Capítulo 1
Vivir en un tranquilo y bonito pueblo como Bucheon, lleno de multitud de casitas de estilo colonial, de dos plantas, todas idénticas y de un anodino y omnipresente color blanco, era bastante aburrido.
Que el pueblo siempre permaneciera igual, con los monótonos comercios de toda la vida y los mismos habitantes, que solamente cambiaban en el número de arrugas que tenían, resultaba tedioso. Y, por último, que lo más emocionante que pasara en ese lugar fueran las estúpidas peleas de mi perfecto hermano pequeño, KyungSoo, con el vecino de al lado, JongIn Kim, era sencillamente patético.
Pero eso, definitivamente, simplificaba mucho la vida en Bucheon. Desde pequeños, los niños de este entrañable paraje en el que nunca cambiaba nada sabían dos cosas: a qué iban a dedicarse de mayores y con quién querían casarse. Yo, ChanYeol Park, el típico hijo mediano de un ama de casa y un hombre de negocios, tenía muy claras tres ideas: La primera era que quería ser veterinario, ya que en mi camino siempre se cruzaban decenas de animales desvalidos y, aunque yo intentara evitarlo, sus tristes caritas, siempre me convencían para llevarlos a casa, algo con lo que mi madre no estaba de acuerdo en absoluto.
Especialmente en el momento en el que mi hogar comenzó a parecer un pequeño albergue, pero ésas son cosas a las que un niño de apenas doce años no les presta atención. La segunda idea de la que estaba convencido era que, por nada del mundo, me casaría con una mujer con el carácter de mi madre. Cuando ShinHye Park se enfadaba, sus indignados gritos resonaban por toda la casa y, si era mi padre el causante de sus airados reproches, éstos podían durar días o incluso semanas. La tercera, y tal vez la más importante de todas, consistía en que nunca me enamoraría: estaba harto de ver cómo mi padre hacía una y otra vez el idiota detrás de mi madre en todo momento. Y eso que ya llevaban muchos años de matrimonio.
En definitiva, ésas eran las tres grandes decisiones de mi vida, que, como siempre hacía, tomé precipitadamente un día en el que nada parecía salirme bien. Lo malo de los planes que haces cuando eres un niño es que ninguno de ellos acaba saliendo como habías pensado. ChanYeol Park lo había vuelto a hacer, no tenía remedio.
Pero ¿cómo podía dejar a una pobre cría de gato abandonada bajo el aguacero que caía por más que los gritos de su madre fueran la injusta recompensa por sus actos? Aunque apenas tenía doce años, ese inquieto niño de cabellos rubios y hermosos ojos azules ya sabía a lo que quería dedicarse en un futuro.
Él sería el mejor veterinario del mundo, y así podría cuidar de todos los animales sin que nadie lo reprendiera por ello nunca más. ChanYeol intentó intervenir en el monólogo sobre la responsabilidad que su madre le estaba soltando con el fin de explicarle que ése era su deber, pero la mirada que le dedicó su padre junto a algún que otro gesto un tanto cómico le advirtieron de que, si lo hacía, sería peor. Así que ChanYeol decidió guardar silencio mientras miraba fijamente las baldosas de la cocina que se encontraban detrás de su madre y pensaba una vez más en las musarañas. Cuando los gritos de su madre finalizaron y ella lo observó con su feroz mirada, retándolo a decir algo en su defensa, él pronunció la frase universal que todo niño listo aprende, ya sea culpable o inocente de sus trastadas.
—Lo siento mucho, mamá, perdóname —suplicó ChanYeol utilizando vilmente su mirada de lastimado angelito para conseguir conmoverla—. Es que estaba solo y abandonado, y no tenía a su mami, y recordé que yo tengo una amorosa madre que siempre me cuida y...
—¡Eso no funcionará esta vez, ChanYeol Park! —señaló ShinHye molesta, cruzando los brazos algo irritada mientras hacía ese inquietante y repetitivo movimiento con el pie que indicaba que cada vez estaba más furiosa—. ¡Ésas son justamente las mismas palabras que me dijiste cuando trajiste al perro, a ese irritante conejo que no para de comerse mis plantas, el nido de pájaros que ahora descansa en nuestro árbol, al camaleón de tu hermano, al hámster de tu hermano y a la cabra que, gracias a Dios, pude encasquetar al viejo Oswald para que la llevara a la granja de su tío! ¡No sé cómo consigues toparte con tantos bichos, si sólo te mando a hacer simples recados a la vuelta de la esquina! La última vez acordamos que no traerías más animales abandonados a esta casa, ¡y espero seriamente que cumplas tu promesa!
