le había dicho al vientre, y luego había seguido comiendo su tostada como si nada.

El alfa formó un puchero. Un puchero ridículo y adorable que a Jungkook le derretía el corazón aunque no quisiera admitirlo.

—Eso fue hace siglos. Por favor, bebé. Necesito verla.

Jungkook resopló, pero no pudo ocultar la sonrisa que se le escapaba. Dejó el libro a un lado y se incorporó un poco, apoyando la espalda en los almohadones. Taehyung aprovechó para deslizar las manos bajo su camiseta, levantándola hasta dejar al descubierto la curva perfecta de su vientre.

El cambio era evidente ahora. Donde antes solo había una ligera hinchazón, ahora existía una prominencia inconfundible. Una pancita redonda y tersa que parecía brillar bajo la luz de la mañana. Jungkook todavía se sorprendía al verse al espejo, pero su lobo interior ronroneaba de orgullo cada vez que contemplaba esa evidencia de su fertilidad.

Taehyung se inclinó hacia delante y apoyó los labios sobre la piel tibia. Dio un beso suave, casi reverencial, y luego dejó que su mejilla reposara allí. Sus ojos color miel se cerraron y una expresión de paz absoluta se instaló en sus facciones.

—Hola, bebé —susurró—. Soy tu papá.

Jungkook sintió que el corazón le daba un vuelco. Era la primera vez que Taehyung le hablaba directamente a su cachorro. Hasta ahora se había limitado a caricias y besos, como si no supiera muy bien cómo comunicarse con aquella criatura diminuta que todavía no podía responderle.

—Estoy ansioso de conocerte. Que nos conozcas —continuó Taehyung, su voz apenas un murmullo—. Quiero que sepas que ya te amamos. Mucho. Con todo nuestro corazón.

La mano de Jungkook se elevó por instinto y fue a posarse sobre el cabello de su alfa. Acarició las hebras castañas con suavidad, sintiendo cómo el pecho se le henchía de emociones que no podía nombrar. Amor. Gratitud. Una felicidad tan inmensa que dolía.

Taehyung levantó la mirada un instante, buscando sus ojos, y luego volvió a dirigirse al vientre.

—No molestes tanto a tu papi, ¿sí? No queremos que se enoje tanto. Aunque cuando se enoja está muy guapo.

—Oye.

—Es la verdad.

Jungkook negó con la cabeza, pero sus dedos seguían acariciando el cabello del alfa. Taehyung le dedicó una sonrisa ladina antes de regresar su atención a la pancita.

—Tu papi es la persona más increíble que conozco. Es fuerte y valiente y terco como él solo. Pero también es dulce y cariñoso. Canta en la ducha aunque desafina un poco. Baila mientras cocina. Y tiene unos ojos tan bonitos que cada vez que me mira siento que me derrito.

—Tae...

—Shh, estoy hablando con nuestro hijo.

Jungkook soltó una carcajada y tuvo que morderse el labio para no seguir riendo. Taehyung le lanzó una mirada falsamente severa y prosiguió.

—Como decía, tu papi es maravilloso. Y yo soy el alfa más afortunado del mundo porque él me eligió. No sé qué hice para merecerlo, pero prometo esforzarme cada día para ser digno de él. Y de ti también, pequeño.

El bebé eligió ese momento para moverse. Una patadita leve, casi imperceptible, que sin embargo no escapó a la atención de Taehyung. El alfa abrió los ojos como platos y se incorporó de golpe.

—¡Se movió! —exclamó, con la voz teñida de asombro—. ¡Jungkook, se movió! ¡Lo sentí!

—Es tu voz —dijo Jungkook, sonriendo—. Le gusta escucharte.

Taehyung se quedó mirando la pancita con una expresión de maravilla tan pura que al omega se le saltaron las lágrimas. Maldito embarazo y sus hormonas. Últimamente lloraba por cualquier cosa: un anuncio de pañales, una canción romántica, el simple hecho de ver a Taehyung dormir a su lado.

—Otra vez —pidió el alfa—. Muéstrame la pancita otra vez.

—Pero si ni siquiera la he tapado.

—No importa. Enséñamela más.

Jungkook rió y negó con la cabeza, pero no hizo nada por cubrirse. Dejó que Taehyung se tumbara a su lado y apoyara la mejilla sobre su vientre, escuchando los sonidos internos de su cuerpo. El alfa cerró los ojos y Jungkook volvió a acariciarle el cabello.

