Capitulo 1
Seokjin
«Un túnel rojo».
No alcancé el final.
«Un chirrido metálico. ¿Ruedas? ¿Grilletes? ¿Ambos?». No lo sabía.
Puertas. Cerradas.
«Una, dos, tres…». Conté doce. Y me detuve en la decimotercera.
Apreté los ojos.
«¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado aquí?».
Necesitaba saberlo. Pero ese recuerdo no existía. Y supe que mis pies no tenían nada que ver.
«Estoy atado». Sí, me habían encadenado.
Miré de un lado a otro. Dos hombres me empujaban. Sus rostros ocultos bajo una máscara, manos enguantadas. Se abrió la puerta. Entramos.
«Desinfectante».
Olía a detergente mezclado con un aroma que no fui capaz de identificar. Cinco hombres más sin rostro. Bajo una luz roja. Una cama.
Cuerdas. Tijeras.
«Tijeras».
—¿Se ha recuperado? —Una voz masculina. Me llegó distorsionada, a pesar de tenerla a mi lado.
—Eso parece, jefe.
—Bien. Veamos cuánto resiste esta vez. —Le escuché sonreír. No. Eran varias sonrisas.
Alguien más tiró de mí. Deduje que me habían desencadenado porque el frío del suelo me atravesó los pies. Fui arrastrado hacia unas cuerdas, con las que me ataron de nuevo.
Me dolían los brazos. Las costillas. Me costaba respirar. Visión distorsionada. Un intenso terror en la garganta.
«Tengo frío».
—Eres un buen material, pequeño Corea. Carne de primera calidad. «Pequeño. Corea».
Unas manos muy calientes sobre mi pecho. Estaba desnudo.
«Pequeño». Descendieron por mi abdomen. Se acercaron a mi centro. «Pequeño».
Esa maldita voz colándose en lo más profundo de mis entrañas. «No me toques. No quiero». Pero no hablé. No pude.
Y entonces abrí los ojos.
La hermosa mirada de mi abuela me dio la bienvenida.
—Mira que eres perezoso —sonrió antes de hacerme cosquillas—. ¡Venga, arriba! He preparado tortas de huevo.
Las cocinaba a principios de mes, cuando cobraba su nómina. Ella siempre decía que las tortas de huevo con sirope eran un capricho de ricos y que estaba bien parecerlo, aunque fuera un solo día.
—Abuela —sollocé incorporándome en la cama.
—Sí, mi pequeño. Soy yo. —La melancolía atravesó su rostro cuando acercó una mano a mi mejilla.
Me aferré a su contacto. Ambos sabíamos que aquello no era real, pero nos dio igual. En ese momento, tan solo valía que nos teníamos.
—Te echo tanto de menos —gemí cerrando los ojos.
—Y yo a ti, mi amor. Pero debes resistir. Ya viene.
—¿Quién?
—El final. —Me abandoné a sus caricias cuando estas empezaron a recorrer cada rincón de mi cara—. Todo está a punto de terminar.
—No es verdad…
—Resiste. Solo un poco más. Ya viene. —Su voz cada vez más lejos.
—Abuela…
—Te quiero, mi pequeño.
Desperté.
Un fuerte mareo me atravesó la cabeza. Me dolía cada rincón del cuerpo. Pero, por entre toda aquella densa bruma de agotamiento e intenso malestar, pude ver el rostro del causante.
—Buenos días, Corea —dijo Mesut Gayir antes de sonreír—. Tres días. Has batido tu récord. Te creía un doncel mucho más vigoroso.
Me incorporé como pude en aquel catre y analicé mi entorno. El turco no estaba solo, su inseparable esbirro, Vladimir, le acompañaba y vigilaba la puerta de aquella mazmorra forrada de satén rojo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Mesut—. Yo te veo hecho un desastre, querido.
—Que te… jodan —balbuceé.
—¡Oh, vamos!
Bastó aquel estúpido comentario para reconocer que mi estado se debía a los efectos causados por algún tipo de estupefaciente. No era la primera vez que lo sentía. Mesut era muy dado a emplear narcóticos en aquellos que se negaban a obedecer sus órdenes.
—¿Qué me has dado? —pregunté. Me picaba la piel.
—Escopolamina —admitió orgulloso—. En vista de que la rudeza de Vladimir no te ha hecho hablar, hemos tenido que recurrir a métodos un poco menos ortodoxos. Pero lamentablemente terminaste desmayándote.
Casi lo agradecí, porque la inconsciencia detuvo la brutalidad.
—Torturar tampoco es ortodoxo…
—¡Cierto!
Mesut acercó sus dedos a mi mejilla y me enroscó un mechón de pelo tras la oreja. No tuve fuerzas para evitarlo.
—Podría sonsacártelo, sé que podría —murmuró—. De hecho, me apetece bastante. Pero tenemos un cliente de los gordos y no queremos que te vea así. Te ha salvado aquello que tanto detestas, ¿no es irónico? — terminó canturreando.
Le miré de reojo. Un ramalazo de ira me atravesó el vientre, me invitó a saltar sobre él y asfixiarle con mis propias manos. Pero Vladimir no me quitaba ojo de encima y sabía de las represalias. Además, siquiera tenía fuerzas para respirar.
—En fin, estará aquí a principio de semana.
—¿Aquí dónde?
—Oh, es cierto, tres días dan para mucho. —Se acercó para susurrarme al oído—. Me he tomado la libertad de ahorrarnos tiempo. Estamos en Japón, querido.
Ahogué una exclamación justo antes de que me lamiera la mejilla. Mesut se carcajeó al verme llorar.