Capítulo I. Haute Cour
Capítulo 1. Haute Cour.
Jerusalén, 1180
Tras ganar hace tres años a Salahadin en la batalla de Montgisard, la visión que tenía la gente de Balduino IV había cambiado. Comenzaron a verlo como el gran hombre, rey y estratega que era aunque su imagen aún era débil debido a su enfermedad, la lepra.
Por eso mismo, aunque lo respetaran y delante de él no dijeran nada, sabía que aún así, debía tener cuidado pues muchos finalmente no acataban sus órdenes, por mucho que ahora lo alabarán y hubieran visto no solo en la batalla de Montgisard, que era un buen estratega, sino que durante estos tres años había demostrado ser un buen Rey y un buen político.
Por lo tanto, en estos tres últimos años la cosa no había cambiado demasiado.
Mientras terminaba el tratamiento médico que los médicos le estaban realizando con algo de rapidez debido a la urgencia de ir a la Haute Cour, estaba pensativo por la reunión a la que iba a tener que ir en breves momentos. La reunión no iba a ser con la Haute Cour al completo, debido a que no era necesario y a que está reunión era estrictamente, sólo una reunión entre los más importantes de la Haute Cour. Le habían llamado para un asunto urgente aunque creía saber porque era. Pensaba que deseaban casarlo con alguna joven noble en la que su familia estuviera en una buena situación y la familia finalmente les ayudase con tropas, ya que las suyas estaban diezmadas debido a las múltiples batallas y escaramuzas que habían tenido y no podrían contener un nuevo ataque de Salahadin. Habían intentado que Europa les ayudase pero las respuestas siempre eran las mismas: no se puede o cuando podamos (una forma elegante de decir que no).
Tras finalizar su tratamiento y marcharse los médicos, varios sirvientes vinieron para ayudarle a vestirse. Notaba su molestia al acercarse a él para vestirse. El único que parecía no molestarse por acercarse a él, era su leal Sayid, su sirviente personal. Sabía que él era un buen hombre y que le acompañaba en todo su proceso con la lepra. Eso le hacía sentir algo mejor aunque entendía que los demás, le tuvieran asco y también que tuvieran miedo de infectarse. Aunque fuera algo lógico y sabía que era una reacción normal, eso no significaba que eso no le acabará afectando. Nadie quería verse en la tesitura de verse despreciado por los demás y aún menos por algo que no podía controlar.
A todo esto había que añadirle que su enfermedad iba en aumento. Hacía algunos meses se había tenido que poner una máscara de plata para tapar su rostro, el cuál, empezaba a mostrar los terribles estragos que le estaba causando la enfermedad. Aunque sabía que la enfermedad le haría bastante más daño, su rostro ya comenzaba a estar lo suficientemente dañado para que las personas no pudieran dejar de mostrar su desagrado al verlo. De ahí, que hubiera elegido taparlo, ya que así, no tendría que sentir dichas miradas.
Realmente, ya era bastante la carga que tenía por ser Rey como para añadirle algo como la lepra.
En cuanto estuvo preparado, con sus ropajes blancos y dorados que utilizaba para estas ocasiones y su máscara de plata colocada como era debido, salió de sus aposentos y en compañía de Tiberias que ya le estaba esperando fuera de sus aposentos. Se dirigieron al patio donde se realizaría la extraña reunión de la Haute Cour, a través de los múltiples pasillos del Palacio mientras en su cabeza rondaba la idea de un matrimonio. Si no hubiera padecido la lepra, hubiera deseado casarse, es más hubo un tiempo que una hermosa mujer había entrado en su corazón, pero había desechado la idea debido a la Lepra y a que ella había sido obligada a casarse. Ahora querían obligarlo a que se casará con alguna doncella que no conociera y exponerla al riesgo de su enfermedad, algo que él había evitado por años. Tiberias, que lo observaba con detenimiento, se dió cuenta de sus cavilaciones.
- ¿Os encontráis bien, mi señor? Os veo algo decaído. - preguntó Tiberias con algo de preocupación.
- Me encuentro todo lo bien que puedo encontrarme. Simplemente, esta reunión me tiene preocupado. - dijo Balduino.
- Bueno, tal vez encuentre a una buena mujer que le quiera de verdad, si es que al final es lo que se decide. - dijo Tiberias.
- Dudo mucho que ninguna buena mujer desee estar con alguien como yo. - dijo Balduino con algo de tristeza.
- No adelante acontecimientos, Majestad. Aún no ha pasado y no sabemos lo que va a suceder. Además, no sabemos si al final la Haute Cour, le exigirá casarse. - dijo Tiberias.