Se quedaron así un rato, en silencio. El sol avanzaba despacio por la habitación y el aroma de sus feromonas —café y chocolate, whisky y fresas— se mezclaba en el aire creando una sinfonía olfativa que era puramente ellos.

—Te amo, Kookie —murmuró Taehyung sin abrir los ojos.

—Yo también te amo, Tae.

El omega siguió acariciando a su alfa hasta que ambos se quedaron dormidos, mecidos por la calidez de la mañana y la promesa del futuro que crecía dentro de él.

Esa misma tarde, Jungkook despertó con una sensación extraña. No era náusea, no era mareo. Era... añoranza. Necesidad. Su lobo interior se removió inquieto, buscando algo que su mente consciente tardó unos segundos en identificar.

Taehyung seguía a su lado, profundamente dormido. Su respiración era acompasada y tranquila, y su aroma se había intensificado durante la siesta. Jungkook lo aspiró y sintió que un calor conocido comenzaba a extenderse por su bajo vientre.

Ah, no. Justo ahora no.

Pero su cuerpo no estaba dispuesto a escuchar razones. Las hormonas del embarazo habían convertido su libido en una montaña rusa impredecible. Había días en que no quería ni que Taehyung lo rozara, y otros —como hoy— en los que lo necesitaba con una urgencia casi dolorosa.

Se giró hacia su alfa y estudió su rostro dormido. Las pestañas largas descansando sobre los pómulos. Los labios entreabiertos, carnosos y tentadores. La línea de la mandíbula, fuerte y definida. El cuello, donde el aroma a café y whisky era más intenso.

—Tae —susurró, acercándose—. Alfa.

No hubo respuesta. Taehyung seguía en el país de los sueños, ajeno a la necesidad creciente de su omega. Jungkook resopló y decidió tomar la iniciativa. Se acercó aún más, pegando su pecho a la espalda del alfa (porque en algún momento de la siesta Taehyung se había girado), y comenzó a besar su nuca.

Pequeños besos. Apenas roces. Sus labios recorrieron la piel cálida, saboreando el aroma de su compañero, mientras sus manos se deslizaban por el torso musculoso. Los años de esfuerzo en el gimnasio habían esculpido a Taehyung en una obra de arte, y Jungkook nunca se cansaba de admirarlo.

—Mmm.

El primer sonido de consciencia escapó de los labios del alfa. Jungkook sonrió contra su piel y continuó con su labor, deslizando una mano hacia abajo, hasta el borde del pantalón de pijama.

—Kookie... —la voz de Taehyung era pastosa, adormilada—. ¿Qué haces?

—Necesito a mi alfa —respondió Jungkook, sin dejar de besar.

Fue suficiente. Taehyung se giró en la cama con una rapidez que desmentía su estado de duermevela y buscó los labios del omega. El beso fue suave al principio, casi tímido, como si fuera el primero. Pero pronto se volvió más intenso. Las manos de Taehyung encontraron las caderas de Jungkook y las apretaron con suavidad, teniendo cuidado de no ejercer presión sobre su vientre.

—¿Estás seguro? —preguntó, separándose apenas para mirarlo a los ojos—. No quiero lastimarte. Ni al bebé.

—El doctor dijo que era seguro —recordó Jungkook—. Y yo... te necesito. De verdad.

La súplica en su voz terminó de convencer al alfa. Taehyung volvió a besarlo, más profundo esta vez, mientras sus manos comenzaban a explorar el cuerpo cambiante de su omega. Palpó cada curva con devoción, deteniéndose en el vientre redondeado para acariciarlo con reverencia.

—Eres tan hermoso —murmuró contra sus labios—. Mi omega perfecto.

Jungkook gimió suavemente. Las palabras de Taehyung siempre tenían ese efecto sobre él. Lo hacían sentir amado, deseado, adorado. Su lobo interior ronroneó de satisfacción.

Lo que siguió fue lento y sensual. Taehyung desvistió a Jungkook con la paciencia de quien desenvuelve un regalo preciado, depositando besos sobre cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. El omega se dejó hacer, entregado a las atenciones de su alfa. Cada caricia era una declaración de amor. Cada beso, una promesa.

Cuando sus cuerpos se unieron, fue con una ternura que trascendía lo físico. Taehyung se movió con suavidad, atento a las reacciones de su omega, adaptándose a sus necesidades. Sus ojos color miel no se separaron de los de Jungkook en ningún momento, y en aquel intercambio de miradas se decían todo lo que las palabras no podían expresar.

