Capitulo Uno
El policía rugió a través de la mesa y dijo: —¿Es usted ingles? ¿Dónde se aloja usted?
La pequeña habitación estaba increíblemente caliente y cargada.
Fluke dirigió a su interrogador una mirada de furia con sus ojos violetas y echó la cabeza hacia atrás, con un torrente pelo multicolor de todos los tonos desde el cobre oscuro pasando por el dorado quemado.
—¡Yo no hablo español! —dijo por centésima vez. Él aporreó la mesa con el puño apretado.
—¿Cómo? —preguntó con frustración.
De repente algo explotó dentro de Fluke.
—Me acaban de robar y atacar y no pienso estar aquí sentado mientras usted me grita —explotó con voz tensa.
Levantándose, el hombre se acercó a la puerta y la abrió.
Fluke se quedó boquiabierto de incredulidad cuando entró su asaltante. Todo el miedo que había intentado enmascarar tras el gesto de desafío lo asaltó de nuevo, con imágenes de violencia y violación flotando por su cabeza.
Se levantó de su silla y retrocedió hasta una esquina, con una mano temblorosa intentando acomodarse la camiseta rota para ocultar el menor atisbo de su cuerpo.
Su asaltante, un joven corpulento, se paseó por la habitación con toda tranquilidad mientras soltaba una parrafada en español.
Fluke pestañeó de incredulidad.
El no comprender nada era lo más aterrador de todo. ¿Por qué se portaba aquel bandido que lo había metido a la fuerza en su furgoneta como si él fuera el que debía acusarlo a la policía?
De hecho, el lunático, aparentemente ignorante del hecho de que el asalto sexual era un delito, lo había llevado él mismo a aquella diminuta comisaría de policía.
Con exagerados gestos, el policía señaló las señales de sangre de las uñas de Fluke a un lado de la cara sin afeitar del hombre.
¿es que uno no podía defenderse a sí mismo si lo asaltaban en Bolivia?
Sin previa advertencia, la fuerza artificial que le había producido la afrenta empezó a fallarle. Su espíritu independiente decayó y, por primera vez en su vida, deseó tener algún apoyo familiar.
Pero su padre y su madrastra estaban disfrutando de un crucero de tres semanas por Grecia y su hermanastro, Mean, estaba en Africa Central haciendo un reportaje de una guerra civil que acababa de estallar.
Su familia ni siquiera sabía donde se encontraba Fluke, él había gastado impulsivamente la herencia de su abuela en un viaje a Bolivia.
Unas vacaciones de las de una vez en la vida, se había prometido a sí mismo.
Sólo treinta y seis horas atrás había aterrizado en La Paz, encantado de reunirse por fin con su amiga Sammy Reveron. ¿Cuántas veces le había pedido Sammy que fuera a visitarla?
Indudablemente, a su amiga, heredera de una cuantiosa fortuna, nunca se le había ocurrido que Fluke careciera de dinero para realizar aquel viaje.
Igualmente, a Fluke tampoco se le había ocurrido que Sammy y su marido, Antonio, podrían no estar en el país a su llegada.
La villa Reveron estaba cerrada y custodiada por un hombre de seguridad con un perro rabioso. Y tampoco sabía una sola palabra de inglés.
Negándose a ceder al pánico, Fluke se había registrado en el hotel más barato que había encontrado y había decidido explorar un poco por su cuenta mientras esperaba a que los Reveron regresaran a La Paz. Como Sammy estaba embarazada de ocho meses, pensaba que su amiga sólo estaría fuera un fin de semana como máximo.
«Un poco de exploración», reflexionó ahora mientras contemplaba a los dos hombres gesticulantes a poca distancia de él.
Ahora si lo estaba asaltando el pánico. La inteligencia le decía que era la hora de jugar una de las cartas que se había negado a utilizar desde que había encontrado la villa de los Reveron desierta. La carta salvaje, el único movimiento que nunca había soñado en hacer si no hubiera sido a la fuerza.
Podría haber telefoneado a Ohm para preguntarle donde estaba su hermana... pero cada pelo de su piel se erizaba ante la idea de ponerse en contacto con él, para pedirle ayuda.
