1. ¿Por qué estás asustado? (Raquel)
Ploc, ploc, ploc.
El goteo del grifo del baño me está poniendo nerviosa. Mi hermano Abraham acaba de irse y se ha llevado las últimas pertenencias de Hamza con él. Sí, yo misma se lo pedí y ahora siento que estoy colgando de un hilo de cordura porque esto lo hace más vívido. Es como si el hecho de que Abraham se lo llevara hiciera más real el hecho de que no estamos juntos.
Porque no lo estamos.
A veces, busco motivos para odiarle para poder hacerme este proceso de ruptura un poco más fácil y, sinceramente, me cuesta encontrarlos. Lo que me sentó más mal fue el que me dijera que sí, que intentaría abrirse conmigo cuando no tenía ningún tipo de intención de hacerlo. Él mismo lo confesó el día que me dejó.
Sí, porque me dejó.
Resoplo mientras me trago las lágrimas que se estaban agrupando en mis ojos, porque no quiero llorar más.
Limpio incansablemente e intento poner todo en su sitio con la mayor rapidez posible porque no quiero tener todo por medio cuando traiga al perro luego. El piso en sí no es muy grande, pero como estoy sola porque Rox decidió quedarse con Eric e Ikhram está indecisa sobre su futuro, tampoco es que necesite mucho espacio.
No es que quedarme en casa de Hugo me supusiera un problema, de hecho, él quería que me quedara, pero necesito mi propio espacio.
Además, que ahora podría tener mi perrito, un deseo que he tenido por años desde que tengo memoria.
Doblo las cajas de cartón para reutilizarlas y las pongo encima del armario, me pongo una chaqueta fina y me voy.
No tengo ninguna idea prefijada sobre qué tipo de perro llevarme, me gustan todos en general. Tardo unos quince minutos en llegar a la perrera, aparco y ya me saludan miles de ladridos.
—Bueno, esto es un gran recibimiento. —me rio.
La voluntaria de la perrera, que me conoce desde hace años, me espera en la puerta con una sonrisa en la boca.
—¡Ha llegado tu día, chica!
Doy saltitos con emoción mientras voy hacia ella porque sí, ha llegado mi día.
Dios, llevo soñando con este momento tantos años…
—Tengo unos cuantos candidatos para ti, querida.
¿Candidatos para mí?
—Bueno, vamos a verlos. —estoy muy impaciente.
Cuando entramos en el recinto tengo que aguantarme las ganas de llorar de nuevo, porque a pesar de que todos los perros son adorables, hay muchos y que me jodan si eso no es un reflejo de que somos una sociedad de mierda.
—Mira, yo había pensado en este de aquí. —la chica me señala una jaula con un perrito pequeño—Es muy dócil y tú me dijiste que tienes sobrinos pequeños, ¿no?
—Sí, cuatro y pronto cinco.
Ella me sonríe.
—Pues este es ideal, es muy cariñoso.
Me quedo mirando las jaulas de alrededor porque… me siento fatal. ¿Cómo puedo decidir la vida de qué perro cambiar?
Joder, llevarme solo uno…¿Y el resto qué?
Tengo un nudo en la garganta y desvío la mirada hacia los lados para evitar que caigan las lágrimas. Es cuando me fijo en una jaula en especial, porque hay un perrito tapado con una mantita que me mira con aterrorizado.
—¿Quién es este?
Lo pregunto mientras ya me estoy moviendo a la jaula.
—Oh, ¿este?
—Sí, ¿Por qué tiene tanto miedo?
Ella abre la jaula, pero el perro no sale, sino que se hace más bolita, como protegiéndose de mí.
—Bueno, es un podenco, por norma ya son asustadizos, pero este siempre está muy asustado.
¿Por qué estás asustado, cariño?
—¿Es agresivo? ¿Muerde? —pregunto sin dejarla contestar.
Ella parpadea rápidamente, asimilando mis preguntas.
—No, claro que no. Pero…
—¿Pero qué?
Ella cambia su mirada a una de tristeza que puedo sentir hasta las profundidades de mi alma.
—Está enfermo, Raquel.
—¿Cómo de enfermo? —se me estrangula la voz al preguntarlo.
—Leishmaniosis.
—Pero, ¿se puede curar?
—No. —suspira— La leishmaniosis no se cura, se sobrelleva con un tratamiento y el perro puede llegar a tener cierta calidad de vida.
¿Y la poca calidad de vida la tiene que pasar en una jaula?
Me niego.
—Me lo llevo.
Alza las manos, frenándome.
—Espera, Raquel, es tu primera experiencia con un perro, si se te muere…
Me erizo, con pánico.
—¡No digas eso! —me quejo.
—Vale, solo quería decirte que me sabría muy mal que se muriera el perro y ya no quisieras tener nunca más otro por la mala experiencia.