Fue un encuentro íntimo, profundo, cargado de emoción. El placer llegó como una ola suave, no como una explosión, y los dejó a ambos flotando en una burbuja de satisfacción y amor.

Después, Taehyung limpió a Jungkook con un paño húmedo y lo arropó entre las sábanas. Se tumbó a su lado y apoyó una mano sobre la pancita.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Perfectamente —respondió Jungkook, soñoliento—. Más que bien.

—Muéstrame la pancita.

Jungkook se rió, pero levantó la sábana para dejar al descubierto su vientre. Taehyung sonrió y depositó un beso justo sobre el ombligo.

—Gracias —susurró.

—¿Por qué?

—Por darme esto. Por darme una familia. Por existir.

El omega sintió que las lágrimas volvían a amenazar con desbordarse. Parpadeó rápidamente para contenerlas y acercó a Taehyung hacia sí, abrazándolo con fuerza.

—Tonto —dijo, con la voz quebrada—. Gracias a ti.

Se durmieron así, abrazados, con la pancita de Jungkook entre los dos y sus aromas mezclándose en una promesa de futuro.

Pasaron tres meses más. Cinco en total desde aquella mañana de náuseas y lágrimas en el baño.

El vientre de Jungkook era ahora una esfera perfecta que le dificultaba moverse con soltura. Caminaba despacio, con las piernas ligeramente separadas y una mano siempre apoyada en la parte baja de la espalda. Se quejaba del calor, del peso, de los tobillos hinchados. Pero cada vez que sentía una patadita, su rostro se iluminaba con una sonrisa que borraba todas las molestias.

Taehyung estaba insoportablemente atento. Había leído todos los libros sobre paternidad que existían, había preparado la habitación del bebé con un esmero obsesivo y había asistido a todas las clases preparto como el alumno más aplicado. Su teléfono estaba lleno de aplicaciones de seguimiento del embarazo y podía recitar de memoria el tamaño del bebé cada semana (“ahora mide como una piña”, “ahora como un melón pequeño”).

—Estás insoportablemente adorable —le dijo Jungkook una tarde, mientras veía al alfa pintar la pared de la habitación del bebé de un color amarillo pastel.

—Solo quiero que todo esté perfecto —respondió Taehyung, con una mancha de pintura en la nariz.

—Ya es perfecto. Tú eres perfecto.

Taehyung dejó la brocha y se acercó a su omega para besarle la frente.

—Muéstrame la pancita.

—Taehyung, estamos en medio de una conversación.

—La pancita es más importante.

Jungkook puso los ojos en blanco pero levantó la camiseta obedientemente. Taehyung se arrodilló frente a él —ignorando las protestas de sus rodillas— y apoyó la mejilla contra el vientre.

—Hola, pequeño —murmuró—. Soy yo otra vez. Sí, tu papá pesado. Ya sé que estás harto de oírme, pero no puedo evitarlo. Te quiero tanto que a veces siento que voy a explotar.

El bebé respondió con una patada. Taehyung rió.

—Eso es un “te quiero” o un “cállate ya”. Una de dos.

—Definitivamente lo segundo —bromeó Jungkook.

—Seguro que ha heredado tu mal genio.

—Mi mal genio no es nada comparado con tu terquedad.

Se quedaron así, en la que pronto sería la habitación de su hijo, rodeados de botes de pintura y muebles a medio montar. El aroma de sus feromonas se mezclaba con el olor a pintura fresca, creando una atmósfera íntima y hogareña.

—¿Tienes miedo? —preguntó Taehyung, de repente.

Jungkook tardó en responder. Acarició el cabello de su alfa mientras ordenaba sus pensamientos.

—Un poco —admitió—. Miedo de no ser un buen papá. De cometer errores. De que algo salga mal.

—A mí también me da miedo. Mucho.

—Pero luego te miro —continuó Jungkook— y pienso que si estoy contigo, todo saldrá bien. Porque somos un equipo. Tú y yo.

Taehyung levantó la mirada. Sus ojos color miel brillaban con una emoción intensa.

—Tú y yo —repitió—. Y nuestro pequeño. Los tres.

—Los tres —confirmó Jungkook.

El alfa se incorporó y lo besó. Un beso dulce, lento, lleno de promesas.

La mañana en que todo cambió empezó como cualquier otra. Jungkook despertó con hambre —un hambre voraz— y fue a la cocina a prepararse un tazón de cereal. Taehyung ya se había ido al trabajo y la casa estaba en silencio.

