CAPÍTULO 1
Pongo la palabra fin y siento como una lágrima se desliza por mi mejilla. Me emociono y me quedo mirando esas tres letras que definirán mi próximo destino. Hay gente que no llega a comprender lo devastador que es finalizar a un proyecto; ese en el que has empleado horas, minutos, meses, amor, odio, desvelos y pasión. Pero aquí estoy yo, llorando como una magdalena al releer cientos de veces esas tres letras en medio de la hoja del ordenador.
Fin...
Me muerdo el labio inferior, me limpio las mejillas con el dorso de la mano y me levanto de la silla giratoria de mi escritorio para ir corriendo por el pasillo hacia la habitación de Laura. Abro la puerta como si se tratara de la mía y me lanzo a su cama. Laura gruñe y maldice con la voz ronca.
—Ya puedes tener una buena excusa para haberme despertado a las... —Laura toma su móvil y mira la hora, resopla y desvía la mirada hacia mí. Si las miradas mataran, estaría a mil metros bajo tierra—. ¿Cuatro de la mañana? ¿Tú estás bien de la cabeza?
Laura cierra los ojos y se echa el brazo encima de estos.
—Lo he acabado —susurro con emoción—. Lo he acabado, tía.
Aparta su brazo y abre los ojos como platos. El sueño se desvanece de su rostro. Me veo obligada a bajar de la cama por el bote que ha pegado. Laura tiene los pies descalzos en el suelo, y lleva su pijama de invierno de Stich, con un camal por la rodilla y el otro en el tobillo, que le compré, entre otras tantas cosas, el año pasado por su cumpleaños.
Se acerca a mí y me toma de la manga de la sudadera para llevarme casi a rastras a mi habitación. Sus pasos son agigantados, tales que hacen que Virginia asome la cabeza por su puerta.
—Son las cuatro de la mañana, joder —se queja—. Hace una hora que llegué de una fiesta, no hagáis tanto ruido.
Laura chasquea la lengua y la encara; y es que llevan meses que su relación ha caído en picado.
—Me importa una mierda que hayas venido de una fiesta, te jodes y bailas si hacemos ruido. Es un momento muy importante —murmura mirándola con cara de pocos amigos.
Virginia pone los ojos en blanco.
—Mari, cariño, dile a tu perro que deje de ladrar; los vecinos pueden quejarse —masculla ella cerrando su puerta de un fuerte golpe.
—Será hija de... —susurra Laura, mordiéndose la lengua.
Virginia y Laura están así desde hace unos meses. No sé muy bien la razón de que ahora se lleven como el perro y el gato cuando siempre hemos sido el trío de oro; las mejores amigas desde la guardería. Lo único que sé a ciencia cierta es que la situación que tengo que vivir diariamente con ellas es espantosa. Se tiran al cuello, no se hablan y si lo hacen es para insultarse. Ya no hay feeling ni buen rollo como lo había antes; y esa situación me estresa mucho.
—Déjala, Laura —murmuro por lo bajo—. Vamos, que te lo quiero enseñar.
Entramos en la que es mi habitación y dejo que Laura tome el portátil y lea. Se sienta en la cama y los minutos comienzan a pasar; tal es el tiempo que me quedo dormida sin darme cuenta y me despierto con el grito ahogado de Laura. Parpadeo y observo los rayos de sol entrar por la ventana. ¿Qué hora es? Parece que solo hayan pasado varios minutos...
—Tía, esto es lo mejor que has escrito hasta ahora. ¡Va a ser un puto Best Seller! —grita emocionada.
Sonrío y me levanto de la cama. Me estiro y bostezo. Laura deja el portátil a un lado y toma mi móvil. Lo desbloquea, porque se sabe perfectamente mi contraseña, y pone la cámara para echar un selfie.
—Laura, que voy echa un desastre —le digo.
Y bien verdad que es. Llevo una sudadera que me viene enorme, unas mallas negras y el pelo recogido en un moño despeinado, por las horas que he estado durmiendo, en la nuca. Aunque lo que más se nota son las bolsas grisáceas bajo mis ojos que provocan noches en vela dándole a la tecla sin parar.
