Prólogo.
Desperté agitado sintiendo mis pies helados por el ambiente a estas horas, me incorpore en la cama llevando mi mano al corazón verificando como este latía desesperado, apunto de salir de mi pecho. Un sentimiento extraño apareció luego de despertar de mi sueño, que por alguna razón no llegaba a recordaba.
Siempre pasaba desde que había llegado a este lugar, y aunque por dentro algo me decía que no obtendría una respuesta lógica, mi mente asimilaba que era solo porque mi cuerpo aún no se adaptaba al nuevo lugar donde vivía.
Verifiqué la hora en la mesita negra de noche que se encontraba a mi lado.
1:32am
Hice a un lado la cobija que me tapaba, y sentado metí mis pies en los Cross que estaban al pie de la cama. Me puse tan rápido como pude una camiseta gris, y unos pantaloncillos negros para salir evitando hacer cualquier ruido para no despertar a mi madre. Tome mi mochila del escritorio, me la puse en un hombro y salí silenciosamente.
Inmediatamente cuando crucé la puerta de mi casa la fuerte brisa del mar me recibió erizando cada parte de mi pálida piel. Comencé a caminar por la playa sin ningún rumbo en específico tratando de relajar todo lo que mi cuerpo sentía.
No me gustaba este sentimiento por la razón de que me ponía inquieto, y para intentar relajarme, terminaba haciendo una caminata nocturna en la playa que se encontraba en mi patio trasero.
Una pequeña playa con un viejo muelle pintado de blanco que nadie visitaba en esta parte del pueblo. El muelle se encontraba algo lejos de mi hogar por eso caminaba hasta allá y de vuelta con la esperanza de volver a dormir cuando regresara.
Vivía en la nada prácticamente. Sin vecinos aunque con una vista al mar impresionante, era un lindo lugar sin contar el frio que hacía en las mañanas.
Hacia unos meses mi madre había recibido una carta de un abogado que decía que el abuelo, había decidido en su testamento que quedara a su nombre una casa en la playa que tenía en un pequeño pueblo.
Para mi madre fue como un regalo caído del cielo, ya que vivíamos en la casa de su hermana y era algo incómodo. Se sentía desconocida al igual que yo en la casa de mi tía.
Ya hacía una semana que nos habíamos instalado y no conocía nada, ni lugares, ni amigos, o actividades que hacia allí. Pero tampoco me molestaba estar sentado en mi habitación solo, haciendo mi pasatiempo favorito; Dibujar y pintar.
Las huellas de mis Cross quedaban marcadas en la arena mojada de la playa. El sonido de las olas golpeando una con otra me hacía sentir en otro mundo, más relajado, en paz, uno tranquilo.
Había caminado un largo trecho. Mi casa casi no se veía desde donde estaba. Seguí caminando hasta llegar al frete del mi lugar favorito cuando el desvelo me visitaba en la madrugada.
El viejo muelle.
La luna se reflejaba en el inquieto mar. Pintaba a aquel muelle originalmente blanco, en un tono azul tranquilizador. Camine por las tablas que quedaban clavadas y llegue al final del tramo. Me senté en el borde. Quite las Cross de mis pies y las deje a un lado mientras sacaba de mi mochila, un bloc y lápiz.
Las puse en mi regazo viendo el ambiente húmedo que había en el aire por el mar. No dejaba ver más allá de la oscuridad que imponía este gigante majestuoso. Tome mi lápiz y comencé a trazar líneas que no se entendían buscando forma con cada trazo que marcaba sobre la hoja blanca.
El lugar me estaba volviendo melancólico y en un sentimiento dibujé el muelle decorado con tulipanes y rosas sin color alguno. En menos de 10 minutos el dibujo estaba terminado.
Contemplé mi pequeña obra dibujada con creyón, sintiendo como de alguna u otra forma no se comparaba a obras artísticas de verdaderos personas con talento. Mi mente no dejaba de pensar en los miles de defectos que contenía aun sabiendo que solo era por pasar el rato.
Mi madre siempre me decía que mi talento era digno de participar en “Art and Crayon” una concurso para participar y ganar una beca completa en las universidades de jóvenes talentos con sueños a ser grandes creadores de obras reconocidas.
Por eso en cada inicio de un nuevo año escolar, las universidades dejaban abierta una página con el fin de encontrar a diez jóvenes con potencial para entregarles una beca en la universidad más calificada para ello. Pero por dentro no me siento calificado para entrar a algo de alto nivel. Y desde que supe que mi sueño y meta era ser un artista no he dejado de encontrar defectos en cada obra que realizo, en busca de la perfección.
Miré mi dibujo con el sentimiento de estar incompleto.
Mis adentros se hallaban llenos de inseguridades, no tenían fe en mí y quería ahorrarme la vergüenza de que mis obras fueran degradadas y vistas como dibujos principiantes.
Estaba en una lucha interna que se prologaba desde hacía mucho tiempo.
–No te dejes vencer por tus miedos – Escuché una melodiosa voz a espalda de mí.
Me volteé con curiosidad.
Una figura femenina se encontraba parada a unos cuantos pasos de mí. Vestía un vestido blanco tan puro como su aura celestina en medio de la luz de luna a media noche. Sus suaves cabellos dorados se mecían con el fuerte viento del mar. Me miraba tranquila aunque sus ojos mostraban ser misteriosos.
– ¿Qué? – Pregunté a ella.
Su mirada se desvió de mí hacia el Bloc que estaba en mi regazo, en donde dejaba a vista el dibujo del muelle.
–Lindo dibujo –Me felicitó, mostrando una sonrisa de lado. Volvió a verme –Aunque no deberías dudar de tus propias habilidades.
La miré confundido.
–Gracias, pero ¿De qué hablas?
–De tu lucha interna –Se acercó sentándose a una distancia algo alejada de mí. Su mirada se encontró con la mía –Se nota que no estas conforme con lo que hacen tus manos al dibujar.
–¿Cómo sabrías que es con mis dibujos y no con otra cosa?
Se rió ligeramente, aligerando el ambiente. No me tomé a mal su risa.
–Es instinto femenino –Explicó, manteniendo su sonrisa.
–¿Y tú instinto femenino te trajo a altas horas de la madrugada a caminar por la playa más desolada? –Pregunté, con cierto sarcasmo para que no se lo tomara a mal.
–No, simplemente no pude dormir y este es el mejor lugar para relajarse –Aclaro encogiéndose de hombros.
–Es cierto –Concordé con ella. Asintiendo con la cabeza.
Un silencio se propago en nuestro alrededor pero no era incómodo.
Estaba sentado en un muelle pasado la media noche, charlando con una desconocida que contenía una belleza increíble y por alguna razón me sentía cómodo.
–Me llamo, Marcus –Finalmente rompí el silencio. Estire mi mano libre hacia a ella para estrechar las manos.
Por un momento su mirada permaneció en mi mano. La chica levantó la vista a mí y me sonrió, pero no correspondió mi saludo dejándome con la mano extendida.
–Un gusto Marcus, yo soy Idun.