«Capítulo 1: Grises y Grises»
El plano se conserva por si mismo y para sus seres, tanto razas como bestias. Sin embargo estas no pudieron evitar que el conflicto actual por la supervivencia y el autosustento se diese a pesar de todo. Hechos referentes al presente de La Orbe pueden ser las invasiones a varios anexos aklózitos por parte del reino de Bérsark, también La Batalla de La Fosa donde el último reino a mención perdió soldados a más no poder en el cañón del intermedio en el continente del oeste. El cañón inmenso donde se dio la masacre fue llamado La Fosa de Los Antiguos Serraníos y estos, portando aún pieles verdisecas y de rocosas similitudes a los accidentes geográficos conocidos, persisten sobresaltando un pasado mortal de doradas glorias y existentes cadáveres en abundancia.
El trabajo de un general de guerra es tan poderoso como reflector de la paciencia misma. Esperar un ataque para ejecutar una estrategia, volar por encima del miedo con tal de imponerlo a tus enemigos, o sentir con los dedos el filo de una espada son solo algunos de los ejemplos que giran en torno a dichos generales ambiguos; esto último por el sistema seguido de uno de los militares errantes más conocidos en la era moderna de Martiria. Resaltando sus azafranes panoplias con el amanecer próximo, aquel superior esperaba con paciencia un momento de paz que no llegaría jamás en su vida. Su existir le pareció más que emocionante hasta que la edad le alcanzó aunque solo en su rostro añejado. Su fuerza se rige como piedras masivas a leones, su velocidad de asedio se entrenó desde la palma de sus manos hasta las uñas de sus pies, pero su concepto de la guerra se ha deformado con el pasar del tiempo actual.
Aquel líder del ejército se sentó sobre una diminuta parte de la extensión geográfica en la que se encontraba. Las arenas grises del Desierto de Cenizas eran las alfombras templadas que le relajaron por alguna chispa de tiempo. Las arenas se hicieron polvorientas manchas en su cabello blanco similar al hierro de su arma; al verla, aquel humano recordó sucesos como La Batalla de La Fosa –misma ya mencionada– o también La Primera Reclamación de anexos enemigos.
—¡Señor Dyspit, Señor! Los ejércitos y nuestras tropas mercenarias, Los Emersores del Amanecer, nos encontramos listos y expectantes a futuras órdenes...— Enunciaba uno de los caudillos de él mientras le observaba el horizonte lejano de los terrenos grisáceos. El general no movió ni un músculo de su posición vaga mientras que aquel soldado decidió continuar. —...cuando los ejércitos de Bérsark se asomen, necesitaremos que los nuestros den posiciones ofensivas para evitar una devastación inevitable.
Aquel apedillado Dyspit se levantó del suelo. Sin fijarse mucho en el rostro de uno como todos en sus filas –según él– le respondió crudamente su punto de vista diciendo:
—¿Devastación?, ya provoqué una de esas negando nuestra retirada de este conflicto entre bestias y razas; ahora todas ellas pagarán con su sangre lo que nosotros...no, mas bien dicho, lo que yo no evité con palabras.
En su interior crecía un sentimiento profundo. Específicamente, él presentía un malestar y algo próximo.
El olor a guerra era inmenso dentro de las fosas nasales de Dyspit. Dicho hedor se presentaba, según aquel regente, como la carne de una taberna donde lo pútrido se respira. También lo anterior era mezclado con botellas de cristal lanzadas a la hoguera junto a hierro puro sumamente dócil; efectivamente las dichas eran significados del olor a guerra para un acostumbrado mercenario.
Frente a Dyspit residía un sitio tesoro del reino de Ákloz sin que estos últimos reclamen méritos alegres por ello. El mismo era un conjunto de arboledas y pinos tan hermosos como húmedos y abundantes. También lo eran arroyos tan transparentes y aleatorios en sus desembocaduras desconocidas, y tierra buena de color café rodeado por la infinidad arenosa del Desierto de Cenizas; de aquella arboleda emergió un sujeto armado que comparado con los elfos era bastante superior en altura. En su rostro tenía gotas sino cascadas de agua emergiendo de sus ojos tan rojos como la sangre en su espada.