—Estás preciosa, y a tus lectores y seguidores les va a encantar verte así y saber que lo has acabado —dice—. Venga, sonríe.
Me rio por lo bajo y sonrío. Laura echa la foto y me pasa el móvil para que la cuelgue en mis redes sociales. Me meto en Instagram y suspiro al ver todas las notificaciones que tengo pendientes, entre estas responder mensajes. No es que me siente mal tener tantas notificaciones, es que me da rabia no poder responderlas todas porque tengo muchísimas y me tiraría días enteros haciéndolo; así que voy poco a poco y con miedo de que algún día el móvil estalle.
Lo primero que hago es pasarme por el último post que colgué hace dos días, es responder todos los comentarios que puedo; sigo a algunas personas y me voy directa a los mensajes. Contesto una treintena antes de que Laura me llame para desayunar, o almorzar más bien porque son casi las once de la mañana.
Dejo el móvil en la cama y salgo a la cocina del apartamento que compartimos. Nos sentamos en la barra y charlamos de la idea de maquetación y portada que tenemos para el libro.
Laura también es mi correctora y editora. Estudió periodismo y, al no encontrar trabajo, decidió crear su propia revista literaria y llevar un blog donde reseña los libros que lee. Tiempo después, se sacó titulaciones como correctora y actualmente ejerce de ello tanto para mí como para los autores que la buscan. Es, simplemente, una maravilla. No podría confiar en nadie más para algo tan importante.
—¿Te apetece que nos vayamos por ahí hoy? Hay que celebrar que has acabado otro libro.
Me echo a reír y asiento.
—Sí, por favor, necesito salir de las cuatro paredes de mi habitación —le ruego con cara de circunstancia—. Además, tengo que hacerme un cambio de armario que ya es hora.
—Eso es verdad, Mari.
—Necesito un cambio de armario urgente, y comprarme bragas —digo, levantándome del taburete alto y llevando los platos y vasos del desayuno al fregadero—. ¿Le pregunto a Virginia si quiere venir?
Laura enarca una ceja en mi dirección y se encoge de hombros.
—Lo que quieras, Mari. Yo voy a vestirme.
Observo como Laura se va hacia su cuarto y cierra la puerta. Suspiro y voy hacia el de Virginia, pero solo consigo que se enfade conmigo por despertarla.
Salgo de su habitación y me meto a la mía. Hago la cama y me cojo un vaquero oscuro, un jersey marrón, mi ropa interior y las converse antes de ir directa al baño. Necesito una ducha urgente.
Enciendo el agua caliente y me meto. Me lavo el pelo y salgo a los veinte minutos ya vestida y con el pelo seco. La parte positiva de llevar el pelo estilo Bob medio es que se seca enseguida y no tardo nada en pasarme el secador.
Laura se encuentra en el salón, sentada en el sofá esperándome. Me pongo mi abrigo largo hasta las rodillas, también en un tono marrón clarito muy bonito, y atraigo su atención.
Cojo mi bolso y me lo cuelgo. Laura se acerca y coge el suyo, abre la puerta y sale la primera. Siquiera me pregunta por Virginia, aunque creo que así es mejor.
Llegamos al centro después de tomar el metro.
Laura y yo comenzamos a comprar ropa por doquier, y tal es la cantidad que nos vemos obligadas a contratar un servicio de la tienda para que nos lleven la ropa a casa mañana.
No sé cómo lo he hecho, pero me he gastado un montón de dinero en vaqueros, vestidos, faldas, zapatos y bolsos. Y lo mejor de todo es que solo había un par de prendas oscuras en toda mi cesta; que eran los leggins y alguna camiseta de deporte. La sensación que me genera tomar la prenda que me gusta y probármela a pesar del color es indescriptible porque, aunque no os lo creáis, hace unos años mi armario estaba repleto de prendas negras. Solo negro.
—Mari, ¿comemos? Son casi las tres de la tarde... —me ruega Laura entre pucheros.
