El Amor Tiene Tu Rostro

Sus rizos caían sobre su hermoso rostro, sin lograr desconcentrarlo. Mezclaba pociones extrañas, de diferentes colores y aromas especiales. Medía y calculaba hasta la última gota de esos brebajes que luego probaría en el extenso jardín que era el bosque donde vivía, oculto de las llamadas personas normales.
Sabía que era distinto, estaba muy consciente y orgulloso de su originalidad, aunque muchas veces significó la soledad y el dolor, cuando era separado y juzgado por quienes se sentían más que él.
Encontró su lugar entre los árboles, los pájaros y la naturaleza. Se escondió de la maldad y la ignorancia. Su magia no era dañina, era magia de la buena, de la que ayudaba a recuperar una patita herida de un conejo, o las alas de un ave en dificultades. Magia que cobijaba y que componía.
Era el día quien lo mantenía a salvo de sus noches de insomnio, de dolor y de espera. Soñaba tanto con amar, que su pobre corazón no podía más con el suplicio de la soledad. ¿Acaso el no merecía enamorarse? ¿Tan desgraciada sería su existencia, vacía de un alma noble que quisiera despertar con el trinar de las aves en primavera, o vagar sin rumbo entre las plantas robustas y verdes del verano? ¿No tendría quién le susurrara calidez en formas de abrazos cuando el otoño llamara, o que le ofreciera la hoguera de su cuerpo cuando el invierno se sentara a la mesa?
Conocía el nombre de los árboles, arbustos y flores; de cada animal e insecto que vivía en armonía junto a su pequeña y acogedora casa. Cada día caminaba sin descanso, probando, buscando, mirando y oliendo todo a su alrededor. Sabía distinguir una noche de brisa fresca a una de calor sofocante en apenas un segundo. Conocía el rostro del viento que helaba las hojas altas de los robles, y la dulzura de cuando apenas movía los pétalos de las rosas. Pero anhelaba poder compartir toda su sabiduría con una persona especial, con alguien que tomara su mano y correspondiera su mirada con luz en sus ojos.
Conversaba con la luna, mientras iluminaba su rostro. Deseaba fervientemente que ella tuviera razón y que hubiera un alguien esperando también, esperando por él, por su amor. Cada noche escuchaba que pronto llegaría, que aguantara un poco más. Pero, esa noche en especial, al verlo tan desolado, su amiga decidió darle un pequeño consuelo. Le dijo que buscara ciertas hierbas y preparara un té antes de dormir: Le daría una pista de quien sería su amor.
Tenía tanto que compartir, que juntó toda su esperanza en ese brebaje. El agua tenía la temperatura perfecta, y mientras lo dejaba macerar, se dio un breve y reconfortante baño en el río que cruzaba por detrás de su casa; no importaba que fuera invierno y estuviera a punto de congelarse.
Su cuerpo desnudo disfrutó de la fría sensación, erizando su piel y empapando sus rizos, apaciguando el calor que peleaba por salir en busca de quien lo calmara con gemidos en sus oídos.
De vuelta en su silencioso lugar, se acurrucó en su cama, como siempre, totalmente desnudo y bebió su té. Pronto se durmió, con la luz de la luna entrando por su ventana, acariciándolo y acompañándolo.
Despertó más tarde de lo normal, muy mareado. El sol estaba en lo más alto, tratando de hacerse notar en esa fría tarde de invierno. Salió a su gran jardín y se sentó a compartir sus nueces con las ardillas. Aún estaba un poco dormido, cuando, de repente, tuvo un flash en su cabeza.
Ojos azules. Hermosos, increíbles y cálidos ojos azules.
Sonrió. Después de muchos años, volvió a sonreír hasta que su corazón se sintió feliz también.
