Prólogo
Caía tanta nieve que el excursionista no podía ver más allá de sus
pies. En su vida jamas había pasado semejante frío, lo cual no decía mucho de su carísimo equipo de primera calidad ni de los innumerables viajes de esquí que había disfrutado desde que era un niño. Aquellas experiencias le habían hecho creer que era un duro montañero capaz de enfrentarse a las inclemencias del tiempo.
Pero era demasiado tarde para darse cuenta de lo imprudente que había sido, reconoció con tristeza. Enterarse de la enfermedad de su hermano Alessandro le había dejado algo desorientado, y su petición de que se fuera a vivir su propia vida mientras él estaba convaleciente casi le había hecho perder la cabeza. No era impulsivo ni un inconsciente, pero había sentido la necesidad de estar solo para aceptar tanto el diagnóstico de Alessandro como sus deseos. En medio de aquel torbellino de dolor que lo envolvía, había decidido dejar a un lado todo lo que hasta ahora había tenido que ver con su mundo: los guardaespaldas, los alojamientos de cinco estrellas y los jets privados.
Lo cierto era que detestaba ese estilo de vida, por más que la mayoría de la gente lo deseara. No se le había ocurrido que ir a contracorriente de los demás podría ponerle en peligro. Por otro lado, su excesiva confianza en sí mismo le hacía creer que nada malo le podía pasar. Y lo peor de todo era que no había llevado consigo el teléfono, pensado que, de ese modo, estaría más tranquilo.
Al fin y al cabo, solo tenía veintisiete años.
¿Hasta qué punto habían sido maduras sus decisiones?
Ahora estaba perdido y que probablemente moriría congelado, reconocía que había pecado de inocente pensando que tenía todo bajo control. Sus razonamientos confusos y autocríticos iban a la deriva, se hacían borrosos, y sus pasos ya no eran tan seguros en aquella pesada nieve.
Hipotermia, adivinó abstraído, agarrando su mochila, que parecía volverse más pesada a cada segundo. Con un movimiento brusco, se deshizo de ella, sintiéndose mucho más ligero y libre. Avanzó unos metros más y se sorprendió al ver unas luces de colores por entre la nieve que caía.
Parecía una guirnalda envolviendo un pequeño árbol navideño. Era una visión extraña, teniendo en cuenta que estaba al borde de la muerte.
Avanzó un poco más y logró ver una casita con un vallado ladera abajo. No le gustaba la Navidad, se dijo a sí mismo. De hecho, nunca había disfrutado de ella, pero ver aquella señal de civilización a lo lejos le supo a gloria. Llevado por la emoción, descendió la empinada cuesta sin atender a los peligros del terreno y se resbaló en una placa de hielo.
Al caer, se golpeó la cabeza con una roca y perdió el conocimiento.