Ya veremos lo que sucede. - dijo Balduino no estando totalmente convencido de lo que iba a salir de dicha reunión. Los conocía demasiado bien.
Mientras, la conversación seguía se iban acercando al Patio donde algunos nobles, obispos y el Patriarca esperaban la llegada del Rey. Eran realmente pocos a diferencia de lo que solían haber allí en dichas reuniones.
En cuanto entraron, el silencio se hizo y todos se pusieron de pie como muestra de respeto, mientras se avisaba su entrada:
- ¡Ha llegado el Rey!
El Rey se dirigió hacia su asiento, que tenía forma de pequeño trono, donde se sentó, mientras los demás hacían lo mismo.
-Bienvenidos a esta nueva reunión de la Haute Cour. - dijo Balduino. - La sombra de Salahadin se cierne sobre nosotros y necesitamos más tropas. Debemos buscarlas, sea como fuere.
- Ya algunos hemos recorrido medio Europa pero no conseguimos más de lo que hemos conseguido. - dijo Guido, marido de la princesa Sibila, que era hermana del Rey.
- Ni los nobles ni los reyes desean ayudarnos. Tampoco la iglesia. - dijo Louis, otro noble. - Debemos buscar otra solución.
- Cierto, pues no está funcionando lo que estamos haciendo hasta ahora. - dijo el Patriarca mientras bebía vino de una copa
- ¿Y qué ideas dan? - preguntó Balduino algo reticente, ya que creía saber la respuesta.
- Mediante una boda. - dijo Louis mientras el Patriarca sonreía y la madre de Balduino, Inés asentía.
- ¿Boda de quién, exactamente? - preguntó Balduino, en un intento de parecer confuso.
- La suya obviamente. Ya se le avisó de que seguramente saldría este tema. - dijo el Patriarca.
- Si, pero pensé que tendríais más cabeza. ¿Quién aceptaría casar a su hija con un Rey leproso? - preguntó Balduino.
- ¿Y por qué no? El Reino de Jerusalén es muy apetitoso. - dijo el Patriarca.
- ¿Muy apetitoso? ¿Reducís la decisión de una persona a esto? - preguntó Balduino.
- No es eso. Sólo decimos que puede haber otros factores que puedan hacer que alguien decida casarse. - dijo nuevamente el Patriarca.
- Aquí lo importante es que necesitamos tropas y debemos conseguirlas como sea. El Reino y la Fe verdadera dependen de eso. - dijo Belmont un obispo que ya llevaba bastantes años en Jerusalén.
- Eso es cierto, tenemos que hacer algo. Y si el matrimonio con el Rey es la solución, es lo que debemos hacer. - dijo Louis.
- Podríamos buscar otras opciones antes de llegar a lo del matrimonio. - dijo Guido.
- ¿Y cuál sería tu idea? ¿Seguir buscando en Europa? Tú mismo dijiste que eso no servía. - dijo Belmont.
- Podríamos hablar con Constantinopla, ellos muchas veces nos han ayudado. - dijo Guido.
- Que nos hayan ayudado antes no significa que ahora puedan ayudarnos, ahora tienen demasiados problemas. - dijo Louis. - Además, depender de otro Reino es peligroso.
- Mejor un matrimonio. Eso ataría a la familia a tener que ayudarnos. Habría lazos familiares. - dijo Belmont muy vehemente haciendo que Balduino tuviera un escalofrío.
- Si, deberíamos empezar a buscar a una mujer. - dijo Chander, un viejo noble al que nunca le cayó bien al Rey.
Esto hizo que la pequeña corte comenzará a murmurar afirmativamente y acabarán aceptando dicha idea como la mejor de todas. Total, sería un matrimonio de conveniencia y debido al estado del Rey, nadie le exigiría a la muchacha que consumara dicho matrimonio. Se conformarán con que en los actos públicos se comportara como una Reina. No se le iba a pedir nada más. El Rey realmente se sentía bastante preocupado ante tal decisión y lo que eso podría causar.
- Me gustaría decir algo. - dijo Nathan, un noble, cuya familia llevaba en estas tierras desde que el Reino se formó. - Conozco un noble, Lord Jean que se ha asentado hace algunos años en Jerusalén y que actualmente es el señor de Belinas. Como muchos otros, vino hace algunos años a estas tierras para hacer riquezas y hacer un nombre. Vino con mi familia, su mujer Adrienne y mis dos hijos, Jade y Paul, se quedaron en esas tierras y no suelen frecuentar mucho la ciudad. Dicen que tiene tropas más que suficientes que les vendría bien defender este Reino. Y seguramente no le importaría darlas junto con su hija Jade.