Terminó su merienda, y comenzó a caminar como todos los días. Quería probar hechizos que descubrió en un viejo libro que había pertenecido a su madre y que encontró por casualidad detrás de un mueble viejo. Pensar en ella le hacía bien y mal. Muy mal:
Amelie, su progenitora, fue de dos maneras con él. Por una lado, podía ser consentidora y amorosa. Por el otro, un verdadero monstruo. También tenía poderes especiales, sobre todo de videncia y seguramente muchos más. El problema es que los rechazó, no quería ser ignorada por los demás, y prefirió vivir en contra de lo que su esencia le gritaba ser. Debido a eso, tenía fuertes cambios de actitud, de humor, de ideas, que se traducían en golpes, gritos y ofensas... no solo con él, sino que con todos a su alrededor.
Vivir con ella fue difícil, hasta que ya no soportó y decidió escapar. Los días malos superaban con creces a los buenos, y estaba siendo demasiado doloroso sentir el rechazo de quien te dio la vida. Por fortuna su abuela le había enseñado sobre su magia y algunas cosas básicas, dentro de sus posibilidades. Lamentablemente, había muerto muy joven, por lo que casi todo tuvo que aprenderlo en la soledad del bosque, errando y acertando por igual. Por eso insistía en probar nuevas mezclas, en buscar nuevos ingredientes. Creía en su intuición. Al parecer un poco de brujería también era parte de él, un regalo de su abuelo al que no alcanzó a conocer.
Al día siguiente, despertó temprano, cuando apenas comenzaba a clarear. La brisa estaba fresca, por lo que calentó agua y se preparó un té, no sentía hambre. Se sentó en un tronco seco que tenía como asiento, mientras veía las ardillas corretear y los erizos esconderse entre las grandes hojas de los helechos. Una mariposa se posó en su mano. Era hermosa, llena de líneas en tonos azules. Sus alas eran delicadas y suaves. La miró por un minuto completo, mientras su corazón extrañamente palpitaba con fuerza dentro de su pecho.
La tarde llegó rápidamente. Estaba comiendo manzanas que recogió el día anterior, mirando las semillas que comenzaban a brotar, contándole que la primavera estaba por llegar, cuando algo pasó, alterando todo su tranquilo mundo. Un golpe, o estridencia, o ruido... No pudo reconocerlo. Vio a las aves volar asustadas, y a los animales correr despavoridos. Se levantó rápidamente y caminó hacia el lado del río.
La vio.
Un hada.
¿Qué hacía un hada en esa parte del bosque? Claro que conocía a toda clase de criaturas especiales y distintas, y sabía dónde vivían, y el lugar de las hadas era a miles de kilómetros hacia el interior de las montañas.
Estaba de espaldas y al parecer, lastimada. Se veía tan indefensa, que su instinto lo llamaba para cuidarla. Se acercó despacio, tratando de no asustarla. Una liviana y aterciopelada túnica celeste cubría su contorneado cuerpo. Era de las más grandes que había visto, apenas unos 10 centímetros más pequeña que él.
—Hola, ¿te puedo ayudar?
En cámara lenta la vio girar la cabeza, y fue cuando todo tuvo sentido y su alma encontró la paz. También cuando se sorprendió: un hada masculino.
Un antigua leyenda hablaba de que aparece uno cada cien años. Verlo era ya un regalo. Un rostro que no puede ser descrito por la perfección de sus formas, unos labios atrayentes de un precioso color cereza, una encantadora nariz de botón, una piel de ángel, dorada y cálida... y sus ojos... Lo más azules y hermosos que jamás pensó volver a ver, no en un lugar que no fuera dentro de sus sueños.
—Eres tú...
Dijeron al mismo tiempo. La sincronía de sus almas, era la prueba suficiente de que se habían encontrado.
Sus sonrisas juntas, provocadas por ellos, eran más hermosas que la luz de la luna llena sobre las copas de los árboles.
Más preciosa que los arrecifes en el fondo del mar.
Más verdaderas que un primer amor.
Harry cerró la distancia, hasta llegar al lado del Hada, sin poder dejar de mirarse, de reconocerse, de aceptarse y de sentir que el tiempo acomodó su encuentro en los tiempos perfectos.