Estúpido orgullo, pensaba ahora.
Desde luego, no era el comportamiento de un responsable adulto.
Cuatro años eran un largo tiempo.
Bien, él lo había abandonado. Lo había juzgado mal y le había hecho daño. También lo había humillado.
«Bien, únete al mundo real, Fluke», se desafió así mismo con un nudo en la garganta. «¡No eres el único que ha sufrido lo mismo»
Acercándose a la mesa, donde reposaba un cuaderno de notas y un bolígrafo, Fluke inspiró con fuerza.
¿Y si nunca hubieran oído hablar de Ohm? ¿Y si no era el gran millonario que Sammy le había hecho creer?
Y, aunque ninguna de las dos cosas sucediera, ¿Qué probabilidades había de que Ohm Thitiwat moviera su aristocrático dedo para ayudarlo?
Con mano temblorosa, Fluke escribió su nombre y apretó el cuaderno contra la mesa. Le dolió hasta escribir su nombre.
El policía frunció el ceño.
Con un gesto de interrogante confusión, alzó la vista hacia él.
Repitió el nombre en voz alta con un tono de reverencia.
—¡No entiendo —dijo frunciendo el ceño.
—¡Amigo! ¡Buen amigo! —mintió Fluke dando unas palmadas sobre el cuaderno.
Entonces esbozó una sonrisa de confianza aunque por dentro se sentía terriblemente mortificado.
El policía pareció francamente incrédulo y después soltó una carcajada nerviosa. Lo señaló y sacudió la cabeza.
—¡Estoy diciendo la verdad! —protestó Fluke con frenesí—. Conozco a Ohm Thitiwat desde hace años. Ohm y yo... éramos como esto.
Apretó las manos intentando poner gesto de sinceridad.
El policía se sonrojó y bajó la mirada como si Fluke le hubiera avergonzado.
Entonces, el joven de la furgoneta soltó otra parrafada y el policía le echó sin ceremonias de la habitación cerrando de un portazo a sus espaldas.
—¡Quiero que telefonee a Ohm!
Fluke hizo mímica sintiéndose como un idiota. Con un suspiro, el policía avanzó hacia adelante. Le pasó una mano por la estrecha cintura, lo hizo avanzar por un corredor y antes de que Fluke se enterara de nada, lo había encerrado en una celda pequeña y no muy limpia.
—¡Sáqueme de aquí!
El hombre desapareció y se oyó una puerta cerrarse antes de hacerse un silencio total.
Fluke se quedó de pie agarrado a los barrotes con fuerza. Estaba temblando como una hoja. ¡Vaya con la influeacia del apellido Thitiwat!
Sintió un velo de lágrimas ardientes y se desplomó contra el borde del viejo camastro antes de enterrar la cara entre las manos. Alrededor de una hora después apareció una anciana vestida de negro que metió un plato entre los barrotes.
Fluke no había comido nada desde el desayuno, pero el estómago se le rebeló ante la comida. La taza de café sólo era más apetecible. No se había dado cuenta de la sed que tenía.
Después de un rato se acostó luchando contra las lágrimas.
Antes o después tendrían que buscarle un intérprete y se aclararía aquella estúpida confusión. No necesitaba a Ohm para salir de aquel atolladero.
Pero Fluke era un desastre andante, decidió con rabia. Su primer viaje solo al extranjero y vaya situación en la que se había metido. ¿Por qué?
Era impulsivo, siempre lo había sido y probablemente siempre lo sería. Ese no era el primer acto impetuoso que le había traído problemas... Pero iba a ser el último, se juró.
Cuando se despertó, escuchó voces masculinas hablando en español. Desorientado, se incorporó con el pelo revuelto alrededor de la cara. El calor había vuelto. Con el nuevo día, un potente rayo de sol se filtraba por la alta ventana enrejada.
Sus adormilados ojos violeta distinguieron dos figuras masculinas tras los barrotes.
Una era la del policía, la otra... El corazón se le desbocó del pecho.
—¡Ohm! —susurró con una oleada de alivio.
Mientras le ofrecía al policía un cigarrillo, Ohm clavó sus profundos ojos oscuros en él y murmuró con pereza: —Bájate la ropa y cúbrete... pareces un cualquiera.
