El ángel sin alas

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Summary

Valeria sufre, pero se lo calla. Trata de pelear sola contra un mundo envenenado y sin la cura. ¿Ganará o perderá esta batalla tan injusta dónde todo se junta en su contra?

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo único

Una mañana cualquiera, de un mes de noviembre cualquiera. Ella se encontraba observando desde su asiento al fondo de la clase, como muchos otros días. Con una incógnita revoloteando en su mente. Dándole la menor relevancia a la lección de Biología. No es que fuese una pregunta muy interesante, pero, le hacía tener dudas de cómo era que funcionaban los humanos. ¿Por qué se referían a Pedro como el “alto”, si Adrián lo superaba?¿Por qué la lista era Daniela, si Raúl solo saca dieces? Algo sin importancia, que sacaba a Valeria de Biología y se la llevaba a saber dónde.

Poco después, el timbre sonó. Sacó su bocadillo, se dirigió al patio con la mirada baja, pues ella ya sabía lo que iba a suceder. Se sentó en su lugar de siempre, escuchó unos pasos. Suspiró pesado, tragó saliva y se preparó para recibir su pequeña ración de infierno diaria.

“¡Mirad, la suicida!”, ”No sirves ni para quitarte la vida”, “Acaba lo que empezaste y hazle un favor al mundo”, “Mírala, es tan estúpida que ni se defiende”, “Yo creo que eso de que se intentó suicidar es mentira, solo buscaba atención”, “Falsa, das asco, estás loca”. Cuando se alejaron, se resignó con los pjos cristalizados.

Se quedó sola pensando, porque no se creían que ese pensamiento de dormir y no despertar estaba ahí, viviendo en su cabeza todos los días a cada momento. Acaso tenía que enseñar los cortes mal curados de sus muñecas todos los días solo para que la dejasen tranquila. Acaso tenía que ir por la calle con una navaja en una mano y un bote de pastillas en la otra. Acaso tenía que gritar contra viento y marea que se odia a sí misma. O acaso tenía que llevar un cartel con sus intentos de suicido. Sin darse cuenta empezó a llorar de la impotencia, el miedo y la presión social de ese momento.

Pasaron las horas y llegó a su casa. Se dispuso a hacer su paripé diario: sentarse a comer, inventarse historias sobre lo bien que lo había pasado y las cosas que había hecho ese día, ir a su habitación, hacer los deberes y llorar hasta dormirse. Solo comía por la obligación que su madre le imponía; cuando el reloj marcaba las seis de la tarde, era libre de llorar, gritar y no probar bocado a lo largo de la tarde, como intento de “encajar” en esta sociedad envenenada en la que solo entras si eres la viva imagen de la “perfección”.

Esa tarde decidió mirar sus redes sociales, no debió abrir aquella condenada aplicación. Se encontró una publicación que decía: “Valeria no va a suicidarse, no tiene valor”. No supo reaccionar de otro modo que comentando “No es que no tenga valor, es que quería darle una oportunidad al mundo que estás envenenando lentamente con tu hipocresía. Te metes con todas las personas que no te siguen tu jueguito de dementes, hablas de lo que no sabes, no tienes ningún derecho a criticar. Yo no me odiaba, vosotros hicisteis que me odiase…”. Valeria soltó su móvil frustrada, agotada emocionalmente.

Esa noche solo las paredes contemplaron la imagen desgarradora de una chica de quince años cortándose sobre otros cortes semicurados. Solo el filo de aquella navaja amarilla lleva la cuenta de todos los cortes. Solo la luna conoce lo que Valeria penaba cada noche. Pero, solo su mente conoce el desencadenante de sus cortes.

Al día siguiente, tras sonar la alarma se planteó fingir estar enferma pues, no le apetecía saber qué opinaban sus compañeros de clase sobre su comentario de ayer. Después de una dura pelea con ella misma, recordó que no podía faltar, tenía examen. Se vendó los cortes de la noche anterior. Se puso una sudadera negra ancha, que lograba camuflar las vendas de sus muñecas. Y se dirigió a la parada del autobús como lo hacía día tras día.

Ella se encontraba pensativa mirando, por la ventana con la mano izquierda apoyada en su barbilla. En un asiento solitario, mientras escuchaba música con unos cascos desgastados, una mano rozó tímidamente su hombro. Se quitó el casco derecho y giró su cabeza. Contempló por unos segundos a la chica que tocó su hombro y a sus dos acompañantes. Los tres eran otras víctimas de la hipocresía e insultos de Carmen. En el preciso instante que miró la sonrisa sincera de la chica que tenía en frente, se dijo a sí misma que los protegería y los defendería, para que no acabasen ocultando sus muñecas. La chica le entregó una cajita a Valeria, y salieron corriendo a sus asientos. Al llegar a su clase, abrió la caja; esta estaba llena de papelitos agradeciéndole por el comentario de ayer, ya que nunca antes le habían hecho frente. Pero, el papelito que más le llamó la atención era azulado que con unas letras plateadas decía: “Eres un ángel caído del cielo que ha venido en nuestra ayuda. Tienes que tener unas bonitas cicatrices donde estaban tus alas.”.

