Capítulo Único
—Entonces, ¿quieres que patrulle el perímetro contigo?
—Perímetro. —Jongdae arrugó la nariz y empujó a su compañero, Rain—. Eso suena un poco militar, ¿no te parece? Me recuerda los días en que llevaba uniforme y no podía esperar a estar de permiso de nuevo. ¿Echas de menos los días del ejército, viejo?
—Te daré viejo a ti, mequetrefe. —Rain levantó su puño nervudo lleno de deformaciones. El hombre era duro como el cuero de los zapatos, y solo los dioses sabían lo viejo que era.
Jongdae estaba seguro de que, si no estuviera bromeando, él podría seguir adelante con la amenaza.
—Otro día —dijo Jongdae, evitando magullar el orgullo de Rain y haciendo las paces con dos palabras.
—Tu experiencia militar es buena para más de una cosa, y te diré algo de forma gratuita —dijo Rain después de que hubieran dado unos pasos más, mientras patrullaban en círculo alrededor del campamento de su gente situado en una cueva cercana.
—¿Qué sería eso?
—El ejército hace a un hombre duro, pero si él es un hombre sensato encontrará en casa todo lo más preciado, y hará de la seguridad de su pueblo la misión de su vida. —Rain asintió con brusquedad—. Eres el hombre adecuado para guiarnos a todos fuera de las ciudades, y estamos listos para acompañarte.
—¿Sabes? Yo pensé que ese eras tú. Todos ustedes solo se toparon conmigo.
—Eras nuestra única oportunidad, sin ti no habría habido ni oportunidad ni elección de ningún tipo. —Rain se encogió de hombros—. Las ciudades pronto habrán desaparecido, y no podemos solamente quedarnos aquí en las tierras vacías para mantener el mundo vivo.
—Eso es desalentador, abuelo —dijo Jongdae, utilizando el título como un gesto de respeto.
Por lo que Jongdae sabía, Rain no tenía ninguna familia de sangre. La mayoría de los demás tampoco, a excepción de unos cuantos bebés que llevaban en brazos.
—Esa, y ninguna otra, es la verdad. —Rain se detuvo y contempló el horizonte—. Hubo una vez un muchacho, hace un año o así antes de conocerte. Jongin, se llamaba. Se fue por el camino, quería ver más. —Rain esbozó la dirección del aire—. Hacia el mar. Dijo que volvería, y yo todavía creo que lo hará. Espero que sea feliz mientras tanto.
Jongdae observó a Rain con curiosidad. Nunca había oído hablar de nadie que se liberara exitosamente antes y podría tener la tentación de enfadarse porque esta información aún no había sido compartida, pero Rain hablaba a su propio ritmo.
— ¿Por qué no te fuiste con él? Estuviste lo suficientemente dispuesto a venir conmigo. —Y él estaba feliz de tener al viejo e inteligente hombre para ayudarlo a manejar a los colonos.
—Porque eras una segunda oportunidad, muchacho, y la primera oportunidad que tuve, fui demasiado estúpido para tomarla. ¡Hay! Esa es una lección de vida para ti. Ahora, me vuelvo a la calientita cueva. Aquí fuera hace demasiado frío para mis viejos huesos.
—Como si no pudieras correr kilómetro y medio cuesta arriba y seguir sonriendo.
—Bah. —Rain gesticuló hacia Jongdae—. Guarda el azúcar para una de las bellas elfas que nos acompañan, o uno de los elfos jóvenes y guapos —dijo con picardía—. Hay muchos que estarían felices de pasar el tiempo contigo.
Jongdae suspiró y se frotó la parte posterior de su cuello. —Todavía no.
—¿Cuándo, entonces?
—¡Cuando llegue el momento, viejo entrometido! —Deliberadamente señaló a Rain con un puño de forma juguetona—. ¿No estabas diciendo algo acerca de irte a la cueva caliente?
Rain le dio un codazo y unas palmaditas en el hombro, luego se marchó. Jongdae lo miró alejarse hasta estar seguro de que el anciano estaba a salvo, a pesar de su dureza, antes de cambiar su enfoque.
Miró a la puesta de sol de invierno en el horizonte, su luz se reflejaba en la nieve caída, hasta el momento de sólo cinco centímetros de profundidad.
Habían tenido un buen día cálido, uno de los últimos del año si acertaba, y la mayoría de la nieve se había derretido de los hermosos y peculiares árboles retorcidos que crecían en los montículos y picos.
«¡Hah, eso es raro!»
Jongdae puso la mano sobre los ojos y se esforzó por ver más allá de la puesta de sol. Pensó que podría había visto algo donde no debería haber nada, algo que se movía en lo profundo de los árboles donde éstos crecían tan densamente entre las colinas y los montículos que casi podían ser llamados bosque.
Podría no ser nada... o podría ser un inminente peligro.
Jongdae se tomaba en serio la tarea de mantener seguros a sus hombres y mujeres de la frontera. Habían viajado miles de kilómetros, aunque a juicio de algunos no era lo suficientemente lejos, para encontrar un buen lugar seguro. Sin saqueos, ni pandillas, sin escasez de alimentos si sabías dónde mirar, y un lugar caliente y hogareño donde refugiarse de las nieves, calores y humedad.
Lo único que faltaba eran los dragones que bajaran en picado haciendo extraños y hermosos arcos a través de los cielos. Jongdae los echaba de menos, aunque él nunca lo diría.
Sospechaba que muchos del grupo que lideraba aún les tenían miedo, a pesar de que tenían el buen sentido de no confiar en cuentos chinos.
¿Los dragones eran chinos?....¿verdad?
De todos modos, realmente lamentaba no poder conseguir una buena mirada de una de las bellezas voladoras que brillaban y rivalizaban con el sol.
¿Asustaban? Los enormes del tamaño de barcos gigantes. Sin duda. Pero también habían pequeños esos eran hermosos, y cada vez Jongdae había divisado uno se había parado para verlo elevarse por encima de él, conteniendo su respiración en admirada fascinación.
Allí la gente tendía a mirarlo extrañamente cuando hablaba de ello, y como él tenía en sus manos el bienestar de los hombres, mujeres, niños, familias y huérfanos, de todos, por los que vigilar el horizonte, se guardó su extraño interés por los dragones para sus adentros.
Si tan sólo pudieran ver la belleza por sí mismos...
Y luego estaban las historias de cómo los dragones y los hombres se apareaban.
La más popular es la historia del poderoso Chanyeol Park.
El compañero de Baekhyun el pequeño príncipe de las Montañas azules, un hombre fuerte.
En su forma de Dragón con escamas negras como la noche y de un poderoso fuego Azul.
Si miras sus ojos dorados veras solo una cosa: El amor por su pareja
Inmortal poderoso y un fuerte Guerrero Dragón, ganó respeto de parte de los Lores de Xandria hace setecientos cincuenta años.
Juntos para siempre volando en las noches de Luna...Juntos.
Qué hermoso debería ser...
Jongdae no había tenido un amante durante mucho tiempo, y sólo en los últimos tiempos se había dado cuenta que era porque cuando miraba al cielo y veía a los dragones volando en patrones intrincados, ansiaba a uno de ellos, no a ningún otro.
Si tan sólo, si sólo...
Ah, bueno. Sueños, sueños y sueños. Esos no llenaban las ollas, y Jongdae recordó que como tenía una o dos trampas para conejos ahí abajo, bien podía comprobarlas mientras estaba de patrulla. Él juntó las manos, los dedos fríos incluso en sus gruesos guantes, y se frotó las manos para calentarlas.
«Si se trata de comida, vendrá a mi casa, y si es otra cosa, bueno, entonces me preocuparé de eso.»
Hasta el momento no había visto a ningún depredador. No estaba del todo seguro que hubieran dejado esta parte del mundo, pero por si acaso tenía un buen cuchillo de acero inoxidable metido en el cinturón.
Jongdae tarareaba para sí mismo mientras caminaba, sus botas de junco hechas a mano y rellenas de hierba para mantener sus pies calientes crujían sobre la nieve profunda. Él asintió al ritmo de una melodía que uno de sus músicos había tocado y que no podía quitarse de su cabeza, una balada de amor, si recordaba bien.
¡Dioses, era bueno escuchar música de nuevo! Nadie tacaba en las ciudades devastadas por la guerra.
Acababa de empezar a silbar la melodía en voz baja cuando se abrió camino a través de la línea de árboles y miró al valle poco profundo en el que había puesto su mejor trampa, para quedarse congelado y detenerse en seco, mirando lo que había atrapado.
Lo que había capturado le devolvió la mirada, sus ojos de obsidiana oscuros del tamaño de unos platillos en su orgulloso, fino y hermoso rostro. Su cuerpecito largo y sinuoso acurrucado sobre sí mismo, su colita envuelta defensivamente alrededor de su hocico.
Jongdae habría pensado que estaba durmiendo o cazando si no fuera por la anomalía de una patita trasera sorprendentemente delicada atrapada en su trampa por el tobillo.
Una salamandra.....
Un dragón.
Señores de la misericordia y santos, sed testigos.
Había ido y atrapado un dragón en su trampa para conejos.
Jongdae parpadeó. El dragóncito no lo hizo. Apretó más su cola alrededor de su hocico hasta que sólo sus grandes ojos negros fueron visibles. Un estremecimiento recorrió la longitud de su magnífico cuerpo, sus escamas ondulando suavemente hasta que el movimiento alcanzó su tobillo atrapado. Entonces, siseo, el vapor encrespando la nieve.
Eso sacó a Jongdae de su aturdida inmovilidad.
Independientemente de lo que esa criatura podía ser, estaba herida, y él había sido el causante del daño con su trampa.
Necesitaba ayuda, y ayudar a los demás era la elección que Jongdae había hecho en la vida.
—No voy a hacerte daño —dijo, levantando sus manos con las palmas hacia fuera y dando un cuidadoso y suave paso adelante—. Prometo por mi alma que no te causaré ningún dolor que no sea necesario.
El dragón silbó por segunda vez, sus escamas repiqueteando. No confiaba en él, y francamente Jongdae no podía culparlo ni un poco. Suponía que iba a averiguar de una vez por todas si los dragones realmente se comían a las personas.
Pero no había vuelta atrás. —Todo lo que voy a hacer es abrir la trampa —dijo mientras se movía inclinándose hacia un lado a lo largo del cuerpo del dragóncito. Él señaló el mecanismo de desbloqueo—. Una vez que la trampa esté abierta, podrás volar y serás libre. Te doy mi palabra.
El dragóncito rugió, casi un gruñido. Jongdae supuso que significaba que no le creía más de lo que confiaba en él.