Sin abandonar la conversación que mantenía con el policía, Ohm se giró un poco quedándose de perfil. Fluke se quedó con la boca abierta y se sonrojó con violencia.
Se estiró los shorts y arregló como pudo la camiseta rasgada mientras sus ojos violetas despedían chispas.
—No te atrevas a hablarme así —siseó.
Los dos hombres volvieron la cabeza.
—Si no te callas, me iré —dijo Ohm sin un ápice de compasión.
Fluke le creyó.
Con sólo una excusa lo dejaría pudrirse allí. Lo notó en la helada mirada impasible y en el leve gesto de disgusto de su preciosa boca.
Cuatro años atrás en Londres le había puesto el mismo gesto... y eso casi lo había destrozado por completo.
Fluke sintió un nudo en la garganta. El simple recuerdo aún le lastimaba, de repente le costaba respirar. Luchó contra los recuerdos y alzó la barbilla de nuevo negándose con todo su temperamento a ser acobardado o avergonzado.
Pero a veces se despertaba todavía por las noches con sudores fríos al recordar su último encuentro.
Odiaba a Ohm como al veneno por la forma en que lo había tratado. Era muestra del cariño de Fluke hacia su hermana el que hubiera sobrevivido su amistad.
Mientras los dos hombres seguían hablando ignorándolo con suprema indiferencia, Fluke examinó a Ohm. Resultaba incongruente en aquel lugar tan sórdido, exóticamente extraño con su fabuloso traje gris que emanaba dinero. La rica tela cubría sus poderosas espaldas, acentuaba sus estrechas caderas y sus largas piernas musculosas.
Fluke apretó los dedos de forma compulsiva contra el dobladillo de sus shorts nada exagerado. Quizá pensara que parecía un cualquiera por sus amargos prejuicios contra Fluke.
Su fotografía había sido difundida en primera página del Time el verano anterior. Thitiwat, el multimillonario, enemigo de la corrupción, defensor de los débiles. Thitiwat, el gran filántropo, descendiente directo de la nobleza castellana, cuyos antepasados habían llegado en el siglo dieciséis. El periodista se había enfrascado encantado a relatar su larga línea de antepasados ilustres.
Fluke había sentido suficiente curiosidad como para devorar las fotografías primero. El era muy alto, pero no dominaba por su altura, sino por la fuerza de su presencia física. Un asombroso y atractivo hombre que poseía un devastador e innegable carisma. Su magnífica estructura ósea haría volver la cabeza a cualquiera con ojos incluso de las personas entradas en años.
Fluke examinó sus rasgos dorados, notando la asombrosa simetría de la amplia frente, la arrogante nariz y los pómulos salvajemente altos. Desearía poder exorcizarlo como había hecho con sus fotos al quemar la revista en una descarga de odio. Apretó los labios por la intensidad de las emociones.
Un segundo más tarde, volvió a abrirlos de par en par al contemplar como «el enemigo de la corrupción» sacaba un puñado de billetes y los ponía en la mano del policía.
Le estaba sobornando. A pesar de que Fluke nunca le había considerado un santo, como le calificaba la prensa latinoamericana, se quedó asombrado al ver los billetes cambiar de manos.
Entonces se abrió la puerta de la celda y Ohm entró en ella. Puso gesto de disgusto mientras recogía la manta y se la pasaba por los hombros.
—Estuve a punto de no venir —admitió sin ningún remordimiento.
Su fluido y sensual acento le produjo escalofríos por la espalda aumentando la tensión.
—Entonces no me molestaré en darte las gracias —replicó Fluke furioso porque creyera necesario taparlo con aquella manta y por tener que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
Pero bajo su respuesta yacía un amargo resentimiento y dolor que estaba resuelto a ocultar a toda costa.
—Si no fuera por mi hermana, te hubiera dejado aquí. Hubiera sido una experiencia muy beneficiosa para tu carácter.
—¡Odioso bastardo! —perdió el control Fluke por fin—. ¡Me han robado, asaltado y encerrado en una celda!
