Capítulo Uno
Ryeowook estaba tan contento de llegar a casa que podía llorar. Sus pies le dolían, su cabeza le dolía y el desagradable olor a hospital lo impregnaba. Era mejor que oler a vómito, pero aun así no era bueno.
Por desgracia, no era la primera vez que le vomitaban encima. Ni siquiera la quinta. Como enfermero, Ryeowook no sólo tenía que lidiar con las ingeniosas, estereotipadas y agotadoras burlas de sus molestos amigos heteros, sino que además, era habitual que terminara su turno con salpicaduras de sangre, vómito e, incluso en ocasiones mierda, sobre él.
Pero bueno, era un pequeño precio a pagar por salvar vidas, oh no, un momento, eso lo hacían los médicos.
No, Ryeowook Kim era un enfermero de veintisiete años que ganaba dieciocho de los grandes al año, vivía en el más cutre apartamento de Children’s Grand Park y nunca había salvado la vida de nadie. Pero si necesitabas una inserción de catéter o que afeitaran tus huevos, era tu hombre.
—Uf, ducha, ducha, ducha.
A pesar de haberse duchado en el hospital, aún tenía ese persistente olor a desinfectante, junto con el del viciado, húmedo y contaminado aire, inevitablemente cuando tomas el metro en hora punta. Tomar una ducha, era lo primero que hacía al regresar del trabajo, era una parte estricta de su rutina, una rutina de la que rara vez se desviaba.
Dejó su mochila en la encimera de la cocina, si un rincón con una estufa y un microondas contaba como cocina, y se quitó la camisa de su uniforme mientras se dirigía a su dormitorio. Allí, se quitó el resto de su ropa y las metió en el cesto del baño. Girando el cabezal de la ducha, dio un paso bajo el agua, que lo quemaba y congelaba alternativamente, suspiró cuando inclinó la cabeza hacia atrás y se humedeció el cabello.
¡Qué día! ¡Qué mierda de día! Había comenzado muy bien, no demasiado cansado, con tiempo suficiente para preparar un café y un bagel (1) de crema de queso, pero después, todo se fue a la mierda. Un niño ingresó con una muñeca rota tras caerse por las escaleras, trataba de animar al pequeño cuando se dio cuenta que estaba sentado de forma rígida. Una mirada rápida bajo su camiseta de Pokémon (2) reveló una huella de bota grande, que sí recordaba bien, parecía de la misma talla que la que llevaba el padre. El chico había llorado como si su corazón se rompiese cuando los servicios sociales infantiles intervinieron.
En maternidad una “bruja loca” muy embarazada lo fastidió cada vez que pudo. Luego se las arregló para quedar como un tonto frente a uno de los médicos al chocar torpemente contra él, derramando su té. Lo del vómito fue... no importaba. Y lo peor de todo, “el viejo” de la 3Z se negó a que le sacara sangre con un “puf”, diciendo que tenía miedo de que le contagiara “alguna repugnante enfermedad”. La jefa de enfermeros le había dicho que no dejara que lo pusiera de mal humor, lo cual apreciaba, pero no lo hacía menos molesto.
Odiaba que algo en él anunciara que era gay. No era afeminado, pero tampoco podía pretender ser muy macho. ¿Y qué si había visto Orgullo y Prejuicio doce veces? Y eso lo molestaba. Le molestaba que lo vieran de esa forma, porque ese era precisamente el tipo de persona, por la que no se sentía atraído. Le gustaban los Matthew Macfadyens, los Clive Owens, los Gerard Butler y los Russell Crowe, a pesar de que este último era un poco idiota. Pero a los chicos musculosos les atraían otros chicos musculosos y... ¿adivinen qué? Él no era musculoso.
Ryeowook salió de la ducha y cogió una toalla. Distraídamente, mientras se secaba la cabeza, se miró en el espejo. Oh, por favor, ¿músculos?
Debería estar contento con cualquiera que pudiera conseguir. Ni siquiera sus más sensibles parejas quisieron seguir con él. Joder.
No, no era la representación de la belleza masculina, lo que lo hacía sentirse como un hipócrita al establecer sus estándares tan altos.
