Capítulo 1
Las dos semanas anteriores habían sido asombrosas y culminaban en aquel instante. Gulf Kanawut estaba junto a su nuevo escritorio, contemplando la pantalla en la que tenía que teclear sus datos de conexión.
No tenía ni idea de qué hacer a continuación.
La caja con sus pertenencias estaba en el coche. Sobre el escritorio había una carpeta con documentación del departamento de Recursos Humanos que le había dado Becky para leer.
Pero Gulf estaba paralizado, excepto por sus ojos, con los que recorría el despacho, desde la puerta hasta los ventanales con vistas a la ciudad.
No podía ser más distinto al cubículo atestado de cosas que había considerado su hogar los últimos años.
También la gente era muy distinta. Desde el carismático Finn DeLuca, el hombre que le había ofrecido el trabajo, a la recepcionista y el personal de Recursos Humanos, todo el mundo tenía un estilo animado y vital. Un cambio radical respecto al grupo apático de su anterior empleo.
Era un cambio a mejor y lo había necesitado desesperadamente, junto con la subida de sueldo de su nueva posición como director de contabilidad de Stone Surveillance. Pero no podía dejar de sentir cierta inquietud, que era lo que le impedía acomodarse en la cara y extremadamente cómoda silla que tenía a su lado.
Gulf podía oír las voces de su madre y su padre en la cabeza, peleándose como un ángel y un demonio. Ella, práctica, escéptica, advirtiéndole que aquello parecía demasiado bueno para ser verdad, que había gato encerrado. Él, siempre optimista, resolutivo, por no decir inclinado a cometer delitos, diciéndole que si alguien le ofrecía el mundo, lo aceptara y huyera antes de que cambiaran de opinión.
Lo que lo dejaba, como producto que era de ambos, paralizado por la indecisión. Pero eso tampoco era del todo cierto. Precisamente por haber tomado una decisión y haber dado un paso adelante, estaba en su nuevo despacho. Separó la silla del escritorio y se dejó caer en ella con un suspiro. Era cuero de verdad. La de su viejo despacho chirriaba cada vez que se movía y el almohadón del asiento había sido reparado con cinta americana.
Abrió la carpeta y empezó a leer la información sobre la política de la empresa, el derecho a vacaciones y los planes de pensiones. Había leído más de la mitad cuando se abrió la puerta. Gulf asumió que se trataría de Becky, o de alguien del servicio de informática con sus datos de conexión, pero no fue así.
Se le contrajo el vientre y le ardió la piel al ver al hombre que, apoyado en la puerta que había cerrado a su espalda, parecía un dios griego. Desafortunadamente, y a pesar de la opinión personal que tenía de él, siempre había reaccionado así al ver a Mew Suppasit.
En aquella ocasión, esa reacción fue acompañada de un total desconcierto. ¿Qué hacía allí el hombre al que había enviado a prisión ocho años atrás?
***
–Bastardo.
Mew Suppasit había recibido insultos mucho peores en su vida, y probablemente los merecía. Aquel día especialmente, aunque no por los motivos que Gulf Kanawut pensaba, y de los que estaba a punto de informarle.
–¿Es esa la manera de saludar a tu nuevo jefe?
La incredulidad, el enfado, el rencor y, finalmente, la comprensión, cruzaron el rostro de Gulf.
Mew se irritó por no experimentar ni ápice de la alegría que había querido sentir al tirarle aquella jarra de agua fría de realidad a la cara, igual que la ficticia que le habían echado a él, en la que Gulf había sido instrumental.
Tal vez aquella ausencia de satisfacción se debiera a que nunca había estado seguro de si Gulf había participado de manera involuntaria en el engaño que le había hecho acabar en la cárcel o si había colaborado de buen grado en él.
Ocho años atrás, él ya se había fijado en Gulf Kanawut. Era un empleado de Lockwood Industries. Se había cruzado con el un par de veces, habían coincidido en algunas reuniones y lo había evaluado distraídamente, como por aquel entonces valoraba cualquier cosa hermosa. Eso había cambiado el día en que, sentado en el juzgado frente a el, le había oído presentar una lista de pruebas contra él. Gulf había proporcionado al fiscal el arma humeante del caso.