El omega aprovechó para hacer algunas tareas pendientes. Lavó la ropa del bebé, que llevaba semanas acumulada en el cesto. Dobló los bodies pequeños con una ternura que le hizo cosquillas en el pecho. Llamó a su madre para contarle las últimas novedades.

A media mañana, un impulso repentino lo llevó a salir. Quería comprar algo dulce. Hacía días que soñaba con pastel de chocolate, y aunque sabía que Taehyung se preocuparía si salía solo, no quería molestarlo en el trabajo. Así que dejó una nota rápida sobre la mesa del salón —“Salí un momento. Vuelvo pronto. Te amo”— y se marchó sin pensar en el teléfono que se quedaba olvidado junto a la nota.

La pastelería estaba a pocas calles. Jungkook caminó despacio, disfrutando del sol y del aire fresco. Compró una porción de pastel de chocolate y otra de fresas con crema. También pidió unos croissants para Taehyung, que siempre se quejaba de que no le traía nada.

El regreso fue igual de plácido. Se entretuvo mirando escaparates, saludó a una vecina, se detuvo a acariciar un gato que dormitaba al sol. No tenía prisa. La vida era hermosa.

Mientras tanto, en casa, el caos se había desatado.

Taehyung entró por la puerta con una sonrisa que se borró al instante. Silencio. Demasiado silencio. Su lobo alfa se puso en alerta inmediatamente.

—¿Jungkook?

Nadie respondió. El aroma de su omega todavía flotaba en el ambiente —fresas, chocolate y ese matiz lácteo del embarazo—, pero estaba diluido, como si hiciera un rato que se había ido.

Encontró la nota sobre la mesa. “Salí un momento. Vuelvo pronto. Te amo.” Y junto a ella, el teléfono de Jungkook. Apagado. Sin batería, seguramente.

Taehyung sintió que el pánico le subía por la garganta. Su omega estaba fuera, solo, a pocas semanas de salir de cuentas, sin forma de comunicarse. ¿Y si le pasaba algo? ¿Y si tenía una emergencia? ¿Y si el parto se adelantaba?

Comenzó a caminar de un lado a otro del salón, mordiéndose la uña del pulgar. Sus feromonas se volvieron densas, cargadas de ansiedad. Su lobo gruñía en su interior, exigiendo encontrar a su compañero.

El timbre sonó.

Taehyung corrió hacia la puerta y la abrió con la esperanza pintada en el rostro. Esperanza que se desvaneció al encontrarse con Jimin.

—¿Qué, Jimin? —saludó, haciéndose a un lado con desgana.

Park Jimin, omega de aroma a jazmín y sonrisa encantadora, entró en la casa con la confianza de quien visita a su mejor amigo casi a diario.

—Gracias igualmente —respondió sarcástico, sentándose en el sofá—. ¿Qué te ocurre? Parece que hubieras visto un fantasma.

Pero Taehyung no respondió. Ya estaba otra vez caminando de un lado a otro, ignorando por completo a su visita. Jimin frunció los labios, confundido.

En ese momento, la puerta se cerró de nuevo y unos pasos infantiles resonaron en el pasillo. Min Yoongi, alfa de aroma a menta, entró en la sala llevando de la mano a un niño pequeño.

—¡Papiiiiii! —gritó el pequeño Minhyuk, corriendo hacia Jimin con los brazos abiertos y una sonrisa que mostraba el hueco de un diente caído.

Jimin lo cargó y le dio un beso en la mejilla regordeta. Yoongi se sentó a su lado y rodeó su cintura con un brazo posesivo, como siempre hacía.

—¿Saben dónde está Jungkook? —preguntó Taehyung, dirigiéndose a Yoongi.

El alfa de menta frunció el ceño.

—No lo sé. No le ando oliendo los pedos.

Jimin y Minhyuk rieron ante el comentario. Pero Taehyung no compartió la broma. Su expresión era de absoluta desesperación.

—Es un tema serio, Yoongi —dijo, con la mandíbula tensa—. Mi omega está afuera, solo, y en cualquier momento podría dar a luz. Y tú haces tus estúpidos chistes. Lo más seguro es que...

—¡Regresé!

El grito proveniente de la entrada cortó a Taehyung en seco. Jungkook apareció en el umbral con unas pequeñas bolsas en las manos y una sonrisa radiante. Su aroma precedía su presencia: dulce, cálido, reconfortante.