—Pero mamá, míralo: es tan pequeño e indefenso, y no tiene a nadie que lo cuide... —rogó ChanYeol acercándole la mojada cría de gato, que descansaba en su sudadera, intentando ablandar su corazón y eliminar la firme mirada de su madre. ShinHye Park sólo tuvo que echar un vistazo a ese desamparado animal, que con sus lastimeros maullidos exigía su atención, para rendirse finalmente a las súplicas de su hijo, un manipulador nato a la hora de conseguir lo que quería.
—Bueno, ¡está bien! Se quedará en casa. —ShinHye suspiró, cediendo al fin a las pretensiones de su hijo—. ¡Pero solamente hasta que le encuentres un buen hogar! Y, hasta entonces, tú y ese mojado animal quedáis castigados en tu habitación. ¡Y olvídate de tu paga durante un mes!
—¡Pero mamá...! —se quejó ChanYeol ante el injusto castigo, recibido únicamente por llevar a cabo una buena acción.
—¡Ni peros ni nada, ChanYeol! Has roto tu promesa, así que atente a las consecuencias... y espero seriamente que éste sea el último animal que traes a casa. Esto no es una granja y, cada vez que llegas con uno de ellos, supone una responsabilidad de la que luego te desentiendes. Todos los gastos de este gato saldrán de tu paga y tendrás que cuidarlo adecuadamente. Y, ahora, ¡a tu cuarto! Haz entrar en calor a ese bicho mientras yo llamo al veterinario.
ChanYeol subió enfurruñado la escalera hacia su habitación, pateando fuertemente cada escalón para expresar así su enfado por el resultado de sus actos. En cuanto llegó a su dormitorio, dio un enérgico portazo, luego se cambió sus ropas mojadas y secó al tembloroso gatito con uno de sus jerséis limpios. Mientras permanecía sentado en el suelo de su cuarto a la espera de la visita de su padre, un hombre amable que siempre bromeaba con él ante los enojos de su madre, pensaba en el terrible carácter de ésta. ¿Por qué tenía que ser tan intransigente y no comprenderlo en absoluto? ¿Por qué su padre no había elegido a una mujer más dulce y cariñosa, como las madres de sus amigos? ¡No! Él tenía que escoger a la de peor temperamento y casarse con ella... Mientras ChanYeol no cesaba de protestar por su mala fortuna, su padre entró en la habitación portando una pequeña estufa que puso en el suelo junto al minino, al que también rodeó con una mantita. Luego se sentó junto a él y ambos guardaron silencio hasta que finalmente ChanYeol decidió expresarle todas y cada una de sus quejas sobre su abusivo castigo.
—¡No es justo y tú lo sabes, papá! ¿Por qué mamá tiene que ser tan cabezota?
—Bueno, hijo, tienes que reconocer que es ella quien finalmente acaba cuidando de todos tus animales.
—¡Pero no sé por qué me regaña si sólo estoy haciendo algo bueno! Además, no puede detestarlo tanto: ayer la encontré hablando con el conejo y, para variar, a él no le gritaba. ¿Por qué no te pudiste casar con una mujer que fuera más dulce y cariñosa? TaeJoon Park se carcajeó ante las protestas de su hijo y, después de sonreír como si fuera el hombre más afortunado del mundo, respondió a esa cuestión.
—Porque me enamoré de tu madre —dijo simplemente, haciendo que ChanYeol frunciera el ceño ante esas palabras desconocidas para él.
—Pues yo no pienso enamorarme y, si me caso, he decidido que sea con una persona dulce y cariñosa que nunca grite y que sólo tenga palabras amables para mí.
—Yo también pensaba así cuando tenía tu edad, hijo; mi mujer ideal tenía todas y cada una de esas características.
—Entonces, ¿qué narices pasó? —recriminó ChanYeol a su padre por no haberse ceñido a su plan.
—Que conocí a tu madre y todos mis planes se fueron a pique.
—¡Eso no me pasará a mí! Yo sólo me enamoraré de mi mujer ideal, ¡y de ninguna otra! —declaró ChanYeol, firmemente decidido.
—Eso suena muy aburrido —indicó TaeJoon mientras se levantaba del suelo con una intrigante sonrisa en los labios—. Espero que, cuando encuentres a esa chico, no dudes en presentárnosla a tu madre y a mí. Mientras tanto, continúas castigado —recordó TaeJoon antes de salir del cuarto de su hijo, que aún seguía enfadado por su injusto castigo, esta vez con sus dos progenitores. Segundos después de cerrar la puerta, ShinHye lo esperaba impacientemente en el pasillo, paseándose de un lado a otro con esa mirada llena de cariño y preocupación que solamente puede tener una madre.