Arrojó la toalla en el cesto, miró su reflejo con un suspiro, y luego soltó un bufido. Tenía el pelo pegado en mechones gruesos, oscurecidos por la humedad, en seco, era de color rubio claro, y no parecía que fuera a tener entradas pronto. Gracias a Dios por el pequeño favor. Se consideraba muy simple. Ojos azules, pecas claras y dispersas sobre el puente de la nariz, que lo hacían sentir como si tuviera trece años y una sonrisa algo tímida que ocultaba unos dientes que podrían estar un poco más rectos.
Le gustaría tener unos hombros más anchos y gruesos bíceps, pero levantar pesas era aburrido como el infierno. Le gustaría ser un poco más alto que sus uno con setenta y tres centímetros, pero los Cuban heels (3) le hacían parecer tonto. El transformaría su blando vientre por un abdomen de tableta de chocolate algún día, pero simplemente no quería molestarse en llevar su culo hasta el gimnasio. Se puso de lado y contrajo su estómago, luego lo dejó ir con un triste quejido. Tocándose su estómago miró hacia los dedos de sus pies.
—Bueno, siempre y cuando pueda ver mi pene al mirar hacia abajo, supongo que no es tan malo.
Tras ponerse un pantalón deportivo, entró de nuevo en la sala de estar, y se tiró en el sofá. Se acomodó en su rincón favorito, y colocó sus pies debajo de él. Alcanzó el control remoto y encendió el televisor, puso un cojín sobre su pecho y revisó la guía de programación.
—Me han gritado, avergonzado, y vomitado hoy. ¡Qué Dios ayude a mi Skyplanner! (4) si olvidó, de nuevo, grabarme Anatomía de Grey.
Cuando encontró el programa en cuestión, se dispuso a verlo antes de irse a la cama, para reponer fuerzas ante un nuevo día en el cumplimiento de ser menospreciado y mal pagado. Aproximadamente veinte minutos más tarde, pulsó pausa y fue a servirse un bien merecido vaso de vino barato.
Acurrucándose de nuevo en su lugar, agarró el mando a distancia y bebió un sorbo de su Lambrini.
—Deberían hacer gay a Sheperd, ganarían a un nuevo grupo de seguidores.
—Personalmente siempre preferí a O’Malley.
—Oh, por favor, ¿por qué… —Ryeowook se quedó helado.
Miró hacia el extremo del sofá de donde venía la voz, y casi se tragó la lengua por el shock. Sentado allí, apaciblemente, viendo su televisión estaba... un chico. Simplemente... un tipo. Allí sentado en su sofá.
Trató de hablar, de decir algo, pero sólo podía mirar con los ojos abiertos al desconocido que estaba tranquilamente sentado a su lado.
El hombre, lo miró un instante, volvió a mirar la TV, y luego giró la cabeza hacia Ryeowook.
Ambos dejaron escapar aterrorizados gritos de sorpresa y se levantaron rápidamente de sus respectivos extremos del sofá. El desconocido se puso contra la pared, con los hombros caídos mientras aferraba sus brazos a su pecho.
—¡Oh, Dios mío, me has asustado!
—¿Q-qué... qué...?
—Así que… ¿ahora puedes ver...?
—No pudo terminar su frase e hizo una mueca mientras Ryeowook repentinamente recordó cómo hablar.
—¿Qué… quién… qué jodida mierda? —gritó Ryeowook y retrocedió más lejos, agitando y manteniendo su copa de vino vacía en frente de él, como un arma. El tipo era grande, unos treinta centímetros más alto que Ryeowook y tal vez un poco regordete. Se puso de pie con las manos delante de él, lo miraba igualmente sorprendido. Llevaba gafas de montura gruesa y tenía el pelo recogido hacia atrás, llevaba una camiseta raída, un pantalón de pijama a cuadros y, entre todas las cosas, unas grandes y esponjosas pantuflas de conejito.
—Oh, wow, realmente puedes verme, ¿no?
Y al parecer, tenía acento de Suwon. Ryeowook cerró los ojos y rápidamente se pasó la mano libre por encima de ellos.
