Doloroso Pasado | JJK

Summary

Las exigencias matrimoniales del magnate griego. El apuesto millonario Jeon Jungkook quiere una esposa sin emociones, sin complicaciones, alguien que haga su vida más cómoda. Al conocer a la hermosa e intrigante Melanie Paranoussis, decide que tiene que ser suya. Aunque él piensa que es frívola, cree que será la esposa perfecta… y comienzan los preparativos para la boda. La química entre ellos es abrumadora, pero una vez casados, Jungkook descubre la dolorosa verdad sobre la infancia de su mujer. Melanie necesita de él más de lo que había pensado ofrecerle….

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Prólogo

—¿Necesita ayuda? —Edward Jameson, en la cubierta de su yate atracado en Mikrolimano, se dirigió al flaco chico que lo miraba desde el muelle.

—No.

No podía tener más de doce o trece años y parecía un espantapájaros con una vieja camisa y unos pantalones que le quedarían cortos. Parecía haber crecido mucho y de repente. Y también parecía hambriento, aunque por el brillo decidido de sus ojos grises, jamás lo admitiría.

—¿Quieres algo entonces? —insistió Edward. Hablaba en griego porque, sin duda, un pilludo del Pireo como aquél no conocería otro idioma.

El chico hinchó el pecho antes de contestar:

—Pensé que era usted el que necesitaba algo.

Edward soltó una carcajada.

—¿Oh yes?

—Yo puedo hacer muchas cosas. Puedo fregar la cubierta del barco, llevar mensajes, hacer recados… y cobro poco.

—¿No deberías estar en el colegio? —El crío se encogió de hombros.

—No, ya no voy al colegio.

—¿Por qué?

De nuevo el chico se encogió de hombros y Edward creyó ver un brillo de algo en sus ojos… ¿pena? ¿Miedo?

—Tengo que mantener a mi familia.

—¿A tu familia?

—Mi madre y tres hermanas. La más pequeña sólo tiene un año —el chico se cruzó de brazos—. ¿Va a darme trabajo o no?

¿Darle trabajo? Él era millonario y no contrataba mano de obra barata y sin experiencia. Sin embargo, algo en los ojos del chaval, su deseo de conseguir trabajo, de sobrevivir, hizo que lo pensara dos veces.

—Sí —contestó por fin—. Creo que sí.

El chico sonrió, satisfecho.

—¿Cuándo empiezo?

—¿Ahora mismo te parece bien?

—Si me necesita…

—Creo que sí. Pero antes dime tu nombre.

—Jeon Jungkook.

Edward le hizo un gesto para que subiera a bordo y Jungkook lo hizo, con los ojos brillantes.

Se quedó en medio de la cubierta del multimillonario yate y sólo traicionó su admiración tocando la pulida madera de la borda como si fuera de seda. Pero enseguida bajó la mano para meterla en el bolsillo del pantalón.

—¿Qué quiere que haga?

—Hablame de tu familia primero —dijo Edward—. ¿De verdad tienes que trabajar para ganarte la vida?

Jungkook se encogió de hombros; no hacia falta que respondiera. Era, pensó Edward con tristeza, evidente.

—Me necesitan. Por eso estoy aquí.

Edward asintió. Sabían que eran las alternativas para un chico como él: los muelles, las fábricas o las pandillas juveniles.

—Quiero que friegues la cubierta —le dijo por fin—. Espero que no te importe.

Jungkook lo miró con cierto desdén.

—Haré lo que tenga que hacer.

Edward lo disminuyó mientras fregaba la cubierta, echando cubos de agua sobre las planchas de madera y fregándolas luego con determinación. Los omóplatos se marcaban bajo la raída camisa como alitas de pollo y tenía la nuca quemada por el sol…

Pero lo hizo trabajar todo el día porque sabía que el chico no aceptaría menos. Y cuando por fin le dio un montón de billetes, Jungkook los contó con ojo experto antes de asentir con la cabeza.

—¿Vuelvo mañana? —le preguntó.

—Sí, estoy seguro de que mañana también tendré trabajo para ti.

Ya se le ocurriría algo.

Jungkook bajó del yate y se alejó descalzo por el muelle, despertando alguna mirada de irritación por parte de los millonarios que atracaban sus yates allí. Pero él parecía absolutamente indiferente a su desdén. Absolutamente por encima de todo.

Al oírlo silbar le pareció uno de esos chavales que iban al puerto para admirar los lujosos yates.

Pero luego, al recordar su ropa raída, los billetes bien guardados en el bolsillo de la camisa para que nadie pudiera quitárselos, Edward supo que aquel chico era diferente.

Recordó entonces sus palabras: «haré lo que tenga que hacer», preguntándose con tristeza si algún día eso sería verdad.