Jongdae mantuvo su respiración, su ritmo calmante, incluso tarareando suavemente por lo bajo. Las canciones funcionaban con los niños asustados, y él había visto a cazadores atraer a sus presas calmándolas de esa forma. La música parecía estar haciendo su trabajo bastante bien.
Llegó a la extremidad atrapada sin que ocurriera nada peor que el dragóncito mirándolo como si deseara hacerle un agujero a través de la piel.
Cuando llegó al tobillo atrapado del dragóncito, Jongdae hizo una mueca. El daño era mucho peor de lo que había pensado en un primer momento, casi como si el dragóncito hubiera intentado morderse para liberarlo. Sin embargo no había alteraciones en la nieve más reciente de la última nevada. Eso desconcertó a Jongdae.
¿El dragón había decidido acostarse y morir?
No en su precensia.
Jongdae se preparó para un golpe en la cabeza de la poderosa cola del dragón, o las garras en su cuello, y trató de acariciar su lado agitado para tranquilizarlo aún más.
—Voy a ser lo más suave que pueda —dijo, sorprendido por la suavidad de las escamas del dragóncito y por su aterciopelado y cálido tacto, como el toque de la luz del sol.
A pesar de que no podría decirlo, sospechaba que si la noble bestia no estuviera en ese apuro su color naranja opaco sería realmente de un rojo fuego y oro.
El dragóncito se movió y se relajó, sorprendiendo a Jongdae. Lo intentó de nuevo, acariciando el flanco del dragón y cantando una tontería, en realidad no quería parar.
Tocar un dragón era como ninguna otra cosa en el mundo. Adictivo. Pasó la mano sobre su cadera una vez más, prometiéndose a sí mismo que enseguida volvería a lo que los ocupaba.
Con un resoplido y un siseo, el dragóncito se desvaneció. Y en su lugar... apareció una niña desnuda. Una chica joven con el pelo largo y tan negro que brillaba como el azul, su piel tan blanca como la nieve y sus músculos delgados y ondulantes como el dragón que era.
Jongdae retiró su mano y casi cayó de golpe sobre su culo por la sorpresa.
La dragóna miró Jongdae, dejando al descubierto sus… sus… dientes.
—Lo siento —dijo Jongdae, aclarándose la garganta—. Perdóname, no quería ofenderte. —Él no tenía ni idea de qué más decir, demasiado estupefacto por la belleza de la chica como para que su mente funcionase correctamente.
La chica desnuda le chasqueó y sacudió la cabeza, señalando con la barbilla en la dirección de su tobillo atrapado.
Jongdae tuvo la extraña sensación de que estaba avergonzada por cambiar de forma. ¿Por qué?
Ella no tenía nada de qué avergonzarse en una u otra forma, quienquiera que fuera, y ella era más que definitivamente hermosa, sus miembros largos, flexibles y fuertes, sus hombros amplios, sus pechos pequeños y su cintura delgada, sus caderas estrechas, y su…
«Oh»
Jongdae tosió y se aclaró la garganta.
Era un él en todo caso....
Sí, Bueno no importaba...
«Ha pasado mucho, mucho tiempo» dijo para sí mismo.
Dioses, podría contar los meses de su largo período de sequía con ambas manos y las manos de otros. Tenía demasiado que hacer como para preocuparse por dormir solo, ¿verdad?
Con cuidado, tan cuidadoso como podía serlo, Jongdae desenredó la cerradura que bloqueaba la trampa. Él era un maestro haciendo nudos, un ser humano sería capaz de entender la complejidad, pero no si era presa del pánico, y además eso iba mucho más allá de lo que las garras de un dragón eran capaces de hacer.
Cuando soltó el nudo y abrió la trampa la lanzó a distancia y se sentó rápidamente sobre sus talones. —Ya está. Eres libre.
El chico miró a Jongdae, como si no lo creyera ni por un segundo, y movió la pierna. Hizo una mueca, su cara se tensó, y parpadeó cuando descubrió que podía mover todo su cuerpo. Y cuando se movió, fue casi tan rápido como un rayo, su equilibrio inestable, pero tercamente independiente cuando se puso sobre sus dos pies.
Jongdae se debatía entre mirar el orgulloso y hermoso rostro del chico/chica y las ganas de atender sus heridas. El daño no era tan malo en su forma humana, pero la piel estaba todavía en carne viva y se dio cuenta que necesitaba ser atendido.
—¿Me dejas… —comenzó.
El dragón cambió de nuevo de forma tan rápido que Jongdae ni lo vio, en un segundo, un humano, al segundo siguiente un dragón de escamas carmesíes, y, en el siguiente parpadeo de un ojo, había volado tan seguro como una flecha.
—Esa es la respuesta —dijo Jongdae, aún de rodillas en la nieve, aturdido por el asombro. Dijo lo que había estado en su mente de todos modos, aunque sólo fuera para liberar la carga—. Yo te habría pedido que vinieras a mi casa. Te habría atendido si me lo hubieras permitido. Eres... hermoso. Maravilloso. Quiero conocerte, Dragón.—Se puso de pie y se sacudió la nieve, dando una última mirada nostálgica hacia donde el dragón había volado. —Si alguna vez quieres volver —gritó—, serás bienvenido. Lo prometo.
Jongdae esperaba que el dragóncito lo hubiera oído. Pero, ¿quién podía saberlo salvo el propio dragón?
─── ・ 。゚☆: *.☽ .* :☆゚. ───
Minseok se acostó con su vientre sobre la nieve, su hocico protegido por su cola y mantuvo su fuego tan bajo como podía para disfrazarse en la noche.
Inclinó la cabeza y miró desconcertado a la baja cueva que desaparecía en la colina detrás de él. Una luz ámbar y naranja se filtraba por las rendijas de una puerta bien hecha y hábilmente instalada en la roca, junto con el olor a humo de un fuego de hierba.
¿Los humanos construían sus casas en el interior de las rocas?
Minseok nunca había visto una cosa así, y tampoco había oído nunca hablar de ello. Los seres humanos, elfos y troles que había visto en las ciudades o luchando lejos de ellas, se apiñaban juntos en desmoronados edificios de acero entre cristales rotos.
Los humanos eran debiles, pálidos, y estaban medio locos por el miedo o la ira, y dispuestos a pasar a sus seres queridos bajo el filo de la cuchilla por media hogaza de pan duro.
Había tenido que patrullar demasiado las ciudades y había sido testigo de tanta miseria que le había hecho mella.
Había recibido demasiadas heridas de batalla, y había perdido la voz de su dragón en el camino. Lo único que quería ahora era paz y tranquilidad, y por los señores Dragón que se había cabreado mucho al encontrar esa extensión de espacio vacío poblada. Si no hubiera sido atrapado en la trampa inmediatamente, habría volado.
Pero ahora los observaba...
Esos humanos eran tan diferentes a los que había visto morir por el hambre y la guerra en las ciudades que bien podrían haber sido de otra especie de humanos, y Minseok no estaba demasiado seguro de que no lo fueran, no eran verdes, o grises como lo troles, no tenía orejas puntiagudas como los odiosos Elfos...
Desde dónde se había metido a observar al acecho, lo veía todo, la única manera por la que el Sanador lo había visto antes era por su propia falta de cuidado.
Esas personas eran de mejillas rosadas y estaban bien alimentadas, a su juicio, su tallada delgadez era debida al trabajo duro en lugar de al hambre. Se sonreían unos a otros, intercambiaban bromas, se ofrecían una mano, e incluso cuando discutían, era con la alegría de los dragones cachorros.
Y, como un solo hombre, todos miraban al Sanador como a su comandante.
Minseok se movió un poco hacia adelante con la esperanza de echarle otra mirada al Sanador. Tan diferentes como eran esos seres humanos de los habitantes de la ciudad, el Sanador era muy diferente de los que él lideraba. Era más alto y más fuerte, sí, tan potente y ágil como un ciervo, pero había más que eso.
No importaba cuánto Minseok intentó ridiculizar la situación, no podía negar lo que había visto en los ojos del Sanador cuando el hombre se había arrodillado para liberarlo. Bondad, honestidad, reverencia, respeto, admiración. No miedo. Admiración. Y el toque de sus manos, tan suave y sensual...
Se estremeció, enojado y confundido por los latidos en su bajo vientre. Demasiado parecidos a la excitación para su gusto, no, exactamente como la excitación.
¿Qué dulce locura era eso?
Había historias, por supuesto, los dragones siempre contaban historias de dragones acoplándose con humanos machos o hembras, pero no eran más que ideas absurdas.
Fontos quienes se dejaban hechizar por humanos, aunque fueran fuertes en forma de Dragón...como Chanyeol el humano del príncipe Baekhyun...
Estupideces no todos eran leales, eran malos, crueles y viles.....
¿O no lo eran?
«¿Entonces por qué estás merodeando fuera de la casa del Sanador como un enamorado, esperando verlo una vez más?»
Minseok se gruñó a sí mismo. Él debía irse. Surcar los cielos y dejar ese lugar atrás, y encontrar un lugar deshabitado para lamerse sus heridas.
Debería, pero no lo hizo. No podía.
La puerta de la cueva se abrió, y el Sanador salió, su cálido aliento formando densos rizos de humo en el aire helado. Una nueva nevada se avecinaba, una fuerte, y sería pronto. Cerró la puerta tras de sí y se levantó, levantó la mirada y la fijó en el horizonte, con sus bien formados labios entreabiertos como si tuviera una esperanza anhelante.
Esperaba que él volviera. Minseok estaba seguro de ello.
Diciéndose a sí mismo que era sólo por el bien de tratar de entender lo que le estaba pasando, Minseok estudió al Sanador.
Alto como un roble joven, con el pelo largo del color de las hojas de otoño atado en una cola con un cordón de cuero que le colgaba por la espalda. Minseok no podía decidir si era un hombre guapo o no, su cara angulosa y afilada, sus ojos de un color avellana cálido, su piel suave, sus caderas estrechas y hombros amplios.
Minseok se sacudió con fastidio.
Así que.... encontraba atractivo al humano y anhelaba el alivio de la necesidad erótica que se agrupaba pesadamente en su ingle y no quería nada más que saciar su sed en el ser humano.
¿Y qué? Por regla general, Minseok no era un dragóncito que buscara compañía voluntariamente. Volaba solo. Siempre lo hizo y siempre lo haría. La vida era más fácil de esa manera, y él no tenía la habilidad de hacer amigos, no entre los dragones.
Nunca la había tenido. Dudaba que fuera diferente con los seres humanos.
El Sanador exhaló lentamente, su decepción clara cuando los cielos permanecieron vacíos. —Donde quiera que estés, espero que estés bien —dijo—. Y si alguna vez vuelves por aquí, eres bienvenido. —Sus mejillas se colorearon ligeramente de rosa—. En cualquier forma y de la manera que quieras. Si piensas en mí…—Se aclaró la garganta. —Bueno. Eso es un sueño loco, ¿no? Como si a un dragón le importaran dos pepinos un humano alto y desgarbado como yo.