—¿Animales para entrenar la puntería de su estoque, Emperador?— Preguntó Dyspit admirando aquel arma de bordes gruesos y filos solamente en su punta; desde el pomo en la empuñadura hasta la punta de la hoja se veían líquidos escarlata manchando lo infausto de su espada. La sangre dejaba un sendero desde el exterior, en donde se encontraba el emperador, hasta lo más profundo de aquel bosque.
A la pregunta realizada, el Emperador respondió:
—No, para nada. Habían animales silvestres que no paraban de pisotear la tumba de Gretsnia. Ciervos y demás cosas cuadrúpedas y hasta bípedas. Esas últimas mancharon la frente de la estatua en honor a la difunta dama. ¿Puedes creerlo?, ¿Animales avíales cagando encima de ella, Hanzo?
—Es interesante, Emperador Bastian. ¿Tiene algo para limpiar el estoque y sus lágrimas?
—¿Lágrimas?, no pienses que son por ella que estoy llorando...— Comentaba aquel armado mientras un súbdito petiso le entregaba en sus manos un pañuelo con el logo de su reino; este último siendo Ákloz, el imperio central del continente de Fasseón en dirección al este. —...tengo en mis ojos el residuo de la ira y la impaciencia.
—Con todo respeto, Aklionuz. Ya casi se hace completo el anochecer esperando su regreso de la tumba aquella. ¿Aún cree que se encuentra en posición de poseer impaciencia?
—No me refiero a ti, mi gracioso amigo...— Respondió el mal peinado Aklionuz. Sus ojos plateados casi idénticos a su armadura reflejaron el aún puesto anochecer, mientras que su cabello obscuro y largo se coordinaba con su aún sucia arma de sangre. —...la impaciencia se debe a creer que esta guerra tendrá un final rotundo el día de hoy. ¿Qué piensas tú?
—¿Qué opino?— Repite Hanzo en sentido de respuesta. Rascando su barbilla peli plateada mira a un casi sonreído y orgulloso gobernador. Según su pensar, tras estar del lado de ambos bandos en el pasado y en el presente, siente que muchas de las cosas jamás cambiarán y decide responder lo siguiente:
—Pienso que en este punto, donde ninguno de los cabecillas decidió una forma más pacífica de resolver este asunto tan democrático, llevando esto último al concepto de la matanza y la superpérdida, no puede ni habrá alguna forma de reversar este asunto tan complicado. Empatizando, pienso que hoy existe la posibilidad de acabar con todo lo ocurrido a punta de armas y estrategias fugaces; solo es un presentimiento, Aklionuz.
Su mano enfundada en un guantelete de oro señalaba directo al rostro del Emperador de Ákloz. Este último puso su rostro seriamente mientras sostenía su corona. La misma flotaba en su cabeza y era idéntica a un aro de llamaradas rojizas y anaranjadas portando tres líneas en su parte frontal; al sostener el objeto, y quemando las palmas de sus manos al contacto, en su mente y susurrando se dijeron las palabras “Coronaeda Igníside”; la corona resplandeció al mismo tiempo que Aklionuz. Su cuerpo se incendiaba indoloro por completo. Por donde pasaba la flama, Aklionuz iba desapareciendo poco a poco hasta hacerse inexistente.
«Qué idiota...» Pensó Hanzo mientras se colocaba su yelmo dorado. Limpiando los grises en las tonalidades resplandecientes y azafranes de su armadura, procedió a mirar con calma las filas de los ejércitos vastos. «...espero que sepas lo que haces yendo directamente a las playas fasseónicas, Aklionuz Bastian III».
