Una suegra desesperada
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Una suegra desesperada

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स्टोरी नोट्स

Diana no es una mujer que "pierde el control". Es una mujer que lo conserva todo: la casa, la familia, las apariencias. Por eso lo que le pasa es tan delicioso y tan incómodo. Cada roce tiene su justificación. Cada segundo de más tiene su coartada. Y ella, que se miente con tanta educación, sabe perfectamente lo que hace.

Lo que me atrapó mientras la escribía fue ese juego de máscaras. Lucas finge que pasa sin querer. Diana finge que se aparta. Liliana finge que solo quiere ayudar. Nadie lo dice en voz alta, y todos lo saben.

Escribí a Diana con su voz: mamona, dramática, caliente, sin filtro, como habla cuando nadie la escucha. Si te sacó una sonrisa culpable, vamos bien.

Esto es solo el principio. La línea que Diana jura no cruzar todavía está ahí. Pero cada capítulo la deja un poco más borrosa.

Gracias por leer, y por quedarte un segundo de más.

सारांश

Diana tiene una regla: nada de lo que pasa en esa casa es culpa de nadie. Los pasillos son angostos. El calor, insoportable. Su yerno anda distraído, y ella, claro, es muy educada para hacer escándalos. Son cosas que pasan. Cosas que no se mencionan. Pero hay detalles que ya no encajan. El short que elige cada mañana. Los pasos que escucha antes de que él aparezca. Esa puerta entreabierta, una noche, que nunca debió mirar. Y una conversación en la cocina con su propia hija que le cambió la manera de respirar. Nadie ha dicho nada en voz alta. Todos saben exactamente lo que está pasando. Una mujer respetable, una casa pequeña y una línea que Diana jura no cruzar. Todavía.

शैली
Erotica
लेखक
Noah F Dare
स्थिति
पूरी
अध्याय
13
रेटिंग
5.0 (3 समीक्षाएँ)
आयु रेटिंग
18+

Capítulo 1

Capítulo 1 – Los roces

Me llamo Diana, tengo 45 años y soy la mamá de Liliana. Llevo más de veinte años casada con un hombre bueno, trabajador, responsable… y más aburrido que una tarde de domingo. Llega cansado, cena, se acuesta y a los cinco minutos ya está roncando. A su edad el vigor se le fue apagando poquito a poco, y yo… yo sigo aquí, con un cuerpo que todavía hace voltear a los hombres en la calle, aunque me haga la que no se da cuenta.

Sé lo que tengo, no soy pendeja. Caderas anchas, unas nalgas grandes y firmes que se mueven solas cuando camino, bubis pesadas que llenan cualquier blusa y se me marcan hasta debajo de la bata, y una cintura que todavía se nota cuando me pongo algo ajustado. A veces me paro desnuda frente al espejo del baño, me aprieto las nalgas con las dos manos y pienso: qué pinche desperdicio, Diana. Hay noches en que espero a que mi marido se duerma y me toco bajito, con la mano metida entre las sábanas, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Y nomás me alcanza para calentarme más y quedarme con el coraje.

En la casa soy la esposa perfecta, la mamá cariñosa, la suegra amable… pero por dentro hay un fuego de la chingada que no se apaga y que cada día me da más vergüenza y más rabia conmigo misma.

Hace tres años Liliana se casó con Lucas. Tiene 29, es alto, moreno, con brazos fuertes de quien hace ejercicio, sonrisa fácil y una mirada que se te clava sin pedir permiso. La primera vez que me dio la mano me la sostuvo un segundo de más, y yo sentí un calorcito cabrón en el estómago. Ahí supe que ese muchacho iba a ser problema para mí.

Liliana lo adora, y yo trataba de no mirarlo. Pero carajo, cómo me costaba. Cada vez que venía a la casa se me iban los ojos a sus manos, a su cuello, al bulto que se le marcaba cuando se agachaba por algo, y después, cuando se iba, me quedaba pensando en él más de lo que debía. Me daba un coraje horrible. “Diana, no seas mamona ni pendeja”, me decía. “Es el marido de tu hija. No te pongas a fantasear como una puta”.

Cuando nació mi nieto, mi esposo y yo nos quedamos unas semanas en su casa para ayudar. Una casa chica, de pasillos angostos, con el calor de Tijuana metido en las paredes y el llanto del bebé a cualquier hora. Liliana andaba agotada, ojerosa, sin ganas de nada. Y Lucas andaba como hombre que lleva semanas sin tocar a su esposa. Se le notaba en la cara, en el mal humor, en cómo me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta.

Yo sí me daba cuenta. Y lo peor es que no me desagradaba.

Una madrugada no podía dormir. El calor y esa inquietud que traía metida en el cuerpo no me dejaban en paz. Mi esposo roncaba a mi lado como motor de tráiler. Me levanté sigilosa, con el short negro de pijama, ese que se me pega al culo y apenas me tapa las nalgas, y una blusita delgada, sin nada debajo. Bajé a la cocina a preparar café.

Estaba de espaldas a la puerta, removiendo la cafetera, cuando sentí que alguien entraba.

—Buenos días, suegra —dijo Lucas con voz ronca de recién levantado.

Me dio un brinco el corazón. “¿Qué chingados hace despierto tan temprano? Pobre cabrón, debe estar agotado con el bebé“, pensé. Traté de sonar normal, aunque ya se me había acelerado todo el cuerpo.

—Buenos días, mijo. ¿Quieres café? —contesté sin voltear, sintiendo cómo se me secaba la boca y cómo se me ponían duros los pezones, como piedras, contra la tela.