Sacudiendo la cabeza, el Sanador se retiró, cerrando firmemente la puerta de la cueva detrás de él. Una oleada de música de violín y de una flauta dulce llenó el aire por un momento que fue demasiado breve, y luego se fue, como él.
El suspiro de Minseok derritió la nieve delante de él. Pateó el suelo empapado por debajo de las garras profundamente enganchadas. Los dragones no eran muy buenos mentirosos.
Esperaría un poco más, hasta que todos los seres humanos estuvieran dormidos, y vería si para entonces había cambiado de opinión sobre su deseo por el Sanador.
Y si no... Bueno, los dragones eran unos malos mentirosos, pero no se le ocurría nada más inteligente. Verían lo que verían, ¿no?
Oh, infiernos. ¿A quién trataba de engañar, de todos modos? Por supuesto que iría a satisfacer su curiosidad, tan pronto como el campamento durmiera.
Pero era solo por curiosidad nada más....
La búsqueda de respuestas a las preguntas era un instinto natural en un dragóncito.
Era, a menudo, lo que mejor sabían hacer.
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La mano que presionaba la boca de Jongdae lo despertó de su sueño poco profundo. Sus ojos se abrieron de golpe, pero mantuvo su cuerpo tan quieto como una estatua tallada, casi sin respirar.
«¿Qué?» «¿Quién?»
Los oscuros ojos que había fijado de forma permanente en su memoria aparecieron ante su vista por encima de él, junto con la carita blanca como la nieve que nunca podría olvidar.
El dragón, su dragón, había regresado en forma humana. Una forma humana muy, muy desnuda.
Se había apoyado sobre Jongdae aguantando todo su peso sobre un brazo desnudo y sobre sus rodillas. Sentado a horcajadas encima de él.
Jongdae trató de hacer la pregunta con la mirada. «¿Qué estás haciendo aquí?»
Su dragón sacudió la cabeza, advirtiéndole que se mantuviera en silencio. Con una mirada intensa e inquebrantable, él quitó lentamente su mano de la boca de Jongdae y apretó un dedo en sus labios.
Mensaje recibido.
Jongdae asintió lentamente, controlando cuidadosamente sus movimientos. Pero había mucho que quería preguntar, y lo más importante era: ‘¿Cómo rayos pasaste más allá de las cerraduras y bloqueos y llegaste hasta aquí?’
Es más, necesitaba saber por qué.
El dragóncito miró a Jongdae, sus labios apretados, evaluando sus huesos y alma profundamente. Ese tipo de intensidad haría que un hombre se orinara, o al menos Jongdae pensaba que normalmente ese sería el resultado.
En su caso, la media erección con la que a menudo tenía que dormir se había endurecido con una sacudida casi dolorosa, acostada plana y gruesa contra su cadera. Una húmeda gota de pre semen burbujeó de su hendidura y fue absorbida por los pantalones muy gastados.
«Huff.» Las fosas nasales de su dragón brillaron. Puso su dedo bajo la barbilla de Jongdae y le levantó la cabeza, girándolo en su dirección y estudiándolo. Luego, puso una expresión tan humana que Jongdae casi se olvidó del silencio y se rio en voz alta.
Su dragón rodó los ojos y sopló algunos mechones de su cabello de color ébano fuera de su frente.
El dragón le dio una mirada de advertencia. Jongdae lo intentó pero no pudo reprimir su sonrisa y asintió de nuevo.
El dragóncito sacudió la cabeza, moviendo los labios en silencio, si hubiera sido un ser humano o hubiera hecho algún ruido, Jongdae habría dicho que estaba murmurando, descontento, para sí mismo. Le disparó a Jongdae una mirada indescifrable y suspiró, luego bajó el peso de su cuerpo totalmente sobre Jongdae.
Jongdae se quedó inmóvil, su sonrisa desapareció. Durante medio segundo fue inundado por el miedo. No conocía al dragón pero habría apostado que para los seres humanos tener una erección tan dura no estaba en la lista de una conducta cortés.
Sin embargo, eso fue antes de que sintiera una dureza a juego que sobresalía de entre los pálidos muslos desnudos del dragóncito, empujándose contra su pecho.
Por el amor de Dios.
Su dragón lo miraba como calibrando su reacción antes de moverse de nuevo.
Reacio a hablar, Jongdae sacudió la cabeza, se humedeció los labios y levantó sus hombros lo mejor que pudo teniendo en cuenta que estaba acostado boca arriba, con la esperanza de señalar que no tenía idea de lo que iba a ocurrir a continuación.
Resopló.
Su dragón se acercó a su rostro, dibujando sus dedos sobre la nariz, la barbilla, la frente y las mejillas.
Algo que vio debió haberlo satisfecho, pensó Jongdae. De lo contrario no se habría meneado elegantemente como una serpiente por el cuerpo de Jongdae, arrancándole la manta y enterrando la cara en su dolorida ingle.
Jongdae mantuvo la boca cerrada, pero sólo gracias a un gran esfuerzo de voluntad y, para ser justos, porque el audaz movimiento del dragón le había sorprendido dejándolo casi sin habla.
Después de eso fue cuando su fuerza de voluntad recibió una paliza fuerte: El dragóncito trazó un camino acariciando alrededor de la palpitante polla de Jongdae, respirando profundamente su almizcle, incluso tirando hacia abajo de sus pantalones para estudiar con curiosidad el órgano en cuestión.
Cuando tocó con la punta de la lengua con curiosidad la cabeza oscura y probó su sabor, Jongdae tuvo que meterse el puño en la boca para mantenerse callado.
Su dragón se alejó, disparándole a Jongdae una mirada indescifrable mientras se pasaba la lengua por los labios, pensativo. Él abrió la boca como si estuviera a punto de decir algo. Jongdae contuvo la respiración, preguntándose qué sería y qué le respondería a cambio…
Y alguien, un hombre por el sonido, tosió ruidosamente antes de seguir con un ronquido sorprendentemente fuerte, y un ruido muy alto, recordándole a Jongdae, y a su dragóncito, que no estaban solos.
La piel de Jongdae se erizó por la vergüenza, pero aun peor, los ojos de su dragóncito se abrieron como platos y demasiados atractivos, y se desplomó hacia atrás, tan lejos de Jongdae como pudo. Jongdae no tuvo problemas para adivinar lo que su dragón debía estar pensando, que había sido una mala, mala idea.
—No, no, no —susurró, apenas más alto que un suspiro, tratando de alcanzar a su dragón, desesperado por convencerlo de que regresara—. No te vayas.
El dragón lo miró con recelo. Jongdae no sabía lo que estaba pensando esta vez, no era humano, aunque era demasiado fácil olvidar eso.
—Por favor. —Jongdae le hizo señas, con cautela, como lo haría con un conejo asustado—. Está bien. Todo el mundo está dormido menos nosotros.
El dragón sacudió la cabeza, lento e inseguro, y tiró de su oscuro pelo de ébano, que golpeó sobre su blanca piel. Hizo una mueca y se encogió de hombros, mirando fijamente a sus dedos.
Rápidamente, Jongdae lo entendió, mirando la fascinación desconcertada de su dragón con su erección y su evaluación atenta de las reacciones de Jongdae.
Nunca había hecho esto antes con un humano, y los dragones eran probablemente muy diferentes. Nadie quería confesar su inexperiencia, o por lo menos nadie que Jongdae conociera.
Pero sería condenado y maldito si paraba ahora. Ansiaba al dragón tanto como al pan, al aire, al agua y al fuego, lo necesitaba para sobrevivir a la siguiente hora. Su dragón lo quemaba como si sus propios fuegos impregnaran su carne.
Y así dejó que su mirada se oscureciese, y sus movimientos cambiaron de sorprendidos y torpes a lánguidos y depredadores.
El dragón parpadeó hacia él, inclinando la cabeza hacia un lado como un pequeño gatito.
Jongdae se llevó un dedo a los labios.
El dragóncito frunció el ceño pero asintió a su vez. Jongdae creyó realmente ver el signo de interrogación apareciendo por encima de su cabeza y tuvo que sofocar otra risita.
En su lugar, se movió, invirtiendo hábilmente sus posiciones. Él mantuvo su mirada fija en el dragón a la vez que este vigilaba qué otro movimiento haría. Empujó al dragón sobre su espalda colocándose entre sus muslos separados, clavándose entre ellos, con las palmas apoyadas en su ya desnuda piel pálida, tan suave y ricamente perfumada con su extraño almizcle, una mezcla de sexo y el olor del aire antes de una tormenta.
El dragóncito, su dragóncito, no protestó ni una vez, aunque lo miraba con la intensidad de una serpiente a punto de atacar. A Jongdae le encantó.
La excitación golpeó en sus entrañas, animándolo.
La fragancia de su dragón lo mareaba y drogaba, no se cansaba del aroma, y se entregó a la tentación de hacer lo que el dragón le había hecho, presionar su rostro contra el nido de rizos oscuros y respirar profundamente.
Su dragóncito abrió la boca casi sin hacer ruido y arqueó su espalda. La rígida longitud de su polla rozó la mejilla de Jongdae, dejando una franja húmeda a su paso.
Maliciosamente, Jongdae envolvió sus dedos alrededor de la base y lamió una línea hasta la cima. Los labios de su dragón se habían separado y sus ojitos estaban entreabiertos y brillaban mirándolo, brillaban y estaban oscurecidos al mismo tiempo.
La orden no podía haber sido más clara: ‘hazlo’.
Jongdae cerró los labios alrededor de la fragante, deliciosa y salada cabeza, lamiendo la polla de su dragón, mamando, y se deslizó hacia abajo hasta que rozó la parte superior de su propio puño.
Había pasado mucho tiempo desde que lo había hecho, pero en realidad era como montar en bicicleta. Una succión torpe, un tirón demasiado duro, y luego el ritmo correcto volvió a él.
Se negó a cerrar los ojos, a pesar de que su cuerpo clamaba por eso, porque no quería perderse ni un segundo de ver la reacción de su dragón.
Y oh, valió la pena el esfuerzo.
Su dragón cayó pesadamente sobre sus codos, su cuello arqueado y su cabeza echada hacia atrás, las hebras de su cabello de ébano cayendo libremente sobre su pequeño pecho inchado para moverse como ondas a medida que se humedecían por el sudor. Su pecho se agitaba, gritos silenciosos y gemidos surgían junto con las fuertes respiraciones.
El temblor de las caderas de su dragón le dijo a Jongdae, incluso sin palabras, que era tan bueno para él como uno podría haber esperado. Este le gustaba más que cualquier humano, y se quemaba acaloradamente por la necesidad de empujarse, de empujar su polla en el estrecho calor húmedo que se le ofrecía, mezclado con el miedo de ahogar a su pareja.
