Hasta que los Hasta que los besos dejen de contar

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Summary

«Siempre he pensado que el amor era algo que muy pocas personas llegaban a conocer, que nunca estaría al alcance de mis manos, al alcance de tus besos» Sophie dejó de creer en el amor demasiado joven. Dedica su vida a su trabajo como camarera en Primose Lake, donde nació y de donde cree que nunca será capaz de escapar. Ha dejado de soñar, de perseguir sus sueños y de ilusionarse con las cosas sencil«Siempre he pensado que el amor era algo que muy pocas personas llegaban a conocer, que nunca estaría al alcance de mis manos, al alcance de tus besos» Sophie dejó de creer en el amor demasiado joven. Dedica su vida a su trabajo como camarera en Primose Lake, donde nació y de donde cree que nunca será capaz de escapar. Ha dejado de soñar, de perseguir sus sueños y de ilusionarse con las cosas sencillas de la vida. Jayden ha abandonado la ciudad, dejando atrás a su familia, amigos y todo lo que le ha rodeado hasta ahora, incluida esa nueva fama que no buscaba y que ahora le persigue. TikTok empezó como un juego, momentos para reírse y divertirse con los amigos. Nunca pensó que podría ser una profesión y como esta se le ha ido de las manos. Una escapada, un pueblo en el que todos se conocen, una abuela cascarrabias y una bicicleta a la que se le sale la cadena. ¿Será esto lo necesario para que dos personas que nunca hubieran coincidido, sean lo que necesitan para dejar de contar?

Genre
Romance
Author
Helena
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

1| Primose Lake

1| Primose Lake

Sophie


Mi vida es una rutina continua. Sé que no debería quejarme y te prometo que no lo hago, solo es que a veces, muchas más de las que me gustaría, siento que mi vida se está perdiendo en este pueblo.


Estoy enamorada de Primose Lake, es lo único que conozco. Desde que nací no he salido de aquí y no será por ganas, pero las circunstancias de la vida no me han permitido soñar más allá de lo que tengo ahora mismo, aunque siempre haya pensado que ir a la universidad me hubiera ido bien. Que conocer mundo, disfrutar, ser una chica más de diecinueve años en el país de las oportunidades. No es soñar mucho más allá de mis posibilidades, pero vuelvo a decírtelo, no me siento atrapada en este lugar donde el paisaje es de ensueño, el sol se filtra entre las ramas de los árboles que rodean el lago que le da el nombre a este pequeño rincón del mundo, solo es que, me ha tocado vivir esta vida y no es mala.


Todos los días me levanto a la misma hora. Tengo en mi teléfono programada la alarma, pero ninguna mañana llega a sonar, yo ya he abierto los ojos cuando eso ocurre, y si no fuera así, mi abuela se encarga de que las sábanas no se me queden pegadas, pero es que entro muy temprano a trabajar en el Moon's. Es uno de los únicos locales que dan todas las comidas del día e incluso a veces se queda hasta la madrugada abierto y poder tomar un par de copas.


Yo realizo el primer turno de la mañana, poniendo los desayunos a los vecinos que trabajan en la empresa de la localidad, una que se dedica a la explotación minera, o los que han buscado mejores opciones en los pueblos con mayor número de habitantes de la ciudad, además del volver en el de tarde-noche. Creo que Logan, mi jefe, me puso ese turno sin que yo tuviera que pedírselo por mi abuela y es que, Abigaíl Mitchell es una mujer de armas tomar y consigue lo que quiere y cuando quiere. También tiene un corazón que no le cabe en el pecho, pero no puedes decírselo, si no se vuelve la mujer más cascarrabias sobre la faz de la Tierra, algo que se le da muy bien interpretar.


Una vez que ya me he despertado y he apagado la alarma antes de que suene, mi abuela ya está avisándome que, si no me doy prisa, no voy a llegar a tiempo a trabajar, y eso que aún me queda casi una hora para que empiece mi turno. Dejo sobre mi cama los vaqueros que voy a usar hoy, junto a la camisa blanca que tiene bordado el nombre del local en el lado derecho y el delantal que la abuela me dejó lavado ayer justo antes de bajar y entrar en la cocina. El olor a bacon, café y tostadas inunda todo lo que me rodea, pero soy incapaz de coger más que una manzana del cesto de la fruta y beberme el café que me ha servido la abuela.


—Come algo más, Sophie —protesta mientras pone frente a mí un plato con un par de rebanadas de pan que ambas tenemos claro que no voy a tocar—. No puedes ir a trabajar con el estómago vacío.


Le doy bocados a la manzana a la vez que me bebo el café, sabiendo que las tostadas se van a quedar en el plato, como cada día.


—Abigaíl, no me apetecen, si me entra hambre, tomaré algo en el Moon's.


Dejé de llamar a mi abuela con este adjetivo un par de años después de que ella empezará a hacerse cargo de mí, y no por iniciativa propia, sino porque ella se negaba a que yo lo usará y me acostumbré a llamarla por su nombre de pila.