Dirigiéndose hacia el oeste cardinal, mientras sus férreos cuerpos se movilizaban a través del terreno a caballo, Hanzo Dyspit comandaba cuatro fuerzas militares pertenecientes al rol que se siente apropiado como "Los buenos"; más lineal siendo estas Las Razas Martirianas en su máximo esplendor.
La tiempo pasó mientras el polvo se levantaba con el galopar de sus caballos veloces. El humo se alzaba y era divisible en cualquier sitio e inclusive desde reinos lejanos.
Pasando por paisajes de dunas plomizas como también altibajos sombríos, llegaban montones de guerreros a combatir por la paz en manos de la guerra; desde los mercenarios sin asentamiento de Hanzo, hasta los toscos Orbinautas se encontraban allí.
Galopando en un corcel de colores castaños y sin nombre alguno, Hanzo pensaba en los horrores que podría encontrar en la playa. La impaciencia de desenfundar su arma se hace cada vez más abundante mientras más estuviese próximo a la costa playera; esta última aún se mantenía distante a pesar de la velocidad en la que los ejércitos avanzaban.
Recordar el servir de comandante es una especie de "pasarratos" para el iris-dorado de Los Emersores del Amanecer. Ya que técnicamente todos saben qué deben hacer, Hanzo se dispuso a divagar en su mente durante lo que queda del viaje.
«Tengo que hacer un viaje algún día a Loggia. Allí las playas no existen y los verdes paisajes me arroparían ensangrentado...» El divagar era explícito pero al menos nadie conocía ese lado curioso y aburrido de Dyspit. «¿Qué tan lejos quedaría una flecha si es lanzada por un gigante del sur?, ¿Ellos si acaso usan flechas siendo cuatro veces mi estatura?, ¿Qué cubiertos utilizan para comer...lo que sea que coman...?» Y así fue el cuestionamiento por lapsos largos.
Una pregunta más fue allegada a su mente. Esta fue: «¿En verdad esta contienda valdría la pena?» la pregunta le dejó pensante.
Hanzo conoce los propósitos de la guerra –Que no los acepte o los tolere son cosas distintas– y lamentándolo mucho no solo él lo conoce así. Acabar con las bestias de Bérsark no permitirá a los aklózitos reponerse de su pérdida de minerales y recoger cuanto antes su agricultura anexada para así comercializar con los reinos e imperios posteriores a su cercanía. La victoria del bando de las bestias era más de lo mismo, pues acabar con todas las razas de La Orbe no hará que toda su población empobrecida tenga el pan de sus mañanas en la mesa a menos que hagan lo que han estado haciendo durante meses; esto último siendo sus acostumbrados –y casi siempre exitosos– asedios de los anexos imperiales de Ákloz.
Conflictarse uno mismo era irrelevante. Ciertamente en este punto es imposible devolver y arreglarlo todo con simples pases y negociaciones. Ethlas Newbrave murió en La Fosa de los Serraníos Antiguos, lo cual significó propósito de venganza para el rey de Bérsark a toda costa. Tampoco mencionar el descaro de aquellos últimos frente a lo que le hicieron a Gretsnia Gloriee. Esta no tuvo otro remedio que aceptar el asalto de un duende bersérker a su morada sin más y ver un destino desafortunado en contra suya; Aklionuz Bastian III, tras ver el cadáver tendido en el suelo y frente a un quebrantado ventanal transparente, nunca perdonó lo sucedido y no ha hecho más que dejarlo en claro con su sed no solo de venganza, sino que también de sangre, sesos y tripas de su enemigo. De cualquier modo que se vea, el Emperador no puede ser visto como culpable por su pueblo ya que, incluso conociendo Gretsnia a alguien tan férreo internamente como Hanzo Dyspit, era amada por todos y Bastian no lo negaba. Él amaba a su esposa, Gretsnia Gloriee, incluso cuando fue cadáver entre sus brazos.