Definitivamente, nadie se iba a meter con ellos, mientras ella estudiase en esa cárcel que camuflaban bajo el nombre de “instituto”. Guardó aquella nota azul en su estuche, y se preparó para la primera clase del día.

En el recreo, no se dirigió a su sitio habitual. Se dispuso a buscar a la chica que le había entregado la caja en el autobús. La chica estaba con Carmen, no lo dudó y se acercó. Carmen le estiraba del pelo y sus cómplices le pegaban en el estómago. Valeria le estiró del pelo a Carmen y la apartó de la chica. Los que le pegaban en el estómago pararon y corrieron. Valeria le susurró a Carmen en el oído: “jaque mate”. Sin más explicaciones la soltó y se apartó con la chica para ir a curarle la pequeña herida de su labio.

Pasaron los meses y Carmen dejó de meterse con todos. A pesar de que Valeria era popular, seguía igual de sola que al principio. Los estereotipos seguían, pero, ya nadie se burlaba de otras personas abiertamente. Un día a mediados de abril, se quedó después de clases, la habían castigado por quedarse dormida en clase de matemáticas. Se dirigió al aula de castigo. En ella iba a empezar las doscientas copias que le mandaron para hacer en ese rato. Pero se percató de que la nota azul que le entregaron meses atrás no estaba en su estuche. No le dio mayor importancia pues se la podría haber dejado en su aula. Terminó las copias y con ello su castigo. Deambulaba sola por los pasillos desérticos de su instituto hacia la salida más próxima. Se cruzó con Carmen y sus amigos que rápidamente la acorralaron. Le quitaron su navaja amarilla, que llevaba siempre encima para acordarse de su pasado. Le quitaron la chaqueta y la mochila tirando ambas lo más lejos que pudieron. Carmen abrió lentamente la navaja y se acercó lentamente a Valeria por la espalda.

Se acercó al oído de Valeria y le susurró: “Eres un ángel caído del cielo que ha venido en nuestra ayuda. Tienes que tener unas bonitas cicatrices donde estaban tus alas…” -Valeria tragó duro- Vaya, igual necesito gafas, pero no tienes ninguna cicatriz. Te puedo ayudar con eso. - dijo para enterrarle el filo que sus muñecas conocían demasiado bien en la espalda. Le hizo dos grandes cortes por lo que Valeria cayó inconsciente.

Se despertó por una potente luz blanca. Se despertó en un hospital. Se despertó repleta de tubos. Pero se despertó con una extraña de unos cincuenta años a los pies de su cama. Aturdida, la despertó para preguntarle las miles de preguntas por su cabeza. La extraña resultó ser la dueña de un orfanato donde su madre la acababa de abandonar; según la señora Romero, la razón de su abandono fue que la policía dictamino que Valeria se auto agredió por una nota azul que apareció junto a la chica inconsciente.

Dos semanas después, tras recibir el alta médica Valeria salto desde la azotea del orfanato para ser recordada como el ángel sin alas. Solo dejó una carta.

Hola, a quien lea esta carta.

Quiero dejar claro por qué o por quién me he tirado. Puede que nadie la lea. Puede que a nadie le importe. Puede incluso que en un futuro sea la historia de lo penosa que fui en vida. Pero eso no le impide a mi mano escribir porque no conozco otra forma de dar esto a saber. Y sé que, si lo cuento, me ignoraran.

Este mundo va a acabarse muy pronto. Entre los que juegan a ser Dios, los que ponen los estereotipos y todos los demás que hacemos lo que nos mandan. En matemáticas, me han enseñado a usar la lógica. No sé para qué, si vemos lógico que un futbolista cobre varios millones por pegarle unas patadas a un balón y que un bombero no llegue a cobrar dos mil por salvar la vida de la gente poniendo en riesgo la suya. Si vemos lógico no saber hacer un currículo, cambiar una rueda, comprar una casa o hacer la renta; tranquilos sé despejar “x”, sé sintaxis o, en resumen, sé memorizar información para escupirla en una hoja de papel que define mi futuro. No digo que lo que damos en la escuela sea inútil ni nada por el estilo. Digo que es inútil saber eso si no me sé lo más básico de esta vida, si no sé me defender en el mundo exterior no me saques de mi burbuja. Los estereotipos son ridículos. Todos los cuerpos son distintos y por eso todos son bonitos. No por incumplir la regla de tener el cuerpo perfecto mereces tener inseguridades, golpes e insultos.

No por ser distinto eres raro. No por pensar distinto estás loco.

Adiós, mundo hipócrita.

La loca más cuerda, el verdadero ángel sin alas,

Valeria.