Esto alegró mucho a los nobles y a Inés madre del Rey, al igual que al Patriarca, pero Balduino sabía que allí debía haber algún pero. No era normal que un padre hiciera tal cosa.
Tras acallar los murmullos que se habían creado tras escuchar a Nathan, Balduino le preguntó directamente:
- ¿Y por qué ese hombre querría casar a su hija con un Rey como yo? Entiendo, que emparentar con cualquier familia real es un sueño, pero en este caso resulta bastante extraño. Además, ¿Cómo es que no está en la reunión dando él mismo pidiendo que se de dicho matrimonio?
- Seguramente, al señor de Belinas, no le dió tiempo a venir desde sus tierras. El avisó de la reunión no fue con mucho tiempo. - dijo Tiberias antes de que comenzara a hablar Nathan de nuevo.
- Gracias, Tiberias. - dijo Balduino. - Prosiga, Lord Nathan, ¿Por qué desearía Lord Jean casar a su hija conmigo?
- Él es un buen amigo mío. Sé que su hija tuvo un grave problema de salud hace tiempo y tiene problemas para casarla. - dijo Nathan.
- ¿Cómo está tan seguro de eso? - preguntó Balduino.
- Puede preguntarle si así lo desea. Seguro que si envía a alguien para conversar e iniciar así el trato para el compromiso. - contestó Lord Nathan
- ¡Eso parece una buena idea! - dijo el Patriarca. - Nada mejor para comenzar a solucionar este tema que ir a preguntar a Jean.
- Os veo muy seguros de que dirá que sí. Pero por muy difícil que sea casar a una hija, no sabemos si dirá que sí. - dijo Guido con cierta sorna. Y aunque Balduino sabía el motivo real del porqué decía eso, el marido de su hermana, tenía que estar de acuerdo con él. No sabían si deseaba casarla con él.
- No lo sabremos, si no envíamos a alguien. Creo que lo mejor es ir y asegurarse. - dijo Louis.
- Si, así sabremos cuanto antes si dicen que sí y si tenemos que buscar a otra doncella para casar al Rey. - dijo Belmont.
Comenzó a hacerse un barullo y todos comenzaron a hablar a la vez y parecía que no se ponían de acuerdo, salvo Guido, Balduino y Tiberias que no deseaban que ese matrimonio sucediera. Cada uno por sus motivos. Guido para no perder poder en la corte, Tiberias por miedo a que el Rey sufriera y el Rey porque consideraba maldecir a su posible futura esposa. Los demás discutían si era algo adecuado o no.
Finalmente, tras una larga discusión, la gran mayoría estaban de acuerdo en ir junto a Jean para pedir la mano de su hija para el Rey.
- Yo podría ir, si lo desean. Él me escuchará. - dijo Nathan.
- Prefiero que vaya Tiberias hacia allí. Él es el más adecuado para esto. - dijo Balduino dirigiendo su mirada hacia Tiberias.
- Como desee mi señor. Lo haré con sumo gusto. - dijo Tiberias.
Habiendo terminado de hablar sobre el punto de esta reunión y habiéndose solventado por ahora, hasta aquí dicha reunión. - dijo Balduino mientras se levantaba y salía de allí.
Todos se levantaron al verlo levantarse y salir y le mostraron respeto con una reverencia.
Balduino se dirigió a su despacho junto con Tiberias y nada más entrar allí se dirigió a Tiberias.
- Quiero que te dirijas a Belinas y te informes bien de la situación de la joven y de si es cierto lo que dijo Nathan. Si es así, háblale del compromiso. - dijo Balduino sentándose para comenzar con todo el papeleo que tenía retrasado.
- Bien, mañana mismo saldré a primera hora para allí. ¿Necesita algo más? - preguntó Tiberias.
- No, por ahora nada más. Y esperemos que así siga siendo. Temo que esto salga mal. - dijo Balduino.
- Todo saldrá bien, mi señor. - dijo Tiberias.
-Eso espero. No deseo condenar a nadie por estar casada conmigo. - dijo Balduino.
- No lo hará. Usted es mucho más que su enfermedad. - dijo Tiberias.
- Lo sé, pero es lo que más afecta y lo que la condenaría. - dijo Balduino con cierta tristeza. Era lo que a él le había condenado en vida.
Mientras, Balduino y Tiberias seguían adelantando trabajo, Nathan enviaba con urgencia una misiva a su amigo.
"Lord Jean,
La reunión ha salido como esperábamos. El Rey ha aceptado casarse para recibir tropas. Le expliqué "vuestra situación ". Lord Tiberias, conde de Trípoli, irá a vuestra casa para preguntaros.
El plan sigue su curso.
Ya queda todo en vuestra mano,
Nathan."