—¿Cómo está?
—¿Él o el gatito? —se burló TaeJoon, ganándose una reprobadora mirada de su esposa—. Ambos están bien, un poco mojados, pero bien —contestó amorosamente TaeJoon mientras abrazaba a ShinHye.
—¿Está muy enfadado?
—Un poco, pero ya se le pasará. ¿Sabes? Ahora nuestro inconstante hijo asegura querer enamorarse sólo de mujeres dulces y cariñosas.
—Bueno, por lo menos eso es un poco más probable que su idea de la semana pasada de que quería ser Spiderman, o que la idea de KyungSoo, con su lista de cualidades para su príncipe azul.
—No sé yo qué decirte. Nuestro hijo sacaría de quicio a un santo y ya se sabe que nos enamoramos de la persona más inesperada. Si no, mírame a mí.
—Entonces, solamente tiene que enamorarse como hiciste tú y pensará que esa mujer es la más dulce de todas —insinuó afectuosamente ShinHye mientras se acurrucaba entre los brazos de su marido.
—Cariño, te amo con todo mi corazón, pero ni loco he dicho alguna vez esa mentira —confesó TaeJoon, ganándose la mirada más agria de toda su vida y, sin duda, el destierro al sofá por tiempo indefinido. —Cielo, perdona, yo... —
TaeJoon persiguió a su esposa intentando excusar su metedura de pata mientras ésta se marchaba hacia la cocina, sin duda para preparar la comida que él más aborrecía como venganza. Algo que ni él ni su estómago podrían aguantar durante mucho tiempo.
—Lo dicho: nunca me enamoraré de una persona con mal carácter —confirmó ChanYeol a su gato después de haber asomado su naricilla chismosa al pasillo y haber escuchado a escondidas la discusión de sus padres—. Con todas las mujeres que hay, yo no puedo cometer ese error, ¿verdad? —cuestionó ChanYeol, todavía confuso, a su nuevo amigo, preguntándose cómo su padre había podido llegar a equivocarse así. Eso era, sin duda alguna, culpa de lo que los adultos llamaban «amor».» Bueno, por si acaso, yo nunca me enamoraré —sentenció categóricamente acabando de raíz con su problema, o al menos eso era lo que pensaba a la tierna edad de doce años...
Mansión de los Byun, una excéntrica y adinerada mujer de unos cincuenta y cinco años, observaba con gran atención su nueva responsabilidad: un reticente mocoso muy mal vestido que la miraba con desconfianza desde sus tristes ojos marrones por debajo de su revoltoso pelo negro como el tizón. Ese niño, de tan sólo seis años, había sufrido la desgracia de perder a sus padres en un estúpido accidente automovilístico. Un conductor borracho había chocado contra su coche, acabando con la vida de ambos en un instante y saliendo él indemne...
Aunque YooNa y el inconmensurable ejército de poderosos abogados de su bufete ya se estaban encargando de hacer condenar a ese inconsciente asesino para lo que le quedara de vida, todavía quedaba un gran problema por resolver, y ése no era otro que el insolente pequeño que estaba ante su puerta, mirándolo con bastante frialdad.
A pesar de que BaekHyun, que así se llamaba el pequeño, fuera el hijo de su joven sobrino TaeYeon, ella no tenía demasiada madera de madre. Mientras que su hermano Marlo se había casado muy pronto y había tenido a su adorable TaeYeon, quien había seguido los pasos de su madre en cuanto a la precocidad de formar una familia, YooNa había preferido desarrollarse en su carrera como eminente abogada. Luego encontró el amor de una forma un tanto tardía; adoraba a su esposo, que siempre la apoyaba en todo y nunca la había abandonado, incluso cuando el médico les reveló que nunca podrían tener hijos.
Su marido era un hombre excepcional, único entre todos esos ineptos y estúpidos machistas que todavía creían que las mujeres debían restringir su vida a la cocina. Su amado esposo, ante las protestas de los más altos miembros de la junta directiva de su bufete, sonreía y, en el momento en el que se quejaban de su aguerrido comportamiento, simplemente los advertía de que se estaban enfrentando a una Byun. Ya que el agresivo carácter de su marido era conocido por todo el ámbito judicial gracias a los múltiples casos ganados en ese terreno, que ella adoptara su apellido al casarse había conseguido abrirle más de una puerta en su carrera, haciendo de ambos una pareja temible, tanto por su prestigioso nombre como por la gran fortuna familiar unida a éste. Su queridísimo esposo había aceptado con una gran sonrisa la idea de ejercer de padres, aunque fuera a una edad tan avanzada, pero ella no terminaba de tener claro eso de la maternidad.