No, todavía estaba allí.
—¿Cómo demonios entraste? —gritó Ryeowook, aunque sonó más como una mujer histérica.
—Ah, bueno, no sé exactamente cómo.
—He estado aquí toda la noche. ¿Cómo entraste? —exigió, alejándose en dirección al teléfono, pero sin apartar los ojos de su inesperado huésped.
—Y-Yo sólo me aparecí, por extraño que suene. En realidad, he estado aquí desde anoche.
—¿Qué?
El hombre hizo una mueca, y dio otro paso hacia atrás, encorvando los hombros ligeramente.
—Traté de hablarte, decir hola —esbozó una pequeña sonrisa—, pero no podías verme.
—¿Estás jodidamente loco?
—¿Maldices mucho cuando te sorprenden?
—¿Vas a robarme?
—¿Qué voy a robar?
—El hombre frunció el ceño, y luego farfulló rápidamente—. No es que tu casa sea una maravilla...
—¡Tienes diez segundos para explicarte, antes de que llame a la policía!
—Ah, bueno... vamos a ver, por donde puedo empezar...
—¡Cinco segundos!
—¡Estoy muerto!
Ryeowook miró boquiabierto por un segundo, y luego dejó caer su copa para tomar el teléfono. No podía detener el temblor en sus manos, lo suficiente, para marcar el nueve.
—No, no, por favor no lo hagas —imploró el hombre—. Acabarás haciendo el ridículo y luego me sentiré terriblemente culpable.
—Se acercó a Ryeowook.
Ryeowook lo vio y se puso contra la pared, apuntando con el teléfono al hombre. —¡Aléjate! ¡Aléjate de una jodida vez! S-sé jiujitsu (5).
El hombre levantó las manos frente a él.
—Tal vez si pudiéramos sentarnos y hablar, tomar algunas respiraciones profundas...
Ryeowook cogió el objeto más cercano, una bola de nieve, y lo lanzó contra el hombre. Este se movió a un lado y el globo se estrelló contra la pared.
Ryeowook fue por el objeto más cercano y el hombre jadeó.
—Oh, no, las flores no, son preciosas. Lanza un zapato o algo así, sí es necesario.
En ese momento, Ryeowook perdió la sensibilidad en los dedos, y el jarrón de lirios se estrelló contra el suelo. El hombre hizo una mueca.
—¡S-sal de mi casa!
—No puedo hacer eso, lo siento.
—Oh, Dios mío. —Puso una mano en su garganta—. Vas a matarme, matarme y cortarme en pequeños trozos y usarme como popurrí, ¿no?
—¿Qué? ¡No!
—Eres un loco que me ha seguido a casa desde el hospital y se ha escondido en mi armario. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Cristo!
—Honestamente no lo soy. Yo sólo...
—El hombre se mordió el labio con ansiedad y se encogió de hombros—. Soy un fantasma, creo.
—¡Oh por… sólo toma lo que quieras y vete! No voy a contárselo a la policía, te lo prometo, por favor, ¡vete!
—Te he dicho que no puedo, soy...
—Miro a Ryeowook con aprensión, y se acercó a la mesa de centro, que tenía una lámpara encima de ella—. Mira.
—Movió la mano directamente a través de la lámpara—. ¿Ves? No puedo dañar ni a una mosca. Tampoco puedo ir a ninguna parte.
Ryeowook dejó de respirar. Sólo había visto a un hombre pasar la mano a través de un objeto sólido. Ahora que lo veía, se veía un poco... translúcido.
Tan pronto como fue capaz de respirar de nuevo, corrió hacia la puerta, doblándose y casi cayendo mientras se ponía los zapatos más cercanos y cogía su abrigo antes de golpear la puerta.
—¡Espera! —llamó el hombre.
Ryeowook cerró la puerta y bajó corriendo las escaleras hacia la calle. Sí recibió algunas miradas burlonas, mientras corría calle abajo con sólo sus crocs (6), sus pantalones de gimnasia y su chaqueta, no se dio cuenta. En el momento en que llegó a la puerta principal de la casa de su amigo, que estaba afortunadamente a sólo dos calles de distancia de la suya, jadeaba y sus ojos se parecían a los de un animal asustado.