Un arma que él jamás había disparado, aunque por aquel entonces no hubiera podido demostrarlo. Tampoco podía hacerlo en el presente, pero estaba decidido a encontrar la forma de exonerarse. No importaba que ya hubiera pagado por un crimen que no había cometido. Quería recuperar su buen nombre y su vida anterior.
Y Gulf iba a ayudarlo, aunque no supiera por qué había sido contratado por Anderson Stone para Stone Surveillance. Stone y Finn le habían preguntado por qué se empeñaba en seguir con la investigación. Ya había cumplido condena por desfalco y era libre. Tenía dinero para hacer lo que quisiera.
Antes de ser condenado, la empresa familiar le había sido indiferente. Y sí, era muy doloroso que su familia lo hubiera desheredado. Su padre lo había vetado en Lockwood y le había retirado la palabra. Su madre fingía que nunca había tenido un hijo. Pero ya se había hecho a la idea.
Por aquel entonces, le daba lo mismo lo que la gente pensara de él. Había sido vago, desconsiderado, consentido y arrogante. La cárcel le había cambiado. Contactar con Stone y Finn desde el interior lo había transformado. En el presente, sí le preocupaba lo que se murmurara a su espalda. Especialmente, porque no había hecho nada malo. Podía haber sido un irresponsable, pero siempre había cumplido la ley.
Gulf se puso en pie de un salto.
–Trabajo para Anderson Stone y Finn DeLuca.
–No. Trabajas para Stone Surveillance. Stone y Finn son dos de los socios. Yo soy el tercero.
–Nadie me lo había dicho.
–Porque les dije que no lo hicieran.
Gulf apretó los labios con la determinación que Mew ya había visto antes. Podía ser menudo, pero cuando quería, parecía un pitbull. Mew la había visto en las reuniones apasionarse por algún dato que para el era importante; cómo se le sonrosaba la piel y le brillaban los ojos azules... Precioso, tentador, cautivador. Pero también era el tipo de persona que aplicaba la misma pasión a todo, y por entonces, Mew había sido demasiado perezoso como para querer experimentar ese tipo de intensidad, aunque disfrutara de ella en la distancia.
Gulf sacó de un cajón el maletin y se lo colgó del hombro.
–¿Por qué ibas a contratarme si me odias?
Mew esbozó una sonrisa.
–Odiar es una palabra muy fuerte.
–Contribuí a que fueras a la cárcel. «Odio» es probablemente lapalabra adecuada.
–Yo no pondría la mano en el fuego.
Mew no mentía, porque, por más que le hubiera gustado, lo cierto era que no conseguía odiarlo. Era posible, o más aun, probable, que estuviera completamente implicado en la trama que había acabado con él. Pero sin el, no podría averiguar la verdad. Y dudaba que fuera a ayudarlo si creía que la culpaba de lo ocurrido.
–¿No? ¿Cuál te parece mejor?
Mew ladeó la cabeza.
–Reconozco que no eres mi persona favorita. Pero no creo que merezcas mi odio más de lo que yo merecía ir a la cárcel.
Gulf rio con desdén y fue hacia la puerta. Mew se interpuso en su camino. El se paró en seco para no tocarlo y a Mew no le pasó desapercibida ni su tensión ni cómo apretaba la correa del maletin.
Era un hombre listo.
Él había pasado los últimos años esperando el momento adecuado.Además de boxeando con otros prisioneros en el cuadrilátero que Stone, Finn y él habían montado. En esas peleas había aprendido a observar a sus contrincantes, fijarse en pequeños detalles físicos que adelantaban una acción.
Las intenciones de Gulf eran poco sutiles: quería huir y alejarse de él.
Desafortunadamente para el, en las siguientes semanas iban a pasar mucho tiempo juntos.
–Quítate de en medio –masculló el.
Su mirada encendida provocó un intenso calor en Mew. Había algo seductor en aquella muestra de forzada valentía. Recorrió a Gulf con una mirada depredadora. Era difícil no detenerse en sus tentadoras curvas, en cómo el pantalon se pegaba a su trasero respingón y la chaqueta se ceñía su estrecha cintura.