Próximos todos los que comandaba el galopeador mercenario, llegaron a una playa directa al océano inmenso y con el mismísimo rey aún ensangrentado tras matar la pequeña fauna del bosque aquel. Sus ojos eran vueltos en normalidad y su "irritación" los tornó de un alarmante rojizo a ser un brillante plateado nuevamente.
Calmado y en una sola rodilla, Aklionuz tomaba de vez en cuando del agua salada para limpiar parte de su férrea cobertura.
—El enemigo esta cerca, Hanzo…— Comentó mientras aún limpiaba aquella sangre de su arma. La mencionada cambiaba de manchas rojizas a un negro similar al cielo nocturno. —…¿Crees que nuestras fuerzas de justicia sean vencedoras?
Lo último enfureció un poco a Dyspit, el cual solo tomó con frustración el tabique de su nariz. —Rey de Ákloz, le diré algo pidiéndole una excusa…— Enunció Hanzo para el rey viendo las distancias casi infinitas del océano —…en las guerras hay intereses, desde el más pequeño hasta el más poderoso los tiene. Obviando lo mismo, también de mi parte va el interés. No sé cual sería el del Rey de Bérsark o el de las bestias de aquel reino, pero conozco los de usted y por entendimiento los míos también. No hay buenos o malos, ni enemigos ni prójimos; solo existen lados intermedios en la guerra o solo existen lados grises.
El rey quedó mudo y envolvió su rostro en una profunda sombra. De hecho, su semblante se volvió uno más centrado y conciso mientras que su sonrisa, de dientes tan blancos como la extraña nieve del sur de La Orbe, se volvió una pasiva y delicada como las olas de aquella playa. Más aún la penumbra de su rostro aumentó a la par de unas carcajadas siniestras pasando de pequeñas gracias graves a genuinas risas provenientes del mal.
El rey reía y reía mirando al cielo mientras sus ojos de plata resaltaban más con su armadura real. Clavando su espada en el suelo y con tonos de voz rasgados, justo en la llegada de la noche y la caída en puesta del inmenso satélite blanco, el Emperador de Ákloz comentó lo siguiente:
—¡Quiero teñir esos bandos grises que dices con la sangre escarlata de las bestias próximas!
Seguido de ello una carcajada aún más inmensa se dio por su parte. Esto alertó a todos los ejércitos allegados para que finalmente el rey lograra calmarse y, observando a los soldados sorprendidos, volvió a sonreír con calma y nitidez sencilla.
—Temas de política, Hanzo. Eran temas de política dónde la única alternativa era esta, la sencilla y desalmada guerra. Todos ellos, todos los soldados aquí, e incluyéndonos a ti y a mi, vinieron hasta acá por negocios mínimos de promesas quizás vacías ya que el resultado es totalmente incierto. ¿No lo ves?— La voz rasgada de Aklionuz fue intercambiada por una grave y juguetona.
—No veo intriga en un trabajo tan corriente como las tardes y las noches lo son para mi. Los mercenarios mismos ignoramos el supuesto “bando” en el que sea que estemos con tal de recibir nuestras pagas…— El general rascó su barba frunciendo el seño. Luego él continuó su habla —…sin embargo hay que aclarar no el bueno y el malo, sino el lado en el que debería de estar yo si valorar mi opinión fuese el fin; por lo dicho, creo que los Emersores del Amanecer deberíamos estar en el bando de las…
Un retumbar se escuchó con la llegada de una inmensa brisa que viajó por encima del océano. Este último se vio repleto de tempestades y vientos más fuertes que repentinos. Los conversadores líderes se cubrieron inconscientemente con sus capas o escudos mientras que sus soldados automáticamente se alistaron para lo peor. No estuvieron ellos equivocados pues ellas se encontraban cerca, es decir, las bestias del oeste eran próximas a la orilla playera de Fasseón.