—¡Yoseob! ¡Yoseob, abre, abre la jodida puerta!
—Golpeó su puño contra la puerta, y casi tropezó cuando se abrió para revelar a un hombre muy desaliñado y molesto.
—Ryeowook... ¿qué diablos pasa, hombre?
Sin hacer una pausa para dar cualquier tipo de explicación, Ryeowook lo arrastró hacia atrás y cerró la puerta.
—Ya sabes que estoy en el primer turno, y yo estaba jodidamente dormi… ¿qué infiernos? —Se interrumpió, mirando a su sudoroso y un poco histérico amigo—. ¡Ryeowook, ni siquiera llevas una camisa!
—¡Yoseob n-no vas a creer... era un... es... y... jodidas pantuflas de conejito!
—¿Finalmente perdiste la cabeza? —Miró a los pies de Ryeowook—. Esos que llevas, ¿son crocs? Cristo, eres realmente gay.
—¡Escúchame! —Ryeowook lo tomó por los brazos y lo sacudió, Yoseob fácilmente se soltó del agarre y lo fulminó con la mirada.
—¡No, escucha tú, jodido loco! Tengo que estar en el trabajo en menos de tres horas para hacerme cargo del cambio de guardia de seguridad en...
—¡Yoseob! —Ryeowook gritó, retorciendo un poco las manos—.
Por favor, escúchame
Yoseob dio un enorme suspiro. —Más vale que valga la pena.
Lo digo en serio, Ryeowook, soy un muerto en pie. Que sea bueno.
Después de estremecerse mientras pensaba en las palabras adecuadas, Ryeowook estabilizó su respiración, y apretó su mano todavía temblorosa en su pecho.
—Yoseob —comenzó—, hay un fantasma en mi casa.
Yoseob se le quedó mirando, y por un segundo pensó que estaba a punto de tomarlo en serio, pero luego vio cómo se dirigía de nuevo hacia la puerta.
—¡Lo digo en serio! —estuvo a punto de chillar.
Al parecer, la nota histérica en su voz dio que pensar a Yoseob, el hombre más alto suspiró y se pasó las manos por su pelo ya revuelto. Pareció darse cuenta de algo, y entrecerró los ojos mientras miraba hacia abajo a los pantalones de Ryeowook, se inclinó y tomó una aspiración.
—¿Cuánto has bebido?
—No estoy borracho —protestó indignado.
—Bueno, o has derramado un poco sobre tus pantalones o te has hecho pis encima.
—¡Oh, está bien!, bebí una copa de vino antes de notar al fantasma sentado en el sofá junto a mí
Yoseob le dirigió una mirada incrédula. —Entonces, ¿qué estaba haciendo?
—Estaba viendo la tele conmigo.
—¿Qué estabas viendo?
—Anatomía de... ¿qué mierda importa lo que estaba viendo?
Yoseob finalmente, soltó un bufido, poniéndole un poco de humor a la situación. —Ryeowook, amigo, hay alguna posibilidad de que estuvieses un poco borracho, y dormido.
—Esto no fue un sueño, y tengo una bola de nieve rota para probarlo.
Yoseob meneó la cabeza e intentó conducir a Ryeowook lejos de la puerta, pero Ryeowook lo apartó furioso.
—¡No me lo imaginé!
—¡Oh mi Cristo!, no acabas de patalear. Y menos en esos estúpidos crocs...
—Yoseob, ¡sé un jodido amigo y dame el maldito beneficio de la duda!
—¿Besas a tu madre con esa boca?
—¡Yoseob!
Yoseob lo miró sin alterarse, y luego suspiró mientras caminaba por el corto pasillo.
—Vamos.
—¿Qué vamos a hacer?
—Bueno, en caso de que no lo hayas notado, estoy aquí parado en bóxers, y tú... —lo miró por encima del hombro—. Te ves como un loco. Conseguiré algo de ropa, iremos a tu casa para que pueda comprobar los fantasmas y luego meterte en la cama como a un pequeño tarado.