Una parte de él tuvo la tentación de provocarlo, de ver cómo reaccionaba si lo tocaba. Pero decidió que no sería una jugada inteligente.
Se echó a un lado.
–Puedes irte cuando quieras, Gulf.
El lo observó entornando los ojos.
–Gra-gracias –dijo como si percibiera que le guardaba una sorpresa desagradable.
Él le dejó dar un paso adelante antes de apretar la tecla.
–Aunque no sé dónde vas a ir. Me he tomado la libertad de informar a tu anterior jefe de algunas actividades cuestionables en las que te has visto implicado.
–Yo no he hecho nada cuestionable.
–Claro que no, pero no es eso lo que sugieren las pruebas.
Gulf abrió y cerró la boca varias veces hasta que finalmentemasculló:
–Bastardo.
–Eso ya lo has dicho. ¿Verdad que no es agradable que se usen mentiras en contra de uno? Lo cierto es que no tienes otro trabajo. Y los dos sabemos lo que te costó conseguir uno después de dejar Lockwood.
Los ojos azules de Gulf centellearon. ¡Qué guapo estaba cuando se enfurecía!
–¿Qué quieres? –gruñó–. ¿Es una venganza?
Mew se cruzó de brazos para evitar hacer una tontería.
–No. Quiero que me ayudes a probar mi inocencia.
–No puedo.
–¿Porque te niegas?
–Porque no eres inocente.
–¿Te has plateado alguna vez que estés equivocado, Gulf?
–Por supuesto –dijo el, alzando la voz–. Pero las cifras y las pruebas no mienten. He visto con mis propios ojos que has malversado millones de dólares de las cuentas de Lockwood.
–Viste lo que alguien quiso que vieras –o lo que el había querido que vieran otros.
–Me voy. Conseguiré otro trabajo.
–Seguro. La cuestión es si será en Charleston o si podrás pagar la educación de tu hermana, o la hipoteca de tu madre, o incluso tu coche. No es fácil encontrar trabajo si no se tiene coche.
–Bastardo.
–Deberías comprarte un diccionario de sinónimos. Aquí tienes untrabajo y, a pesar de todo, sé que eres un magnífico contable. Queremos que trabajes para la compañía. Solo pretendo que hagas una tarea antes de empezar a trabajar. Y te pagaremos generosamente por ambas cosas.
–¿Cuánto tiempo tengo que dedicar a demostrar que eres inocente? Podría tardar una eternidad.
Mew lo observó. Cuando Finn se lo había preguntado no había sabido qué responder. ¿Cuánto tiempo estaba dispuesto a dejar su vida en suspenso por lo que tal vez fuera improbable?
–Seis semanas.
Gulf arrugó la nariz en un gesto de desagrado, y dijo:
–Está bien.
Y se marchó.
Gulf no tenía ni idea de dónde iba, pero tenía que alejarse de Mew antes de hacer alguna estupidez. Como empezar a creerle. O peor aún, dejarse arrastrar por la correa invisible que lo ataba a él cada vez que entraba en una habitación.
El servicio le sirvió de escape.
Mew era el pecado en persona. Tenía la reputación de perseguir el placer, el sexo, la adrenalina, los coches rápidos y el estilo de vida que acompañaba a todo ello.
Su nombre debería aparecer junto a la palabra «pecador» en el diccionario.
La vida era injusta. A él le había tocado la lotería al nacer. No ya por formar parte de una familia prominente del sur, con una buena educación y mucho dinero, sino porque había heredado de sus padres unos genes increíbles. Era espectacularmente guapo y lo sabía. Ocho años atrás, la decisión más importante que el le había visto tomar era elegir con cuál de las personas que se echaban sus brazos acostarse. Exudaba seguridad en sí mismo, era extrovertido y tenía el aspecto de un dios griego.
