FINALE 🖤👼 4 || KOOKMIN ADAPT

Summary

No te pierdas el esperado final de la saga «Hush, hush». ¿Logrará el amor conquistarlo todo? Jimin y Jungkook pensaban que sus problemas habían acabado. Con GongYoo fuera de juego, por fin tendrían un descanso. Pero ahora, sin GongYoo, Jimin se ha convertido de manera involuntaria en el líder de los Nefilim y tiene que acabar lo que él comenzó, lo que significa que deberá destruir a los ángeles caídos y con ellos a Jungkook. Jimin, que nunca permitirá que eso ocurra, elabora un plan con Jungkook: harán creer a todos que han roto, convencerán a los Nefilim de que están cometiendo un error y evitarán así la guerra. Pero al conocer de cerca los detalles de su nuevo papel, Jimin se siente irremediablemente seducido por el poder que este le confiere. Comienza la batalla. Jimin y Jungkook tendrán que confrontar las diferencias que siempre han existido entre ellos. ¿Permitirán que se destruya el amor por el que tanto han luchado?

Status
Complete
Chapters
43
Rating
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Age Rating
16+

Prologo

En la actualidad

Taehyung no creía en fantasmas. Los muertos se quedaban en la tumba y punto. Pero el entramado de túneles que se extendía bajo el parque de atracciones Delphic, arrullado por susurros y murmullos siseantes, le hizo reconsiderar su opinión. No le gustaba que sus pensamientos viajaran hasta Park Hyungsik. No quería que se lo recordara por su implicación en el asesinato de un hombre. Gotas de humedad se desprendían del techo. Taehyung pensó en la sangre. El fuego de su antorcha proyectaba sombras en los muros, que olían a tierra fría y mojada. Pensó en las tumbas.

Una corriente helada le erizó los pelos de la nuca. Se volvió al instante y escrutó la oscuridad con desconfianza.

Nadie sabía que le había hecho a Park Hyungsik el juramento de proteger a Jimin. Como ya no podía decirle: «Eh, perdón por haberte causado la muerte», había decidido comprometerse a proteger a su hijo Lo cierto era que no se le daba bien eso de disculparse, pero era lo mejor que se le había ocurrido. Ni siquiera estaba seguro de que hacerle un juramento a un difunto comprometiera a nada.

Sin embargo, los sonidos huecos que resonaban a sus espaldas le hacían pensar lo contrario.

—¿Vienes?

Taehyung adivinó el perfil oscuro de los hombros de Namjoon unos pasos por delante de él.

—¿Falta mucho?

—Unos cinco minutos. —Namjoon rio entre dientes—. ¿Nervioso?

—Muerto de miedo. —Taehyung aceleró el paso para alcanzar a Namjoon y, con la esperanza de no parecer tan estúpido como se sentía, añadió—: ¿Qué pasa en esas reuniones? Es la primera vez que voy.

—Los altos cargos quieren conocer a Jimin. Ahora es su líder.

—¿Significa eso que los Nefilim han aceptado que la Mano Negra ha muerto?

Taehyung no acababa de creérselo. Se suponía que la Mano Negra era inmortal. Todos los Nefilim lo eran. Entonces, ¿quién había encontrado el modo de acabar con él?

A Taehyung no le gustaba nada la respuesta que le venía a la cabeza cada vez que se lo preguntaba. Si Jimin había sido el responsable… Si Jungkook lo había ayudado…

Por mucho que se hubieran esforzado en no dejar ningún rastro, seguro que se les había pasado algo por alto. Le ocurría a todo el mundo. Solo era cuestión de tiempo.

Si Jimin había matado a la Mano Negra, corría peligro.

—Han visto el anillo —aclaró Nam.

Taehyung también lo había visto. Antes. El anillo encantado crepitó como si tuviera un fuego azulado atrapado bajo la corona. Y aún despedía ese brillo cerúleo, frío y mortecino. Según Nam, la Mano Negra había predicho que ese anillo sería la señal de su muerte.

—¿Han encontrado el cuerpo?

—No.

—¿Y están de acuerdo en que Jimin sea su nuevo líder? —preguntó Taehyung apretando el paso—. No se parece en nada a la Mano Negra.

—Le hizo un juramento de sangre anoche. Y él asintió con la cabeza en el momento en que murió. Ahora él es el líder, les guste o no. Puede que acaben reemplazándolo, pero primero le concederán un tiempo para ver por qué GongYoo lo eligió.