—Y ahora estás muy a punto de que te den un buen azote, porque si no tolero que nadie me falte tanto al respeto, ¿Cómo voy a tolerarlo de alguien como tú?
Con las mejillas ardientes por la furia, Fluke prácticamente saltó fuera de la celda. «Alguien como tú». ¿Cómo se habría imaginado en otro tiempo que estaba enamorado de Ohm Thitiwat?
No, eso no había sido amor, se dijo con furia. Había sido pura lascivia, pero a los diecinueve años no había podido admitir esa realidad ni ver la diferencia.
Ohm plantó un mano en su estrecha cintura y lo condujo por el corredor y Fluke se sintió demasiado aturdido por la profunda rabia que vio en sus oscuros ojos como para objetar nada.
De acuerdo, debía haber sido una molestia para él tener que sacarlo de una celda a las ocho de la mañana, pero era una situación desesperada y, seguramente, hasta un egocéntrico como él debía de reconocerlo.
En el exterior, la luz era cegadora, pero le desorientó la multitud de gente que rodeaba los dos Range Rovers que los esperaban. Con un ligero suspiro de irritación, Ohm plantó de repente las dos manos alrededor de su cintura, lo alzó del suelo y lo sentó en el asiento del pasajero del primer vehículo.
Entonces se volvió hacia su extasiada audiencia.
Todos los hombres se quitaron el sombrero. Algunas de las mujeres estaban llorando y los niños se apretaban contra sus piernas y se agarraban a él. Entonces la multitud se abrió y apareció un policía con un anciano clérigo a su lado.
El clérigo tenía una amplia sonrisa y alcanzó las manos de Ohm evidentemente colmándole de bendiciones.
¡Lo que era ser un héroe!
Fluke apartó la vista para ponerse rígido de desmayo al notar un bulto que se agitaba en el asiento del conductor. A menos que estuviera alucinando de algún modo, había algo vivo dentro. Con una oleada de pánico, saltó disparado del Range Rover al suelo polvoriento con la suficiente fuerza como para quedarse sin aliento.
—No estás contento a menos que seas el centro de toda la atención, ¿verdad?— comentó Ohm de forma desagradable inclinándose hacia él, que había caído de rodillas. Dos de sus hombres de seguridad habían salido del vehículo de atrás a ver qué había pasado.
Rojo como una amapola, Fluke susurró: —¡Hay una serpiente en el coche!
—¿Y qué? Es una de las exquisiteces locales.
Ohm lo volvió a meter en el asiento y le cubrió las piernas con la manta.
Transpirando de miedo, Fluke observó al policía atar con más fuerza el saco del asiento de al lado.
—Por favor, sácalo de ahí, Ohm —murmuró asomando por la ventana—. ¡Por favor!
Una esbelta mano morena alcanzó el saco y lo colocó en el asiento de atrás.
—Gracias —susurró al sentarse él tras el volante.
Un rayo de sol destelleó en su pelo negro como el ala del cuervo. Fluke apartó los ojos de la tentación y se odió así mismo. ¿Por qué tenía que ser la memoria tan física? Se removió en el asiento, amargamente avergonzado de recordar tan bien lo sedoso que su pelo podía llegar a ser.
—Así que dime, bajo tu punto de vista, cómo aterrizaste en una celda en menos de veinticuatro horas de tu llegada a mi país.
—Ayer decidí ir a ver las cuevas de hielo de Zongo Valley.
—¿Vestido como vas ahora? —cortó Ohm con incredulidad—. ¿Con shorts y sandalias?
— Yo... ¿Shorts?
¿Es que consideraba Ohm sus rodillas tan provocativas?
—La subida hasta las cuevas es de un par de horas para un montañero experto.
Fluke apretó los dientes.
—Mira, yo simplemente vi el cartel del hotel. ¡No sabía que había que ser un atleta para llegar hasta allí!
—¿Cuándo te enteraste de la realidad?
—Cuando salí del taxi y me encontré a tres tipos barbudos y muy tostados, con botas de montaña subiendo por la colina —admitió con voz glacial—. Entonces decidí volver andando a visitar el lago y cuando me di la vuelta para decírselo al taxista, ya había desaparecido con mi mochila.
—Jorge sospechaba algo así.