Jongdae rio, tan silenciosamente como pudo, y lamió delicadamente las cuerdas de pre semen que se arrastraban de su dragón a su propia saliva. —Puedes moverte —susurró—. Quiero que lo hagas.
Los labios de su dragón gesticularon un obvio sí, jurando vehemente. Levantó sus caderas una vez, probando las aguas.
Jongdae relajó la garganta y dejó que sucediera, tragando cuando la polla del dragón golpeó la parte posterior de su garganta.
Cómo alguien podía gritar silenciosamente, Jongdae no lo sabía, pero la emoción de orgullo que lo atravesó casi, casi compensó la desesperada necesidad de correrse. Eso último remplazó a lo anterior cuando su dragóncito llegó y trazó la mejilla de Jongdae, marcando la forma en que su polla estaba visiblemente la boca de Jongdae, y lanzó un chorro de dulzura amarga y salada.
Jongdae gimió, menos reservado que el dragón, y chupó más fuerte. Sus ojos se cerraron finalmente en contra de su voluntad, la necesidad de ver fue consumida por la dedicación exclusiva de su cuerpo al arrebato sexual. Ambas manos estaban ocupadas sosteniendo a su dragón abajo y estaba en un ángulo incorrecto para molerse, no es que fuera lo suficientemente tonto como para tratar de hacerlo sobre el suelo de la cueva, por lo que se sacudió y tembló desesperadamente, follando el aire en vano, necesitando algo más.
Por todo eso, ansiaba que su conexión continuara para siempre, ese momento perfecto de sexo, conexión y mutua excitación ardiendo fuertemente. Se debatió entre un gemido de satisfacción y un grito de decepción cuando su dragón lo penetró profundamente, bajando por su garganta.
Las olas de aroma, poderosamente sexual y exótica a la vez, casi hicieron que Jongdae se corriera sin que ni siquiera lo tocara. Mantuvo su boca en la polla de su dragón jadeante, sin mover ni un músculo mientras recogía su semen.
Su cuerpo le gritaba que le diera la vuelta al dragón y se enterrara profundamente. Pero no lo haría sin preguntar. No era el tipo de hombre que tomaba el placer a su antojo y dejaba que los demonios solucionaran el resto.
«Maldito sea algunas veces por ser un caballero», pensó Jongdae aturdido.
Por encima de él, la respiración del dragón se ralentizó y se hizo más profunda. A pesar de que Jongdae tenía los ojos cerrados y se estremecía por el esfuerzo de aplazar su clímax, la mano del dragón se movió de su pelo y agarró sus hombros moviéndolo.
Más fuerte de lo que Jongdae podría haber pensado que sería en su forma humana, su dragón lo arrastró torpemente sobre su cuerpo. Apretó los labios sobre los de Jongdae e introdujo su lengua, lamiendo las huellas de su propio sabor, y deslizó su mano por la suave piel de Jongdae para después acariciarlo con curiosidad y luego agarrar su polla.
Los ojos de Jongdae se quedaron en blanco, dejándolo ciego e incapaz. Indispuesto para su mundo, sin tener capacidad para nada además de la explosión en su ingle, su polla chorreando duro, marcando a su dragón, reclamándolo.
Cuando Jongdae bajó, se encontró con que tenía suficiente energía para reírse ante la expresión atónita de su dragón y la manera cuidadosa, y confusa en la que tendió su mano chorreando, y no aguantó más. Jongdae se rio en silencio para sí mismo y le dio un ligero puñetazo a su dragón en los bíceps—. Está bien —susurró—. Natural. Como lo hiciste tú.
Su dragón frunció el ceño, como si no estuviera seguro que Jongdae tuviera razón en eso.
—Aprenderás. —Jongdae bostezó, sus mandíbulas crujieron—. Duerme, eso también es natural —murmuró con el deseo de descansar envolviéndolo—. Una pequeña siestita... Solo un parpadeo de ojos...
Por debajo de él, su dragón resopló. Empujó la cabeza de Jongdae abajo sobre su pecho, donde este podía oír los latidos de su corazón y oler la rica fragancia de su húmeda piel. Jongdae la probó con un movimiento rápido de lengua y con la intención de ir por más inmediatamente, pero tenía sueño... Tanto sueño...
Y luego, perfecta y tranquilamente, Jongdae se durmió.
Por el amor de todos los señores Dragón, ¿qué acababa de suceder aquí?
Minseok pasó su lengua por sus labios, todavía era capaz de probar la mezcla de su emisión sexual y la saliva de su Sanador, sorprendido por la abundante vida en el almizclado y salado sabor.
Quería pensar en esto. Para evaluarlo, analizarlo y descomponerlo en partes, como hacía cuando estudiaba las campañas o escaramuzas de los dragones.
Extrañamente, sin embargo, cuando Jongdae bostezó, su propio bostezo llegó apenas unos segundos después, y sus párpados se volvieron pesados, pesados, pesados.
«Eres tan extraño, mi Sanador», pensó adormilado. «Me haces hacer cosas extrañas y fascinantes».
Concretamente, venir aquí sin pensar, y ahora, flotar en el fuego tras la quema, siendo reacio a irse cuando bien sabía que debería. No tenía ninguna razón para creer que estaba a salvo, o que esos humanos no tratarían de atraparlo de nuevo.
¿Cómo podía sin conocerlos confiar en ellos o creer que no lo atacarían cuando se dieran cuenta de lo que era? Su Sanador lucharía a su lado, estaba seguro, pero era sólo un hombre entre muchos, y aunque él tenía un corazón bondadoso, Minseok pensó que seguramente él era la excepción que confirmaba la regla.
Su Sanador era diferente a cualquier otro hombre que Minseok hubiera conocido. Único. Adictivo. Quería quedarse más que cualquier otra cosa. Más de lo que el sentido común le dictaba que era sabio.
Minseok aceptó que tendría que irse, y pronto. Se quedaríasólo un momento más, y entonces se iría. Pero no había nada malo en acariciar la cabeza de su Sanador, mientras lo hacía, ni habría daños inherentes por cerrar los ojos un instante.
Descansar los ojos, sí, eso era todo, cerrar los ojos por un momento y nada más...
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—¿Hola? —Algo tibio y firme sacudía a Minseok.
Él zumbó, medio despierto, una sonrisa curvando sus labios al pensar en lo que sospechaba que le estaba empujando. Si hubiera sabido que los machos humanos podían oler tan bien, saber tan bien, y hacer cosas tan increíbles con otros, podría haber venido en busca de uno mucho más rápido...
El hurgón lo empujó insistentemente de nuevo. En el hombro.
Minseok frunció el ceño.
—¿Estás despierto?
Ese no era su Sanador.
Este era un hombre arrugado y envejecido más allá que cualquier humano del que Minseok hubiera oído hablar nunca. Extraño. Desconocido. Hostil.
Minseok saltó despierto en un instante, abrió sus párpados con la intención de poner una mirada brillante, pero se mostró sospechoso, parecía más una descarga de alarma.
—Buenos días —el viejo susurró, lanzando una mirada cariñosa sobre el hombro de Minseok a su Sanador.
Minseok se erizó.
«¡Mío!» parpadeó, confuso, lanzándose una reprimenda a sí mismo por esa muestra de afecto.
—. Me preguntaba cuando vendrías aquí.
Minseok miró al anciano, completamente desconcertado. Por las tierras del dragón ¿de qué estaba hablando?
—Oh, sé quién eres. —El vejestorio le revolvió el pelo.
¡Revolvió su pelo! Como si fuera un niño con manchas de suciedad en las mejillas y al que le faltaran dos dientes delanteros
—. Tienes temperamento, lo veo —dijo, sin inmutarse cuando Minseok dibujó en sus labios un gruñido—. Bien. Jongdae necesita a alguien con un poco de fuego y vigor para equilibrarlo. Él es un hombre de buen corazón, no lo hay mejor, y si tiene una razón es que lo es demasiado.
—Rain, ¿qué...? —Jongdae se agitó detrás de Minseok, todavía a salvo entre la pared de la cueva y él. Se puso rígido de una manera que Minseok encontró casi cómica y se quedó con la boca abierta hacia el arrugado viejo—. Rain, permítanme explicarte.
Rain se rio en voz baja, mostrando sus dientes, los cuales tenía bien a pesar de su edad. —Creo que puedo ver exactamente lo que está pasando con mis propios ojos, gracias —dijo, gesticulando remilgadamente.
A pesar de sí mismo y su fuerte deseo de escapar, Minseok encontró el intercambio divertido. Inclinó la cabeza, interesado en ver qué sucedería después.
Jongdae luchó por apoyarse en sus codos, sonrojándose de tono rojo cereza y parpadeando para apartar el sueño de sus ojos.
«Él era del tipo atontado cuando se despertaba», Minseok tomó nota.
—Esto es... —su voz se apagó—, bueno, es...
—Te dije que lo entendía perfectamente —Rain le informó—. Es el que has estado esperando todo este tiempo, aunque nunca nos dijeras su nombre o incluso admitieras que esperabas que hubiera alguien por ahí que te encontraría.
La boca de Jongdae se abrió y cerró. Fue duro para Minseok no copiarlo.
Rain rodó los ojos. —Dulce misericordia. Me estoy burlando de tus formas monacales, oh, sí, pero son solo bromas, hijo. Cualquier persona con corazón puede decir que estabas esperando a que tu otra mitad viniera, y nosotros esperábamos con fuerza que al final él no te partiera el corazón. Por lo tanto, no habrá preguntas sobre cuándo se conocieron, o la forma romántica en la que debió haber sido, lo trágico que fue cuando se separaron, o por qué no vino contigo cuando nos ayudaste a salir de la ciudad y nos trajiste aquí.
Minseok balanceó una ceja hacia Jongdae, este tosió y parecía incómodo—. Rain es imbécil —trató de explicar.
Minseok resopló a cambio.
—Como ya he dicho. Con carácter —aprobó Rain—.Ahora, yo no hubiera venido a despertarte si el desayuno no estuviera listo, y toma tu parte completa. No comas frugalmente para que el resto de nosotros pueda tener más. Hay suficiente para todos. —Él acarició suavemente la mejilla de Jongdae—. Hoy hay pan frito con manteca y tubérculos fritos. Ven por ellos. —Para Minseok, tuvo una mirada severa—. Asegúrate de que coma.
Y con una serie de pasos ordenados, limpios, Rain se había ido. Minseok lo vio alejarse con una mezcla de admiración reverencial y respeto. Para una cosa tan pequeña y vieja, Rain tenía toda la presencia de un dragón hechicero a cargo de un clan completo, y cualquier miembro de cualquier especie en su sano juicio sabía muy bien que un hombre como Rain seguiría adelante con lo que quisiera hacer.