—Soy Harry, un mago solitario. Vivo aquí en el bosque, esa es mi casa, —dijo señalándola.
—Soy Louis, un hada desterrado de su tribu por no someterme a sus órdenes.
—¿Te lastimaste? —preguntó preocupado.
—Al parecer. Si es así, no podré volver a volar, —contestó, a pesar de todo, con una sonrisa.
—¿Me dejas revisarla? Prometo ser cuidadoso.
—Sé que lo serás.
Con extrema suavidad tocó, y minuciosamente observó la entramada forma de las alas.
—Puedo ayudarte con un poco de magia, pero necesito llevarte a casa, nuestra casa... mi casa, —dijo confundido y ansioso.
—Llévame, —respondió feliz.
Lo ayudó a levantarse, sin dejar de observar y absorber todo lo que veía. Su porte, su delicadeza, su belleza, su dulzura. Suavemente lo llevó hasta su morada, y lo sentó en su cama.
Louis no dejaba de sonreír, mientras recorría el lugar, o cuando veía el cejo fruncido de Harry al buscar plantas y un viejo libro con anotaciones. La verdad, no le interesaba volver a volar, porque su lugar estaba ahí, lo sabía, no necesitaba tiempo, ni conocer más del hermoso mago.
Harry por su lado, quería ser extremadamente preciso, y ayudar a su hada. Por mucho que fuera una opción no volver a volar, era parte de su esencia y sabía por experiencia, que no se jugaba con lo que se es.
Leyó varias veces, y reunió sus materiales. Midió y pesó, y junto a unas palabras conjuradas, comenzó. Un idioma extraño salía de su boca, y sus ojos se oscurecieron hasta quedar totalmente negros. Louis sintió un calor extraño, y una sensación de bienestar comenzó a recorrerlo.
Tres minutos después, estaba profundamente dormido. El mago se tranquilizó cuando eso pasó, porque era necesario para la recuperación. No lo tocó ni lo movió, ya que era peligroso en su estado.
Se preguntó cómo llegó ahí ese hermoso ser. Un hada desterrado, dijo, por no someterse. ¿Qué significa eso? La jerarquía de las hadas era muy complicada, había muchos tipos y cada uno tenía sus propias reglas.
Recordó una leyenda, que hablaba de un hada masculino que al enamorarse de un humano, fue convertido en un ser maligno, para que penara durante cientos de años. La verdad es que había millones de leyendas, y nunca se sabría la verdad detrás de ellas.
Tantas preguntas y ninguna respuesta por hoy. Su cabeza estaba extrañamente confusa. Salió a caminar, y a recolectar fruta para el desayuno. Afortunadamente las hadas y él compartían el gusto por los alimentos que ofrecía el bosque.
Volvió con unas manzanas rojas muy bonitas y grandes y muchas nueces. Después de dejarlas sobre una bandeja, y de asegurarse de que el hada siguiera durmiendo, se sentó en su tronco, mientras el viento le susurraba que la noche estaría cálida y tranquila.
Pero su corazón no estaba tranquilo. Algo presentía.
Cuando llegó a vivir a ese bosque, tuvo que enfrentarse con un espíritu malicioso: un troll, que le dio una feroz batalla. Jamás podría olvidar el infinito terror que sacudió cada una de sus células cuando ese ente lo atacó con tanta furia, que le quebró dos costillas y la pierna izquierda. Pero su fuerza interior y algunos conjuros que se atrevió a usar juntos, lograron derrotarlo, pero no destruirlo. Una amenaza quedó implícita en el aire, y en su interior.
No supo cómo el nuevo amanecer llegó, acompañado del trinar de las aves y del ruido del agua que se dirigía veloz a encontrarse con el mar.
Unas pequeñas manos acariciaron su pelo, con tanta sutileza, que su corazón saltó de emoción.
—Buenos días mago, ¿cómo estás?
