Un difícil sendero

All Rights Reserved ©

Summary

Éste es, sin duda alguna, el camino que, en muchas ocasiones, aunque no querramos, debemos transitar

Genre
Drama/Other
Author
Angel
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

I

Desde muy pequeño, he escuchado, visto, e inclusive leído un sinfín de historias; no obstante, en todas y cada una de ellas, siempre hay un final feliz. Basado en mis experiencias, puedo atestiguar que no son más que simples aberraciones; ya que, sin duda alguna, la vida real no es así. Es un panorama totalmente diferente. Día a día he atestiguado desgracias subyacentes a una cosa en común… estar vivo. Simplemente, la vida no es color de rosa, como en ocasiones suelen pintártelas en las películas de Walt Disney.

Vivimos en un mundo donde, literalmente, los personajes más, aparentemente nobles, son los que guardan más codicia y avaricia en sus corazones. Recuerdo todavía cuando leí el libro del lobo y los tres cerditos… ¿no es válido pensar que quizá, los tres hermanos habían invadido el territorio del lobo? ¿Por qué creemos que el lobo realizaría un acto tan hostil solamente para comerse a los tres cerditos? Es bastante obvio que, incluso después de tanto tiempo, nos hemos dedicado a ver solo una cara de la moneda.

Crecí en un barrio bastante cutre, en donde, desgraciadamente, mi familia formaba otra diminuta parte de esa pocilga, la cual llamábamos “vecindario”. Todavía recuerdo cada risa, cada lagrima, cada segmento de mi vida de cuando era feliz. No teníamos mucho, económicamente hablando; sin embargo, el ambiente era sumamente cálido y familiar.

La manera en la cual me criaron y educaron, por más simple que sea, siempre fue la ideal. Aún recuerdo muchas veces en donde no me dejaban ver la TV por haberme portado mal en el jardín de niños.

Asimismo, con mis hermanas pasaba algo similar… siempre que se portaban mal, o hacían algo indebido, se llevaban una reprensión.

Sin duda alguna, lo más peculiar de todo, es que, de alguna forma, mi madre hacia que los castigos aplicados no se vieran tan mal. No sé cómo, o por qué, pero sin duda, nos disciplinaba de manera cálida.

Mis hermanas desde muy chicas llevaban excelentes calificaciones, al igual que yo. Desde luego, cuando inicié mi educación primaria, se me hacía un poco difícil socializar, no por sentirme rechazado, es sólo que no sabía de qué manera me podía afectar. Muchas veces mi madre me aconsejaba que hiciera amigos; en ocasiones le prestaba atención, otras no tanto.

Día a día, vivía una lucha interna referente al tema. Al poco tiempo, recuerdo haber hecho cuatro o cinco amigos, al momento, esos recuerdos son un poco nublados; sin embargo, de lo que sí estoy seguro, es que desde allí comenzó mi vida social. Cada vez me divertía más y más; por supuesto nunca llegué a descuidar mis notas, ya que mi madre me ayudaba mucho. Quizá pueda argumentar con toda certeza que ella era la única que me entendía.

Una que otra vez, me divertía jugando con mi padre. Recuerdo que había una manera bastante divertida en la cual le hacía masajes. Siempre que le dolía la espalda, yo me le montaba encima y comenzaba a caminarle sobre la espalda. Eran los mejores tiempos para mí.

Poco a poco fui creciendo, creando un gran número de recuerdos. Para cuando estaba en tercer grado de primaria, mi círculo de amigos había aumentado notoriamente; no obstante, también cada vez más iba aumentando mi temperamento, al igual que fui cambiando totalmente mi comportamiento… ¿cómo podría decirse? Me había vuelto un poco más agresivo e intranquilo. Mis calificaciones habían bajado un poco, no mucho, aun así, mantenía mi estándar en promedio.

Sin duda alguna, en más de una ocasión, recibí reprensiones; aunque ya no prestaba tanta atención. Recuerdo que, incluso una vez, mi madre se disgustó, porque mis calificaciones habían descendido a diecinueve; digo, para mí no era lo normal, siempre obtenía un puntaje de veinte puntos.

