PRΓLOGO
De la tormenta que entre el gris asoma
Y del oscuro nubarrΓ³n que toma
(Cuando el resto del cielo azul destila)
La forma de un demonio en mi pupila
(βSoloβ, Edgar Allan Poe)
El reloj Junghans de pie, el objeto que mΓ‘s atesoraba de sus dΓas en BerlΓn, marcΓ³ con precisiΓ³n alemana las 18 horas. Seis campanadas perfectas, limpias, tan sonoras que llenaban toda la casa y llegaban hasta su habitaciΓ³n en la planta alta. Era como si sonaran al lado y siempre le producΓa una sensaciΓ³n indescriptible, de tibieza dulce, de seguridad. Si cerraba los ojos en ese momento, su cabeza se llenaba de rostros, nombres, imΓ‘genes, sensaciones. Hasta podΓa sentir el olor de la madera del cuarto que durante meses fuera su refugio en aquella ciudad.
En el pasado, cuando se sentaba en el living a leer y fumar un cigarrillo negro, o un cigarro, solΓa dedicar largos minutos a contemplar esa pieza del ingenio creativo germano que tanto admiraba. Cinco dΓ©cadas despuΓ©s, aΓΊn con los retazos de memoria que le quedaban, recordaba el pequeΓ±o negocio en la esquina de Adalbert Strasse y Naunyn. Justo enfrente de la Heinrich Platz, donde solΓa parar y sentarse en un banco a descansar y a admirar la tranquilidad de una ciudad que se le hacΓa casi perfecta. Β‘CuΓ‘nto odiΓ³ tener que dejarla asΓ, tan a las apuradas! Una furtiva sombra apurando el paso durante la noche para salir de allΓ y ya no regresar jamΓ‘s.
ExtraΓ±aba BerlΓn. ExtraΓ±aba especialmente su majestuosidad y su sencillez ordenada, la convicciΓ³n de su gente, orgullosa de sus poetas y sus filΓ³sofos, sus cientΓficos y sus hΓ©roes, de su imbatible tenacidad para enfrentar desafΓos.
RecordΓ³ el concierto de tic tacs que regalaban los relojes de pie y de pared mientras regateaba con aquel judΓo enjuto y de modales refinados que le vendiΓ³ el modelo mΓ‘s moderno. Eso habΓa sido en sus βaΓ±os salvajesβ, como los llamaba en secreto.
La muerte le estaba por llegar, no tenΓa esperanza y no habΓa cura. Durante meses tuvo la sospecha, confirmada por el diagnΓ³stico crudo, pero certero, de estudios y radiografΓas. Sus amigos y colegas le hablaron de los nuevos tratamientos que estaban probΓ‘ndose en ParΓs, con limitado Γ©xito, pero grandes esperanzas. Lo urgieron a dejar todo y apurar el viaje, antes de que su cuerpo no fuera capaz de resistir la travesΓa. Los tranquilizΓ³ y consolΓ³ a todos PreferΓa disfrutar los ΓΊltimos meses rodeado de sus cosas y de su familia, de su cΓ‘lido hogar de la Avenida Callao, poblada de todos los objetos coleccionados y recolectados a lo largo de su vida, en sus viajes por Europa y el mundo. Disfrutar de su consultorio y la clΓnica; y de su amada hija, Victoria Manuela, la niΓ±a de sus ojos. Sobre todo, de ella. QuerΓa que lo amara por ΓΊltima vez con ese amor tan profundo y lleno de admiraciΓ³n que le tenΓa, antes de que lo odiara y despreciara para siempre, como seguramente sucederΓa.
IntentΓ³ sentarse derecho contra el respaldo de su vieja cama y, no sin cierta dificultad, acomodar las almohadas para que su espalda estuviera lo mΓ‘s mullida posible. No quiso pedirle ayuda a su criada, bastante tenΓa con la certeza de su propio fin como para agregarle la humillaciΓ³n de sentirse un inΓΊtil, un incapacitado. Lo mΓ‘s difΓcil fue inclinarse para recoger la pluma y el papel que se le habΓan caΓdo cuando se quedΓ³ dormitando, meciΓ©ndose suavemente en los recuerdos al compΓ‘s de las campanadas del antiguo Junghans. Estirarse fue un instante de tortura fΓsica, le dolΓan las entraΓ±as y los pulmones si los forzaba a movimientos bruscos. Pero tenΓa una historia que terminar.