—Buenos días hada, muy cansado. No dormí nada, ¿y tú?
—Muy bien. Mi ala está sana y fuerte, muchas gracias.
—Me alegro escucharlo, —dijo genuinamente feliz. Pero su mirada se entristeció cuando preguntó, —¿te vas a ir?
—¿Por qué me preguntas eso? ¿Acaso no es este mi lugar, aquí, junto a ti?
—Lo es, —contestó con una mirada que derramaba esperanza.
Lo tomó sutilmente, y lo sentó en su regazo. Acarició sus labios, sin dejar de mirarlos.
—Hazlo, —dijo el hada, susurrando y cerrando sus ojos.
Y el mago se perdió en su boca, aferrándose a ella con todas las fuerzas de su corazón. Descubrió un universo nuevo, uno lleno de colores, uno que exponía todos sus miedos y su vida marchita... Besos que unieron sus piezas, que sepultaron un pasado de sombras. Lo besaba con el ímpetu de saberlo suyo, de que era la parte que faltaba en su historia, mientras sus manos apretaban con fuerza la pequeña y definida cintura y conocían los caminos delicados que se formaban en su espalda.
El bosque había enmudecido, mientras el viento se detenía a observarlos y el cielo se despejaba para iluminarlos. Los árboles se formaron para presentar sus respetos a los amantes, y las flores fabricaron sus mejores ejemplares. Las más bellas y grandes rosas competían con impactantes girasoles y fragantes lavandas.
—Te he esperado por tanto tiempo, que tengo miedo de que te evapores, —dijo el mago.
—Eres tan dulce como en mis sueños. Estoy aquí por ti, para ti, —contestó el hada.
Besos, muchos besos. Eran la mejor manera de conocerse. Muchísimos besos.
—Quiero saber por qué te desterraron, ¿qué hiciste?
Louis rió con ganas, en tanto envolvía sus brazos en el cuello de Harry.
—Soy el primer hada masculino en 128 años. Querían que me uniera con un hada femenina que tenía virtudes de hechicera y que la fecundara a través de mi magia, para dar más poder a mi tribu. Pero desde que tuve conciencia, sé que nací para estar contigo. Por eso me he guardado para ti. No ha habido noche en que tus bellos ojos no me hicieran compañía o que tus brazos dejaran de darme calor en mis sueños. Eres mi destino, eres mi compañero y mi perdición.
Al escuchar esa última palabra, el pecho de Harry se apretó dolorosamente. Pero prefirió ignorarlo. No había espacio para preocupaciones en ese momento, sólo para volver a perderse en la suavidad del cuello de su hada y abandonarse en el dulce aroma de su piel. Besarse se volvió tan imprescindible como respirar, y sentir el cuerpo del otro naufragar bajo sus manos en la luz vital de sus existencias.
Tenían la necesidad de entregarse, pero esperarían a la próxima luna llena, para dar pie a un nuevo ritual, creado por ellos y para ellos.
Harry le contó su propia historia, y en tanto lo hacía, caminaban de la mano por el bosque, conociendo y reconociendo sus pisadas. Louis sabía muchísimo de la historia de los árboles y plantas y podía crear pequeñas llamaradas o ligeras lloviznas.
Con el pasar de los días, armaron sin querer nuevas rutinas que los acercaban cada vez más: Caminar sin parar, o detenerse a observar desde un ave de hermosos colores hasta las hojas con distintas tonalidades de amarillos, naranjas y ocres. Mezclar sus magias y formar manzanas cuadradas o nueces con sabor a miel. Amaban alborotar el viento y abrazarse mientras giraban en el aire, también detener el curso del río para besarse bajo el agua y crear zanjas donde esconderse para besarse sin prisa durante horas.
Se amaban, intensa y profundamente. Sus manos se buscaban apenas despertaban, no importando si estaban enredadas en el cuerpo del otro. Sus ojos se necesitaban, aún cuando la luz de la luna estuviera oculta bajo las nubes.