—¿Quién es Jorge?
—El policía del pueblo.
—Me habían robado mis cosas y mi dinero. Había desaparecido con la mochila en el asiento trasero.
—Puede que fuera un descuido por su parte. ¿Le pediste que esperara?
Fluke se puso rígido.
—Bueno, pensé que había entendido...
—¿Sabes el número de licencia del taxi?
Fluke sacudió la cabeza enfadado.
—Puede que todavía aparezca tu mochila. De todas formas, fuiste imperdonablemente descuidado.
—¿Ya me estás echando el sermón?
—Cuando te encontraste perdido y sin dinero, ¿Qé hiciste?
—Cuando comprendí que no iba a volver y que el sitio estaba desierto, empecé a andar y... paré a una furgoneta. No te puedes imaginar lo agradable y poco amenazador que parecía el conductor cuando me subí...
—Te creo. Y supongo que se pararía. ¿Entonces qué?
Fluke alzó la barbilla.
—Me ofreció dinero y mientras yo lo rechazaba, se arrojó sobre mí. ¡Pensé que iba a violarme!
—Tengo entendido que le diste una patada en sus partes que le arañaste y le golpeaste. Pareces capaz de defenderte tú solito. Pensó que eras un prostituto.
—¿Un qué? —explotó Fluke.
—¿Por qué crees que te ofrecía dinero? Los turistas no viajan solos en esos caminos, ni hacen auto stop solos.
Los oscuros ojos sombríos lo miraron un instante antes de volver a la carretera.
—¿Tienes idea de lo asustado que estaba cuando salió de la carretera y no me dejaba bajar de la furgoneta?
—Estaba decidido a denunciarte por lo que él entendía como intento de asalto. Pero aceptó no hacerlo para que no se rieran de él sus vecinos si se enteraban de que había sido atacado por alguien de la mitad de su tamaño.
Fluke estaba furioso por aquella actitud. El mensaje era que él se lo había buscado.
—Te has escapado por los pelos. Podría haberte golpeado para vengarse por la afrenta a su honor. Este país parece dominado por el machismo de algunos desde hace cuatro siglos— susurró Ohm en un tono mortalmente cortés—. Hará falta mucho más que un puñado de turistas para cambiar esas tradiciones, pero, por suerte, la mayoría de los viajeros son infinitamente más cuidadosos con su propia seguridad de lo que has sido tú.
—O sea, que crees que tengo lo que me he buscado.
—Un intento de resalte, una mano en la rodilla... Él ha jurado que eso fue todo. Dice que te volviste loco y le creo. Pasarán semanas antes de que pueda enseñar la cara sin que se rían sus vecinos.
Ohm parecía simpatizar con el conductor de la furgoneta.
El silencio se hizo interminable. Ohm no hizo ningún intento de romperlo. La ranchera se bamboleaba por la carretera rural con el vehículo de atrás siguiéndoles a una distancia discreta.
Ohm paró un momento y salió. Fluke vio asombrado cómo abría el saco y soltaba a la serpiente. ¡Vaya, un ecologista! Y lo bastante sensible como para no ofender a los del pueblo rechazando su regalo. Pensó con enfado que la serpiente estaba recibiendo más atenciones que él.
Pero eso no debía sorprenderlo.
Cuatro años atrás, le había dejado claro hasta la crueldad que Fluke le había decepcionado en todo. Su moral, su comportamiento "sexualmente provocativo..." recordó furioso sus palabras. Pero lo que todavía le dolía más era que él no había tenido el valor de alzar la barbilla y alejarse de su lado con dignidad.
Como un tonto, había intentado probar su inocencia.
—Él viene de un mundo diferente —había dicho Mean, su hermanastro—. Y pertenece a una cultura que ni siquiera has empezado a entender. No te engañe el hecho de que hable un inglés perfecto. Ohm es un hombre controlador tradicional y para él las personas son sólo de dos categorías: ángeles y prostitutos. Los que comparten su cama son prostitutos. Cuando se case, escogerá a un ángel recién salido de un convento y será tan rico y de tan buena cuna como él. Así que, ¿dónde crees que encajas tú?
Y parecía que Mean había acertado.