La nota fue enviada lo más rápido a Belinas, pues Nathan sabía que seguramente el Rey enviaría a alguien lo más pronto posible, así que lo mejor de todo es que saliera cuanto antes.
La misiva llegó bastante rápido, y en cuanto fue entregada a Lord Jean, un hombre de unos 45 años, pelo castaño cobrizo con ojos azules piel pálida y aún bastante bien conservado para la edad que tenía, la abrió con la mayor rapidez posible. La leyó con avidez y sonrió. El plan que había estado construyendo con su mujer y que su amigo Nathan había decidido ayudar, comenzaba a dar sus frutos.
Se dirigió al pequeño jardín privado en el cual sabía que su mujer estaría y se dirigió hacia ella en cuanto la vio.
- Querida Adrienne. Hemos tenido suerte, el plan ha comenzado.
- ¿Han aceptado que el rey se case? - preguntó la mujer volteandose hacia su marido. Era una mujer muy hermosa. Tenía unos 33 años, aún considerada joven o relativamente joven. Tenía un rostro angelical, un pelo rubio muy hermoso y unos ojos verdes muy expresivos. Aunque siempre se mostraba muy sonriente y servicial, era una mujer extremadamente manipuladora.
- Si, han aceptado que se case. Me dijo Nathan que han decidido enviar a alguien para hablar con nosotros, es Lord Tiberias. - dijo Jean
- Ese hombre es peligroso. Es la mano derecha del Rey y nada se le escapa. Por eso el Rey confía tanto en él. - dijo Adrienne.
- Por eso debemos prepararnos. Prepara las cosas sin que parezca que estábamos esperando a alguien. Luego ya prepararemos todo para saber qué decir o hacer. - dijo Jean.
- Ahora mismo. - dijo Adrienne levantándose para preparar todo. - Esto debe salir bien. Debemos ser muy inteligentes.
Dicho esto, se dirigió dentro del castillo, donde comenzó a ordenar a los sirvientes para que tuvieran todo preparado, pero obviamente sin que esto pareciera premeditado. No quería que Tiberias pensase que lo estaban esperando. Aún más cuando no habían recibido misiva del Palacio y por lo tanto sería una visita sorpresa. Todo debía ir de la manera más adecuada.
Después de dejar todo bien preparado con las normas adecuadas a la servidumbre, el matrimonio se reunió para llegar a un consenso de lo que iban a comentar. Deseaban decir lo mismo y que Tiberias no pensase que mentían
Sabían que era un hombre bastante inteligente y que era difícil engañarle así que debían hacerlo de manera bastante excepcional, si querían que su hija se casase con el Rey. La que más deseaba casar a su hija Jade con el Rey era Adrianne, pues para ella era una manera de elevar a su familia en el estricto escalafón social.
Ella deseaba con todas sus fuerzas ser la suegra del Rey. Sabía que él no viviría demasiado y que seguramente su hija no podría tener hijos con él, pero esperaba que viviera lo suficiente para ellos poder tomar algo más de poder y control en dicho Reino. Ser los últimos en llegar cuando la mayoría ya eran hijos, nietos o bisnietos de los cruzados anteriores, era algo que los dejaba en desventaja. No era descendientes de ninguno de los cruzados, habían venido hacía unos años por ser su marido el segundo hijo. Tuvieron suerte de que les habían dejado casarse pero no tenían ni propiedades ni títulos por aquel entonces. La única manera de medrar era venir al Reino de Jerusalén. Tras grandes esfuerzos, pedir dinero a judíos y a los templarios, lograron llegar al Reino y hacerse con el señorío de Belinas e ir enriqueciéndose con dicho señorío al igual que ir pagando sus deudas. Indudablemente, las ganancias les permitían proteger sus tierras de sarracenos y otros atacantes y habían sido lo suficientemente inteligentes para tener una buena cantidad de soldados a sus órdenes. Esto hizo que pudieran verse en la situación de poder y de esta manera ahora el rey debiera hablar con ellos y posiblemente pedir la mano de su hija.
Tenían que ser inteligentes y no dejarse llevar. Esperaba que lo que había dicho Lord Nathan fuera verdad y Tiberias llegase lo antes posible para el futuro matrimonio de su hija con el Rey.
Lo que no sabían, es que al día siguiente de enviarse la nota, Tiberias salía de Palacio para dirigirse a su hogar y hablar de la posibilidad de casar a su hija con el rey y saber si realmente lo que habían dicho era cierto o no. Tiberias tenía clara su misión y no la iba a dejar pasar. Esperaba al menos conseguir algo de información y saber si era la doncella adecuada para casarse con el Rey. Lo que no sabía es que habían entrado en el juego y en la trampa de los señores de Belinas.