Por eso había intentado que ese chiquillo quedara bajo el cuidado de personas más jóvenes y experimentadas en esa labor, así que en principio lo dejó en manos de sus familiares por parte paterna.
Pero, por desgracia, luego se dio cuenta de que todos ellos solamente eran unas sanguijuelas sin corazón que, después de quedarse con el pequeño BaekHyun durante unos días y ver que el dinero de su herencia no podía ser tocado por sus avaras manos, se habían despreocupado de sus cuidados. Algo que YooNa Byun nunca podría permitir era que ningún miembro de su familia fuera despreciado, sobre todo por alguien que sin duda alguna era inferior a ellos en todos los sentidos.
Así que, ni corta ni perezosa, YooNa había ordenado a sus empleados traer al niño a su nuevo hogar. Y ahí estaba, enfrentándose a la vacía mirada de un crío que todavía no había podido derramar ni una sola lágrima a pesar de todo lo que había perdido. No sabía cómo consolarlo, cómo hablarle o cómo cuidarlo. No tenía ni idea de cómo tratar con un niño, así que YooNa, simplemente, cogió su maleta y le enseñó su nueva habitación, llena de todos los lujos y caprichos que un chiquillo podía llegar a desear.
Lo dejó allí y fue a su despacho para atender sus asuntos y, cómo no, para obtener algún que otro consejo de su querido esposo.
—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar consolando a ese pequeño? —preguntó su marido, conocedor de sus miedos.
—No sé qué hacer con ese niño. No ha abierto la boca desde que ha llegado y eso que lo he llevado a esa habitación llena de todos esos caros juguetes.
—YooNa, ese crío aún está en shock por lo ocurrido a sus padres. Además, por los informes que estoy recibiendo sobre sus familiares, no creo que lo pasara demasiado bien estando a su cuidado.
—¿Le hicieron algo? —quiso saber YooNa, tremendamente preocupada por la salud del pequeño BaekHyun.
—Eso es lo que estoy tratando de averiguar.
—¡Como esos desaprensivos le hayan tocado un solo pelo, quiero que los destruyas, que los arruines, que los encarceles para siempre...! —continuó furiosa la combativa mujer ante la atenta mirada de su esposo.
—Tus deseos son órdenes para mí, querida mía —anunció el acaudalado señor Byun besando con cariño la mejilla de YooNa—. Creo que lo mejor para ese niño será que lo adoptemos y que tome nuestro apellido, así nadie podrá tocarle ni un pelo, como tú dices.
—Pienso que eso tendrá que decidirlo el. Aunque sea un poco pequeño, quiero darle la opción de decidir qué quiere hacer con su vida. Demasiadas cosas le han sido impuestas últimamente para que nuestro nombre sea una más de ellas.
—Bien, lo dejo a tu elección. Después de todo, desde ahora tú serás su nueva madre.
El orgulloso hombre sonrió pícaramente, mientras veía cómo su aguerrida esposa protestaba por sus palabras. Él sabía que, en el fondo, era ella misma quien más deseaba representar ese papel que el destino se había negado a concederle hasta entonces. BaekHyun, sentado en esa lujosa cama, se preguntaba cuándo irrumpiría en la habitación una bandada de niños reclamando cada uno de los juguetes de la estancia y prohibiéndole tocar cualquiera de ellos. Se mantenía callado para que nadie le gritara que hablaba mucho o que su voz le producía jaqueca. No tocaba nada para que nadie la reprendiera ferozmente por romper algo sin querer. Permanecía quieta para que nadie lo echara nuevamente a la calle, y estaba decidido a comportarse de la mejor manera posible para quedarse en esa casa y tener al fin un nuevo hogar.
La cama de ese cuarto era el sueño de todo niño: parecía el lecho de una princesito, con un dosel, sábanas rosas y mullidos y esponjosos cojines. El suelo estaba cubierto por una cálida y suave alfombra también rosa; las blancas estanterías se hallaban repletas de muñecas engalanadas con los más hermosos vestidos y, junto a ellas, descansaban magníficos peluches de osos, unicornios y decenas de otros animales desconocidos para el. BaekHyun tenía unas ganas tremendas de hundirse entre ellos y jugar con esas muñecas, que, sin duda alguna, serían mil veces mejores que las de sus estúpidas primas. De repente, la puerta de la habitación se abrió y entró una mujer de unos cuarenta años, vestida con un delantal y portando una bandeja. Su cara era afable, por lo que no tuvo tanto miedo como ante su tía YooNa. Pero aún dudaba sobre si debía hablar, por si decía algo inadecuado y esa mujer era parecida a sus otros familiares, que siempre sonreían ante todo el mundo y que únicamente ante ella mostraban su resentimiento.