—Sí —toco mi estómago—, me comería un buey del hambre que tengo.
Laura y yo comenzamos a vagar por los callejones de la Gran vía hasta encontrar el restaurante al que siempre acudíamos cuando salíamos de compras. Nos pasaron en seguida a una mesa y pedimos nuestra comida.
Cuando el camarero nos la sirvió, dado que Laura estaba ya comiendo, decidí tocar un tema que Laura llevaba esquivando desde hacía meses.
—Laura, ¿vas a contarme ya por qué te llevas tan mal con Virginia? Lleváis así muchísimo tiempo y estoy en medio de las dos, la convivencia comienza a ser exasperante.
Laura absorbe el espagueti con sus labios y me mira con una ceja enarcada.
—Eso es algo que quedará entre ella y yo, ¿vale? —dice, y deja el cubierto a un lado para suspirar con pesadez—. No quería decirte nada aun, pero estoy buscando otro piso.
Me quedo atónita.
—¿Cómo? —Logro murmurar después de unos segundos asimilando lo que me ha dicho—. Laura, no quiero que te vayas...
—Yo tampoco quiero irme, Mari, lo sabes —confiesa—. Pero Virginia y yo ya no somos amigas, ella hace cosas que no me parece bien. Y sabes que lo que tú haces por ella tampoco está bien —añade.
Me relamo los labios y niego.
—Virginia es mi amiga, y sé que me devolverá todo lo que le estoy prestando.
Laura chasquea la lengua.
—Eres muy ingenua, Mari. Sabes que te quiero mucho —posa su mano sobre la mía y la aprieta—, pero no puedo seguir viendo como la zorra de Virginia juega contigo. Ella ya no es la persona que conocimos en el colegio, Mari.
No, me niego a pensar que eso es verdad. Virginia trabaja a ratos y medios días, y llevo varios meses pegando sus gastos del piso porque su sueldo como camarera no le da para mucho. Lo hago encantada porque sé que ella haría lo mismo por mí.
—Si es por los tíos que Virginia se trae... —me interrumpe.
—No es por eso —exclama—. Bueno, sí y no. Creo que debería tener un poco más de respeto, es solo eso.
—A ti lo que te molesta es que vayan como perro por su casa —murmuro.
—¡Bingo! Te recuerdo que una vez, uno de los tantos que se trae, se coló en mi habitación con el pito al aire y se metió en mi cama a dormir la mona —dice—. Y otro se zampó mis macarrones con tomate. Y otro... —la interrumpo.
—Vale, vale, lo he pillado. —Como un poco antes de seguir hablando con ella—. ¿Y cómo te va con ese chico al que conociste en la cafetería?
Laura se encoge de hombros y me observa con detenimiento.
—Eres una cotilla de mucho cuidado —me señala—. Pero para tu información, va bien. El chico es muy majo.
—Me alegro. —Sonrío sin enseñar los dientes.
Laura desvía la mirada al frente y sonríe con picardía. Me hace un ademán con la cabeza y me giro discretamente. Rio por lo bajo cuando me doy cuenta de que me está señalando a una chica alta y morena; con un cuerpo escultural.
Sí, Laura es bisexual.
—¿Está buena, eh? —me pregunta.
Asiento.
—La verdad es que la chica no está nada mal, es muy guapa y, encima, alta.
Laura, aparte de sentirse atraída por ambos géneros, es altísima. A mí me saca una cabeza y media, asique cuando sale con alguien en plan amoroso intenta que sea de igual o mayor estatura que ella. Laura no tiene nada en contra de las personas bajitas, es solo que se siente más atraída por las personas altas.
Terminamos de comer mientras charlamos de la idea de portada para el nuevo libro y la estrategia de marketing que vamos a llevar a cabo. Y ambas llegamos a la conclusión de que queremos una portada ilustrada. Pero ahora teníamos un problema... ¿quién?
Mientras vamos en el metro, Laura y yo nos ponemos a buscar ilustradores y diseñadores gráficos; pero no logramos encontrar nada que nos llame la atención lo suficiente como para decir que era él o ella.