A Taehyung no le gustó la idea.

—¿Y si le buscaran un sustituto?

Nam le lanzó una mirada oscura por encima del hombro.

—Moriría. Son las condiciones del juramento.

—No dejaremos que eso pase.

—No.

—Entonces todo va bien… —concluyó Taehyung. Necesitaba una confirmación de que Jimin estaba a salvo.

—Mientras colabore…

Taehyung recordó la discusión que había mantenido con Jimin ese mismo día. «Me encontraré con los Nefilim. Y voy a dejarles muy clara cuál es mi posición. Puede que GongYoo empezara esta guerra, pero quien la terminará seré yo. Y la guerra acabará con un alto al fuego. Me da igual que no sea eso lo que quieren oír». Taehyung se llevó los dedos al puente de la nariz: aún tenía mucho que hacer.

Avanzó pesadamente sin apartar la vista de los charcos del suelo. Ondeaban como caleidoscopios aceitosos, y el último que había pisado accidentalmente le había dejado el pie empapado hasta el tobillo.

—Le dije a Jungkook que no perdería a Jimin de vista.

—¿También le tienes miedo a él? —gruñó Nam.

—No.

Pero sí se lo tenía. Y Nam habría sentido lo mismo si lo hubiera conocido.

—¿Por qué no han dejado que Jimin nos acompañara a la reunión? —La decisión de separarse de Jimin lo había dejado preocupado y no se perdonaba no haber mostrado su disconformidad en un principio.

—No sé por qué hacemos la mitad de las cosas que hacemos —adujo Nam—.Somos soldados y cumplimos órdenes.

Taehyung recordó lo que le había dicho Jungkook al despedirse de él. «No le quites el ojo de encima. Y no metas la pata». Aquella amenaza caló hondo en su corazón. Jungkook estaba convencido de que era el único que se preocupaba por Jimin, pero se equivocaba. Jimin era para Taehyung lo más parecido que tenía a un hermano. Había estado a su lado cuando todo el mundo le había dado la espalda e incluso había evitado que cayera al vacío. Literalmente.

Tenían un vínculo, aunque no ese vínculo. En realidad se preocupaba por Jimin más que por cualquiera de las personas a las que había conocido. El era responsabilidad suya. De hecho, le había hecho un juramento a su difunto padre.

Los dos Nefilim se adentraron aún más en los angostos túneles, rozando los muros con los hombros. Taehyung se inclinó para meterse en el siguiente pasadizo, y varios terrones se desprendieron del techo a su paso. A partir de entonces avanzó conteniendo la respiración por miedo a que el pasillo se derrumbara sobre sus cabezas y los dejara sepultados bajo los escombros.

Al cabo Nam tiró de una clavija y una puerta se materializó en el muro del pasadizo.

Taehyung examinó la tenebrosa sala que había tras la puerta. Los mismos muros mugrientos, el mismo suelo de piedra… Vacía.

—Mira —dijo Nam señalando el enlosado—. Una trampilla.

Taehyung se apartó de la placa de madera que había encajada entre las losas del suelo y tiró de la manilla. Voces acaloradas ascendieron por el agujero. Pasó por encima de la tapadera, se introdujo en el hueco y aterrizó tres metros más abajo.

Examinó la diminuta sala en un instante: parecía una caverna, y un grupo de hombres y mujeres Nefilim vestidos con túnicas negras formaban un corro alrededor de dos figuras que no podía distinguir con claridad. Una hoguera chisporroteaba a un lado de la estancia y, hundida entre las brasas, la hoja de una espada resplandecía al rojo vivo.

—Dime —espetó una voz enjuta y anciana en el centro del círculo—: ¿Cuál es la naturaleza de tu relación con el ángel caído al que llaman Jungkook? ¿Estás preparado para liderar a los Nefilim? Tenemos que saber si contamos con tu lealtad absoluta.

—No veo por qué debo contestar a eso —respondió Jimin, la otra figura—. Mi vida personal no es asunto vuestro.

Taehyung se acercó para ver mejor lo que ocurría.

—Tú careces de vida personal —resopló la mujer de la voz enjuta; tenía los cabellos canos y blandía un dedo huesudo hacia Jimin mientras la mandíbula le temblaba de rabia—. Ahora tu único designio es conseguir que tu gente viva libre de los ángeles caídos. Sé muy bien que eres el heredero de la Mano Negra, pero, aunque me dolería ir en contra de sus deseos, si es preciso votaré para que te excluyan.