A Yoseob se le escapó un “uf”, cuando Ryeowook lo abrazó, envolviendo sus brazos alrededor, en un fuerte abrazo. Sonrió de mala gana y acarició los brazos alrededor de su cuerpo.
—¿Ryeowook?
—¿Sí? —Sonó extrañamente agudo.
—¿Qué hemos hablado sobre los abrazos espontáneos? Ryeowook se echó hacia atrás y resopló. —De acuerdo.
Yoseob resoplaba divertido, y empujó a Ryeowook dirigiéndose a su dormitorio.
—Vamos, prefiero no aparecer frente a Casper en ropa interior.
—Llaves. —Yoseob sujetó la mano de Ryeowook, que se movía nerviosamente tras él, mientras se detenían frente a la puerta de su apartamento.
—Umm...
—¿Qué?
—Bueno, yo estaba algo apurado...
—¿Dejaste la puerta abierta? Ryeowook, vamos, ¡sólo responde!
—No llevo ni camisa, ¿qué te hace pensar que tengo mis llaves?
—Todavía llevaba sus pantalones de gimnasia, su chaqueta, y sí, sus crocs, y Yoseob le había prestado un suéter que se veía ridículamente grande en él.
No creía que le diera un aspecto más presentable, pero...no tenía importancia.
—¿Sabes cómo es el crimen en esta zona, hace menos de una semana entraron en casa de mi compañero Leeteuk, y vive a cuanto... diez minutos de distancia? Tienes que…
—No necesito un sermón, Yoseob.
—¡A mí me parece que sí lo necesitas!
—Bueno, perdóname por no poner las alarmas y los aspersores antes de salir, pero había ¡un jodido espíritu en mi sala de estar!
—Eso es un poco exagerado ¿no crees? —Se rio Yoseob.
—¡Daba miedo!
—Creí que habías dicho que llevaba pantuflas de conejito.
—Aun así ¡daba miedo!
—Gallina.
—Jódete.
—Sí quieres, puedo irme.
—No, por favor.
Yoseob sonrió y abrió la puerta. —Puedes entrar del todo. —Se rio entre dientes, y caminó hasta la sala de estar—. ¿Qué diablos hiciste? —Dio un paso con cuidado alrededor de los cristales rotos y los lirios en el suelo.
Ryeowook suspiró. —Se cayó, iba a lanzarlo sobre él.
—¿Y entonces recordaste lo extremadamente homo que eres y que no puedes lanzar una mierda? —Divertido de sí mismo, Yoseob le dio su mejor sonrisa de comemierda.
—Sabes que los chistes de homosexuales son extremadamente ofensivos.
—Para cualquiera, sí.
—¡Para mí también! —respondió brevemente, mientras examinaba la sala con cuidado sin acercarse al sofá.
—Nah.
—¿Qué quiere decir con ‘nah’?
—Es tu culpa. Somos amigos, puedo ser tan ofensivo como quiera.
—¿Y sí no fuésemos amigos?
Yoseob empujó una cortina, y se giró agachándose para mirar bajo la mesa de café con extrema cautela.
—Bueno, entonces no se me ocurriría hablar contigo de esa forma.
—Eso es jodido.
—En realidad, soy yo siendo cariñoso.
—Eso es aún más jodido.
—¿Tengo que recordarte por qué estoy aquí?
Ryeowook se cruzó de brazos y se quedó quieto. Miró a su alrededor. Su televisión estaba encendida, y la copa de vino estaba en el suelo. Aparte de los vidrios rotos del florero, y la marca en la pared donde la bola de nieve se había estrellado, todo parecía normal. Estaba empezando a sentirse como un gran tonto.
Yoseob regresó del cuarto de baño. —No está en la ducha. —Se rascó la cabeza y miró a Ryeowook con una ceja levantada.
Ryeowook suspiró y se dejó caer en el sofá, abatido. —Te juro que era real.
Vi algo, lo sé.
Yoseob se sentó en el otro extremo del sofá. —¿Tuviste un día muy duro?
—Lo tuve. Pero eso, nunca me hizo alucinar antes.
—¿Qué pasó?