—¡Hola, pequeño! Trabajo en esta casa y me llamo María. Tu querida tía YooNa me ha mandado traerte un aperitivo por si tenías hambre antes del almuerzo. Te lo dejaré aquí —anunció la agradable mujer dejando una bandeja repleta de suculentos manjares con los que la boca se le hacía agua, ya que apenas había desayunado antes de ser arrastrado hacia su nueva residencia. —Si tienes alguna pregunta que hacerme o alguna duda, aquí estoy: ¡puedes preguntarme lo que quieras!
—¿Cuándo conoceré a mis otros primos? —inquirió BaekHyun, lleno de tristeza, en un susurro apenas perceptible.
—Lo siento, cariño, pero tú eres el único niño de esta casa —contestó algo entristecida la servicial María, lamentando no poder ofrecerle la compañía de otros niños como el a ese pequeño y dulce chiquillo.
—¿Me lo jura? —replicó BaekHyun, levantándose de su cama un tanto animada.
—Sí, querido. La señora Byun no tiene hijos y...
—Entonces, ¿todos estos juguetes son para mí? —quiso saber el pequeño, esperanzado de que sus sueños de librarse de los molestos niños que siempre se metían con el finalmente se hubieran cumplido. —Sí, por supuesto. Esta habitación y todo lo que hay en ella te pertenece.
—Gracias —susurró BaekHyun, recobrando su compostura y sentándose nuevamente en su lugar. Cuando la mujer se fue y el niño se aseguró de que al fin estaba solo, corrió por toda la habitación gritando de alegría y finalmente se zambulló con deleite en los mullidos y esponjosos cojines que tanto lo habían tentado. Fue un día maravilloso, en el que disfrutó hasta saciarse con una suculenta comida que incluía una gran variedad de postres, jugó hasta la extenuación con sus nuevos juguetes y conoció a su nueva familia, que parecía ser bastante agradable, sobre todo su tío, quien le contaba divertidas historias sobre sus viajes. En cambio, su tía YooNa se mantenía un tanto alejado de el, como si BaekHyun tuviera alguna enfermedad contagiosa o algo así. Al pequeño no le agradaba demasiado su chillona voz o su estirado comportamiento, así que siempre la miraba desde lejos, algo reticente.
La felicidad del chiquillo duró poco. Exactamente unas seis semanas. Ése fue el tiempo que tardaron sus familiares paternos en volver a reclamar su presencia junto a ellos. BaekHyun trató de posponerlo cogiendo un gran berrinche y agarrándose fuertemente a la pierna de su tío. De ese modo, pudo esquivar por algún tiempo el momento de volver a ver a esos malvados personajes, pero finalmente ellos rompieron su maravilloso mundo irrumpiendo en su castillo de la forma más ruin posible.
Su prima Lucinda, una inmensa mole llena de grasa y acné cinco años mayor que el, volvía a intimidarlo una vez más, mientras BaekHyun observaba desde un rincón de su cuarto cómo sus apreciadas muñecas eran maltratadas sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—Esta familia tampoco te querrá porque tú eres un niño feo, sucio y pobre —anunció despiadadamente la niña más horrenda de cuantas había conocido.
—Eso tú no lo sabes —susurró el chiquillo mientras abrazaba a su más querida muñeca sin atreverse a levantar mucho la voz.
—¡Sí lo sé, porque yo tengo familia y tú no! ¡Tú eres un huérfano sin hogar al que nadie querrá nunca! —replicó con aspereza la cría mientras le lanzaba una amenazante mirada a su asustado primo.
—¡Mis padres me querían! —afirmó decidido BaekHyun, plantándole cara a cada uno de sus temores, y, tal y como su tía le había enseñado en los últimos días, alzó su rostro resuelto a demostrarle a Lucinda cuál era su valor.
—Sí, pero ahora no están y nunca volverán. ¡Y todo fue culpa tuya, por eso nadie te querrá nunca más! —chilló cruelmente la desagradable niña, intentando arrebatarle a BaekHyun la felicidad que últimamente parecía acompañarlo.
—¡Eso no es cierto! —gritó finalmente el pequeño, furioso, levantándose de su escondido lugar para enfrentarse a uno de sus mayores miedos.