Sin embargo, aquellos que eran como Rain, lengua afilada o no, lo hacían por amor, no por obligación. Minseok no iba a volverse loco pensando en ese descubrimiento, en ese rasgo en un ser humano.
Se volvió hacia Jongdae a cambio, indagatoriamente.
—Ahh, él cree que no me cuido como debería —dijo Jongdae, claramente avergonzado.
«¿Y lo haces?» Minseok preguntó sin palabras, dibujando un signo de interrogación en la palma de la mano de Jongdae.
—Por supuesto que sí —respondió Jongdae distraídamente.
Minseok frunció el ceño y no dijo nada.
Jongdae lo miró con recelo. —Como tú dices, o no dices. Perdóname por preguntar, ¿pero hablas?
La franqueza era, a diferencia de lo que Minseok había predicho, refrescante y francamente un alivio más que intrusiva e irritante. Minseok negó y señaló a su boca, encogiéndose de hombros.
—¿Nos entiendes?
Minseok asintió. Para subrayar el punto anterior, abrió la boca y señaló su lengua, a continuación, la garganta.
Ninguna voz. La había perdido en las guerras.
—Hmm —Jongdae reflexionó brevemente, asintió en sencilla comprensión y aceptación, y lo dejó pasar como si no se tratara más que de un defecto de las características de un lunar en la mejilla o un dedo golpeado—. A veces me gusta el silencio. Quiero más a este grupo que a mi familia de sangre, pero puede llegar a ser muy ruidoso. Pero también me gusta el ruido. Me recuerda que hay una razón por la que vivo, para verlos atendidos y lo suficientemente seguros para que puedan correr el riesgo de ser felices.
Nada de eso tenía ni media pizca de sentido para Minseok, que exhaló por la nariz y se dejó caer sobre un codo.
—Se necesita tiempo para adaptarse —Jongdae lo tranquilizó. Se dio la vuelta para que Minseok y él amoldaran entre sí la posición de sus cuerpos, y lo estudió—. Todavía estás aquí—murmuró, tocándolo, saboreando la musculatura en el brazo desnudo de Minseok.—Pensaba que cuando me despertara te habrías ido....Volado.
Minseok arrugó la nariz. «¿Por qué?»
—La noche anterior te fuiste a toda prisa.
Tenía un punto, pero hubo circunstancias atenuantes, ¿verdad?
Minseok sacó la pierna de debajo de la manta y agitó el tobillo, realmente curado salvo por una hinchazón roja persistente. Mucho menos atractivo que la plenitud de los labios de Jongdae todavía un poco hinchados. Recordar cómo se habían sellado firmemente alrededor de su polla hizo que Minseok silbara y sus nalgas se contrajeran, con deseo renovado. En ese instante.
Jongdae inhaló, sus ojos confusos por un momento, antes de que se sacudiera. —Desayuno. Bien. Será mejor que comamos o nunca escucharemos el final de esto. —Él vaciló, mirando como si odiara lo que tenía que decir a continuación—. Por ahora, será nuestro secreto lo que realmente eres cuando no estás en esta forma. ¿De acuerdo? Odio las farsas y los ardides, pero a la mayor parte de esta gente le asustan los dragones. Conseguiremos que cambien de idea. Si te quedas. —Se mordió el labio—. ¿Te vas a quedar?
Minseok no tenía la intención de asentir. Si se hubiera tomado tiempo para pensarlo, no lo habría hecho. Pero.... no pensó, y lo hizo, inclinando la cabeza en señal de asentimiento, y una vez que lo había hecho, que había dado su palabra, sabía que en el fondo no quería retractarse.
El deleite que se enroscó en la cara de Jongdae, su juvenil, caliente y brillante sonrisa hizo que la promesa hecha valiera la pena, ahora y siempre. —Me alegro. —Agarro la mano de Minseok y la apretó—. Rain tenía razón, ¿sabes? He estado esperando a alguien, incluso si yo no lo sabía, y de alguna manera estoy seguro de que eres tú.
No podría contradecir eso. Minseok movió su mano libre, haciendo un gesto incierto, gesto que Jongdae pareció entender.
—A veces suceden cosas buenas —dijo. Le lanzó un rápido guiño, y dejó caer un suave y demasiado rápido beso en los labios de Minseok—. Quédate aquí mientras voy por la comida y por mi botiquín. ¿Lo harás? ¿Por mí?
Minseok asintió. No veía que tuviera ninguna opción... y realmente, sorprendiéndose a sí mismo, a él le gustaba de esa manera.
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Cuidadosamente, Jongdae se abrió paso de nuevo hasta su dragón, la bolsa de las medicinas atada a su cintura mientras equilibraba en cada mano un ancho y profundo tazón.
Miró dubitativamente su contenido. El olor era maravilloso, crujientes tubérculos fritos no muy diferentes de las papas cocidas de color marrón con un toque de hierba salada de uña de caballo, y el pan recién horneado, todavía caliente, untado con la rica grasa sobrante del pequeño asado de la noche anterior.
La comida en sí no le molestaba, sino la cantidad que el equipo de cocina se había empeñado en servirle. Estaba acostumbrado a un cuarto de la mitad de lo que le habían dado.
Esperaba que su dragón tuviera hambre. Si pudiera compartir, se sentiría mejor por haber aceptado tanto.
Las señales eran prometedoras. Su dragón estaba sentado con la espalda recta, la manta que habían compartido peligrosamente cerca de caerse y justo a tiempo se la sujetó en su regazo en el último momento. Sus fosas nasales temblaron y se lamió los labios cautivado por los cuencos.
Jongdae se sentó con las piernas cruzadas frente a su dragón y le ofreció un tazón. —Me gustaría saber tu nombre —dijo—. Ya que te estoy invitando a compartir la comida, debería saberlo.
Su dragóncito rodó los ojos. Su rostro era tan expresivo que a Jongdae resultaba difícil apartar la mirada, aunque cuando agitó sus dedos, Jongdae no lo entendió.
—¿Qué?
Con un resoplido, su dragón tomó uno de los cuencos de Jongdae y, una vez que estuvo seguro en su regazo, señaló al suelo de la cueva. Dibujó formas sin sentido con el dedo índice, hasta que de pronto las letras toscamente formadas se hicieron evidentes para Jongdae.
MIN -ZE- OHK.
La sonrisa de Jongdae se extendió hasta hacerse daño en las mejillas. — ¿Minseok?
Minseok asintió, ya excavando en su cuenco. Su nombre sonaba lindo en palabras humanas, dichas por la lengua de su Sanador.
—Minseok, yo soy Jongdae.
Una breve mirada de Minseok le sugirió que este lo sabía perfectamente bien y que no entendía por qué Jongdae sentía la necesidad de repetir la información, y su dragón inmediatamente volvió a hurgar curiosamente en su comida.
—La carne de verdad no es común en el desayuno —dijo Jongdae. No había pensado en las necesidades carnívoras de un dragón—. Podrías lamer la grasa que gotea del pan…
Minseok se metió un puñado de tubérculos fritos en la boca y los masticó, gimiendo de placer.
—O podrías hacer eso —dijo Jongdae, divertido.
Metió la mano en su propio plato y se comió rápidamente la caliente, fresca y sabrosa comida.
Aún así Minseok acabó mucho antes, y parecía como si quisiera lamer el plato. Sin embargo no pidió más. Jongdae no creía que fuera a hacerlo, sobre todo después de que se dio cuenta que Minseok estaba mirando por encima del hombro y sus labios contaban en silencioso movimiento el número de personas que compartían por igual.
Minseok podía ser un poco tosco y desaliñado, pero algo era seguro, era un señorito. A Jongdae le gustaba eso de su dragón.
En realidad no había mucho que no le gustara de Minseok, desde el pálido, inchado y hermoso pecho, sus fuertes muslos claramente definidos bajo la delgada manta, su cintura delgada....
Jongdae se aclaró la garganta, ganándose una mirada inquisitiva. —Hay un juego extra de ropa detrás de ti — murmuró, con una media sonrisa, porque no podía evitarla—. No es que me importe. —El calor encendió la vida en su vientre, haciendo que su polla se endureciera—. Podrías ir desnudo todo el día y yo sería feliz.
La sonrisa de Minseok estaba exclusivamente compuesta de una satisfacción petulante. Indicó, con sorprendente eficacia, que no se quejaría si Jongdae hiciera lo mismo.
—No puedo —Jongdae dijo a modo de explicación y disculpa—. Los seres humanos tenemos nuestras costumbres, y caminar con nuestras partes expuestas no es una de ellas.
Minseok se atragantó con su último bocado de trozos de tubérculos fritos, y una vez que estuvo fuera del peligro de asfixia, echó la cabeza hacia atrás y se rio en silencio.
Hubiera producido eco en la cueva con repiqueteos de alegría si hubiera hecho cualquier sonido, por lo que el calor y la necesidad crecieron en Jongdae, quemándolo.
Trató de ajustarse discretamente a sí mismo, volverse loco por la noche, cuando todo el mundo dormía, era una cosa, pero saltar sobre su dragóncito y follarlo, haciéndole todas las cosas malas que quería hacerle al firme culo de Minseok mientras su pueblo estaba sentado desayunando inocentemente, era otra cosa muy distinta.
Jongdae lamentó la necesidad de esperar, una parte de él seguía clamando que tomara lo que quería ahora sin importar quien pudiera entrar y verlos, o que los oyeran conseguir su placer, ver a su dragóncito retorcerse de placer bajo él.
Minseok parecía saber exactamente lo que estaba pensando Jongdae y le sonrió, aunque con una simpática mueca de frustración.
—Puedes reírte —Jongdae gimió, empujándolo al juego—. Ponte la camisa mientras te visto el tobillo. Quiero decir, te lo vendo.
Con un encogimiento de hombros, Minseok obedeció, aunque le tomó un momento darse cuenta que sus brazos tenían que pasar por los agujeros de las mangas y la cabeza por el agujero más grande.
Mientras él estaba ocupado, Jongdae equilibró el pie en forma humana de su dragón en su regazo y examinó la lesión que iba desvanecido rápidamente. —Increíble —dijo en voz baja.
La piel que el día anterior había estado en carne viva y rasgada para ese momento sólo parecía tener algunos rasguños que estaban desapareciendo —. ¿Normalmente sanás tan rápido?
No hubo respuesta. Cuando Jongdae lo miró, preguntándose si había dicho algo malo, Minseok tenía dos dedos descansando bajo sus labios y una mirada oscura en sus ojitos.
—Has sido herido anteriormente, peor que esto, ¿verdad? —Jongdae preguntó en voz baja.
Rígido, los recuerdos, obviamente, oscuros y desagradables, Minseok asintió.