Taehyung paseó la mirada por el grupo de Nefilim que formaban el corro. Varios de los presentes asintieron.

«Jimin —le instó Taehyung mentalmente—, ¿se puede saber qué estás haciendo? Piensa en el juramento de sangre. Tienes que mantenerte en el poder. Diles lo que quieren oír. Lo que sea para que se tranquilicen».

Jimin fue mirándolos a todos con hostilidad manifiesta hasta que sus ojos se encontraron con él: «¿Taehyung?», pensó.

Él asintió con la cabeza para mostrarle su apoyo. «Estoy aquí. No los irrites más de lo que ya están. Haz lo que sea para complacerles y luego te sacaré de aquí».

Jimin tragó saliva y trató de serenarse, pero sus mejillas siguieron rojas de indignación.

—Anoche la Mano Negra murió. Desde entonces me he convertido en su heredero y me he visto obligado a ocuparme del liderazgo de este pueblo, a ir de una reunión a otra, a saludar a gente a la que no conozco, a llevar esta túnica sofocante, a responder a montones de preguntas sobre cuestiones personales, se me ha evaluado y presionado, cuestionado y juzgado, y todo eso sin disponer de un solo segundo para respirar. Así que disculpadme si aún no he tenido tiempo de recuperarme.

La mujer del cabello cano frunció los labios, pero no replicó.

—Soy el heredero de la Mano Negra. Él me eligió. No lo olvidéis —advirtió Jimin.

Taehyung no pudo determinar si había hablado con convicción o sarcasmo, pero el resultado de sus palabras fue el silencio.

—Respóndeme una pregunta —le pidió la mujer mayor con astucia después de una pausa cargada de tensión—. ¿Qué ha sido de Jungkook?

Antes de que Jimin tuviera tiempo de responder, Namjoon dio un paso adelante y dijo:

—El ya no está con Jungkook.

Jimin y Taehyung se miraron el uno al otro, atónitos, y luego se volvieron hacia Namjoon.

«¿A qué viene eso?», le preguntó Jimin a Namjoon mentalmente, incluyendo a Taehyung en su conversación a tres.

«Si no te permiten tomar el mando ahora mismo, tendrás que morir: así lo dicta el juramento de sangre —respondió Namjoon—. Deja que me encargue yo».

«¿Mintiendo?», inquirió él sin despegar los labios.

«¿Tienes una idea mejor?»

—Jimin desea ser el líder de los Nefilim —anunció Nam con voz alta y clara—. Hará todo lo que sea necesario. Terminar la labor de su padre lo es todo para el.

Concededle un día de duelo, y luego se lanzará de cabeza a la tarea, completamente comprometido. Yo lo prepararé. Puede hacerlo. Dadle una oportunidad.

—¿Que tú lo prepararás? —le preguntó la mujer mayor con una mirada penetrante.

—Todo irá bien. Confiad en mí.

La mujer sopesó sus palabras durante unos instantes y finalmente le ordenó:

—Ponle la marca de la Mano Negra.

Al ver la mirada salvaje y aterrorizada de Jimin, Taehyung estuvo a punto de vomitar.

Las pesadillas. Surgían de algún lugar recóndito, adueñándose de sus pensamientos, revoloteando por su cabeza atropelladamente. Se mareaba. Y entonces oía la voz. La voz de la Mano Negra. Taehyung se tapaba al punto los oídos y contraía el rostro con una mueca de dolor. La voz maníaca se reía burlonamente y siseaba con insistencia hasta que las palabras se mezclaban en un zumbido frenético, como el de una colmena azotada por el viento. La marca de la Mano Negra que llevaba grabada a fuego en el pecho palpitaba. Era un dolor reciente. Taehyung no podía distinguir entre el ayer y el hoy.

Su garganta soltó una orden ahogada:

—Basta.

Tuvo la sensación de que el tiempo se detenía. Los cuerpos de los presentes se volvieron hacia él y, de pronto, Taehyung sintió el peso de la hostilidad de todas las miradas.

Se quedó paralizado. No podía pensar. Tenía que salvarlo. Nadie había evitado que la Mano Negra lo marcara, y no estaba dispuesto a dejar que a Jimin le ocurriera lo mismo.

La anciana se acercó a Taehyung, haciendo sonar los tacones contra el suelo en una cadencia lenta y deliberada. Profundos surcos marcaban su piel. Sus ojos verdes y vidriosos lo escrutaban desde el fondo de las cuencas.