No quiero oírla decir esas cosas negativas, sé a lo que me arriesgo al adoptar un perro enfermo, pero a pesar de eso, me lo quiero llevar porque me niego a que un animal enfermo y asustado pase la vida que le quede en una jaula.
—Me lo llevo. —repito.
Mientras ella rellena el papeleo, intento hacerlo salir de la jaula, pero el perro se va más hacia el fondo, dificultando así que lo pueda coger.
—Oye, mira, si sales de ahí te compraré un montón de chuches de perro y nos iremos a dar un paseo. ¿Qué me dices?
El perro me mira con sus ojos de corderito por el pequeño espacio que hay entre él y la manta.
—Te lo prometo. —hablo como si me entendiese— Tengo muchos sobrinos y estoy segura de que les encantarás y querrán jugar contigo.
Me mira y se acerca un poco, bueno, al menos un morro alargado de color canela se aproxima a mí. Extiendo la mano y dejo que me huela y me hace reír porque noto humedad de su hocico en el dorso de mi mano.
—Yo creo que tú y yo podemos tener feeling, ¿qué te parece?
—¿No sale? —pregunta la voluntaria
Niego con la cabeza mientras hago un puchero.
Con una maestría digna de envidiar, la chica viene con una salchicha de frankfurt y la pone delante de la jaula. Con miedo, el perro asoma más su morro moviendo su hocico, oliéndola. Eso parece que le hace entrar valor, porque, aunque sale encogido, sale, y la voluntaria puede ponerle el collar mientras él come.
Aunque es muy alto, el perro es muy delgado y podré manejarlo.
—Hola, tú… —le acaricio el lomo y se sobresalta.
—¿Cómo lo vas a llamar?
Oh, tengo muy claro cómo lo haré para ponerle nombre.
—Esa decisión no me toca a mí. —sonrío mirando al perro— Mis sobrinos lo harán.
Acabo de rellenar el papeleo, firmo todos los papeles y le pido a la chica que me recomiende un veterinario para que le visite. El perro me lo pone un poco difícil para subir al coche porque parece que no le gusta la idea, pero consigo persuadirle.
Subo al coche y hago todas las gestiones que puedo hacer un sábado, como ir a comprarle una camita al perro, juguetes, boles para agua y comida, comida de perro y las chuches que le prometí. Total, que llegamos a casa casi a las tres de la tarde.
Como es un poco tarde, termino pidiéndome una pizza vegana para comer. Cuando me la estoy comiendo, el perro me mira encogido en una esquina.
—Oye, ¿eres un chico de bordes? —susurro para no asustarle— A mí no me gustan.
Tiendo la mano con un borde de pizza, pero no se mueve, así que lo dejo en el suelo y entonces el animal avanza hacia mí con el rabo entre las piernas y tembloroso.
—Bien, al final verás que no tienes que tener miedo de mí.
Bueno, si eres igual que cierto hombre que conozco, lo mismo sí que arrastras el miedo hasta tu último aliento.
Sacudo la cabeza para no pensar más él y dejo otro borde en el suelo.
El truco funciona porque el perro viene de nuevo, pero coge el borde y se va corriendo hacia su esquina favorita.
Mientras termino de comer, pido hora en un veterinario que me han recomendado y sigo dejándole bordes de pizza por el suelo de la cocina. Como he estado en la perrera, tengo la manía de que el pelo me ha cogido olor, así que decido darme una ducha.
Antes de irme hacia el cuarto de baño, miro el perro que ahora se está lamiendo una pata.
—No me la líes, ¿vale?
Entro en el cuarto de baño pensando que me gustaría tener una cámara para poder ver qué hace cuando nadie le está mirando, pero…tengo que darle un voto de confianza, ¿no?
Voy a coger mi teléfono para ponerme música clásica mientras me ducho, cuando me doy cuenta de que tengo unos cuantos WhatsApp.
Mierda.
HAMZA 15.46: Tu hermano me ha traído la caja, ¿podemos hablar?
HAMZA 15.47: Tú también tienes cosas aquí.
Y allí se quedarán, porque no voy a ir a buscarlas.
El teléfono me vibra en las manos.
HAMZA 15.49: Si me dices dónde vives, te las llevo.
Niego con la cabeza para mí misma y me siento en el inodoro un momento porque, aunque me lo quiera negar a mí misma, mis sentimientos por él me causan dolor.
Desquerer, ¿cómo se hace eso? ¿Se puede aprender?, me pregunto con un suspiro que me sale con el aliento entre cordado porque realmente quiero llorar.
Pero no lo haré.
No quiero hablar con él, hoy estaba teniendo un buen día y no quiero que arruinarlo, de modo que paso a la siguiente conversación.
ROX 14.21: Os voy a contar un secreto de la vida por el que vais a estar siempre en deuda conmigo: No viváis nunca con un tío.
IKHRAM 14.25: ¿Por qué? ¿Qué ha hecho esta vez?🙄
Eric y Rox, madre mía, menudo par.