Jongdae luchó consigo mismo sobre si debía o no hacer la pregunta, pero al final la soltó. —¿Eras un soldado entre los tuyos?
Minseok se tensó bruscamente. Por eso, Jongdae supo que la respuesta era ‘sí’. Podía intuir cómo probablemente el tiempo de militar había terminado mal para Minseok. Tal vez mucho peor que el suyo.
Los dragones eran más orgullosos que los hombres, pensó. Si Minseok había perdido su prestigio al igual que había perdido su voz, eso sería una buena razón para irse por su cuenta, huyendo de sus parientes y alejándose de la compasión o la falsa simpatía.
—Me había olvidado de cómo es eso. Lo siento —dijo Jongdae, con cuidado de no mirar directamente a Minseok para que mantuviera su dignidad tanto como pudiera.
Minseok encogió sus rígidos hombros, y la atmósfera alrededor de él, demostraba su estado de ánimo, creciendo tempestuoso.
Se mantenía tenso y desafiante.
—Quédate tranquilo. No voy a preguntar. No es asunto mío, y tus secretos son tuyos. —
Jongdae acarició la pantorrilla de Minseok para calmarlo, aunque más bien tuvo el efecto contrario sobre él, el olor de la piel de Minseok inflamó su deseo de probar al dragón de nuevo y lo volvió salvaje de pasión, tan loco que le haría olvidar sus penas y no sufrir un momento oscuro como ese otra vez.
Su dragón movió los dedos de los pies, y, chico inteligente, empujó el talón de su pie contra la polla medio dura de Jongdae. Sus labios se curvaron, haciéndole saber a Jongdae que lo estaba haciendo a propósito, aunque no necesitaba esa pista, ya que seguidamente movió su pie con la gracia de un bailarín, sus dedos amasando la carne sensible.
Jongdae se endureció tan rápido que le dolía. Gruñó, y Minseok le guiñó un ojo pícaramente.
¿Quién sabe a dónde habrían llegado si Rain no hubiera enviado un grito al cielo, rugiendo él mismo como un dragón?
—¿Rain? ¿Cuál es el problema? ¿Qué ha salido mal? —La cabeza de Jongdae se alzó bruscamente en el absoluto silencio que siguió.
Para ser humano, había sido rápido.
Minseok, un dragón, era más rápido. Él se puso de pie, medio agachado con sus brazos colocados para mantener el equilibrio, listo para atacar.
Ese no había sido un sonido de risa estridente o de ira, no. Rain, o bien temía por su vida o la vida de otros, y Minseok, en un primer momento, reaccionó sin pensar.
Después, durante un segundo, Minseok casi flaqueó. Este diverso y peculiar grupo de humanos no eran nada para él, ¿no?
Sólo su Sanador le importaba, ¿verdad? Minseok ya no estaba seguro, y los rápidos cambios que se acumulaban en su solitaria vida lo marearon.
Entonces Rain gruñó, el sonido apretó su pecho, la ira arrasándolo, alarmado por uno de los suyos, y Minseok entendió con toda claridad que a él le importaban. Suficientemente bueno. Se ocuparía de las consecuencias más tarde.
A su alrededor, la gente de la cueva se había silenciado como un solo hombre mientras el grito de Rain seguía resonando débilmente en las secas paredes de piedra. Minseok entrecerró los ojos, deseando la mejor visión inherente a su forma de dragón, pero tenía que respetar a su Sanador, los deseos de Jongdae. Olfateó el aire, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras examinaba la cueva buscando la fuente de la amenaza.
Ajá. Allí estaba, la astuta alimaña.
Los labios de Minseok subieron sobre sus dientes, gruñendo en una mueca de desprecio.
¡Serpiente! Uno de sus hermanos menores, aceptados y reconocidos en su mayor parte, pero no esta raza.
Eran enemigos jurados. Tan pálidas como la nieve o parduzcas como la arena según quisieran, las serpientes que amaban la nieve prosperaban en invierno. Su pasatiempo favorito era aprovecharse de los viajeros incautos que ponían un pie en su camino. No mataban para protegerse o cazar. Mataban porque les gustaba.
Esta era aun más vil que la mayoría, ya que había elegido para acechar a un niño que aún no caminaba. Minseok hervía de furia. Un ataque a un niño no debería y nunca podría ser tolerado por un soldado, dragón o humano. Había que enseñarle a la desagradable criatura una o dos lecciones.
—Minseok —su Sanador murmuró sin mover los labios. Un truco inteligente. Tiró de la curva del codo de Minseok—. Está cerca de Rain, pero con los ojos puestos en el bebé que está en la cesta a los pies de su madre. Una serpiente. Venenosa. ¿Puedes verla?
Minseok habría replicado que no era ni un niño ni ciego, si no fuera por el cariño que tenía por su Sanador. Sí, cariño, él pensaría en eso más tarde, cuando tuviera tiempo de sobra para tales cavilaciones y no tuviera que enfocarse firmemente en la serpiente.
Criatura desagradable.
Mientras Jongdae le hablaba se deslizó aún más cerca de Rain, husmeando alrededor de los tobillos y fintando a sus pies en una burla de juego.
Se mantuvo inmóvil. «Espera... Espera...»
La serpiente se echó hacia atrás con un sonido como el silbido del viento, enrollándose en un círculo cerrado, y levantó su cabeza con sus fauces abiertas, silbando.
No era una serpiente ordinaria. Estas eran un insulto. Habían llegado después de las guerras, contaminadas por ellas.
Minseok sabía que se tomaría un momento para saborear su triunfo, sin que nadie se atreviera a detenerla.
«Espera... casi...»
«¡Ahora!»
Los seres humanos podían ser rápidos, necesitaban serlo, pero Minseok siempre lo sería más. Más rápido. Más ágil. Por se pequeño se había entrenado para ser mejor que otros dragones, y ahora daba sus frutos.
Su salto lo llevó al lado de Rain, y la serpiente se sacudió por la sorpresa de las vibraciones de sus pies al aterrizar, moviéndose alrededor para desafiar a la nueva amenaza.
Y le rompió el lomo por sus problemas.
Minseok se burló del apaleado cuerpo de la serpiente y le arrancó la cabeza por si acaso. Arrojó que la cabeza al fuego, seguido por el cuerpo, y se sacudió las manos.
Nadie en la cueva habló.
El triunfo de Minseok vaciló.
Había algo en el nuevo silencio que lo picaba. ¿Hostilidad? ¿Miedo de él?
Quería volver con su Sanador, pero ¿cuándo un dragón se escondía detrás de un ser humano?
Cuadró los hombros, dispuesto a luchar si fuera necesario.
—¡Bien hecho! —Jongdae aulló, sorprendiendo a todo el mundo congelado—. Bien hecho, Minseok. —Cruzó la cueva en cinco pasos rápidos, golpeando a Minseok entre los omóplatos y besándolo de todo corazón en la mejilla.
Aunque Minseok estaba conmocionado por ello, Jongdae pasó un brazo alrededor de sus hombros y se volvió, irradiando buen humor, sonriéndole a la multitud reunida
—. ¿Cómo es eso de un caballero del reino, eh? Él es un buen hombre para tenerlo alrededor, y ahora saben por qué.
—No es un humano en absoluto, ¿verdad? —preguntó Rain. Ya no estaba alarmado, pero era tan astuto y perspicaz como siempre, y Jongdae supo en un instante que había adivinado lo que era Minseok—. Más bien un dragón.
La cueva quedó quieta y en silencio de nuevo.
Jongdae se irguió en toda su altura. —Lo es, y es mi elegido. Mi compañero. ¿Lo aceptarán, o también me echarán?
Rain se echó hacia atrás. —Qué, ¿te has vuelto loco? No seas idiota, muchacho. ¿Echarte? ¿Echarlo a él? ¡Estupideces!
Minseok lo miró fijamente. Jongdae entendía su confusión.
—Pero sabes lo que es…
—Sí, y sé lo que ha hecho para salvar a un niño. Y tú te apresurarías a irte si él no puede quedarse, ¿no?
—Sí —respondió Jongdae inmediatamente—. Rompería mi corazón, pero le pertenezco a él por encima de todos los demás.
—Entonces esto se ha acabado, y si alguno de nosotros — Rain se balanceó mirando a la multitud— objeta cualquier cosa, tendrá que encontrar su propio camino o yo tendré que tener una o dos palabras con él. Y luego te lo enviaré. ¿Lo han entendido todos? —Él guiñó un ojo—. Infiernos, si somos capaces de engatusar al dragón para que cace para nosotros, podríamos tener carne en condiciones en nuestra mesa antes y durante el invierno. ¿Y quién diría que no a eso, eh?
Una grieta casi palpable se abrió en la tensión que había, seguida de una cálida oleada de alivio que inundó y arrasó a toda velocidad la alarma generada por la habilidad no del todo humana de Minseok.
Un puñado de gente resistente y sensata incluso aplaudió, agitando sus puños al aire para saludar a Minseok. Por su parte, Rain abrazó a Minseok y le golpeó la espalda con ganas. O él no se dio cuenta o no prestó atención a la rigidez de Minseok debida a la sorpresa antes de que se relajara y aceptara el abrazo. Los seres humanos eran criaturas notables, ¿verdad?
Habían sorprendido al dragón a cada momento, siempre.
—¡Buen chico! —aprobó Rain—. Te doy mi palabra ahora y te la daré tantas veces como sea necesario: eres bienvenido aquí. Ninguno de nosotros olvidará esto, te lo prometo.
—¿Estás bien? —Jongdae se llevó a Rain brevemente a un lado.
Minseok los miraba con el ceño fruncido, sin escuchar realmente a favor de pensar en el extraño giro que había dado su vida. ¿Un soldado dragón solitario de repente era el campeón de una banda de humanos harapientos?
Como mantuvo su mirada fijamente en su Sanador, su compañero, Jongdae se dio la vuelta para mirarlo acaloradamente, con los ojos entrecerrados y un hambre inconfundible en su sesgada mirada. La piel de Minseok se calentó.
Campeón de los seres humanos y, si la abrumadora marea de feromonas fragantes eran…, y lo eran, su compañero lo había elegido.
Minseok sabía que debía estar más alarmado porque realmente lo era, sin embargo, no parecía importarle.
Lo único que quería era a su compañero, tanto de él como pudiera, y sin esperar más, gracias.
Le devolvió la mirada a Jongdae con interés y se pasó la lengua lentamente por encima de su labio inferior, y luego inclinó la cabeza hacia un lado, hacia la única puerta de la cueva.
La garganta de Jongdae se balanceó mientras tragaba con fuerza y un músculo palpitaba en su mejilla. Él asintió con la cabeza, indicando a Minseok que debía ir primero.