—No actúen como si estuvieran felices de verme —bromeó, entrando en la sala.

Jimin fue el primero en abrazarlo, seguido de Yoongi. Incluso el pequeño Minhyuk se acercó para rodear con sus bracitos las piernas del omega.

De repente, el niño se detuvo frente a la pancita de Jungkook y la observó con fascinación.

—¿Cuándo voy a conocer a mi primo? —preguntó, con esa inocencia que solo los niños poseen.

Jungkook sonrió y acarició su vientre.

—Pronto. Muy pronto.

Fue entonces cuando lo sintió. Un golpe en el estómago. Al principio pensó que era Yeonjun —así habían decidido llamar al bebé— dando pataditas. Pero este dolor era distinto. Más intenso. Más rítmico.

Ah.

El omega levantó la mirada hacia Taehyung, que seguía paralizado en medio del salón. Su expresión debió decirle todo lo que necesitaba saber, porque el alfa palideció de golpe.

—El bebé ya viene —anunció Jungkook, con una calma sorprendente.

Lo que siguió fue un torbellino. Taehyung entró en modo pánico absoluto, corriendo de un lado a otro sin saber qué hacer. Jimin tomó las riendas con la eficiencia de quien ya había pasado por eso. Yoongi se encargó de llamar al hospital y preparar el coche. Minhyuk, ajeno al caos, se sentó en el sofá con su oso de peluche.

Y Jungkook... Jungkook respiró. Inhaló el aroma de su alfa —café y whisky, nervioso pero presente— y se dejó llevar. Confiaba en Taehyung. Confiaba en su cuerpo. Confiaba en que todo saldría bien.

Las horas siguientes fueron una nebulosa de contracciones, viaje en coche, sala de partos y manos entrelazadas. Taehyung no soltó a Jungkook en ningún momento. Le sostuvo la mano durante las contracciones, le limpió el sudor de la frente, le susurró palabras de ánimo al oído.

—Estás haciéndolo increíble, mi amor. Eres tan fuerte. Tan valiente. Te amo. Te amo tanto.

Y luego, después de un esfuerzo titánico, llegó el llanto. Un llanto agudo y vigoroso que llenó la habitación y los corazones de todos los presentes.

—Es un niño —anunció el médico, depositando al recién nacido sobre el pecho de Jungkook.

Yeonjun. Pequeño y arrugado, con un mechón de cabello oscuro y los puños apretados. La criatura más hermosa que Jungkook había visto en su vida.

Taehyung lloraba. Lágrimas silenciosas que rodaban por sus mejillas mientras contemplaba a su hijo. Se inclinó hacia Jungkook y apoyó la frente contra la suya.

—Gracias —susurró—. Gracias, gracias, gracias.

—Míralo —dijo Jungkook, con la voz quebrada—. Es perfecto.

—Es perfecto —repitió Taehyung—. Como tú.

Pasaron varios minutos así, los tres juntos, en una burbuja de felicidad. Luego, las enfermeras se llevaron a Yeonjun para las revisiones de rutina, y Taehyung ayudó a Jungkook a ponerse cómodo en la cama.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Cansado. Pero feliz —respondió el omega, con los ojos brillantes—. Muy, muy feliz.

Taehyung se sentó en el borde de la cama y tomó la mano de Jungkook entre las suyas. Contemplaron juntos cómo las enfermeras atendían a su hijo al otro lado del cristal.

—Muéstrame la pancita —pidió Taehyung, en voz baja.

Jungkook soltó una risa agotada.

—Ya no hay pancita.

El alfa bajó la mirada hacia el vientre todavía hinchado de su omega y sonrió con nostalgia.

—La voy a echar de menos.

—Podemos hacer otro —bromeó Jungkook.

Taehyung abrió los ojos levemente y luego soltó una carcajada que resonó en toda la habitación.

—Te tomo la palabra, Jeon Jungkook.

—No era en serio.

—Demasiado tarde. Ya estoy planeando la habitación del segundo.

Jungkook negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír. Porque sabía, en el fondo de su corazón, que no le importaría repetir esta experiencia. No con Taehyung a su lado.

Las enfermeras trajeron de vuelta a Yeonjun, envuelto en una mantita azul. Lo colocaron en los brazos de Taehyung, que lo sostuvo con torpeza al principio, aterrado de hacerle daño. Pero en cuanto el bebé se acomodó contra su pecho, algo cambió en el alfa. Su postura se relajó. Su aroma se volvió cálido y protector. Su lobo interior ronroneó de satisfacción.