Ya era extraño ver salir a alguno solo. Cuando era Harry, un minuto después se veía la delicada figura del hada volar hasta subirse sobre la espalda del mago. Cuando era Louis, podía verse al mago recitándole poemas a través de los pájaros, hasta alcanzar su mano.
Recolectaban frutas, hojas, bayas y agua fresca. Comían y compartían con quien quisiera acompañarlos. Muchas noches dormían abrazados en cualquier parte del bosque, donde los pillara la oscuridad. Al amanecer se bañaban desnudos en el río.
Louis le contó secretos de algunas plantas. Sobre todo, del tejo, el muérdago y la Flor de Loto. En el bosque existían, excepto la flor de loto, por lo que, juntos hicieron un ritual para crearla cerca del arroyo, en una pequeña cueva que la mantendría a salvo de las tormentas que aparecían en primavera.
Harry no entendía muy bien la importancia de esas plantas, pero cualquier aventura con su hada era buena idea, siempre. Y Louis había insistido en que era muy importante.
La primavera quedó atrás, trayendo la calidez del verano al bosque y con ello, la luna llena.
Estaban ansiosos, a pesar de ya saber de memoria el sendero de la figura del otro, cada mínimo detalle de sus pieles vírgenes y todos los valles y montañas que cubrían sus cuerpos.
Cada uno y por separado, se dieron un baño en el río, y luego vistieron túnicas limpias. Una manta limpia y pulcra sobre la tierra, cerca de la parte más alta del río, bajo un hermoso árbol de jade, rodeado de flores de color violeta, con el viento meciendo una hermosa campana hecha a mano por el hada, con piedras pulidas, y una pequeña hoguera, sería el lugar de su rito.
Harry caminó hacia Louis, y dijo:
—Soy Harry y hoy, me presentó ante ti con mi alma desnuda, para que sepas que soy sincero y que mi entrega es verdadera. Soy como me ves, no tengo secretos que esconder, y quisiera que me permitieras comenzar una nueva vida a tu lado. Mi promesa es amarte y respetarte cada día, compartir mis miedos y esperanzas y caminar juntos hacia donde nos lleve el viento y el mar.
—Soy Louis y esta noche me presento ante ti, con mi corazón desnudo, para que sepas que la verdad es mi compañera y que me entrego a ti de manera honesta. Quiero esa nueva vida, sólo si me llevas de la mano. Te honraré a ti y a lo que siento por ti, y velaré tus sueños aún cuando no puedas ver el azul de mis ojos.
Al mismo tiempo se despojaron de sus túnicas, y se miraron desnudos, como si fuera la primera vez. El mago se acercó y el hada se envolvió en él. Estaban tan deseosos que no se sabía dónde empezaba o terminaba el cuerpo del otro. Las caricias llenas de amor se convertían en llamaradas y los besos esparcidos por sus cuerpos contaban la historia de su amor. Se amaron con total entrega, se disfrutaron, conocieron el sonido de sus voces cuando se convertían en gemidos y pedían por más, y cuando sus esencias se mezclaron, crearon una nueva estrella en la galaxia...
Hacer el amor en cualquier parte del bosque, se volvió el hechizo preferido de los dos. Sus risas competían en fuerza con el canto de los pájaros, y su presencia en el bosque, se volvió vital para todos quienes habitaban ahí.
El poder de sus sentimientos y la energía que irradiaban, contagiaron a todo el bosque, lo que provocó que los árboles, las plantas, flores y animales crecieran poderosos y fecundos. Eran parte de un todo, magia que derrochaban en cada segundo que estaban juntos.
Era normal verlos rodar encima de las hojas secas del otoño, y luego sacudirse entre risas y besos llenos de amor. Besarse era su lenguaje, donde se entendían y conectaban. Siempre. Siempre tenían tiempo de saborear sus labios y sus cuerpos.