ALBA 14.27: Yo vivo con Hugo y no tengo quejas.
ROX 14.29: Tu marido es como los ositos polares, están en peligro de extinción.
MARTA 14.31: Yo con Marc estoy bien.
ROX 14.33: ¿Y por qué el desordenado me ha tocado a mí? ¡Solo tenéis suerte vosotras! ¡Perras!
IKHRAM 14.35: Mi hermano es ordenado.
Eso me duele lo mismo que debe doler una puñalada, porque sí, Hamza es ordenado. Mucho más que yo.
Se me escapa un sollozo, pero no contesto ningún mensaje, si no que me concentro en respirar dentro y fuera, dentro y fuera. Me asomo al pasillo y le veo todavía en la esquina de enfrente de la cocina, así que le hago una foto y la mando al grupo.
RAQUEL 15.55: Pues yo ahora vivo con este chico.
Empiezan a llegar corazones a la conversación, sin embargo, en lugar de contestarles, salgo de WhatsApp, entro a Spotify, selecciono Bach y me meto en la ducha.
Voy al veterinario, me explican y enseñan todo lo que tengo que hacer con el perro y su medicación y me quedo más tranquila porque me dicen que puede hacer una vida bastante normal.
Llegamos a casa, pongo unas verduras al vapor a hervir mientras me pongo cómoda y veo que el perro vuelve a su esquina.
Es un tanto terco.
—A ver —murmuro ya en pijama agachándome delante de él—, sé que no eras el candidato para mí, pero…te vi y me enamoré. Sé que tienes tus miedos y estas cosas, podemos trabajar en ello, ¿vale? —le toco el morro y se encoge con miedo— ¿sabes? Al final, lo único que espero es ser yo la candidata perfecta para ti.
Con esas palabras mimosas y mi voz baja, le voy tocando hasta que se relaja un poco. Como mis verduras al vapor, le dejo un trozo de zanahoria en el suelo, él viene, la huele, pero no le convence. La zanahoria no le ha hecho gracia, aunque podría considerarlo una victoria, porque se queda sentado en la cocina en lugar de irse a su esquina.
¡Ajá!
Un rato más tarde, estoy espachurrada en el sofá y el perro se ha tumbado en su cama en el suelo. Me molesta llamarle perro, se merece algo mejor, así que abro el WhatsApp y creo un grupo nuevo para mis hermanos.
RAQUEL 22.16: Hola… ¿me dejáis a vuestros hijos mañana?
ABRAHAM 22.18: Claro, ¿ya tienes a tu perrito?
Mando una foto al grupo que acabo de crear.
HUGO 22.20: Ese perro es muy grande, ¿muerde? No sé si a Genís le gustará.
Hugo, el dramas.
RAQUEL 22.21: Es muy dócil y no muerde.
ABRAHAM 22.25: Hugo, es muy bueno que los críos interactúen con animales.
Gracias, Abraham.
Si fuera por mi hermano Hugo, sus hijos y su mujer estarían bajo custodia para que no pudiera afectarles nada.
HUGO 22.28: Si tú lo dices… Pero, en mi casa, en mi jardín, quiero ver qué pasa.
Claro, don Papá Protector.
Le mando un ok, cierro los ojos y noto cómo el cansancio entra en mí. Me estoy quedando frita cuando escucho un sonoro suspiro que proviene del perro, que se está acomodando y, por lo que parece, está muy a gusto. Eso me hace sacar una sonrisa estando medio dormida.
Estoy ya en ese estado de semi consciencia cuando mi teléfono suena y vibra con un WhatsApp entrante. Mi intención es dejarlo y verlo mañana, pero lo mismo es algo importante. Tengo un hartón para desbloquearlo porque estoy muy dormida, pero finalmente lo consigo.
HAMZA 22.56: Te echo mucho de menos.
Todo lo que he estado reprimiendo a lo largo del día desde la visita de mi hermano se abre camino a través de mí. Con todas mis fuerzas, intento contener el sollozo, pero me gana el dolor y éste se abre paso en mi pecho. Emito una especie de ruido entre gemido, jadeo y sollozo que hace que el perro levante la cabeza, puedo verle a pesar de tener los ojos inundados de lágrimas.
Me giro en el sofá hasta que me quedo mirando el techo.
Dentro, fuera, dentro, fuera.
Juego con mi respiración con la intención de relajarme y aunque no funciona finjo que sí.
—Yo también, Hamza. —murmuro a la nada.
Sí, lo murmuro y, sí, me lo admito a mí misma, pero no pienso contestarle.









Raquel..... ❤️
Pobrecitos, lo están pasando mal 💔💔💔
ay! el perrito es una personificación de los miedos de Hamza, esito... qué nombre se les ocurrirá a estos niños.
Hugo siendo Hugo 🤭🤭🤭
quiero echar una miradita por el apartamento de Erik y ver esa convivencia con Rox