La similitud de las vistas lejanas a cualquier guerra eran distintas de lo que uno pensaría; aquello pareciesen solo unos puntos rojos que realizaban amplios y múltiples movimientos por doquier. Aquellas luces rojizas se aguardaban en una tempestad negra e inmensa que, por la noche y la luz del astro en el obscuro cielo, se tornaba poco a poco en un gris tormentoso con forma de nube masiva.
Aquel mal augurio presenciado parecía “respirar” pues se expandía y luego solía contraerse en breves segundos; la neblina en inmensidad era exacta al temor mismo pues era lo que se dejaba notar en el interior de quienes le viesen.
De repente, aún sonando aquel pisoteo inmenso y llegando su efecto a las orillas de la arenosa costa en la que se posicionaban los inmutables soldados de las razas, seres gigantescos emergían frente a sus ojos con poder abismal.
El agua salada salpicaba sin cesar, y las olas sobrepasaban tanto las alturas máximas que Los Emersores del Amanecer y sus aliados no tuvieron de otra mas que retroceder hasta la arena gris; manos blancas poseídas por titánicos seres de ojos carmesíes salían de aquellas olas con lentitud y dominio. Las sombras opacaron medio ejército defensivo al punto de teñir con ellas todas las orillas de la arena.
—¡Mastovértebros!, ¡Posiciones de defensa ya!— Exhortaban violentas órdenes de los líderes al ver aquellos gigantescos esqueletos rugir y enardecer el suelo con sus pisadas y puños devastadores. Su aspecto blanco era mejor visto como una mezcla entre huesos limpios y pieles rojas como la carne cruda.
La formación de las razas era rígida e inquebrantable y, aunque no se trataba de más que un puñado de aquellas bestias, la devastación fue tan literal que el ejército no tuvo más remedio que atacar con todo lo que tenía sin ceder el paso.
Extensiones huesudas emergían de los cuerpos óseos de aquel grupo de bestias titánicas. Huesos con formas alargadas y rugidos barbáricos nacían de los monstruos bicolor en su frente. Muerte y matanza exaltaba en ambos bandos gracias a los mercenarios, orbinautas, enanos de guerra y la orden aklózita de los humanos trabajando juntos. Estos últimos sintieron, por diestra y siniestra, una sensación de acecho máximo mientras todos trataban de aniquilar varios de los mastovértebros. Estos últimos no tuvieron piedad en atravesar cuerpos de los aliados con sus extremidades de medusa roja mientras sus manos y pies gigantescos destrozaban todo con lentos pero explosivos golpes. Muchos de los mercenarios y enanos perecieron, mientras que humanos y orbinautas luchaban para derribarles con suma velocidad.
La contienda se extendía cerca del tiempo que duraba una vela en consumirse. El sonido lejano se hizo rítmico cual tambor, la atmosfera y la arena se tiñeron de rojo sangriento junto con gritos ambientales de sufrimiento, poder e ira por ambos bandos. Los mastovértebros caían bastante lento junto con gran parte de los aliados que defendían el Imperio Aklózito con su vida; incluso en la caída, los cuerpos de los mastovértebros aplastaban crudamente los cuerpos de personas que solo comentaban unas pocas palabras a quienes veían: Auxilio, ayúdame.
El tiempo y los preámbulos de la guerra continuaban, el astro plateado seguía su curso a pesar del ajuste de cuentas que las pocas bestias allí les daban a las razas. Por fortuna o estrategia, estas últimas aplazaron la existencia de los gigantescos óseos bicolor.
Una voz grave y anciana, con cansancio pero llena de iracunda sensación, enunció lo siguiente estando a la distancia de la orilla beligerante. Allí, viendo con ojos de fuego lo sucedido, expresó:
«Llevaron sus armas a quien no debían, mataron muchos en ese fatídico día mientras que ahora, tanto la vida de tu esposa como la de mi hijo, a de ser el pago que sufrimos los que superamos caudillos en nombre de ver la guerra. Pero descuida, será pagada con los flujos de tu sangre, Aklionuz»