¡A mi edad!

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Summary

Cuando maduramos, pero nuestro amor aun es joven. Sipnosis: Ella: Una mujer que un día despertó a la vida y descubrió que los años no pasan en vano...el principe azul que esperaba nunca llegó y sus años mozos pasaron entre trabajo y deber...Pero despues de tanta cordura y principios bastaria una noche de copas y lagrimas para volver su mundo al reves y convertir el “Nunca jamás en un Para siempre” Porque ¿quien le dice a Jaidev Rathod Prasad...Un hombre a quien nunca le han negado nada, que lo de ellos es imposible y prohibido? Él:Un hombre que lo tiene todo, mujeres, dinero y poder pero solo hay alguien que despierta su deseo de conquista. Una mujer cualquiera a la que admira y necesita pero que nunca podrá tener...o al menos eso dice ella, Nicolett, la causante de sus desvelos. Pero quien le dice a él “que siempre lo ha tenido todo” ¿Qué no la puede tener? Al diablo con los años de más, con la condición social y todo lo demás. Nicolett es su mujer, le pertenece ante Dios y los hombres y no importa si ella lo admite o no...

Status
Ongoing
Chapters
38
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
16+

Capítulo Uno.

Capitulo Uno

Los ojos pardos de Jaidev Rathod Prasad, nunca habían parecido tan amarillos como ahora… Bueno, eso no era cierto ya que cada vez que Nicolett Dow Macdow pedía día libre, su jefe tenía el mismo efecto secundario “parecía una fiera enjaulada” por lo que en la multinacional “MatDuson” temían el día en que estaba libre, la asistente personal del presidente ejecutivo, porque éste se convertía en una fiera en busca de imperfección. Por suerte para todos, eso solo sucedía una vez cada tres meses, lo malo es que hoy era ese extraño día en que todos en la multinacional andaban en puntillas, mientras Jaidev gritaba:

— Pedí hace diez años el balance de las sedes en América y ni siquiera tienen la amabilidad de decir “Diablo o demonio tu estúpido informe aún no está listo— concluyó el atractivo moreno, al momento que lanzaba sobre su escritorio, la pila de documentos que había levantado minutos antes, por lo que su secretaria temporal, intentando ganar puntos para un ascenso se apresuró a responderle:

—Lo siento señor, en un par de minutos más estará aquí el informe, ya que en cuanto me lo pidió solicité verlo y vi unas fallas, pequeñas, pero lo están corrigiendo —concluyó con evidente autocomplacencia, lo que terminó enfureciendo aún más al adinerado magnate. Este mirándola exasperado le dijo, en tono alarmantemente lento:

— En cuanto te pedí que me los trajeras, tú… ¿lo solicitaste? Si en lugar de corregir tu labial las diez mil veces que lo haces y arreglar tu falda, hubieras leído la copia del memorándum que Nicolett te envió antes de salir ayer del trabajo. Hoy, a primera hora…ósea, en el momento que entraste a trabajar ya sabrías que estaba mal, y hoy lo habrían corregido. Por ende, yo no hubiese tenido que esperar a que tu solicitaras el dichoso documento que ya tenías en borrador y que constataras un error que desde ayer aparece en el archivo, haciendo retrasar mi junta virtual con las sucursales de América y ahora no estaría pareciendo un soberano incompetente —gritó, lanzando al suelo sus lentes de descanso, haciendo saltar sobresaltada a la encantadora veinteañera que evidentemente soñaba con ser una de sus conquistas. Lo cual, no pasaría jamás. Primero porque nunca mezclaba los negocios con el placer, segundo porque alguien tan hueco como Tiffany Jhons jamás reuniría ninguno de sus requisitos para convertirla ni tan siquiera en una de sus conquistas. A parte, a estas alturas parecía que no existía una mujer que le interesara lo suficiente, a pesar que a sus treinta y cuatro años, al ser el mayor de la dinastía Rathod Prasad se esperaba de él, hace mucho ya, que se casara y tuviere muchos vástagos que heredaran el conglomerado. Pero ¿qué podía hacer?, era muy perfeccionista, tanto en su apariencia, en su físico, como en lo que esperaba de una mujer y no podía bajar sus estándares en cuanto a mujeres… y eso no era su culpa, si hubiese una mujer con las cualidades de su asistente, pero con la edad adecuada, y que además fuese de su clase social ya hace tiempo estaría casado y con muchos hijos…

Lástima, la mujer en cuestión le ganaba con ocho años, era terriblemente pobre, y aunque en el trato general a todos era tan fría como un tempano de hielo, además de dura como una roca; tenía que admitir que su belleza sobresalía, al igual que su inteligencia. Tanto que en los cinco años que llevaba trabajando en la empresa vio un sinfín de hombres queriendo conseguir su interés, consiguiendo en su lugar el más absoluto de los fracasos.

Lo cual claro le agradaba porque significaba que nadie la alejaría del lugar en donde debía estar: “que era junto a él” lugar en el que justo ahora no estaba, se recordó furioso tirando sus cabellos mientras gritaba, más exasperado aun:

—¿Dónde estás Nicolett? ¿maldita sea donde estas? —exclamó de forma desesperada, por lo que no pudo escuchar el melodioso sonido de tacones estrellándose en el lujoso piso de mármol del pasillo de su oficina, ni vio cuando una encantadora pelirroja que entraba sonriente en su oficina. La mujer no

aparentaba más de treinta y siete años a simple vista, aunque pasaba los cuarenta y su amable sonrisa la hacía ver como un halo de paz en medio de la tormenta y ella era consciente de eso. Sobre todo, de la paz que le infundía a su joven y atractivo jefe, por lo que riendo amablemente le preguntó a éste:

—¿Será que habrá un día en el que no me llamen para advertirme que mi jefe, para variar se encuentra histérico destrozando su oficina? —preguntó levantando de manera interrogante su ceja, pero el joven sin dejarse avergonzar le respondió levantándose rápidamente:

—Si, el día en que pierdas la mala costumbre de pedir día libre y dejarme a merced de estos ineptos.

—Oh, una terrible mala costumbre mi señor…mil disculpas espero mejorar—se disculpó con evidente ironía— a lo que él respondió:

—Me equivoco ¿o te ríes de mí?

Nunca…jamás—acotó conteniéndose de reír con mucho esfuerzo, lo cual no logró que le creyera su jefe, pues, este dijo:

— Pero estas riendo…sí lo estás, mira que te ríes de mí, Nicolett Dow Macdow — protestó el joven sin poder evitar sonreír a su vez por la forma en que la mujer intentaba esconder su risa cubriendo su boca con su mano izquierda, aunque era delatada por sus brillantes ojos negros.

Bueno lo siento quizás un poquito—se disculpó ella, al momento que sus mejillas se coloreaban con un atractivo rubor carmesí y su jefe, aunque reviró los ojos le dijo con tono jocoso:

—Un poquito, ehh… pues, por favor no quiero que te rías de mí, mucho entonces. Y ahora lo que nos convoca.

El joven cambio abruptamente el clima cálido, pero ella no cedió…a pesar de todo saber que alguien tan competente como su jefe la echara en falta era un apoyo a su ego bastante lastimado ya. Después de todo, era una mujer soltera a sus cuarenta y dos años, lo que hacía bastante duro el trabajar para su jefe que era un hombre de aproximadamente treinta y cuatro años, con unos hermosos ojos pardos que se volvían amarillos como los de una pantera cuando su estado de ánimo se ponía intenso; lo cual en lugar de restarle atractivo le agregaba un algo salvaje que desde sus veinte años lo tenían entre los solteros y millonarios de oro.