—¿Te atreves a levantarme la voz, enano? —la amenazó abiertamente Lucinda mientras le arrebataba su más preciada muñeca y la tiraba al suelo despectivamente.
BaekHyun miró la muñeca que su tía YooNa le había regalado, relatándole en ese momento que ésa había sido una de las preciadas posesiones de su difunta madre, y sus sentimientos, enterrados durante mucho tiempo, terminaron por estallar. Sin saber cómo, BaekHyun sacó fuerzas de su flacucho y endeble cuerpo para embestir contra su prima y arrojarla sobre la caja de juguetes, que ahora y gracias a ella estaba vacía, ya que todas sus hermosas y ordenadas posesiones se hallaban esparcidas por su siempre impecable habitación.
Lucinda cayó hacia atrás, encajando su robusto cuerpo y su oronda persona en la gran caja de madera. Enfurecida, intentó salir de allí para darle una lección a ese creído mocoso, pero, para su sorpresa, no pudo hacer otra cosa que gritar algunas amenazas y obscenas maldiciones al ver que su cuerpo no podía salir de su forzada prisión.
—¡Sácame de aquí, idiota, o te juro que...! —amenazó la furiosa niña haciendo todo lo posible por salir de esa vergonzosa situación.
—¡No! —gritó rebeldemente BaekHyun, acercándose a su molesta pesadilla con un rotulador en la mano y una maliciosa sonrisa en los labios que sólo podía significar que por fin esa cría obtendría lo que merecían tanto ella como su estúpida bocaza.
¡Qué pena que su tía Bertha no pudiera recibir también la lección que sin duda se merecía por sus crueles acciones! Acciones que el recordaba muy bien, todas y cada una de ellas.
YooNa trataba de tener paciencia, a pesar de no ser ese tipo de personas que poseían un apacible temperamento. Lo estaba haciendo porque se lo había prometido a su adorado marido. De verdad que lo estaba intentando con todas sus fuerzas, pero la estúpida egocéntrica de las narices que tenía delante y que se creía alguien superior a todos los demás la estaba sacando de quicio.
Y faltaba muy poco para que su carácter saltara por los aires y acabara echándole a los perros o algo peor. María, desde un rincón de la estancia, la observaba con una gran sonrisa en los labios mientras no se perdía ninguno de sus movimientos, a la espera de que soltara su tormentoso genio de un momento a otro.
Pero YooNa pensaba cumplir la promesa que le había hecho a su marido de ser paciente con los parientes de BaekHyun y darles una oportunidad para demostrar que no eran las babosas rastreras que creía que eran. El problema consistía en que, a cada palabra que salía de la boca de esa insultante señora, únicamente demostraba lo sucias y bajas que podían llegar a ser algunas personas tan sólo por el dinero. Y eso la molestaba profundamente, sobre todo cuando el principal objeto de codicia no era otro que la pequeña fortuna de su sobrino, que nadie podía llegar a tocar hasta que ésta fuera mayor de edad y se casara. Sentada frente a la despreciable mujer que ostentaba el título de tía de ese niño que poco a poco estaba robándole el corazón, YooNa se estaba aguantando las ganas de servirle eficientemente el té sobre su estúpida cabeza a Bertha Bae, hasta que un buen número de agravios, dedicados al chiquillo a quien ya adoraba con toda su alma, comenzaron a salir nuevamente por su boca.
—Admitámoslo, señora Byun: ese mocoso puede ser bastante difícil de tratar. Sólo sabe quejarse de todo, no sabe compartir y siempre va diciendo mentiras sobre los demás niños. Creo que, si usted nos pasara una pequeña renta semanal, nosotros podríamos meterlo en vereda y enseñarle la disciplina de una buena familia.
—Ese niño... —comenzó YooNa tomando aire y contando hasta diez en el proceso de intentar tratar con esa idiota sin mandarla al cuerno—... ha tenido un comportamiento ejemplar en mi casa. Si no se ha comportado de la misma manera en su hogar, debe de ser, simplemente, porque no es el adecuado para el.
—¿Se atreve a insinuar que no soy una buena madre? ¿Usted, que ni siquiera sabe lo que significa esa palabra? —La mujer se levantó petulantemente, acabando con la poca paciencia que le quedaba a YooNa debido a sus insultantes palabras, que solamente pretendían herirla.