Le llevΓ³ meses decidirse a escribir. DebatiΓ³ mucho consigo mismo, no podΓa hacerlo con nadie mΓ‘s. SopesΓ³ todos los Γ‘ngulos posibles; todas las aristas del anΓ‘lisis, asΓ como las consecuencias. DudΓ³ y dudΓ³, y finalmente resolviΓ³ dejar al mundo sin respuesta, tirar todo al rΓo: la caja, los recortes, los instrumentos. Hasta organizΓ³ el cΓ³mo y el cuΓ‘ndo: algΓΊn dΓa frio y preferente lluvioso de julio o agosto, de esos en que anochece temprano. Su chofer lo llevarΓa a la costa del rio, afuera de la ciudad. Si, tenΓa todo resuelto. Y luego su sentido de la perfecciΓ³n pudo mΓ‘s que su corazΓ³n y su mente.
ComprendiΓ³ que no morirΓa tranquilo con la pieza mayor del rompecabezas que habΓa conservado todos esos aΓ±os, mΓ‘s de cincuenta, guardada para siempre. Lo mΓ‘s lΓ³gico, lo adecuado, era contar, la confesiΓ³n. Pero habΓa algo mΓ‘s, tambiΓ©n: un poderoso deseo de mostrarle al mundo cΓ³mo lo habΓa engaΓ±ado.
PensΓ³ en sus amigos, sus colegas. ΒΏquΓ© dirΓan, quΓ© imaginarΓan? ΒΏCreerΓan ciertas sus revelaciones? Los conocΓa bien: algunos pensarΓan que habΓa enloquecido por la enfermedad y el tratamiento. Otros debatirΓan si no era uno de sus habituales juegos que tanto los confundΓa, otra broma a su costa. Pero lo que mΓ‘s le importaba era Victoria, quΓ© pensarΓa ella. SintiΓ³ el dolor anticipado de su hija, su negativa inicial a creer todo aquello y luego su indignaciΓ³n, la profunda herida y finalmente el desprecio por Γ©l y por todo lo que lo habΓa amado, admirado, venerado. Se conmoviΓ³ hasta las lΓ‘grimas, pero supo que ya no podΓa hacer nada. HabΓa escogido el orden al final y eso tenΓa un precio. De alguna manera, serΓa una forma de justicia. Le quedaban unos meses de vida, suficiente para hacer lo que tenΓa que hacer.
Semanas atrΓ‘s, apenas tomΓ³ la pluma e intentΓ³ escribir, se dio cuenta enseguida de lo difΓcil que iba a ser resumir los detalles mΓ‘s perversos de su secreto, de su determinaciΓ³n por seguir pareciendo un ciudadano normal, un cirujano prestigioso y padre de familia.
Era consciente de por quΓ© habΓa elegido contar su historia en horas de la tarde-noche, tenΓa sentido existencial y tambiΓ©n artΓstico. El suyo serΓa un relato oscuro, una novela de horror y miserias. Su escenario: las calles mΓ‘s miserables y opresivas, plagadas de olor a sumidero y desechos en mal estado, de las ciudades mΓ‘s opulentas y hermosas del planeta. Calles, cementerios, hospitales, tugurios, bares de mala muerte, prostΓbulos. La degradaciΓ³n humana tambiΓ©n tenΓa su trazado urbano y su arquitectura.
Le costΓ³ empezar. TenΓa que ser en inglΓ©s. AΓΊn lo hablaba casi como primera lengua, igual que el alemΓ‘n y el francΓ©s, por su formaciΓ³n y sus viajes. Otra cosa era escribir; se habΓa deshabituado. RompiΓ³ varias hojas antes de encontrar en su cabeza el camino que lo llevΓ³ hasta aquella tarde de frΓo invierno cuando, sentado en la estaciΓ³n de Kremmen, tuvo la revelaciΓ³n casi mΓstica de su vocaciΓ³n por la muerte, mientras esperaba el tren que lo llevarΓa a Dalldorf, el distrito del loquero.