—Cada día estás más delgada —protesta mientras retira el plato de la mesa y yo le doy un beso en la mejilla justo antes de que me lo rechace—. Anda, vístete antes de que se haga mucho más tarde.


Salgo de la cocina, justo después de enjuagar mi taza y meterla en el lavavajillas, una máquina del diablo como diría mi abuela y de la que ahora no se desharía por nada en el mundo, y tiro el corazón de la manzana en el cubo correspondiente. Sé que ella tiene una sonrisa en la cara, una casi igual de grande a la que se dibuja en mi rostro, porque este beso, junto al que le doy cuando me voy a la cama por la noche, son las únicas dos muestras de afectos que nos dedicamos una a la otra durante todo el día. Mi abuela es una mujer cascarrabias por definición y sé, aunque ella lo niegue hasta la saciedad, que adoptó el papel el mismo día que empezó a hacerse cargo de mí, porque es casi la misma coraza que yo uso. Una que no nos hace indestructible, pero que al menos nos permite resistir.


Una vez que me he dado una ducha rápida, me recojo mi melena lisa y castaña en una cola bien estirada, de la cual intento que nunca se escape el pelo, ya que resulta bastante incómodo para trabajar. Me doy una sencilla capa de maquillaje y aplico máscaras de pestañas, sombra gris y algo de coloretes, además de mi lápiz de labio favorito. Un color chocolate del que me hice de una buena cantidad, porque ya estoy acostumbrada de que, en este pueblo, perdido de la mano de Dios, cada vez que llega algo que me gusta, desaparece. No soy muy fan de internet como para pedirlo, sobre todo cuando la mitad de las empresas de reparto no aparecen por aquí y para salir del pueblo, como no tengas vehículo propio, algo de lo yo carezco, a no ser que mi vieja bicicleta entre dentro de esa categoría, solo podemos disponer de un autobús que viene cada tres días.


Meto en la mochila el delantal, compruebo que llevo todo lo que necesito y bajo casi de dos en dos los escalones de nuevo, pero esta vez no me acerco a la cocina. la abuela ya tiene que estar metida entre fogones y no le gusta que la molesten, sobre todo porque en breve empieza una de esas novelas turcas a la que se ha aficionado, así que lo único que hago, después de comprobar que llevo las llaves, es dar un grito para despedirme de ella.


—Hasta la tarde, abu.


—Maldita niña del demonio —sonrío porque, aunque no la vea, sé que ella lo está haciendo también—. Ten cuidado.


Cierro con cuidado la puerta, porque mi abuela tampoco soporta los portazos. Me acerco al porche que tenemos junto a la casa y, como cada día, no puedo evitar mirar la lona, pero desvío la mirada con rapidez y saco mi bicicleta naranja, con una cesta donde coloco mi mochila para después colocarle los auriculares a mi teléfono y permitirme reproducir una de mis listas. Hoy me siento con energía, así que busco el tema del último álbum de Haley y Stiles. Cada día me alegro más de haberlos conocido y que ahora ocupen un pedacito de todas y cada una de las listas que uso según mi estado de ánimo.


Me pongo los auriculares y cuando enfilo la calle, siendo aún demasiado temprano y el sol aún esté empezando a alumbrar y caldear las calles, ya he saludado a un par de vecinos.


Esta es la mejor época del año en Primose Lake, es la época en la que todo lo que nos rodea, todo lo que llega, aunque sea por un efímero tiempo, le da el nombre a este lugar y me recuerda, que, aunque esté deseando irme, aunque sea algo imposible, no voy a poder dejar de amar el sitio donde mis raíces han tomado fuerza.


Las notas de la siguiente canción empiezan a sonar con fuerza cuando ya he avanzado un par de calles y yo me emociono a tararearla justo en el momento en el que noto como empiezo a perder la estabilidad en la bicicleta y, por mucho, que apriete los frenos, aunque estos respondan, sé que se ha salido la cadena y, para mi desgracia, lo ha hecho en la calle que más baches tiene, justo donde tengo que coger la curva. En el momento exacto en el que un reflejo me hace cerrar los ojos con fuerza y tengo que tirarme hacia un lado, al menos sé que el césped va a amortiguar la caída.


Escucho el chirrido de los frenos del coche que ha estado a punto de colisionar conmigo y como alguien se acerca hasta mí. Aún no he sido capaz de abrir los ojos, y no porque me haya hecho daño, si no por la vergüenza que estoy empezando a sentir.


—¿Estás bien?


La voz que suena no es la de ningún vecino y juro que conozco a todos los que somos en Primose Lake. Si hay algo que todos hacemos, es conocernos, como no hacerlo en un pequeño poblado donde el censo no supera los 500 habitantes, por lo que no puedo evitar abrir los ojos de par en par y mirar al chico que se inclina sobre mí.


—Mierda.