Aún intento averiguar los motivos para mi cambio de actitud, aunque me gustaría pensar que todo era a causa mía. Eventualmente, mis padres comenzaron a tener diversos conflictos. Cuando estaban frente a mí o mis hermanas, actuaban como si nada pasara, pero yo sabía que no era así. Poco a poco, mi hostilidad se fe volviendo más notoria; a tal grado que, en muchas ocasiones, llegué a tener conflictos con varios de mis compañeros de clase.

Aún recuerdo las veces que mi madre indagaba preguntándome cuales eran las razones por las cuales me había comenzado a comportar así; yo simplemente me mantenía callado, no sabía ni siquiera qué argumentar.

A medida que avanzaba el tiempo, note que los conflictos entre mis padres habían aumentado; en ocasiones mi madre sufría pérdida de apetito a causa del estrés. A pesar de que yo lo notaba, no lo asimilaba totalmente; después de todo era un niño, ¿qué iba a saber yo de problemas de adultos?

Recuerdo la última vez que me sentí a gusto mientras compartía con mi familia. Fue un día veinticuatro de diciembre del año dos mil trece. Recuerdo que esa vez, nos encontrábamos casi todos en casa de mi abuela, a excepción de mi padre. Que se había quedado en mi casa haciendo no sé qué.

Para enero del año dos mil catorce, mi madre comenzó a presentar nauseas que eran casi constantes. Aún recuerdo la preocupación que en múltiples ocasiones sentí. Poco a poco avanzaban los días, y con ello, la salud de mi madre se deterioraba. A primera instancia, le habían diagnosticado un tumor estomacal… Yo ni siquiera sabía de qué se trataba.

Por supuesto, se puede decir que, también, la frustración que sintió mi madre cuando mi hermana mayor salió embarazada, contribuyó en parte a la falta de alimentación.

El primero de abril de ese año, finalmente mi hermana dio a luz. Recuerdo que ese día toso teníamos una alegría encima… hasta que, a partir de ese mismo día, la salud de mi madre se vio un poco critica. Recuerdo que tuvieron que llevarla al hospital, para ver qué estaba ocurriendo.

Nadie me quiso decir qué era lo que ocurría. «Alístate. Iras a vivir por un tiempo a casa de tu abuela» … esa fue la única información que recibí en ése momento.

Considero totalmente que fue una de las peores épocas que he vivido. Continuamente tuve que estar de aquí para allá. Yendo y viniendo de la casa de mi abuela. Por supuesto, también comencé a tener un poco más de información de la salud de mi madre.

Eventualmente, cada vez comía menos. Su estómago, poco a poco rechazaba con más continuidad los alimentos que ingería; hasta que, optaron por colocarle una especie de conducto hacia el estómago. Se trataba de una manguerilla de uno a dos centímetros de diámetro, por el cual, le inducían compotas, cremas y sopas… era la única manera por la cual podía alimentarse, sin que su cuerpo rechazara los alimentos.

Durante este periodo, sin duda avisté muchas cosas. Incluso intentaron asesinarme por un motivo totalmente patético. Apenas tenía nueve años en ese momento, está demás mencionar que me encontré bastante confundido, nervioso y muerto de miedo en esa ocasión; por suerte, el arma nunca detonó. De alguna forma se había trabado.

Así, poco a poco fueron avanzando los días. Desde luego, no le comenté a nadie lo que me había pasado. Ya bastantes preocupaciones tenían, como para darles una más.

Durante una ocasión, el último día de las madres que pude celebrar con ella para ser más preciso, recuerdo que me desperté bastante emocionado. Quería prepararle una sorpresa a mi madre. Ese día, tomé una pequeña taza transparente, y me fui a recoger unas cuantas flores. No muchas, pero sí las suficientes como para llenarla…

―Mami, te traigo flores, flores de las mejores…―canto, despertando a mi madre― Mami, de mis amores.

Mi madre me observaba, gozosa, alegre y emotiva, mientras yo entonaba esa dulce canción que aprendí en primaria.

Aún conservo en mi memoria la cara de felicidad que tenía mi madre en ese momento; sin duda alguna, era la mejor época de mi niñez… o, tal vez, de mi vida.