—¿No te parece que debería demostrarnos su lealtad con el ejemplo? Sus labios esbozaron una sonrisa desafiante.

A Taehyung se le aceleró el corazón y, sin siquiera pensarlo, dijo:

—Que os la demuestre con sus acciones. La anciana inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿Qué quieres decir?

Y entonces oyó la voz de Jimin en su cabeza. «¿Taehyung?», murmuró preso de los nervios.

Taehyung esperó que su intervención no estuviera empeorando las cosas. Se humedeció los labios y prosiguió:

—Si la Mano Negra hubiera querido que luciera su señal, se habría encargado de marcarlo personalmente. Confiaba en el lo bastante como para encargarle este trabajo. Y a mí me basta con eso. Podemos pasarnos lo que queda del día poniéndolo a prueba o podemos empezar esta guerra de una vez por todas. Unos treinta metros por encima de nuestras cabezas tenemos una ciudad repleta de ángeles caídos. Traedme uno. Yo mismo me encargaré de marcarlo. Si queréis que los ángeles caídos sepan que esta guerra va en serio, mandémosles un mensaje.

Oía su propia respiración errática.

Lentamente una sonrisa iluminó el rostro de la anciana.

—Vaya, eso me gusta. Y mucho. ¿Y quién eres tú, muchacho?

—Kim Taehyung —respondió tirando del cuello de su camiseta. Sus dedos rozaron la piel deforme que dibujaba su marca: un puño cerrado—. Larga vida al proyecto de la Mano Negra.

Las últimas palabras le dejaron un regusto bilioso en la boca.

La anciana posó sus dedos huesudos en el hombro de Taehyung, se inclinó ligeramente hacia él y le dio un beso en cada mejilla. Tenía la piel húmeda y fría como la nieve.

—Y yo soy Lisa Martin. Conocía muy bien a la Mano Negra. Larga vida a su espíritu, que está entre nosotros. Tráeme a un ángel caído, jovencito, y le mandaremos un mensaje al enemigo.

Pronto estuvieron de vuelta.

Taehyung ayudó a bajar al ángel caído encadenado: era un muchacho llamado Baruch que debía de tener unos quince años humanos. El mayor miedo de Taehyung era que los Nefilim esperaran que Jimin se encargara de marcarlo, pero Lisa Martin se lo había llevado a una antecámara.

Un Nefil se había acercado a Taehyung ataviado con su túnica y había depositado el hierro candente en sus manos. Él bajó la mirada hacia la losa de mármol en la que habían maniatado al ángel caído. Taehyung hizo oídos sordos a los insultos y las amenazas de venganza de Baruch y, tras repetir las palabras que el Nefil de la túnica le había ido murmurando al oído (un montón de chorradas que comparaban a la Mano Negra con un dios), presionó el acero ardiente contra el pecho desnudo del ángel caído.

Terminada la ceremonia, Taehyung salió al pasillo y se apoyó junto a la puerta de la antecámara para esperar a Jimin. Si al cabo de cinco minutos seguía ahí dentro, entraría a buscarlo: no se fiaba de Lisa Martin. No se fiaba de ninguno de los Nefilim que había ahí dentro. Estaba claro que formaban una sociedad secreta, y la vida le había enseñado de la peor manera que los secretos no deparaban nada bueno.

La puerta se abrió con un crujido. Jimin salió al pasadizo y lo estrechó con fuerza entre sus brazos. «Gracias», le dijo mentalmente.

Taehyung no lo soltó hasta que dejó de temblar.

«Lo hago continuamente —bromeó tratando de tranquilizarlo del mejor modo que sabía—. Ya te mandaré la factura».

Jimin dejó escapar una sonrisa.

—Ya ves que están encantados de tenerme de líder.

—Están conmocionados.

—Conmocionados por que la Mano Negra haya puesto su futuro en mis manos.

¿Has visto qué cara ponían? Creía que se iban a echar a llorar. O incluso que me iban a arrojar tomates o algo así.

—¿Y qué vas a hacer?

—GongYoo está muerto, Taehyung. —Jimin lo miró directamente a los ojos; Taehyung le secó las lágrimas pasándole los dedos por debajo de los párpados y descubrió en su mirada un destello que no consiguió descifrar. ¿Tranquilidad? ¿Seguridad? ¿O tal vez una confesión en toda regla?—. Me voy a celebrarlo.