Capitulo 1
La pared azul a cuadros celestes destacaba con el suelo embaldosado marrón. La luz del día resplandecía sobre las blancas sábanas de la cama. Sobre la mesita de noche dejé mi cajita donde guardaba el collar de mi madre, era lo único con valor que había en mi humilde casita. No después de lo sucedido.
Observaba con atención toda y cada una de las cosas que había en la habitación, desde la puerta desgastada y chirriante hasta el armario grande color ocre. Lo había dejado todo limpio como solía hacer todos los días al amanecer. El armario estaba incluso recogido, no faltaba ningún detalle por ordenar. Todo menos eso.
Adoraba este dormitorio, las vistas eran preciosas. Un gran sauce de más de cien años estaba plantado cuidadosamente en medio de la pradera junto a un pequeño lago donde los patos se posaban para descansar. A su vez, miles de flores y mariposas de colores adornaban el verde de la hierba y el sol lo anaranjaba todo. Excepto hasta ahora.
Al atardecer salí al porche a leer mi libro favorito, El guardián entre el centeno. Me acomodé sobre la hamaca y me sumergí en la obra. Tardé poco en descubrir que en mi cabeza tenía pensamientos que no tenían relación con el texto, muchas imágenes a una velocidad incalculable se cambiaban una detrás de otra. Las ignoré y me tumbé a descansar.
Se hacía de noche y la luna llena se alzó en el cielo lleno de estrellas brillantes. Hipnotizada por el encanto del universo me percaté entonces que aún seguía fuera y tenía que cenar algo, al menos un trozo de pan. Pero estaba desganada, el cuerpo me pesaba y me dolía la cabeza. Quería dormirme en la cama y soñar, pero desde entonces no podía.
No había ninguna mañana en la que no me despertase con la imagen semi borrosa de su rostro y eso me frustraba mucho. Necesitaba averiguar qué significaba y porqué tenía que ver conmigo, pero por más que intentaba no podía. Estaba perdida, no sabía lo que hacer, mi subconsciente me daba pistas pero no podía aclararlas. Decidí ir más allá de los límites del campo donde cultivaba mi cosecha. Allí había una pequeña roca en forma de sillón. El día era caluroso e insoportable pero aun así quería despejarme lejos de lo que yo misma me permitía. Perdí el control de los minutos y las horas, tenía hambre y estaba sedienta.
Arrastrando mis pies, levantando polvo llegué a mi casita exhausta. Estaba mareada y caí al suelo golpeándome en la cabeza contra la pata de la mesa del salón. Y ahí recordé.
Mi marido trabajaba para unos mafiosos contrabandistas. Aquella noche llegó más borracho que habitualmente pero estaba llorando. Atónita le ayudé y escuché como se lastimaba.
<<Prométeme que cuidaras de mi pequeña, es lo único valioso que tenemos y puede ser nuestra salvación.
Esta noche mis jefes me atacaron acusándome que les había engañado. No quieren volver a verme pero como premio me han roto dos costillas.
Amenazaron con matar a nuestra hija como venganza y así lo harán…>>
Reaccioné tarde, la herida era muy profunda y sus palabras me atemorizaron. Debía actuar rápido. La pequeña se iba a despertar y no podía ver a su padre así.
En el frío de la noche, arropada con abrigos de piel, me adentré en el bosque, detrás de nuestra casita. Arrastraba a mi marido, y lo deposité en un hoyo elaborado por los animales.
Me sobresalté y me di cuenta de qué había recordado un gran detalle. Había cifrado las imágenes borrosas del día anterior. Ahora lo recordaba, eran momentos bonitos en un día trágico…
La ciudad estaba impoluta, las calles relucían bajo el sol y los parques estaban llenos de niños jugando. Había pasado mucho tiempo desde la muerte de mi marido, pero aun así estuve muy precavida, no quería que la ocurriese nada grave.
Nos acercamos al banco de la ciudad. El edificio estaba reluciente y el interior repleta de personas que vestían elegantemente. Necesitábamos hacer unas cosillas que teníamos pendientes. Eso nos cambiaría la vida a las dos, viviríamos más felices y en paz.
Mi hija estaba encantada, con sus ojitos observadores lo miraba y examinaba todo. La gente se reía un montón con ella por las preguntas y las gracias que hacía, pero quiso tomar un helado y allá fuimos.
La única heladería de la cuidad estaba situada a las afueras. Al menos tenía un pequeño lago para descansar y disfrutar de las vistas. Dejé a mi hija cuidando de unos patitos que se habían acercado para coger comida y me dirigí a la tienda. El dependiente era muy amable y me contó que apenas pasaba gente por allí por temor a unos mafiosos.
Oí unos disparos y un grito agudo lleno de dolor. Corrí hacia allí pasara lo que pasara, estaba bastante preocupada para darme cuenta de lo que había a mi alrededor. Llegué sin aliento al origen de los sonidos. Encontré a mi hija tumbada boca arriba con una mancha de sangre a la altura del corazón. Me arrodillé cogiéndola en brazos, llorando sin consuelo pidiendo ayuda sin ser consciente de que si, se había ido.
Fue la última vez que la vi, que la olí, que la sentí. Sus ojos se habían apagado, ya no resplandecían al sol, y su tez se volvió blanca como la nieve. Mi vida también se apagó en aquel momento, no podía hacer más.
La enterré cerca del gran sauce, arropada por sus hojas y ramas. Quería que se quedase cerca de mí, cerca de su hogar y de donde la tierra la vio crecer.
Recordaba cada momento a su lado. Era muy activa y risueña. No me cansaba nunca de mirarla y oír cómo me preguntaba sin cesar, contándome todo y cada uno de sus planes de vida. << ¡Mamá, mamá! Cuando sea mayor y crezca como tú, viajaré por todo el mundo, podré conocer a mucha gente y seré muy feliz.
¿Tú crees que alguna vez podremos mover esta casita a la ciudad mamá?
Viviremos rodeados de casas altas con muchas ventanas y coches bonitos, podré ir al cole y aprender como papá, a que si mami.
Mamá, ¿crees que él estaría feliz si le dejamos aquí y nos vamos más allá del sauce donde habitan sus pajaritos? >>
Era muy valiente y fuerte, pero la muerte lo fue más. Como el viento se lleva una hoja, la venganza se llevó a mi hija.
Apenas acababa de cumplir siete años y ya parecía una mujercita. Vestía elegantemente y sus gestos eran finos y delicados. Su pelo siempre estaba recogido en dos coletas o en un pequeño moño bien elaborado. Sus ganas de saberlo todo era lo que más admiraba. Añoraba su compañía a cada momento y sus recuerdos eran siempre intensos.
Como todas las noches entré en su cuarto, cogí el colgante de su abuela y me lo colgué al cuello. Esta noche dormiría allí. Me acerqué al armario y saque un pequeño vestido blanco. Su olor me llenaba, lloré incansablemente hasta quedarme dormida. Ya no me quedaba nada por perder excepto mi vida. Eran dos opciones las que tenía; morir o vengarme de ellos.