Él lo haría, siempre y cuando su Sanador lo siguiera poco después.
Ahora pasando desapercibido, agradecido por la afabilidad de los seres humanos que regresaban a su vida normal, se deslizó fuera para tomar el sol, a cielo abierto, y para disfrutar de la anticipación del apareamiento. Pronto.
Y si había sido bueno la última vez en la oscuridad de la cueva, realmente no podía esperar para mostrarle a Jongdae lo que podría ser en un mundo sin restricciones...
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Poco tiempo transcurrió antes de que la puerta de la cueva se abriera y Minseok oliera la perfumada presencia de su Sanador, el calor de su cuerpo y su almizcle único y adictivo que bloqueaba todos los sentidos de Minseok menos al tacto y el olfato.
Deseaba sumergirse en la presencia de su Sanador.
De hecho eso era tan inevitable como la locura, y tan ineludible como el avance de un río hacia el mar.
Minseok escuchó los latidos de su corazón corriendo en sus oídos, perfectamente acompasados con las pisadas de Jongdae, relajándose completamente cuando Jongdae lo cubrió por detrás y envolvió los brazos alrededor de su cintura.
—Ahora todos están bajo control —murmuró al oído de Minseok, trazando la concha con la punta de su lengua y mordiendo el cartílago suave y juguetonamente como los cachorros de dragón.
Minseok se estremeció, deseando más de esos toques y degustaciones, en todas partes.
—. La casa está totalmente a salvo. Verificamos las serpientes y alimañas, e incluso si había ratones. Deberíamos tener gatos.
Minseok resopló.
—Cierto. Supongo que no habrá necesidad de los gatos si...—Jongdae se calló, acariciándolo justo debajo del esternón, y respiró hondo antes de continuar—. Si quisieras quedarte con nosotros. No es justo mantener algo salvaje como tú por mí, deberías ser libre, volar lejos, y sé que es lo que debes querer.
Ya bastaba de esas tonterías. Minseok se giró en círculo en los brazos de Jongdae y lo agarró con firmeza por el pecho, mirándolo. Por supuesto que quería volar, pero un dragón jamás podría dejar a su compañero más de lo que podría dejar de respirar.
Dando una patada en el suelo, clavó sus talones en la nieve para conseguir su punto de firmeza.
Jongdae no era estúpido, todavía era lo suficientemente inteligente como para no creer ciegamente. —Te moviste rápidamente para salvar a Rain cuando nadie más podía, sin embargo, todos te temieron después de que comprendieron lo que habías hecho —dijo, la palma de su mano ahuecando la cara de Minseok, su pulgar acariciando su mejilla—. ¿Qué dioses me han sonreído para que tú tropezaras en mi camino?
Minseok arrugó la nariz.
—Si hubiera podido te habría ahorrado el dolor de la trampa, pero no puedo lamentar haberte conocido —dijo Jongdae—. ¿Tú puedes?
Minseok lo consideró un instante y luego se encogió de hombros. Frunció el ceño, pensativo. Era raro que no hubiera puesto en duda que Jongdae se iría con él. Sin embargo, un hombre como él nunca abandonaría su deber por amor. ¿Lo haría?
Minseok hizo un gesto hacia el cielo, empujó el pecho de Jongdae y luego el suyo, e hizo movimientos de vuelo, la ceja levantada en un arco de interrogación.
—Habría peleado para que te quedaras aquí, hasta mi último aliento si hubiera sido necesario —Jongdae admitió—. Aunque si pensara que podrían herirte, entonces me hubiera ido. Pero no... no puedo. No lo haré. Ellos son mi gente —Jongdae parecía roto—. Sin embargo, si no te pudiera ver de nuevo, me gustaría desaparecer y morir, ya que no habría nada más.
«Entonces no te voy a dejar. Jamás.» Minseok lanzó su brazo alrededor del cuello de Jongdae y tiró de él para besarlo, inclinando sus bocas, uniéndolas. No lo soltó hasta que la tensión acribilló el cuerpo de Jongdae, endureciéndolo malamente, derritiéndolo, y Jongdae le devolvió el beso, su lengua acariciando dentro y fuera la boca de Minseok en un constante y profundo ritmo.
Los músculos de Minseok ondulaban. Se había preguntado cómo dos machos humanos se apareaban más allá de la boca y las manos. Parecía que no era tan extraordinariamente diferente a un macho y una hembra, y un dragón con tales inclinaciones era raro.
Bien.
Puso a prueba los límites de Jongdae recorriendo con la palma de la mano su espalda y agarrando la firme redondez de su culo, dándole un buen y duro apretón.
Jongdae saltó y casi gimió en la boca de Minseok, lo que hizo que Minseok rompiera el beso para reírse silenciosamente.
Sólo había una cosa más que decir y entender antes de que solidificaran esa unión de una vez por todas. Minseok no estaba seguro, para nada en absoluto, pero le llegaba una imagen de Jongdae y él volando a través de las estrellas. En esta imagen, Jongdae había tomado forma de enorme dragón, su piel blanca y moteada de miel, y su extraña belleza dejaba a Minseok deslumbrado.
Fue un verdadero sueño, pensó. Y había viejas, muy viejas historias de cuando los seres humanos les daban su corazón a los dragones, los dragones les daban el vuelo a cambio... A su compañero...
—¿Minseok? ¿Qué te preocupa? —Jongdae le dio un codazo debajo del mentón, haciéndole saber que había dejado de moverse.
Minseok miró a su Jongdae, su Sanador, y se mordió el labio, tratando de pensar en la manera de conseguirlo. ¡Si hubiera una posibilidad de convertir a Jongdae en algo más que un humano, por todos los Señores Dragón que se merecía saberlo!
Al final, se señaló a sí mismo, y luego a Jongdae, y luego hacia el cielo. Después trazó un ala en el omóplato de Jongdae y señaló de nuevo a las estrellas, y dio un paso atrás y extendió las manos en cuestión.
La amplia sonrisa de Jongdae era más brillante que la luna.
—Daría cualquier cosa por volar —dijo—. ¿Me estás diciendo que algún día podría ser así?
Minseok inclinó la cabeza, preguntándose no por primera vez si el Sanador podría tener un poco desequilibrado el cerebro.
Golpeó a Jongdae en el brazo y le pellizcó la carne, luego le tomó la mano y la golpeó contra su pecho. De ida y vuelta, de uno al otro y al cielo, hasta que finalmente se le encendió la bobilla de la comprensión.
—Oh —dijo Jongdae lentamente.
El corazón de Minseok se hundió. Había sabido que cuando Jongdae comprendiera en última instancia cómo podría cambiar, cómo podría perder parte de su humanidad si las viejas historias que los humanos escuchaban eran verdad, eso haría la diferencia. ¿Jongdae cambiaría de opinión? ¿Se separarían sus caminos ahora?
Minseok contuvo el aliento, esperando descubrirlo y esperando con todo su corazón que su Sanador no se apartara de él.
—¿Va a suceder de inmediato? —Jongdae preguntó con incertidumbre.
Minseok se encogió de hombros en un gesto que indicaba que no estaba seguro.
—¿Me olvidaré de quién soy?
«¡No!» El gesto de Minseok era firme. En eso, estaba seguro.
—Entonces... —Jongdae inhaló lentamente, exhaló deprisa, y acarició la longitud del brazo de Minseok. La presión fantasma d su mano hizo que Minseok se mareara de alivio y se despertara al instante. Sus dedos se cerraron herméticamente ante la erótica emoción—. Nos preocuparemos de eso cuando suceda. La vida es corta, Minseok, somos soldados y sabemos eso muy bien. Trabajamos por el futuro, pero si no vivimos el hoy...
Bien. Era lo suficientemente bueno para Minseok, realmente lo era. Se echó a reír silenciosamente, y apretó las nalgas a Jongdae por todo lo que valía la pena.
Jongdae gritó con sorpresa, luego soltó una carcajada. — Entonces así es como es, ¿verdad? —Apretó más a Minseok y subió la apuesta con una doble sujeción del culo de Minseok, una mano firme y fuerte en cada mejilla, amasándolo como un gato.
Minseok se puso a la vez rígido y lánguido, soltando ronroneos por el disfrute.
—Te gusta, ¿verdad? —
Jongdae soltó una mejilla para meter su mano debajo del muslo de Minseok, levantándoselo y enganchando la rodilla de Minseok sobre su cadera, sosteniéndolo sin esfuerzo, el otro brazo firmemente alrededor de la cintura de Minseok, su equilibrio perfecto para aguantar el tiempo suficiente para besarlo otra vez, y otra, y una vez más allá de eso.
Cuando Jongdae se separó respiraba con dificultad, su aliento formando borlas blancas de vapor en el aire frío. Por su parte, Minseok encontró casi sorprendente que no hubiera derretido la nieve a su alrededor.
—Deberíamos hacer esto en otro lugar —dijo Jongdae, aunque no dejó de hacerle cosquillas a la parte inferior del muslo de Minseok, y aun más, comenzó a moler sus caderas juntas, el impresionante esplendor de sus duras pollas cepillándose deslumbró a Minseok—. Algún lugar privado.
Minseok negó, se pelo suelto voló enredándose sobre sus ojos, y se movió para cumplir con las embestidas de Jongdae. Ahí era adecuado para él. Los dragones se acoplaban en el cielo para que todos lo vieran. No había vergüenza en ello.
¿Era diferente para los humanos? No estaba seguro, pero pensaba que parte del color rosado en las mejillas de Jongdae no era por la excitación. La ubicación apenas le importaba, siempre y cuando no terminaran caminando varios kilómetros, por lo que levantó un hombro casualmente y Jongdae lo soltó.
Miró a su alrededor, telegrafiando la pregunta: «¿Dónde?»
—A un lado de la cueva, en la pared del fondo. Hay una pequeña alcoba, ¿ves? —Jongdae señaló la ranura poco profunda en la roca—. Nadie nos podrá ver allí.
Minseok se tocó la oreja cuestionando.
—Que nos oigan o sepan lo que estamos haciendo no me preocupa —Jongdae trató de explicar—. Es que eres mío, ¿no lo ves? No eres suyo para que te miren o lo atestigüen, y lo que yo quiero hacerte, es solo para nosotros.
¿Y qué quería Jongdae hacerle?
El entusiasmo calentó a Minseok. Hizo un gesto que en la sociedad de los dragones hubiera hecho que lo abofetearan porque era de mala educación, formando un círculo con el pulgar y el índice, y…
Jongdae rio entrecortadamente. —Sí. Exactamente eso. Ahora, ¿quieres venir, o…?
¿Lo haría? Minseok dio un salto tan rápido como lo había hecho anteriormente cuando la serpiente, y aterrizó suavemente sobre las puntas de sus pies. Se giró y le lanzó una sonrisa a Jongdae, desafiándolo a mantener el ritmo.
