Prologo y Capítulo Uno.
PRÓLOGO
Anneth palideció de pronto por lo que, los ancianos señores Baltimore, siguieron instintivamente la mirada de la joven sin comprender qué le causaba tanto pavor. Hasta que su vista se posó en un hombre que se abría paso entre los invitados al momento que desabrochaba la chaqueta y extraía de ella un revólver.
Ellos apretaron el paso intentando detener al sujeto, pero Anneth se les adelantó gritándole al joven con desesperación:
—Cuidado, ese sujeto está armado —exclamó al momento que lo empujaba con fuerzas para alejarlo de la detonación atravesándose ella en el camino del proyectil para protegerlo, como muchas veces, lo había visto hacer a su padre.
Sin embargo, el joven, mientras se desplomaba, tiró de ella precipitándose los dos hacia el piso, momento que aprovechó para girar su cuerpo haciendo con éste un escudo protector.
Nadie pudo hacer nada para evitar que la bala impactará al magnate, el cual yacía en el suelo, en los brazos de la joven, con la espalda destrozada por la detonación. Ella le reclamaba horrorizada:
—¿Por qué hiciste eso? ¿Qué tenías en la cabeza para atravesarte a frente a ese proyectil? ¿Por qué? ¿Por qué? —Él le acarició la mejilla cálidamente mientras respondía:
—Por lo mismo que tú lo hiciste primero. Porque te amo y no podría vivir sin ti, si te pasa algo me muero y peor aún si es por mi causa y-yo…
Capítulo Uno.-
Anneth se despertó angustiada. Otra vez, su sueño era interrumpido por esa atroz pesadilla, y ¡Ese rostro! ¿De quién era? ¿Por qué la agobiaba mirarlo?
Ella bebió un poco de agua y se dispuso a continuar su día como lo hacía a diario. Ya se había acostumbrado a continuar su rutina después de despertar abruptamente, por lo que no se le hizo difícil ir de compras, recoger el traje de su padre en la tintorería y ayudar a su madre en el restaurant familiar, con aparente normalidad.
Pero ¿Cuánto tiempo podría soportar seguir así? con ese sentimiento de ansiedad corroyendo su espíritu. Ni ella ni su familia creían que sería mucho. Pues llevaba prácticamente su vida con esos terribles sueños que amenazaban con acabar con su cordura.
Las reflexiones de la joven fueron interrumpidas por el grito de angustia de su madre y el golpe seco del celular al caer de las manos de ésta.
Lo siguiente que supo es que ella y su madre se abrían camino por la ciudad en su coche, para entrar las dos a una extremadamente costosa clínica en donde interrogaron a las enfermeras de guardia sobre la habitación donde se encontraba el señor Monroe. Una de ellas, que era la más joven respondió:
—No puedo darle esa información señorita pues el caballero sufrió un atentado y está bajo protección policiaca —Anneth dijo horrorizada:
— Soy la hija de él y ella es su esposa. Mi madre — concluyó señalando a la mujer que estaba junto a ella y era su viva imagen. La otra enfermera, que era de tal vez de unos cincuenta años, haciendo callar, con un gesto a su joven compañera respondió:
— su padre se encuentra en la habitación 105. Por suerte está fuera de peligro, pero pasará la noche en cuidados intensivos—la joven Monroe llevándose la mano al pecho preguntó con horror: — ¿Por qué? ¿Qué le sucedió a mi padre? ¿Por qué está aquí herido si él no tiene enemigos? —Las dos enfermeras se miraron con pesar, pero fue otra vez la mayor quien respondió:
— el hombre al que le tocó a su padre proteger, sufrió un atentado, y el señor Monroe heroicamente se interpuso en el camino del proyectil recibiendo la detonación —después de escuchar las palabras de las enfermeras, madre e hija se percataron de la presencia del jefe de don Agustín Monroe, y decidieron acercarse a éste para obtener más información.
El hombre bastante mayor se encontraba conversando con un grupo de hombres, algunos sin duda eran las personas a quien el caballero protegía. Pues a la distancia y aún de espalda, denotaban elegancia, y sus vestimentas eran demasiado costosas para ser compañeros del señor Monroe.
—¿Cómo se encuentra Agustín, señor Rivadeneira? —Preguntó la señora Isabel, al momento que se detenía junto al grupo que guardó silencio al percatarse de la presencia de ellas, por lo que ella agregó:
— ¿Está muy grave? ¿Sobrevivirá? ¿Cómo pudo sucederle esto a mi esposo? —El anciano cayó con evidente consternación, pues, no supo que decir y fue uno de los jóvenes que se encontraba con él, quién dándose la vuelta respondió:
— Fue todo muy rápido. Lo único que podemos decirle es que su esposo me salvó la vida.
De pronto la sorpresa envolvió el ambiente cuando al fin la hija del herido don Agustín y el joven a quien protegía a su padre se vieron el rostro.
La madre de Anneth no daba crédito a lo que veían sus ojos. Los padres del joven también tenían cara de estar mirando un fantasma y Adriano Baltimore, escudriñaba sorprendido a la hermosa joven que acompañaba a doña Isabel.
Sus intensos ojos azules que en toda su vida habían carecido de sentimiento alguno, en cuestión de segundos se llenaron de algo inexplicable recorriendo el hermoso rostro de la muchacha, que para él era muy familiar.
Pero sin lugar a dudas quién estaba más sorprendida era Anneth...La pobre joven palideció al verlo, e instintivamente se llevó la mano a la cabeza al sentir como si una descarga eléctrica la fulminara.
De pronto comprendió todo, o al menos eso creyó, y sin más, con un grito de dolor se desvaneció cayendo inconsciente en los brazos de Adriano. Pues éste la había logrado sujetar antes que se golpeara contra el piso.
Los minutos siguientes, después de recobrar la consciencia la pobre muchacha luchó con su madre y los doctores (que habían corrido a auxiliarla cuando sufrió el desmayo) para que la dejaran ver a su padre, intentado claro ignorar a toda costa la inquietante presencia del hombre que no era otro, sino el sujeto que sin conocerla le había robado la calma, atormentándola en sueños durante muchos años.