La tarde en que habían terminado su corta relación, Ohm lo había tratado como a un cualquiera. Disgustado por el recuerdo, Fluke volvió al presente y apartó la manta con gesto de rebeldía.
Estiró un poco las piernas maravillosamente torneadas y las cruzó. Le importaba un rábano su opinión, ¿o no? No era ya un estúpido adolescente encandilado por él.
—¿Dónde te alojas en La Paz? —preguntó Ohm después de encender de nuevo el motor.
Fluke se lo dijo.
Aquel fue el final de la conversación, pero el ambiente era tan tenso que casi se podía masticar. Cuando lo miró a hurtadillas y vio que tenía los nudillos blancos de la fuerza con que apretaba el volante, Fluke esbozó una sonrisa de satisfacción.
Ohm no era indiferente a él al más básico nivel.
Se sorprendió cuando Ohm paró y bajó del coche para acompañarlo a su sórdido hotel, pero prefirió no hacer comentarios. ¡Para qué rebajarse a hablar con él?
Pasó por delante de Ohm haciendo el caminar derecho y dignamente una obra de arte. Probablemente lo llevaría directamente a casa de su hermana. Sammy debía estar ya de vuelta. Pero, ¿Cómo iba a pagar la factura del hotel después del robo de la mochila?
Su habitación estaba como una leonera por la prisa con que la había abandonado por la mañana.
Se sonrojó y empezó a recoger ropa en una bolsa. Ohm se apoyó contra la puerta y de repente se encontró muy incómodo por su presencia en la pequeña habitación.
En la habitación no había baño, sólo un pequeño lavabo.
—Puedes esperar fuera mientras me cambio —murmuró.
—No seas ridículo.
—No soy ridículo —replicó Fluke sonrojándose más.
¡Era un descarado!, ¿Es que esperaba que se desnudara delante de él?
Los intensos ojos oscuros se cruzaron con los de Fluke. Fue como tocar un cable pelado.
Sintió una violenta sacudida antes de poder apartarse del magnetismo de aquella mirada, terriblemente conmocionado por la oleada de excitación que le recorrió el cuerpo.
No...no. Simplemente no podía suceder de nuevo. Ahora él era inmune a su presencia. No había sentido eso, se dijo con frenesí. No había sentido la sensación casi insoportable de conciencia física que lo había reducido a la idiotez en el pasado.
Ohm se inclinó con fluidez, recogió unos calzoncillos de seda de la ajada moqueta y se las tiró. Ya al borde del límite, Fluke fracasó en el intento de atraparlos y acabó recogiéndolos del
suelo con sensación de ridículo. Los metió en la bolsa con las manos temblorosas.
—A mí no me hubieras dado una patada en mis partes —murmuró Ohm con mucha suavidad.
Fluke alzó los ojos confuso en su dirección, pero los bajó hacia sus zapatos italianos.
Ohm dio un paso adelante. Fluke se paralizó sintiendo el sonido de su respiración como una bomba.
—Me hubieras tirado al suelo con entusiasmo.
«Bastardo», pensó absolutamente alterado por su crueldad.
Fluke había creído que estaba enamorado y se había dicho muchas veces que había sido mejor acabarlo antes de haber caído en su cama. Pero ahora sentía vergüenza y lo odiaba por ello. ¿Por qué tenía que hacerlo parecer tan barato?
—Los adolescentes son muy vulnerables cuando se encaprichan con alguien.
—Pero no fue capricho. Estabas terriblemente enamorado de mí.
Fluke casi se atragantó.
Se le cayó la bolsa de la mano sin darse cuenta. Se dio la vuelta de forma brusca sintiéndose enfermo. ¿Qué tipo de sádico era? ¿Es que sacaba algún tipo de perverso placer en patear sus sentimientos?
No había sido amor. Nunca había sido amor, se dijo con fuerza.
—Y las vibraciones siguen existiendo... Las siento —susurró Ohm con un tono sensual que pareció rasgar el aire.
—¡Yo no siento nada por ti... nada! —dijo Fluke a sus espaldas vagamente desconcertado por el giro de la conversación.
Había creído que estaba a salvo de cualquier referencia al pasado y ahora las tornas se habían vuelto en venganza.