También el lo había encontrado atractivo, pero le había resultado fácil resistirse a él porque era superficial, consentido y arrogante. Gastaba el dinero como si jugara al Monopoly. Tenía la fama de comprar coches caros, que destrozaba en semanas, adoraba las fiestas y se contaba que había pagado los gastos de decenas de personas para pasar una semana de hedonismo en Las Vegas, Mónaco o Tailandia. Y durante el juicio, la acusación había proporcionado pruebas de que arrastraba enormes deudas de juego.
Pero... había cambiado.
El cuerpo perfecto se había musculado, probablemente por el ejercicio que había hecho en prisión. Y a Gulf no le había pasado desapercibida una cicatriz que trazaba una línea desde la ceja hasta el borde de unos de sus verdes ojos, una imperfección que solo lo hacía más atractivo.
Pero el mayor cambio se había producido en su actitud. Aunque seguía teniendo un aura capaz de imponerse en cualquier espacio al que llegara, su fuerza era más sutil.
La cuestión era si el podría trabajar junto a él seis semanas sin querer matarlo o recorrer su cuerpo con sus manos. O, aún más dudoso, ¿podría trabajar por dinero en un proyecto en el que no creía?
Ni en el pasado ni en el presente le cabía duda alguna de que Mew Suppasit guardaba numerosos secretos. El había descubierto uno y su vida había descarrilado. ¿De verdad quería arriesgarse a descubrir más?
Gulf se pasó las manos por la cara con un gemido antes de inclinarse sobre el lavabo para lavárselas. Se miró al espejo. Llevaba toda la vida haciendo lo correcto. La integridad era importante para el. Siendo hijo de un criminal y un estafador... había que optar entre formar parte del negocio familiar o ser más recto que un mástil. Ver a su padre salir y entrar de la cárcel toda su infancia había facilitado su decisión.
Despreciaba a las personas que tomaban la salida fácil, a cualquiera que se aprovechaba de los demás. En lo que a el respectaba, Mew Suppasit era el peor tipo de criminal, porque no había necesitado el dinero que había desfalcado.
Claro que debía más de un millón a un peligroso corredor de apuestas. Pero su patrimonio neto había estado cerca del billón. Gran parte de esa riqueza había estado inmovilizada en el activo fijo, pero en lugar de liquidarlo, había decidido meter mano en el frasco de galletas de la familia. Probablemente porque el malcriado niño rico creía que tenía derecho a hacerlo.
Nunca había entendido hasta qué punto ese dinero había puesto en peligro la posición financiera de la compañía, por no mencionar el trabajo de los empleados en Lockwood Industries.
Así que la cuestión era si el podía pasar seis semanas fingiendo trabajar en un proyecto en el que no creía, a cambio de un salario que necesitaba desesperadamente.
Se le hizo un nudo en el estómago. No estaría mintiendo a Mew. Él sabía bien que no le creía. También que no sería el más motivado de sus empleados. Aparte de que era evidente que él había maniobrado para que lo contrataran, algo de lo que tendría que hablar con Anderson Stone y Finn DeLuca. Así que no le debía nada a Mew.
La cuestión de fondo era si podría dormir con la conciencia tranquila si aceptaba el trabajo.
En aquel momento, la respuesta era afirmativa. Podía no gustarle la situación en la que se encontraba, pero estaba seguro de que Mew había hecho imposible que consiguiera otro trabajo. Dudaba que tuviera ese poder en todo el país, así que en algún momento podría encontrar algo, pero eso implicaría mudarse. Y aunque no le supusiera un trauma, por el momento no podía hacerlo.
Menos aún cuando le preocupaba que su padre estuviera volviendo a las andadas.
¿Cómo era posible que se encontrara en aquella encrucijada?
Tomando aire, Gulf se irguió. Se quedaría, aceptaría el dinero de Mew y trabajaría seis semanas. Al menos así podría reunir un colchón económico mientras pensaba algo.
Se secó las manos con una toalla de papel y salió. Dos pasos más adelante se paró en seco.
No necesitó volverse para saber que él estaba a su espalda. Todo su cuerpo reaccionó, la electricidad le recorrió la piel. Giró lentamente la cabeza.
De brazos cruzados, Mew se apoyaba en la pared ante las puertas de los servicios.
–¿Te encuentras mejor?