La cocina es muy estrecha. Él pasó por detrás de mí para agarrar una taza, y su cuerpo rozó el mío… y algo más. Sentí su verga, dura, caliente y gruesa bajo el pantalón flojo de pijama, deslizándose lenta, muy lenta, por la raya de mis nalgas. La tela de mi short y la de él no impedían casi nada. Sentí hasta el calor de su piel.

Me tensé de inmediato. Intenté adelantarme, como si quisiera apartarme, pero el espacio era tan chico que solo logré apretarme más contra él. “Quítate, cabrón. Muévete, Diana”, pensé, pero no dije nada. Su verga se acomodó completa entre mis pompas, gruesa, pesada, latiendo. Me quedé congelada, con la cuchara en la mano y el corazón en la garganta. Quise moverme, pero las piernas no me respondieron.

“Esto está mal. Es el esposo de mi hija”, me repetía. Y sin embargo, en vez de alejarme, me quedé quieta y dejé que pasara completo, sintiendo cada centímetro, cada latido, cada vena. “Pobre cabrón, lo hace sin querer, está muy necesitado”, me justificaba, mientras la humedad me empezaba a bajar por los muslos.

Cuando por fin se apartó, tenía la cara ardiendo y la concha palpitando como un segundo corazón. Me fui a mi cuarto casi corriendo, me metí al baño, cerré con seguro y me recargué contra la puerta, con la respiración hecha pedazos. Me bajé el short y toqué: estaba empapada, resbalosa, hinchada. Me froté dos, tres veces, apenas rozándome el clítoris, y me vine casi de inmediato, ahogando el gemido contra mi propio brazo, con la imagen de esa verga marcándose bajo la tela.

Después me quedé mirándome en el espejo, jadeando, con los ojos brillantes y las mejillas rojas.

—¿Qué chingados fue eso, Diana? —me dije en voz baja—. Te debiste haber movido más rápido, pendeja.

Pero ya sabía la verdad. No me había movido porque no quise.

Los días siguientes intenté evitarlo de verdad. Me levantaba más temprano, me pegaba a Liliana como sombra, me encerraba con el bebé. Pero la casa es chica. Un pasillo estrecho, yo inclinada recogiendo algo del piso, y él pasando por detrás. Otra vez la sentí. Me incorporé de golpe, como si me hubiera asustado, pero él ya estaba pegado. Su verga se me presionó entera contra las nalgas, caliente a través de la tela.

—Perdón, suegra… el pasillo es muy angosto —dijo con voz baja, tan cerca de mi oreja que sentí su aliento en el cuello.

—Pues ten más cuidado, mijo, que casi me tiras —contesté, tratando de sonar molesta, y di un paso hacia adelante… solo para que él se moviera al mismo tiempo y la verga se me hundiera más profundo entre las nalgas. Me quedé quieta un segundo de más, fingiendo que no podía pasar, mientras por dentro pensaba: “Quítate ya, cabrón, no me hagas esto”. Pero no me moví. Dejé que se deslizara completo otra vez, sintiendo el calor y el grosor, con el short ya mojado y el aire faltándome.

En la lavandería fue peor. Yo echando la ropa del bebé a la máquina, inclinada, con el culo parado sin querer… o queriendo. Él llegó “a ayudar”. Pasó por detrás y su verga se clavó otra vez entre mis nalgas. Me tensé y traté de incorporarme rápido.

—Lucas, el espacio está bien chico —le solté, con tono de regaño—. A ver si te fijas por dónde andas.

—Sí, suegra, perdón… —contestó, pero no se apartó.

Su mano rozó mi cintura “sin querer” y la verga empujó más, despacio, midiéndome. Quise alejarme, de verdad lo intenté… pero terminé quedándome inclinada un momento más, dejando que se frotara completo, con el corazón latiéndome en la garganta y la concha chorreando. “Muévete, pendeja, ¿qué estás haciendo?“, me gritaba por dentro, pero mi cuerpo no obedecía. Me quedé ahí, fingiendo resistencia, hasta que él por fin se retiró y escuché sus pasos subiendo la escalera.

Me quedé sola, agarrada a la lavadora, con las piernas temblando. Metí la mano bajo el short y la saqué mojada hasta la muñeca. Me llevé los dedos a la nariz, a la boca, sin pensarlo. Sabía a mí, a deseo, a culpa.

En la noche, junto a mi esposo dormido, con la espalda pegada a la suya, abrí las piernas bajo las sábanas y me toqué otra vez, despacito, mordiendo la almohada, recordando cada roce, cada latido, cada vena. Me vine pensando en Lucas, y el coraje me llegó junto con el placer.

Cada roce me dejaba más nerviosa y más caliente. Yo ponía cara de molestia, decía “cuidado” o me tensaba… pero al final siempre terminaba dejándome un segundo de más, sintiendo esa verga gruesa y caliente entre mis nalgas, justificándome después: “Pobre cabrón, está bien necesitado… y yo soy la mamona que lo disfruta”.

¿Hasta dónde iba a llegar esto? Tenía miedo, mucho miedo. Pero el morbo ya me estaba ganando, y yo nunca he sido buena para perder.

पढ़ें। सुनें। महसूस करें।

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Cristina
Cristina

claro

एक महीने
Alex
Alex

puedes hacer que se puedan escuchar todos los siguien capítulos pliz?

२५ दिन
2
Leonel
Leonel

wow como siempre un trabajo excelente

२५ दिन
1

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