Pero los Byun nunca mostraban sus heridas en público, tan sólo mordían vilmente en el proceso de curarlas. Parecía que esa estúpida no había oído hablar de su genio, así que, sin duda alguna, tendría el placer de disfrutar de la demostración de éste de primera mano. YooNa estaba a punto de sacar a relucir su aguerrido temperamento e incumplir así con la promesa hecha a su marido, cuando fueron interrumpidas por el pequeño BaekHyun, que por primera vez en semanas lucía una gran sonrisa en su rostro.
El niño caminaba tan altanero y educadamente como la propia YooNa hacía, portando entre sus manos un rotulador con el que parecía guardar un gran secreto, ya que no paraba de observarlo a la vez que sonreía con gran malicia mientras lo removía, inquieto, entre sus manos. Sin duda había estado atendiendo a cada una de sus lecciones sobre la sofisticación y la elegancia, ya que se sentó muy educadamente después de saludar a su tía con la perfecta pronunciación y entonación que ella utilizaba para las visitas más indeseadas.
Al parecer ese pequeño lo había estado observando más de lo aconsejable, ya que copiaba uno por uno sus educados modales que, en ocasiones, podían interpretarse como un poquito arrogantes ante la sociedad.
—Bueno, querida tía, ¿a qué se debe el placer de tu visita? —interpeló BaekHyun a su tía Bertha.
—¡Niño, no seas tan presuntuoso y trata a los adultos como se debe! —reprendió ofendida la molesta visita. YooNa se quedó de pie junto a su sobrino, apoyándolo, pero esperando a ver lo que ese chiquillo, con un genio que hasta ahora no había demostrado tener, hacía con su desagradable pariente.
—Cómo puedes ver, aquí estoy de maravilla: tengo todo lo que un niño puede desear y no pienso marcharme de este lugar.
—¡Eso lo decidirán tus parientes! Nosotros, sin duda alguna, sabremos lo que más te conviene —declaró Bertha, apretando fuertemente los puños a cada uno de sus lados.
—No. Al parecer mis parientes sólo consiguen ver lo que más les conviene a ellos, por lo que me he tomado la molestia de decidir por mí mismo y quiero que éste sea mi nuevo hogar. Así que te ruego, tía Bertha, que desistas de quedarte con mi herencia... Perdón, quiero decir, conmigo —rectificó el pequeño sin mostrar que hubiera habido error alguno en sus palabras, imitando perfectamente lo que había oído de tía YooNa días atrás.
—¡Tú! ¡Mocoso desagradecido! ¡Con todo lo que he hecho por ti! —gritó airadamente la ofendida mujer intentando golpear al pequeño, algo que parecía ser habitual, ya que el se encogió esperando su respuesta. El brazo de tía YooNa se interpuso en su camino. Luego, y ante el asombro de todos, le propinó a Bertha una fuerte bofetada que resonó por toda la elegante mansión. —¿Cómo se atreve? —chilló indignada la mujer, cubriéndose la enrojecida mejilla.
YooNa se disponía a poner a esa engorrosa persona en su lugar, algo que con toda seguridad alguien debería haber hecho hacía tiempo, cuando los gimoteos de una quejumbrosa niña que se movía con algo de dificultad, indudablemente debido a la cara caja de juguetes que se hallaba acoplada a su trasero, se dirigió hacia ellas.
—¡Mamá! ¡Mira lo que me ha hecho BaekHyun! —se quejó patéticamente la cría que le sacaba dos cabezas y treinta kilos al delicado chiquillo al que acusaba.
Como el rostro de la pequeña mole de grasa, que aún intentaba sacar sus posaderas de la caja, estaba pintado con el mensaje «Si lo lees es que soy idiota», del mismo color verde que el rotulador que su sobrino portaba, nadie pudo refutar su culpabilidad. YooNa estuvo a punto de renegar, un tanto enfadada, del malicioso comportamiento de su nuevo ahijado cuando las molestas palabras de esa mujer volvieron a alterarla. Pero lo que le hizo decidirse a sacar finalmente a relucir su turbulento temperamento fue la respuesta de una criatura que irremediablemente decía la verdad.
—¡Usted debe castigarlo severamente para que esto nunca vuelva a pasar! —señaló iracunda Bertha, intentando desacoplar el trasero de su hija de la prisión en la que se hallaba.
—No comprendo por qué —intervino BaekHyun—, si tú, tía Bertha, no castigaste nunca a Lucinda cuando me encerró en el armario, o cuando rompió mis juguetes, o en el instante en el que quemó la única foto que me quedaba de mis padres o incluso por aquella vez en la que por poco me caigo por la escalera con uno de sus empujones...
—¡Mi niña nunca haría ninguna de esas cosas! ¡Ella es una cría ejemplar! ¡No como tú, que fuiste el culpable de la muerte de tus padres sólo por el capricho de un simple juguete y...!