Ohm estiró una de sus fuertes manos y lo asió por el hombro para darle la vuelta.
—¿Para qué disimular? Los dos somos adultos ahora y sé que disfrutas del placer donde y cuando lo encuentras... y con cualquier hombre que te atraiga.
Fluke sintió que no le llegaba el aire a los pulmones.
—¿Cómo te atreves?
Los insolentes ojos oscuros se burlaron de su tensión y de su repentina palidez. Ohm alzó la otra mano con calma y la deslizó por toda la curva de su labio inferior.
—¿Te asusta que te conozca como eres? ¿Por qué debería importarte? No tenemos que gustarnos el uno al otro, ni siquiera tenemos que hablar —murmuró con voz aterciopelada—. Yo sólo te quiero en esa cama debajo de mí una vez... y realmente no me importa que sea sórdida. Seré de todas formas el mejor amante que tendrás nunca.
El dedo que estaba dibujando su labio le estaba produciendo temblores.
Fluke no podía creer en lo que estaba oyendo. —Tienes que estar de broma...
Ohm se rió con suavidad.
—Antes eras tan honesto... al menos en esto, aunque no fuera en lo demás —susurró con la voz ronca—. Tú me deseas. Yo te deseo. ¿Por qué no deberíamos hacer el amor?
Fluke se estremeció con furia apenas oculta, pero bajo la furia había un dolor que se negaba a reconocer.
—¡Porque no te deseo! ¡No estoy tan desesperado! —replicó con ardor.
Entonces se apartó de él avergonzado de que su cuerpo se hubiera erizado y de que le hubiera costado toda su fuerza de voluntad separarse. Y avergonzado porque por un instante se había permitido pensar en ese tipo de intimidad que había ansiado en otro tiempo con el hombre al que había amado...
Sí, amado. ¿Para qué intentar aparentar lo contrario cuando hasta él sabía la profundidad de lo que habían compartido? «Los dos somos adultos ya».
Aquella era la última humillación y él no se había resistido a la tentación. Fluke era lo bastante bueno como para un revolcón en la habitación sórdida de un hotel, pero no para nada más.
—Me gustaría que te fueras —dijo Fluke con la mayor dignidad que pudo. Que no fue mucha.
—No te visitaré en Londres. No habrá una segunda oportunidad. ¿Y sabes? Sé dónde y con quien vives.
Fluke vivía en un diminuto ático que pertenecía a su hermanastro, Mean.
Pero se le escapaba el sentido del comentario de Ohm.
¿Qué tenía que ver dónde viviera Fluke?
Estaba furioso de que Ohm no esperara que rechazara su sórdida invitación. Debía esperar que Fluke se tendiera en la cama deseoso.
Con los estrechos hombros rígidos, se volvió hacia él.
—Simplemente olvídate de donde vivo.
—Eso intento, pero ¿para qué has venido a Bolivia si no? Sabías que nos encontraríamos de nuevo... y eso era lo que querías, ¿Verdad?
Fluke estaba asombrado de su arrogancia.
—¡Y un cuerno! ¡No quiero tener que ver nada contigo... absolutamente nada!
—Demuéstralo —lo retó él abrazándolo con tanta fuerza que lo asombró.
—¡Aparta tus manos de mí!
Pero su boca se aplastó contra la de Fluke, ardiente, hambrienta y forzando a que entreabriera los labios.
Y, para Fluke, el mundo giró sobre su eje mientras apagaba un gemido en la garganta. Todos sus sentidos físicos dieron un vuelco. Su lengua exploró con exquisitez el interior de su boca iniciando una penetración mucho más íntima y a Fluke se le derritieron los huesos mientras jadeaba y gemía electrizada por la fiera excitación que él había despertado.
Ohm apretó su fino cuerpo contra el de él con manos anhelantes y a Fluke le temblaron los muslos con un insoportable dolor debajo del estómago.
Ohm dejó de besarlo y alzó lentamente su cabeza morena.
—¿Te llevo a esa cama o al aeropuerto? —susurró con voz sedosa y descarada satisfacción masculina al mirar su cara abandonada—. La elección es tuya.