Prefacio
Solo tenía veinticinco y ya se sentía vieja para acudir a fiestas. Su cuerpo no aguantaba tanto como cuando tenía veinte, aunque solo hubieran pasado cinco años desde entonces. Quizá era por las responsabilidades que tenía, el trabajo al que acudía cada día o su propia mentalidad, que sufrió muchos cambios desde que era una estudiante universitaria. La música estridente, el alcohol y los desconocidos de su alrededor ya no generaban en ella el mismo interés de antaño. El atractivo de acostarse con cualquiera que le prestara el mínimo interés se esfumó en cuanto sus padres murieron, un año después de que se graduara. Esa herida estaba tan reciente aún que, aunque estaba en aquella discoteca, no era capaz de divertirse como antes. Pidió otra bebida alcohólica, le importaba poco cuál fuera siempre que aturdiera su mente.
—¿Has venido sola? Porque siendo así no deberías beber más…
Una voz grave que se alzaba por encima de la música logró sacarla de ese trance en el que llevaba metida un buen rato. Sin embargo, no se molestó en adivinar de dónde provenía, solo esperó a que el camarero le sirviera la copa. En unos instantes, escuchó el ruido del vaso al posarlo sobre la barra y vio como lo deslizaban hacia ella.
—Si estás intentando olvidar, el alcohol no hace milagros. Y encima acabarás con una resaca de cojones mañana.
Flor alzó la cabeza y supo que quien le habló fue el mismo chico que le sirvió la bebida. Al contrario de lo que esperaba, su rostro estaba serio, sin rastros de una posible sonrisa que le indicara que bromeaba o que la animara a dejarlo. Quizá sus palabras no acompañaban a sus actos, ya que su trabajo consistía en eso: servir tragos a quienes lo pidieran, sin que importara nada más.
—Qué sabrás tú —masculló, no tan alto como le habría gustado.
—He sido el encargado de proporcionarte todas las copas que he vivido, así que algo sé… Y no me vengas con que tienes sed, para eso te pides agua o un refresco. Aunque, claro, eso ya que tendrías que pagarlo…
A ella le sorprendió descubrir que se enteró de lo que había dicho, aunque no tanto como saber que él la atendió durante todo ese tiempo. ¿Qué tan distraída estaba? Ni siquiera puso atención a los rasgos que se podían distinguir con la poca iluminación del lugar.
—¿Y a ti qué te importa? —Frunció el ceño.
No estaba enfadada con aquel desconocido, más bien consigo misma por no lograr controlarse. Su mente era un caos lleno de pensamientos inconexos que parecían tener algo en común si se unían. Tal vez tuviera razón y fuera el momento de dejar la bebida por esa noche.
—Nada, en realidad. Es más, para mí mejor porque así tengo trabajo y gano dinero —respondió con indiferencia.
«Claro, qué le va a importar si apenas me conoce… No, no me conoce, no tiene por qué juzgarme ni intentar que cambie las cosas. No tiene derecho», pensó sin dejar de observarle. Fue incapaz de desentrañar el misterio de su color de ojos, pero la mirada que poseía aquel chico era enigmática, como si ocultara mucho más de lo que mostraba. Concentrada como estaba en detallar cada uno de sus rasgos faciales, no se percató de la pequeña sonrisa que le dedicó al saberse estudiado por ella.
—Si te interesa puedo decirte mi nombre —comentó él, retomando la expresión seria—. Así la próxima vez que vengas podrás preguntar por mí para que te sirva todas las copas que quieras.
Tal vez le habría dicho algo más atrevido, pero solo era un camarero. No podía jugarse su puesto de esa forma, necesitaba el dinero. Sin embargo, se acercó un poco más, inclinándose sobre la barra, y le indicó a Flor que hiciera lo mismo. Cuando estuvieron lo bastante cerca para hablar, le susurró:
—Mi nombre es Ariel.
—Yo soy Flor.
Ariel se retiró solo un poco para mirarla.
—Encantado de conocerte, Flor.
De cerca pudo intuir que los ojos del chico eran claros, aunque seguía sin estar segura del color exacto.
—Igualmente —expresó ella con una sonrisa.
Alguien más requirió la presencia de Ariel, pues era el que más cerca estaba del cliente, por lo que se despidió de manera momentánea. Ella se quedó con la copa en la mano y mientras tanto contempló el líquido claro con la mente distraída. Hacía rato que no pensaba en la muerte de sus padres ni en la situación que atravesaban su hermana y ella, solo en aquel chico y su particular nombre. Lo buscó con la mirada y descubrió que no sonreía, algo que llamó bastante su atención.
Cuando Ariel regresó tras atender a varios clientes, Flor aún no había probado la copa. Por una parte se sintió satisfecho, pero por el otro le preocupó encontrarla con la mirada perdida, pues no se dio cuenta de que ya estaba allí.
—Oye, ¿estás bien? —Tocó el hombro de Flor varias veces y así fue como ella pareció despertar.
—Sí, sí. ¿Ocurre algo?