—¡Suficiente! ¡Tienen dos minutos para salir de esta casa antes de que decida echarles a los perros! —sentenció YooNa, desafiándola con la mirada a que dijera una sola palabra más que dañara los sentimientos de BaekHyun.
—¿Son ésos los modales que piensa inculcarle? —gritó airadamente la obtusa señora.
—No, por supuesto que no —comentó irónicamente la adinerada dama mientras aleccionaba a BaekHyun sobre los buenos modales dentro de la alta sociedad—. Querida, los Byun no sacamos nunca la basura, sino que llamamos a otros para que hagan el trabajo sucio por nosotros. Así que ahora ve educadamente al despacho de tu tío... y comunícale que le diga a Mortimer que la basura se niega a marcharse.
BaekHyun abandonó la estancia con una sonrisa y, saliendo de la habitación con la elegancia que le había mostrado su tía, se dirigió a cumplir con su recado lo más rápidamente posible.
—¡Usted! ¡Usted! ¡Es una...!
—¡Recuerde con quién está hablando! —la amenazó YooNa, recordándole el poder de su apellido.
—¡Son tal para cual! —gruñó despectivamente la ofuscada tía Bertha consiguiendo al fin con uno de sus empujones romper la caja que oprimía el trasero de su hija.
—Algo indudable, ya que BaekHyun es un Byun y somos famosos por nuestro mal carácter ante cierto tipo de situaciones... en especial, ante aquellas que alteran nuestro apacible temperamento.
—¡Ese niño es un Bae y yo...!
—Usted no hará nada si sabe lo que le conviene, y mi sobrino BaekHyun llevará mi apellido desde mañana mismo, cortando cualquier lazo posible con su familia paterna. Si tiene alguna objeción, coméntelo con alguno de mis innumerables abogados. Ahora, como veo que ya ha llegado Mortimer, le pediré que les muestre el camino hacia la salida, por si lo han olvidado —declaró amenazante YooNa, poniendo fin a esa estúpida e innecesaria conversación, porque, antes de que esa mujer entrara por la puerta, ella ya sabía que ese pequeño se convertiría en un nuevo miembro de su prestigiosa familia.
—Mortimer, muéstrales la salida a estas dos... Señoritos. Y no te olvides de pasarles la factura de la caja de juguetes que han roto. Después de todo, pertenece a BaekHyun y creo que ya hay demasiada gente que se ha aprovechado de mi sobrino... Algo que no permitiré que ocurra nunca más... —concluyó YooNa, lanzando una última amenaza y dejando en el aire las consecuencias que podía conllevar el hecho de contradecir su mandato.
—¿De verdad seré un Byun? —preguntó un esperanzado BaekHyun a su tía, cogiéndose cariñosamente de uno de sus brazos.
—Eso es algo que indudablemente tu tío arreglará mañana —respondió YooNa.
—¡Seré el mejor Byun de todos! —anunció alegremente BaekHyun, adentrándose entre saltitos de dicha en su nuevo hogar.
—¿No le ibas a dar la opción de elegir? —bromeó el esposo de YooNa, alzando una de sus cejas de forma impertinente ante las precipitadas acciones de su mujer.
—Y se lo he dado: en ningún momento ha dicho que no. Además, después de ver a esa familia, yo también querría deshacerme a toda prisa de mi apellido. —¿Y cómo sabes que eso es lo mejor para el?
—Porque, indudablemente, con o sin nuestro apellido, ese niño es un Byun en todos los sentidos —contestó dignamente YooNa, elevando su altivo rostro ante las pullas de su marido.
—YooNa... —la amonestó su esposo, algo molesto con su orgullosa respuesta.
—No te preocupes. Sin duda aprenderá todo lo que tiene que saber un Byun, y lo hará de la mejor: de mí —alardeó YooNa ante su resignado marido.
—Eso es precisamente lo que más me preocupa —confesó el señor Byun, siendo consciente de que ese pequeño acabaría teniendo, sin duda, el mismo endiablado temperamento que su insufrible, pero queridísima, esposa.
Fue entonces cuando compadeció al pobre idiota que osara enamorarse de BaekHyun cuando fuera mayor. Algo que, sin duda, le seguiría preocupando aun después de su muerte, porque, a partir de ese día, ese niño sería su pequeño BaekHyun, a la que siempre vigilaría aunque ya no estuviera allí para verlo cometer cada uno de los estúpidos errores en los que siempre caían los Byun al encontrar el amor.