Llegamos a casa y no encontramos a Virginia por ningún lado, supongo que se habrá ido a trabajar. Esa tarde, Laura y yo nos quedamos respondiendo e-mails, buscando al ilustrador perfecto y respondiendo comentarios y mensajes en redes.
Sobre las nueve de la noche, nos hacemos una ensalada y nos ponemos a ver una peli. Acabamos yéndonos a la cama a las doce; y por pereza me acuesto con una camiseta de Guns and roses que me llega por las rodillas y mis bragas.
Pero no pego ojo más que un par de horas, pienso y rebusco en redes a la persona que quiero que cree la portada de mi nuevo libro; pero nada.
Me despierta el timbre de casa; y poniéndome mis converse rojas, voy a abrir al repartidos que nos trae todo lo que compramos ayer.
Le doy una propinilla al chaval por todo lo que ha tenido que cargar y dejo las bolsas en la entrada. Necesito un café antes de ponerme a emparejar las cosas en el armario.
Me dirijo a la cocina y me echo una taza de café. Mientras el café cae en la cafetera, me pongo unas tostadas a hacer. Hoy es lunes y quiero ir al gimnasio con las pilas cargadas a pesar de haber pasado una noche de mierda; y para eso necesito un café y unas buenas tostadas.
Vierto el café en mi taza mientras canturreo Little Talks de Of Monsters And Men. Últimamente no para de sonar en todos lados y se me ha quedado grabada en la cabeza.
Y como toda non influencer de pacotilla que soy, coloco mi desayuno en un bonito plato para poder echarle una foto y colgarla en mis stories.
Estoy escribiendo el texto cuando siento una mirada sobre mi persona. Paro de teclear y giro sobre mis talones. Pego un respingo en mi sitio y me llevo la mano al corazón cuando veo allí a un hombre de unos treinta años mirándome con diversión.
Vale, no sé qué narices hace un hombre en mi cocina; pero es que es guapísimo. Lleva el pelo despeinado, más largo de delante y corto de atrás. Tiene el torso desnudo y un tatuaje que llega a sus hombros. Es musculoso, de esos chicos que sabes que van al gimnasio. Y alto, muy alto. Y sus ojos tienen un color oscuro que atrapa, me siento intimidada a pesar de que su mirada muestre diversión.
—¿Quién coño eres y qué haces en mi cocina? —inquiero, buscando el cuchillo con el que he untado la mantequilla en la tostada.
El desconocido hace un ademán con la cabeza dirección al pasillo. Se rasca la nuca y deja que me deleite con su gruesa voz.
—Ayer vine con Virginia y...
Pongo los ojos en blanco y rio por lo bajo. Me doy la vuelta y le ofrezco una tostada.
—¿Quieres? —Él la coge y le pega un mordisco.
—Es la primera vez que me invitan a desayunar —comenta.
Me encojo de hombros y le pego otro mordisco a la mía.
—Esto va así; vosotros os acostáis con Virginia y yo os doy de desayunar —digo.
El chico se apoya en la pared y se termina la tostada.
—Soy Daniel, por cierto —se presenta.
—Yo soy María —me presento—. ¿Quieres un café? —le ofrezco.
Él niega.
—Gracias, pero tengo que trabajar —se pone la camiseta que lleva colgada en el bolsillo de su pantalón y se peina el pelo con las manos. Daniel se dirige a la puerta bajo mi atenta mirada, pero antes de irse se gira y me señala—. Por cierto, estás muy graciosa con esa camiseta y tus zapatillas. Tienes muy buen gusto para la música si escuchas con lo que te vistes —me guiña un ojo antes de cerrar la puerta tras de sí.
Hago una mueca con los labios y por un momento me quedo pensando en el momento tan raro que acabo de vivir. Normalmente, los tíos con los que se acuesta Virginia ni me hablan, simplemente me cogen la tostada y se largan.
Pero Daniel, alias el desconocido buenorro, es... es... ¡joder! ¡Está como un puto queso!
¡Necesito contárselo a Laura!