Β‘Pobre Dalldorf! Pocos aΓ±os atrΓ‘s habΓan decidido cambiarle el nombre, segΓΊn supo casi de casualidad por un colega suyo reciΓ©n llegado de Alemania. Al principio pareciΓ³ una confusiΓ³n propia de chistes que se cuentan en velorios. Su asociaciΓ³n con la locura, con aquellos seres encerrados para siempre en su manicomio, habΓa derrumbado su prestigio, junto con los precios de sus propiedades. Muchos preferΓan no detenerse en ella de noche. Su alcalde y su gente, luego de mucho batallar en los tribunales y en los pasillos de la dieta provincial, finalmente lograron lo que parecΓa imposible, darle un nombre limpio, Wittenau, como si el pasado pudiera borrarse cambiando de nombre. Pobre Dalldorf, muy pronto descubrirΓa hasta quΓ© punto era horrenda su historia.
Aunque sabΓa que debΓa continuar, se dejΓ³ llevar. AllΓ‘ estaba, de nuevo en BerlΓn, con veinte aΓ±os y esa vorΓ‘gine pasional que lo habΓa hecho dejar la comodidad financiera y familiar del hogar paterno en Buenos Aires. La libertad, la forma mΓ‘s pura de libertad que habΓa conocido en toda su vida. OcurriΓ³ en aquellos aΓ±os y aquellos lugares tan lejos del ambiente de opresiΓ³n y secrecΓa que fuera su casa. Su cuerpo entero parecΓa revivir, aΓΊn en la certeza de estar transitando sus ΓΊltimos dΓas, cuando algo βlas campanadas, por ejemplo- lo transportaba en trance al pasado, a la aventura de la vida plena, sin lΓmites, sin restricciones materiales, y mucho menos morales. A las calles, los bares, las bibliotecas, los barrios suntuosos de los palacios de los viejos nobles y las mansiones de los burgueses exitosos. A los miserables, sucios, malolientes vecindarios pobres y de clase trabajadora. Y aquΓ y allΓ‘, en unos y otros, los muertos y sus agonΓas tan curiosamente llenas de sentido para Γ©l.
RecordΓ³, con algo de dolor en el pecho, la pena silenciosa en los ojos de su madre y la indignaciΓ³n de su padre, el hacedor de monstruos, resonando en sus oΓdos, cuando les revelΓ³ sus planes. Otros hubieran estado orgullosos de un hijo mΓ©dico. Γl no, a pesar de que se lo habΓa impuesto. No importaba que hiciera apenas cuatro meses la universidad lo distinguiera con Medalla de Oro al otorgarle oficialmente su tΓtulo. No importaba tampoco que su tesis fuera a ser publicada, ni las felicitaciones de sus profesores y los augurios de un futuro brillante de las autoridades de la facultad. Esa vez, la ΓΊltima que le concediΓ³, no hubo golpes. El viejo era igual de eficaz derrumbando la autoestima de su familia con palabras lacerantes que con los cachetazos, que tan abundantemente les prodigaba a todos. Su madre le temΓa, sus hermanos tambiΓ©n; Γ©l lo odiaba.
DespertΓ³ de los recuerdos familiares. Aunque se resistiera a admitirlo, le hacΓan mal, pero tenΓa que terminar de poner la realidad en orden, hacer que la ΓΊltima ficha encajara en el tablero. SonriΓ³ al recordar quΓ© inocente habΓa sido las primeras semanas despuΓ©s de su vuelta a Buenos Aires, luchando a brazo partido para resistir la tentaciΓ³n de soltar aquel torbellino brutal que lo consumΓa. Aplacarlo, esconderlo, como si todo lo que hizo en Europa hubiese sido apenas un juego. No lo consiguiΓ³. Tuvo que aprender a convivir con su propio Mr. Hyde. Mal no le fue, se dijo con una mueca socarrona.