—Hola, Yeonjun —murmuró—. Soy tu papá. Y este de aquí —señaló a Jungkook con la cabeza— es tu papi. Vamos a quererte mucho, ¿sabes? Muchísimo. Tanto que a veces te vas a hartar de nosotros.

Jungkook observaba la escena con el corazón a punto de estallar. La imagen de Taehyung con su hijo en brazos era lo más hermoso que había visto. Más hermoso que cualquier atardecer. Más hermoso que cualquier obra de arte.

—Te amo, Tae.

El alfa levantó la mirada y le dedicó una sonrisa que iluminó toda la habitación.

—Te amo, Kookie.

Se inclinó hacia Jungkook y le dio un beso suave, interrumpido por un pequeño quejido de Yeonjun. Ambos rieron contra los labios del otro.

Y así, con un recién nacido en brazos y una nueva vida por delante, la familia Kim-Jeon comenzó su historia siendo tres.

Seis meses después

El llanto de Yeonjun despertó a Jungkook de madrugada.

Se incorporó con dificultad, con los ojos todavía pegados por el sueño, y buscó a tientas el borde de la cuna. Pero antes de que pudiera levantarse, una mano se posó en su hombro.

—Yo voy —murmuró Taehyung, con la voz pastosa—. Tú descansa.

—Pero...

—Descansa.

El alfa se levantó y caminó hacia la cuna con pasos silenciosos. Jungkook lo observó desde la cama, con la luz de la luna filtrándose por la ventana. Vio cómo Taehyung levantaba a Yeonjun con cuidado, cómo lo acomodaba contra su pecho, cómo comenzaba a mecerlo mientras le susurraba palabras tranquilizadoras.

—Shh, pequeño. Papá está aquí. No pasa nada.

El llanto se fue apagando gradualmente. Yeonjun, con sus seis meses de vida, se calmó al reconocer el aroma y la voz de su padre. Sus pequeños dedos se aferraron a la camiseta de Taehyung mientras este seguía meciéndolo.

Jungkook sonrió en la oscuridad. Seis meses antes, Taehyung era un manojo de nervios cada vez que tenía que cargar al bebé. Ahora se movía con una seguridad que enternecía al omega.

—Muéstrame la pancita.

La frase, murmurada en la penumbra, hizo que Jungkook contuviera la risa. Taehyung seguía pidiéndole ver su pancita, a pesar de que ya no había embarazo. Se había convertido en una especie de broma interna entre ellos.

—No hay pancita —respondió Jungkook, como siempre.

—Pero hay una cicatriz preciosa —contraatacó Taehyung, volviendo a la cama con Yeonjun dormido en brazos—. Y una persona maravillosa que la llevó durante nueve meses.

Se tumbó junto a Jungkook, colocando al bebé entre los dos. Yeonjun se removió un poco y luego se quedó quieto, respirando acompasadamente.

—Eres cursi —dijo Jungkook.

—Soy sincero.

—Eres un alfa empalagoso.

—Soy tu alfa empalagoso.

Jungkook rodó los ojos, pero se acercó para besar a Taehyung. Un beso breve, casto, interrumpido por los ronquidos de Yeonjun.

—¿Crees que deberíamos tener otro? —preguntó Taehyung, de repente.

—Taehyung, son las tres de la mañana.

—¿Y?

—Y que Yeonjun apenas tiene seis meses.

—Por eso. Para que se lleven poca diferencia de edad.

Jungkook suspiró. Conocía esa mirada. Esa mirada soñadora que Taehyung ponía cuando imaginaba el futuro. La misma mirada que había tenido cuando pidió mostrarle la pancita por primera vez.

—Hablemos de esto mañana.

—¿Es un sí?

—Es un “déjame dormir”.

Taehyung sonrió y depositó un beso en la frente de Jungkook. Luego, en la frente de Yeonjun. Por último, en el espacio vacío del vientre de su omega.

—Buenas noches, futuro hermanito —susurró hacia la barriga inexistente.

—Taehyung.

—Shh, estoy hablando con nuestro próximo hijo.

Jungkook hundió la cara en la almohada para ahogar una carcajada. Definitivamente, la vida con Kim Taehyung nunca sería aburrida.

Y no la cambiaría por nada del mundo.

F I N

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que bonito todo<3

4 años
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que bonita historia❤️‍🩹

2 años
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