Para su satisfacción, Jongdae lo hizo.
La cabeza de Jongdae se irguió como lo haría un depredador con el olor de la presa fresca en su nariz, sus hombros firmes y su paso seguro. Minseok lo aprobó.
En realidad, si hubiera estado a la búsqueda de un compañero, no podría haber elegido uno mejor que Jongdae, dejando a un lado la rareza de su humanidad.
Era un tigre durmiente, que gobernaba con mano suave pero con un corazón fuerte, que primero pensaba en su pueblo y luego en él, un guerrero en su camino y un hombre valiente en el que apoyarse.
Cuando lo desafiaban, él era maravilloso. Minseok se inclinó engañosamente apacible como un venado en la pared de la cueva, burlándose y provocando para ver qué hacía Jongdae.
Jongdae se burló, complaciendo a Minseok. No se dejaba engañar fácilmente en absoluto. Como él había pensado.
Y rápidamente actuó, lo que agradó a Minseok mucho más. Se había acercado lo suficiente a Minseok para que este sintiera el calor de su piel, y estuvo sobre él como un lobo hambriento, sus bocas sujetándose inflexiblemente juntas y sus lenguas acariciándose profunda, hambrienta y rápidamente. Su fuego atrapó a Minseok entre las llamas en un instante, ahogando todo lo demás excepto la necesidad de tener a su extraño compañero humano reclamándolo.
¿Reclamándolo? Sí. Minseok se lo habría cuestionado en otro momento, pero ahora no lo hacía. Sólo lo quería. Extendió sus piernas cuando Jongdae empujó su rodilla entre ellas y ronroneó cuando Jongdae le pateó las piernas abriéndoselas más para que le dejara espacio para meterse. Un fuerte muslo entre las piernas de Minseok se molió con la presión perfecta contra su dolorida polla.
La boca de Jongdae se separó de sus labios, y luego estuvo en todas partes, chupándole la suave piel de debajo de su oreja, en su garganta y por encima de sus clavículas, tirando del molesto cuello de la camisa que le había prestado, abriéndolo para llegar lo más lejos que podía.
Atrapó un pezón entre sus labios y chupo, presionando la carne tan sorprendentemente sensible que Minseok quedó sin aliento. Él tomo un buen puñado de pelo de Jongdae y tiró, empujándolo más, exigiendo más.
—¿Codicioso, verdad? —Jongdae se burló, mamando el pezón de Minseok en succiones rápidas, amamantando la carne.
Minseok gruñó y empujó en la parte posterior de la cabeza de Jongdae para tener la misma dicha en su otro pezón. Sí, era codicioso, y no lamentaba serlo amaba la sensación de los labios de Jongdae succionar amamantando su pecho.
Jongdae se rio bajo en su garganta. Sus dedos viajaron al cordón atado suavemente en los pantalones que le había prestado a Minseok y tiró.
Después de un delicioso momento de succión Minseok escucho a Jongdae hablar.
—¿Qué prefieres, mi dragón? Mi boca aquí —lamió el pezón de Minseok—, o aquí —suavemente pasó sus dedos sobre la polla de Minseok, que creció duramente, esforzándose por encontrarse con su palma.
Demasiado inteligente, ¿no? Minseok alejó a Jongdae, pero sólo el tiempo suficiente para quitarse la irritante camisa.
Mejor aún, o él pensó que lo sería se bajo el pantalón, golpeando las palmas contra la pared de la cueva e inclinando sus caderas, presentándole a Jongdae lo que esperaba fuera una buena vista.
Por la nitidez de la respiración contenida de Jongdae, Minseok se dio cuenta que había tomado la decisión correcta. —Tú... — dijo, sonando cuestionadoramente.
Suavemente, provocándolo sin aliento por la anticipación y la lujuria deseosa por su dragón, Jongdae lo atrapó por las caderas y las acarició. Luego, algo mucho más satisfactorio, separó las nalgas de Minseok y manoseó su apertura—. Tan pequeña.
«Sí, Soy consciente de eso.» Minseok cambió su peso. Ahora recordaba las historias de cómo a veces los machos y hembras compañeros de los dragones elegían ese camino, y, obviamente, incluso una polla tan grande como recordaba que era la de Jongdae encajaría. De alguna manera. No le importaba si le dolía, no mucho. Ansiaba el filo del dolor para hacer que eso fuera más real, y confiaba en Jongdae para ello, así como que lo hiciera como un hombre debería hacerlo.
A tal fin, se inclinó más enfáticamente hacia atrás, empujándose contra la presión demasiado ligera del pulgar de Jongdae. No podía haber dicho quien se sorprendió más cuando ese pulgar resbaló en él, Jongdae o él, y un momento más tarde, no podría haber decidido quien estaba más excitado. Ambos se estremecieron, casi en sincronía. Ninguno se movió, sus piernas temblando por el esfuerzo.
Aún con el pezón en su boca Jongdae tarareo—¿Cuánto puedes tomar? —Jongdae, su tono aunque bajo un control férreo, lo traicionó, Minseok notó lo eufórico que estaba—. Nos dañaré a los dos si te follo a pelo, lo sabes.
En realidad, Minseok no lo sabía, a pesar de que tenía sentido.
Las hembras fabricaban su propia lubricación, se habría alarmado si de repente hubiera comenzado a hacer lo mismo cuando se trataba de ese orificio en concreto, y ese no era un pensamiento que quisiera tener en ese momento. Ya era suficiente, entonces.
Le sonrió maliciosamente a Jongdae por encima del hombro, sorprendido y emocionado cuando Jongdae aprovechó para estirar el cuello y besarlo con torpeza, pero duro y hambriento, lo que los dejó jadeando cuando tuvieron que separarse.
Aunque Minseok estaba lo suficientemente aturdido como para no hacer otra cosa que parpadear y rogar, reunió su ingenio y le guiñó el ojo a Jongdae.
Ser un dragón tenía sus ventajas. Entre los de su tipo, si tenían el don y no todos lo tenían, estaba la posibilidad de realizar pequeños golpes de magia.
Concentrándose, Minseok ahuecó la palma y convocó el lubricante más cercano y aceptable que pudiera localizar. Había un don para este truco, y si lo hacías adecuadamente…
Ajá. Ya estaba. Algo transparente y aromático llenó su palma, el olor le recordaba a las abejas y a la miel, perfectamente resbaladizo. Él le dio un codazo a Jongdae cuidadosamente en el intestino y dobló su brazo, sosteniendo el lubricante para que Jongdae lo tomara.
Jongdae maldijo entre dientes y se rio más fuerte. —¡Ingenioso!
Minseok se pavoneó. A continuación, marcando su punto, se volteo y empujó su culo con determinación hacia Jongdae, indicándole que el problema estaba resuelto y que debía seguir adelante.
—Impaciente, impaciente —Jongdae lo reprendió, entrelazando con regocijo las palabras.
Minseok vertió el lubricante en sus manos, y utilizó los restos para lubricar su palpitante polla. Silbó entre dientes cuando sus caderas se sacudieron y estuvo cerca de correrse, incluso su propio toque era casi demasiado cuando estaba tan excitado. ¿Cuánto más podría tomar?
Los dedos de Jongdae, recubiertos de la cera de abeja perfumada, entraron en él con un empuje maravillosamente firme, dos, pensó, y hasta los nudillos.
El aliento de Minseok se escapó en una carrera emocionado. No sabía que sería tan increíble, ¡los machos humanos eran buenos para muchas más cosas de las que un dragón pudiera pensar!
—Así ¿verdad? —preguntó Jongdae, con rica satisfacción y diversión. Minseok chasqueó los dientes hacia Jongdae—. ¿Me estás pidiendo que me de prisa?
Sí, porque él estaría jodido si derramaba su semilla antes de que tuviera la satisfacción de sentir la longitud y el grosor de Jongdae quemándolo en su interior.
Por suerte Jongdae pareció leer su mente e hizo girar sus dedos. Él dio en un lugar que hizo que Minseok abriera su boca en un grito silencioso, y sólo pudo montar el espasmo, impotente bajo el poder de las olas de emocionante placer que lo arrasaban. Otro dedo entró en él, los tres estirándolo a lo ancho y alrededor.
Cuando desaparecieron, dejando a Minseok vacío, gruñó con ira, pero oh, la presión rígida de la polla de Jongdae los sustituyó y fue mucho mejor que el cielo en la tierra.
Jongdae todavía sostenía las caderas de Minseok, la firme presión era suficiente para dejarle moretones al día siguiente. Minseok lo aprobó y se metió en la quemadura y la fricción sobre ese dulce lugar interior que lo volvía loco.
—Ahora, espera —dijo Jongdae, sonando como si hablara con los dientes apretados, apenas manteniendo el agarre de su control en el filo—. Tú te me ofreciste, así que te follaré a mi manera.
Salió y se estrelló de nuevo, la bofetada de carne contra carne fue increíble, dejándolo de nuevo noqueado. Minseok dejó de lado cualquier otro pensamiento y se convirtió en una criatura de emoción y sensación, follándose contra Jongdae tan ferozmente como Jongdae lo follaba, la roca dura y fresca bajo sus manos, el sol brillante del invierno en su piel y la dura longitud de Jongdae era todo lo que hubiese querido, incluso si no lo había sabido.
«Casa», pensó Minseok, mareado, aunque no acababa de entenderlo. «Estoy en casa, hogar, hogar...»
Minseok inclinó la cabeza hacia atrás lanzando un grito sin voz, sus tendones esforzándose dolorosamente en su cuello y se corrió sin una mano sobre su polla, echando chorros de semilla en la piedra que tenía delante. Detrás de él, Jongdae hizo un ruido salvaje y mordió bruscamente la garganta de Minseok antes de quedarse completamente inmóvil e inundarlo con su calor húmedo.
Jongdae se derrumbó contra la espalda de Minseok, arrastrando jadeos ásperos de aire. —Pareja —murmuró, hablando desde el lugar extraño donde las mentes de los hombres se iban cuando se habían corrido de manera tan espectacular. Minseok lo sabía, porque él mismo había ido a esas tierras silvestres—. Mi compañero. Mío. Mío.
Ronroneando, Minseok inclinó la cabeza y echó sus hombros hacia atrás apoyándose en el pecho de Jongdae. «Sí. Como tú eres mío, como debe ser, y lo que venga después, lo enfrentaremos juntos. Casa dije, y en casa estoy, el lugar perfecto para reposar mi cabeza, un sitio donde nunca habría pensado en mirar, y un compañero que ya posee mi corazón. ¿Quién habría pensado que quedarse atrapado podría traer tanta felicidad?»
Él se apoyó en su macho, su Jongdae, y cerró los ojos, satisfecho.
Fin?...
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