Durante semanas escribiΓ³ con metΓ³dica determinaciΓ³n, tratando de no olvidar nada, de incluir cada detalle e hilvanar causas con consecuencias, para que los lectores conocieran la historia completa en toda la dimensiΓ³n de su horror, el placer secreto que le despertaba la descripciΓ³n de cada ceremonia de muerte infligida con tanta pasiΓ³n.
LeΓa, releΓa, volvΓa sobre lo escrito, tachaba, agregaba, y todo con una devociΓ³n especial por el estilo literario. Su confesiΓ³n tenΓa que dejar un testimonio Γ©pico. Cuando se cansaba, usualmente ya cercana la madrugada, dejaba la pluma, la tinta y el papel adentro del cajΓ³n de su mesa de luz, a resguardo. SΓ³lo retomaba el relato a la noche siguiente, cuando ya su hija y su criada dormΓan. PodΓa desanudar los recuerdos inspirado en la conciencia de la noche, al calor de las llamas del hogar de su habitaciΓ³n y arropado por las esperadas y matemΓ‘ticas intrusiones de los sonidos del reloj allΓ‘ abajo, en el living.
Se sorprendiΓ³ del modo en que regresaban los recuerdos, las imΓ‘genes, los diΓ‘logos; pero sobre todo las sensaciones: tan claras, tan vivas. SintiΓ³ rΓ‘fagas de inmortalidad; tan intensos eran los sentimientos que se agolpaban en su pecho y se transmitΓan al papel. Lo habΓa reprimido todo a partir de que supo de su enfermedad, habΓa dejado escurrir la pasiΓ³n que le provocara matar. Hasta allΓ llegΓ³ con su secreto intacto, para quΓ© arriesgarlo en una ΓΊltima aventura que no podrΓa consumar.
Escribir pareciΓ³ devolverle la vida, tanto que sus mΓ©dicos pasaron de la sorpresa a la confusiΓ³n. Una tarde, despuΓ©s de la habitual visita semanal, su colega Eduardo MΓ‘rquez se retirΓ³ al caer la noche preguntΓ‘ndose seriamente si no habrΓan equivocado el diagnΓ³stico. Se lo veΓa tan vivo que dudΓ³ seriamente si no deberΓan hacerle todos los estudios nuevamente.
En aquellos aΓ±os se habΓa sentido inmortal. Le vino a la mente una imagen: Γ©l, apoyado contra la baranda del muelle en Irongate Wharf, mirando el rΓo, la luz del amanecer revelando las primeras siluetas de las construcciones enfrente, en el Shad Thames. En sus barracas se acumulaban las toneladas de tΓ©, cafΓ© y especias que inundaban los mercados pobres y las tiendas ricas de la ciudad. Algo mΓ‘s lejos, la puntiaguda torre de la capilla de Saint John Horseleydown. Se vio, con los brazos extendidos, los ojos al cielo y la boca tan abierta como podΓa tragando cada rΓ‘faga del intenso y fresco viento de otoΓ±o. Su cuerpo entero temblaba de emociΓ³n, exaltado, incapaz de pegar un ojo despuΓ©s de una de aquellas noches de memorable carnicerΓa.
TerminΓ³ una maΓ±ana bien temprano, totalmente exhausto, semanas mΓ‘s tarde desde que tomara la pluma por primera vez. Le pareciΓ³ gracioso, aunque lΓ³gico, que acabara el relato exactamente en el momento en que el reloj daba las siete. Toda su vida habΓa sido asΓ de metΓ³dica, ΒΏpor quΓ© iba ser distinto en el final? PensΓ³ en eso mientras lo vencΓa el sopor.
DurmiΓ³ un dΓa entero sin darse cuenta, hasta que la criada lo despertΓ³ con el desayuno, por orden de su hija. RevisΓ³ el correo del dΓa y aprovechΓ³ para leer el periΓ³dico, simplemente como entretenimiento. Nada de lo que sucedΓa en su paΓs tenΓa relevancia, ya. Se interesΓ³ por las noticias internacionales. SonriΓ³ con placer al leer que ingleses y franceses estaban atrapados en las playas de Dunkerque. Era cuestiΓ³n de tiempo, pensΓ³, para que Alemania fuera dueΓ±a de toda Europa. LΓ‘stima que no lo iba a ver, pero igual la idea le produjo una oleada de satisfacciΓ³n.