Cuando el invierno llegó, crearon seguras guaridas para aquellos que quedaron a la deriva. Serpientes y ranas, ciervos y venados. Todos reunidos, disfrutando de oscuras y boscosas tardes, mientras los amantes creaban nuevas sinfonías con quejidos entrecortados y respiraciones agitadas. Sus cuerpos unidos eran una hoguera que templaba la temperatura del bosque y mantenía cálidos a todos sus habitantes.
Estaba acostumbrada la lluvia a ver a Harry correr, y tiempo después, a Louis lanzarse sobre el mago, empapándose con el agua fresca y sanadora. Las nubes sentían envidia de los enamorados que dibujaban formas sobre ellas, en medio de risas y caricias. Las flores disfrutaban ver a sus hojas convertidas en bellísimas coronas que adornaban sus frentes.
Un año pasó en medio de esa felicidad, que parecía sólo crecer y dar vida a todo lo que estaba a su alrededor.
Pero, la envidia y el odio no soportaron la felicidad de esos dos seres. La tribu de Louis, enojada hasta ahora con él, buscó la ayuda de quien sería el único enemigo de Harry.
Este ente, el troll malvado experto en el arte de la nigromancia, estaba feliz por primera vez en su vida, porque tendría su revancha con el mago. No sabía que las cosas estaban tan cambiadas, y llegar a adentrarse en el lugar, fue difícil. Los animales lo reconocieron y levantaron sus voces, sin embargo, los enamorados no escucharon a tiempo.
Estaban caminando, con sus manos enlazadas y mirándose con ese amor que sólo existía en sus corazones, cuando la imagen de este ser, sucio, despeinado, de piel reseca y la mirada más horrible y vacía que pudieron imaginar, apareció frente a ellos.
Fue cuando Harry recordó la amenaza y un pequeño dolor lo comenzaba a invadir. Pudo sentir la angustia en el hada a su lado.
—Vaya, cómo han cambiado las cosas, mago. Antes tan solitario, y ahora... acompañado. Es muy bonito, no se puede negar.
—No lo mires, no tienes nada que hacer aquí. Vete, —amenazó con furia y miedo Harry.
—Tengo una misión que cumplir. Por cierto, Louis, tu familia te envía saludos, —dijo con una gran y horrible sonrisa.
Pero el hada no respondió. Él sabía lo que iba a pasar, pero eso no significaba que estuviera preparado. Nunca lo estaría. ¿Por qué no tuvo más tiempo con su hermoso mago?
El troll levantó una mano, y una pequeña llama apareció. Palabras llenas de odio cantaron:
“Demonios oscuros,
demonios de la calamidad,
Ayuden a mi alma
A sembrar el mal.
Que el espíritu del hada
Se vuelva de sal
Que nunca despierte
Y el mago solo sepa llorar”
Lanzó la llama hacia Louis, y cuando Harry quiso interponerse, el hada lo empujó, recibiendo el hechizo y cayendo en un sueño profundo, frente a su amor.
La risa del Troll se grabó en los oídos de Harry, que se había desgarrado la voz en un grito de dolor.
Un minuto completo, que pareció una vida, estuvo mirando el cuerpo tirado en el suelo de su amado. Su rostro tan sublime, totalmente pálido y sus labios sin vida. Había olvidado respirar y pensar, sólo esa imagen en cada poro de su piel y en cada célula de su cuerpo.
De pronto, todo ese dolor, la soledad, la pena que lo acompañaron por años, se volvió una sola fuerza.
El viento comenzó a rugir, levantando las hojas y silbando una horrible canción. Las nubes cerraron completamente el cielo, y el río aumentó su caudal, llevándose lo que encontró a su paso. Los pocos animales que aún rondaban por ahí, se escondieron, esperando. Sus ojos más negros que nunca, su cuerpo encendiéndose, literalmente, en una gran llamarada, que en medio de la oscuridad provocaba un tremendo terror. Tanta era su rabia y su desolación, que con un rayo destruyó al ente maligno, de una sola vez, mientras su voz, más grave que nunca, recitaba un hechizo de justicia. El cuerpo inerte quedó bajo una gran mata de romero. No pudo ver cómo un extraño vapor salía del cuerpo y viajaba hasta perderse en el cielo.
