Capítulo 1
-“Una vez más, bienvenido a mi casa. Ven libremente, sal con seguridad; deja algo de la felicidad que traes.”
Drácula, Bram Stoker
Transilvania, Rumanía, durante la Segunda Guerra Mundial
- Ich mag nich diese Land. *
-Hainz, llevas quejándote desde que llegamos.
El soldado llamado Hainz miró a su compañero con cierto resentimiento. Se mordió la lengua para no devolverle una dura réplica. Alger no entendía nada. Esa tierra estaba maldita. Y no se refería precisamente a la guerra en la que los rumanos estaban participando como aliados de Alemanía.
El mal se había apoderado de Rumanía. Podía sentirlo en el aire. Podía escuchar el peligro en el maullido de los gatos. Los gatos...esos malditos felinos eran malignos. Hainz lo sabía.
Una mano que se posó en su hombro lo sacó de sus pensamientos. El comandante Bauman y su otro camarada Ernest los habían alcanzado por el camino.
-Ha sido un día duro, muchachos - dijo el comandante.
Hainz miró al hombre que tanto admiraba. Bauman era como un padre para él. A sus veinticinco años, Hainz se consideraba un hombre hecho y derecho, pero agradecía la compañía de su comandante en esos momentos. Tenía un presentimiento raro. Miró alrededor pero nada se escuchaba, ni un sonido alteraba la quietud de la noche. Solo se escuchaban sus pasos y los de sus camaradas sobre la gravilla del camino que los llevaba de vuelta a su cuartel.
Decidió unirse a la conversación que sus acompañantes mantenían y olvidar todo lo demás. Eran solo imaginaciones suyas.
Entonces Alger se paró bruscamente y les indicó a los demás que hicieran lo mismo. El sonido de un llanto cortó el silencio de la noche e impregnó a los valientes soldados de miedo.
La mente de Hainz se inundó con todas aquellas historias que sus camaradas contaban en el cuartel.
El miedo se apoderó de su cuerpo, siendo incapaz de moverse, mientras el llanto seguía. Miró al comandante Bauman. Éste se mostraba impasible, ni una emoción cruzando su rostro. Hainz admiró una vez más la valentía de su señor y, armándose de valor, dijo:
-Seguro es un gato en celo lo que se escucha. Ya sabéis que están en época de apareamiento.
En efecto, los maullidos de los gatos acompañaban cada noche los sueños de los soldados alemanes. Parecían llantos de bebés y, en más de una ocasión, Hainz había visto interrumpido su descanso a causa de estos.
Ante la afirmación de Hainz, el comandante negó con la cabeza.
-Eso no es un gato.
Antes de que sus subalternos pudieran agregar algo más, Bauman echó a andar, siguiendo el misterioso llanto. Hainz maldijo su suerte y junto con Alger y Ernest, siguió al comandante. Bauman soltó una maldición cuando descubrió el origen del llanto.
Escondidos entre la poblada hierba, un par de ojos los miraba con absoluta desesperación.
-Ernest, ayúdame - ordenó el comandante.
Entre los dos consiguieron levantar el cuerpo que se encontraba tendido en la hierba. Lo colocaron en medio de la carretera y, gracias a la luz de la luna, pudieron observar mejor a la persona rescatada. Era un anciano escuálido. Hainz calculó que tendría unos setenta años. El poco cabello gris que le quedaba se encontraba lleno de hojas. Solo vestía una camiseta y unos pantalones finos que los hombres del campo llamaban izmene*.
El anciano los miró, sus ojos mostrando miedo y desconfianza. Al ver que el anciano no abría la boca, Bauman decidió interrogarlo para averiguar quién era y qué hacía allí. Habló en alemán con la esperanza de que su interlocutor lo entendiera, ya que su rumano no era muy fluído.
-Buen hombre, no tenga miedo.
Al escuchar las palabras dichas en alemán, el anciano clavó sus pequeños ojos en el comandante.
-Nemti * -dijo con una voz profunda.
Hainz se sorprendió al escuchar la firmeza que denotaba su voz pues no se lo esperaba. La desconfianza volvió a apoderarse de él. Ese anciano podía ser peligroso, aunque no lo pareciera por su tamaño. También notó la amargura del anciano al darse cuenta de que ellos eran alemanes. Seguramente no eran de su agrado. En realidad, nadie parecía sentir simpatía por los alemanes.
Al ver que el anciano no entendía su idioma, Bauman empezó a preguntarle, utilizando sus pocos conocimientos del rumano, cómo había llegado allí. Hainz observó atentamente la conversación. Sus dos compañeros permanecían callados, seguramente también estaban inquietos por la repentina aparición de aquel misterioso abuelo.
Tras diez minutos de charla, durante los cuales el abuelo no dejó de gesticular, Bauman les explicó a sus soldados lo que había logrado averiguar.
-Al parecer, salió a trabajar unas tierras que son de su propiedad y al volver, alguien lo atacó. Su caballo se asustó y lo tiró al suelo. No sabe qué provocó que su animal huyera.
Alger carraspeó haciendo que Bauman lo mirara.
-Si me permite, mi señor, creo que no deberíamos fiarnos de sus palabras. Ese ataque parece sacado de un cuento.
Hainz miró al anciano. El hombre parecía realmente asustado. De pronto, sus ojos se encontraron con los del soldado y el miedo que éste vio en ellos hizo que el corazón de Hainz empezara a latir como loco.
Hainz Grunewald no era un hombre de iglesia, pero en ese momento, le pidió a Dios por su alma.