Las hojas con sus notas, que esa maΓ±ana, a ΓΊltimo momento, decidiΓ³ encabezar con el tΓtulo pomposo de Memorias de un Monstruo yacΓan sobre su regazo, apoyadas sobre el cartapacio que Obdulia, su ama de llaves, se lo mandΓ³ mΓ‘s temprano con la criada cumpliendo con sus directivas, cuando le llevΓ³ el desayuno a la cama. MirΓ³ aquellos ΓΊltimos papeles. Tuvo un momento de duda. PensΓ³ en el dolor que la iba a causar a la ΓΊnica persona que amΓ³ en su vida; pero fue sΓ³lo un momento. Toda su vida fue un tipo de enorme temple y determinaciΓ³n. No iba a cambiar ahora.
SoplΓ³ las hojas para asegurarse que la tinta fresca no corriera, no manchara la hoja. VolviΓ³ a leer todo para asegurarse, una vez mΓ‘s, de que estaba satisfecho. SΓ³lo una cosa lamentΓ³: no tener tiempo para contar toda la historia. Le faltaba una parte importante, la del regreso. No tenΓa muchas mΓ‘s fuerzas y necesitarΓa varias semanas mΓ‘s para ello. DejarΓa alguna pista, para que los investigadores allΓ‘ recogiesen el guante, el desafΓo de seguir el reguero de sangre en su paΓs.
Con cuidado, tomΓ³ las hojas, la tinta ya seca, las agrego al resto y las introdujo en el sobre color madera. MojΓ³ la pluma en el tintero y escribiΓ³: βPara el Dr. ArmendΓ‘rizβ, en letra mayΓΊscula. Luego, mΓ‘s abajo, en letra mΓ‘s pequeΓ±a y entre parΓ©ntesis, las instrucciones. ArmendΓ‘riz, su abogado y amigo, cumplirΓa al pie de la letra su ΓΊltimo deseo.
Sabedor de que el fin estaba cerca, metΓ³dico y detallista como era, hacΓa meses que habΓa puesto sus asuntos en orden. Con el notario pasΓ³ largas horas para que sus papeles personales y sus negocios no cayeran en manos inescrupulosas. NombrΓ³ albacea a ArmendΓ‘riz, su hija no quedarΓa desprotegida cuando Γ©l se fuera. Hasta tuvo un par de dΓas para dedicarle a FeijoΓ³, su joven discΓpulo del hospital, para dejar su legado profesional en manos de alguien confiable.
No iba a poder evitar que los colegas lo juzgaran ni que lo recordaran como un monstruo, pero al menos podΓa hacer que le reconocieran haber sido un buen mΓ©dico. HabΓa salvado la vida de hombres y mujeres, de madres a punto de perder su embarazo, de niΓ±os con sus apΓ©ndices a punto de explotar, de jΓ³venes y viejos aquejados por infecciones malignas, heridas de bala o cuchillo, o simples gripes complicadas por exceso de confianza, debilidad fΓsica o malas praxis de curanderas ignorantes.
Faltaba el ΓΊltimo paso, el mΓ‘s ansiado: hizo llamar a su amigo, el padre Feliciano. Con la inocente complicidad de Aguirre, el gallego de la vuelta que se las arreglaba bien como albaΓ±il. HabΓa hecho bajar de la bohardilla el arcΓ³n que contenΓa las pruebas de sus crΓmenes: los instrumentos, los recortes, las libretas donde registrara, con su meticulosidad obsesiva, los nombres y seΓ±as de cada uno de aquellos desdichados y desdichadas y los detalles de su sacrificio, de las escenas finales. Y, sobre todo, la mΓ‘s preciada: el collar con camafeo. UsΓ³ todo ello para escribir y ahora pensaba desplegarlo ante el cura, no querΓa olvidarse de nada.
El dΓa anterior le pidiΓ³ al pΓ‘rroco que dispusiera de toda una tarde sΓ³lo para Γ©l, para escuchar su confesiΓ³n. La criada volviΓ³ trayendo el consentimiento de su viejo amigo y un chiste garabateado en una esquela, para serle entregada en mano: βHombre, ΒΏtantos y tan grandes son tus pecados? ΒΏDe quΓ© me he perdido?β SonriΓ³, imaginando la reacciΓ³n del cura.