Ryeowook gimió y movió su mano hacia él con un gesto desdeñoso. —Lo de siempre. Vomitaron sobre mí de nuevo.
Yoseob se echó a reír, pero rápidamente se detuvo. —Creo que, el que te vomiten encima regularmente, es suficiente para enloquecer a cualquiera.
—Un viejo... no importa. —Se encogió de hombros. No era como si le importara.
—¿Qué?
—Me llamó marica.
—Te han llamado cosas peores —bromeó Yoseob, encogiéndose de hombros.
—Gracias por el apoyo.
—Ah, vamos. La gente mayor puede ser un poco…
—No me dejaba tocarlo. No quería contagiarse de sida.
La sonrisa burlona desapareció lentamente. —Oh, ya veo.
—Yoseob se movió incómodo en el sofá—. Bueno, que se joda el viejo hijo de puta. No te conoce.
Ryeowook se encogió de hombros otra vez. —No importa. —Jugó con las mangas del jersey de Yoseob, que cubrían sus manos—. Fue vergonzoso, hizo que la gente me viese de forma distinta.
—Ryeowook miró a su lado, a Yoseob, mientras se aclaraba la garganta.
—¿Necesitas... un abrazo, o algo así?
Ryeowook bufó y meneó la cabeza, continuó jugando con sus mangas.
—Todo está bien, soy un chico grande y todo.
Yoseob volvió a suspirar. —Ah, infiernos, ven aquí.
—¿Qué? —preguntó Ryeowook con diversión.
—Nos vamos a abrazar. —Se movió más cerca de Ryeowook, colocando el brazo sobre sus hombros y lo atrajo hacia sí—. Te gusta esta mierda de los abrazos, y estoy tratando de ser un buen amigo, así que acéptalo.
Ryeowook se echó a reír cuando recibió masculinas palmadas en la espalda.
—Gracias, hombre, sé cuánto te estás sacrificando.
Yoseob revolvió el pelo de Ryeowook rudamente, y dejó que el brazo se apartara para descansar en la parte trasera del sofá. Miró a su alrededor, y luego otra vez a Ryeowook. —Aquí no hay nada, amigo.
—Entonces, ¿qué significa esto?
—Supongo que significa que estás completamente loco.
—¡Ah, mierda!
—Sí.
—Tal vez... quiero decir, fue un largo día.
—Y te vomitaron de nuevo. —Señaló amablemente—. Para ser honesto, me sorprende que no hayas iniciado una masacre.
—¡Qué interesante la forma en la que trabaja tu mente!
—Hey, no podría hacer tu trabajo. Hay una razón por la que me gusta trabajar en turnos de noche como guardia de seguridad.
—¿Excreción mínima de fluidos corporales?
—Eso y que soy un hijo de puta anti-social.
—No eres anti-social.
—Oh, pero soy un hijo de puta.
—Sí, pero de una manera extrañamente agradable.
—Eso es algo, supongo. Sí pudieras decírselo a los demás estaría muy agradecido.
—Los demás... —Comenzó a objetar Ryeowook, luego se detuvo, miró y se encogió de hombros—. A muchas personas les gustas.
—Entonces, si pudieras decírselo a las mujeres.
Ryeowook asintió. —Necesitas una novia.
—Así que tú… eres endemoniadamente gay.
Ryeowook se encogió de hombros a modo de disculpa. —Lo siento, me gustan los penes.
Yoseob hizo una mueca y luego se echó a reír, empujando por el hombro a Ryeowook, que sonreía orgullosamente. —Hombre, es como si no hubiera nada diferente en ti, y entonces sueltas alguna mierda que me desespera. —Se rio—. Jodidamente divertido. —Suspiró, restregando sus ojos por el cansancio.
—Ah, el iluminado heterosexual del siglo XXI.
—Ese soy yo, simplemente no intentes hablar conmigo acerca de montar tu culo.
—Tú eres la persona más políticamente incorrecta que conozco.
Yoseob hinchó el pecho. —Estoy muy orgulloso de serlo.
Ryeowook bufó y meneó la cabeza, miró a Yoseob pensativo por un segundo, con una pequeña sonrisa en sus labios. —Sabes, podría presentarte a mi amiga Sorae.