—Pensé que te habían echado algo en la bebida mientras no estaba. Habría podido suceder sin que te enteraras…
—¿Qué? —inquirió, observando de inmediato su bebida en busca de algo extraño, pero no lo encontró—. ¿Alguien me ha echado algo en la bebida?
—Que yo sepa no, pero tampoco podría asegurarlo —respondió, encogiéndose de hombros.
La vio tan nerviosa, sin saber qué hacer, que otra pequeña sonrisa apareció en su rostro. Esa vez Flor fue consciente de ella y se maravilló por lo bonita que era.
—Si quieres puedo servirte otra copa y tirar esta, así te quedarás más tranquila —añadió Ariel, cogiendo el vaso para tirar su contenido antes de que a ella le diera un ataque de pánico. Pero, al contrario de lo que él esperaba, estaba bastante tranquila. Todo gracias a esa sonrisa. Dejó el vaso apartado y cogió otro limpio para servirle una nueva copa.
—No sueles sonreír muy a menudo ¿verdad?
Sus palabras tomaron por sorpresa a Ariel, que la miró desconcertado.
—La sonrisa es algo muy valioso que no todo el mundo debería poder ver, solo las personas adecuadas. A veces se me escapa alguna, pero la mayoría del tiempo es cierto que no lo hago. Tampoco tengo motivos —respondió, sin dar más explicaciones.
No obstante, para Flor fue suficiente.
Esa chica le provocaba mucha curiosidad desde que la conoció. Cada noche ansiaba verla de nuevo para hablar con ella y conocerla, pero a medida que pasaban los días, perdió la poca esperanza que albergaba. Sin embargo, cuando se cumplió una semana desde entonces, sus ojos la encontraron caminando por el local con la mirada perdida entre la gente. Su corazón dio un pequeño vuelco cuando sus miradas conectaron durante una fracción de segundo y sonrió sin poder evitarlo.
—¿Qué te pongo esta noche? —preguntó en cuanto llegó a la barra.
—Un refresco de naranja, por favor.
Con ganas de mostrar sus habilidades, algo que no solía hacer ni con los clientes habituales, preparó la bebida en poco tiempo. No era algo del otro mundo, pero la adornó como si se tratara de un cóctel. Flor la probó y Ariel se deleitó con la visión de sus labios abiertos apoyados en el vaso. El goce aumentó con la satisfacción que mostró el rostro de la chica tras los dos primeros sorbos. Toda una joya que no dudaría en recrear cada vez que lo necesitara.
—¿Hay algún motivo por el que hayas decidido volver? No te creía chica de discotecas, la verdad.
Como respuesta solo obtuvo una sonrisa. Estuvo a punto de conformarse con eso, cuando Flor se animó a hablar.
—Me pareces un chico de lo más interesante, Ariel. —Apoyó la cabeza en su mano—. ¿Te parece razón suficiente?
Aunque en principio quedó anonadado y sin palabras ante su respuesta, decidió que lo mejor que podía hacer era sincerarse con ella.
—Más que suficiente. De hecho, me pasa algo muy parecido contigo, Flor.
La chica sonrió y se sonrojó ante la confesión del camarero. Le agradaba mucho, no solo porque le pareciera interesante, sino también porque creía que era un chico bastante sincero. Necesitaba, y agradecía, tener ese tipo de personas en su vida.
Ariel, por su parte, empezaba a sentir cierta fascinación por ella, tal vez por eso se animó a preguntar:
—¿Te apetece que quedemos algún día fuera de aquí?
Flor se mordió el labio inferior y desvió la mirada hacia la barra unos segundos.
—¿Me estás proponiendo una cita? —Esbozó una sonrisa mientras alzaba de nuevo la cabeza.
—Tal vez… —Ariel le dedicó otra sonrisa.
No estaba seguro de que lo fuera, pero no le desagradaba la idea. Para él era como si la conociera de toda la vida, aunque no fuera así, y lo único que ansiaba era conocerla más si Flor se lo permitía.









Este inicio es prometedor, tan ocasional y significativo que se ve que no es producto del azar. Me gusta esa tensión que se siente en esa presentación, ese pequeño intercambio de nombres, se ve tremendamente prometedor y, desde ya, puedo decir que estoy colgada a Ariel 😜😍 se nota que se vienen cosas grandes para ambos 😊❤️🔥✨
Me a gustado mucho el capitulo, me he confundido un poco por el cambio de POV. El cual no es indicado de ninguna forma, ya sea con una leve interrupcion o con un indicador. Pero fuera de este tema me a gustado, estoy deseando ver como va la historia.
Me gusta como se plantea al inicio una atracción momentánea entre ellos. EMOCIONANTE. EMOCIONANTE. Podemos ver que la hermana también tiene buenos gustos como Flor, no la culparía. La narrativa es inmersiva y ligera para leer, los detalles son los suficientes para no cargar al lector. Mi primera novela heterosexual después de 6 años de no leer una, me agrado.