LlamΓ³ a Obdulia para que lo ayudara a levantarse y sentarse en el sillΓ³n. EstarΓa mΓ‘s lΓΊcido para contar y para explicar, para consolar a su confesor y compaΓ±ero de banco en el colegio. SabΓa cuΓ‘l serΓa su reacciΓ³n mientras lo llevaba de la mano por las calles oscuras, los callejones hediondos, las estaciones de tren vacΓas por las noches, los puentes y campos santos de todas aquellas ciudades. SabΓa de la revulsiΓ³n que le causarΓa el escuchar los nombres de tantos espΓritus desdichados y sin descanso; la historia de Darius Katz y los fantasmas del Distrito del Loquero; la de Olga Svedlov y sus dos amigas polacas abandonadas al vicio en el muelle de Oostelijke Handelskade; la del vagabundo alcohΓ³lico y desquiciado de la Rive Gauche; la de las miserables e impΓΊdicas meretrices del East End.
TomΓ³ otro papel y escribiΓ³ la ΓΊltima esquela, cuyo texto pensΓ³ y repensΓ³ durante dΓas.
Buenos Aires, 28 de junio de 1940
Al Honorable Comisionado Adjunto George Abbis
PolicΓa Metropolitana de Londres-Scotland Yard
Victoria Embarkment, City of Westminster
Estimado seΓ±or,
El baΓΊl que le envΓo contiene las pruebas de una serie de crΓmenes atroces que cometΓ durante mis aΓ±os en Europa, el siglo pasado. Tales crΓmenes tuvieron lugar en el Reino de Holanda, Francia, Alemania (entonces el Imperio AlemΓ‘n) y en su propio paΓs. Estoy seguro de que los ΓΊltimos serΓ‘n de gran interΓ©s para Ud. y la fuerza que dirige.
Para cuando reciba esta informaciΓ³n ya habrΓ© dejado este mundo. Sinceramente espero que mi confesiΓ³n, que incluyo junto con las demΓ‘s pruebas, ponga punto final a los misterios no resueltos durante aΓ±os. Como podrΓ‘ ver, Comisionado, el crimen perfecto existe. SΓ³lo hace falta inteligencia y determinaciΓ³n para ejecutar un acto (o varios, en mi caso) tan bΓ‘rbaro y cruel.
Y bien, estimado Abbis, hasta aquΓ mis peripecias de sangre por la vieja y querida Europa. Espero que no dude de mi palabra. En cuanto a lo demΓ‘s, quedarΓ‘ para su sucesor o sucesores, que seguro tendrΓ‘n mΓ‘s habilidad o suerte que sus colegas de este lado del mar.
Ya es hora de irme. Le pido que haga buen uso de lo que le proveo. Se lo debe a la memoria de mis vΓctimas.
Sinceramente suyo,
MartΓn Herder
βUn pilar de la sociedadβ
LeyΓ³, releyΓ³ y corrigiΓ³ la carta hasta que quedΓ³ satisfecho y la guardΓ³ en el correspondiente sobre. Sus instrucciones al abogado eran claras acerca de cΓ³mo debΓa llegar adosada junto con el baΓΊl al destinatario. CerrΓ³ los ojos y dio un largo suspiro. Todo habΓa terminado, por fin. SΓ³lo le faltaba el ΓΊltimo acto a su obra: repetirle todo a su confesor.
MirΓ³ alrededor del cuarto, su penΓΊltima morada. Ya no tenΓa fuerzas para bajar hasta la planta baja a tomar un cognac o fumar tranquilo en su estudio. ReciΓ©n entonces se dio cuenta de que afuera llovΓa. El primer trueno sonΓ³ pocos segundos despuΓ©s y las gotas empezaron a golpear mΓ‘s furiosas contra su ventanal. Rio al recordar la tormenta que sirviΓ³ de preludio a la primera tragedia: la muerte de su padre. La piedra fundacional de su largo recorrido de terror y sangre.