—¿También es políticamente incorrecta?
—No, pero ella es única y maravillosa, y…
Yoseob levantó la mano para detenerlo. —Suena a que es gorda.
—¿Qué quieres decir con que suena a que es gorda? —preguntó Ryeowook, ofendido.
—Bueno, si ella fuese atractiva, habrías empezado por ahí.
—Sorae es bonita e inteligente…
Yoseob levantó la mano nuevamente. —Para ahí, no sigas.
—Oh, así que ahora no te gustan las mujeres inteligentes —preguntó Ryeowook, exasperado.
—Están bien, pero ahora lo estás usando para camuflar la gordura. A menos que haya algo peor en ella. ¿Qué es, los dientes horribles? ¿Risa molesta?
—¿Sabes qué? Olvídalo. No eres lo suficientemente bueno para ella.
—Probablemente —se rio Yoseob, y luego sonrió torcidamente—. Hey. —Empujó el hombro de Ryeowook con suavidad.
—Basta con la mierda de los empujes —cortó Ryeowook.
—Oh, vamos. Estoy seguro de que es muy linda, pero ¿realmente quieres emparejarla con alguien como yo?
—Cuando no te comportas como un idiota, eres un buen chico, y ella es una gran persona. —Se encogió de hombros—. No hay nada malo en querer juntar a dos personas que te importan.
—Te interesas por mí, ¿eh?
Ryeowook se encogió de hombros a regañadientes. —En contra del sentido común, sí.
—¿Y no en la forma “quiero tenerte en mi cama”?
—Me pareciste semi-atractivo, cuando te vi por primera vez.
—Pero...
—Pero luego te conocí —se rio Ryeowook—. Y eso mató cualquier potencial atracción.
—Gracias, amigo.
—Cuando quieras.
Yoseob frotó sus manos sobre su rostro y miró a su alrededor.
—¿Qué hora es? —Estiró el cuello para mirar el reloj en la pared detrás de él—. Mierda, tengo que estar en el trabajo en una hora, es mejor que me vaya.
—Miró a Ryeowook, su expresión mostraba preocupación —¿vas a estar bien?
Ryeowook suspiró. —Sí, voy a estar bien. Disculpa por ser un completo tarado.
—No te preocupes por eso. Los de tu tipo me agradan.
—Yoseob le dio unas palmaditas en el hombro y se levantó, estirando los brazos sobre su cabeza.
—Cama —ordenó, y Ryeowook levantó una ceja en interrogación. Yoseob lo detuvo por el brazo y señaló en dirección de la habitación—. Puedo quedarme durante unos minutos más. O el tiempo suficiente para que puedas conciliar el sueño. Adelante.
Emocionado, Ryeowook le dio las gracias, y luchó contra el deseo de abrazarlo una vez más antes de irse a la cama. Sabiendo que su amigo estaba en la otra habitación, intentó poner, de alguna manera, en perspectiva la noche. No tenía ninguna duda de que el miedo había sido real, pero tanto sí había sido provocado por un largo día de mierda y por cabecear frente a la TV, o por la aparición prematura de demencia, ahora le resultaba difícil creer que había salido de su apartamento con un pánico ciego.
Pensando en eso y sabiendo que los sonidos provenientes de su sala de estar eran de Yoseob barriendo los vidrios rotos, su extraña y aterradora noche no le impidió volver a dormirse.
Yoseob tiró los cristales rotos y arrojó las flores muertas en el cubo de basura de la cocina. Dio un vistazo y silenciosamente fue de puntillas a la habitación de Ryeowook. Cuando escuchó los suaves ronquidos, se alejó y a mitad del pasillo se abofeteó para espabilarse. Antes de regresar a su apartamento, hizo una rápida revisión del lugar.
Encontró las llaves de Ryeowook en la encimera de su pequeña cocina, cerró la puerta tras él, se aseguró de que estaba bien cerrada, y luego puso las llaves en el buzón.
De vuelta en el piso, cuando todo estaba en silencio salvo por los sonidos de la respiración de Ryeowook, el fantasma dejó escapar un suspiro de alivio.
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