—Louis, mi hada, mi vida... Vuelve, despierta, ¡amor!
Una hora completa lo tuvo abrazado y lloró sin parar.
Lo tomó en sus brazos y caminó con él, con una pequeña multitud de sus amigos animales, que iban acompañando en una silenciosa caravana. Al llegar a casa, lo acostó en la que era su cama. Las lágrimas caían sin parar. De inmediato se puso a buscar hechizos, a leer, a medir y a probar. Uno tras otro, uno tras otro sin parar. Días y sus noches, sin dormir, sin comer, sin separarse de su amor, sin dejar de llorar.
El bosque comenzó a secarse. Cada día cadáveres de animalitos aparecían en su puerta. Se daba un tiempo para darles un último hogar, en medio de las raíces más altas. Un pequeño cementerio comenzaba a formarse, enfermando de pena a los que iban quedando. Poco a poco la frondosidad de los árboles desaparecía, y los pájaros ya casi no trinaban. El río no tenía ni una sola gota de agua: a pesar de ser pleno invierno, se veía como en la peor sequía. Pero no podía verlo, actuaba por inercia, como un fantasma. El fantasma más triste.
Salía como loco cada vez que se le acababan sus ingredientes, y muchas veces arruinaba sus hechizos porque las lágrimas caían sobre las plantas, dando tintes de amargura a las pociones. Su mente estaba nublada, no era capaz de pensar con claridad. Se estaba muriendo en vida, necesitaba a su hada y la alegría que compartían.
Hablaba con él siempre. Desde su lugar de pruebas, le cantaba y le prometía que hacía todo lo posible.
Una noche no pudo más, y sin dejar de llorar, su cuerpo se desplomó sobre su puerta. Dos días completos durmió por el agotamiento, la pena y la falta de alimento y sueño. Los animales lo cuidaban manteniéndolo caliente. Cuando despertó, y recordó todo, comenzó otra vez:
Intentó con hechizos nuevos, pero no resultó.
La primavera llegó, y en el bosque nada floreció. Ni una sola flor saludando al sol.
Intentó con hechizos antiguos, y nada cambió.
El verano terminó de secar la tierra y los árboles, agobiando el ambiente de dolor.
Mezcló los hechizos, y todo siguió igual.
El otoño no tuvo hojas crujientes para aplastar, ni bellos ocasos cargados de anaranjados colores.
Y ya no tenía fuerzas.
El invierno trajo sólo frío que congelaba cualquier indicio de vida, incluyendo su alma.
No podía. No más.
¿Y si su suerte era morir sin su amor?
¿Y si terminaba con su existencia y con la del hada?
¿Por qué le habían permitido amar así, para después matarlo en vida?
Se acostó y abrazó el cuerpo helado de su Louis. Acarició sus mejillas, antes sonrojadas y recorrió su cuello con la punta de sus dedos. Durmió, y soñó con su hada, con sus labios húmedos y su cuerpo sensual. Quizás ahí estaba su final, envolviendo su mundo completo que yacía inerte. Suplicaba por una señal, sólo una. Y se durmió.
“Amor, recuerda lo que te enseñé”
Y el mismo sueño lo tuvo sin parar durante una semana. Hasta que recordó.
Corrió esa madrugada, desesperado. Tropezó por lo menos diez veces, sobre todo cuando las lágrimas nublaban su vista, hasta llegar a la pequeña cueva que crearon juntos.
Una flor de loto brillaba en medio de la maleza seca. De alguna manera, los pocos animales que quedaban cerca, lograron llevar agua para mantener la hermosa flor. La tomó con suma delicadeza y la llevó a su casa. Después fue por el tejo y el muérdago. Horas estuvo buscando, en medio de raíces secas y podridas, hasta que logró encontrar alguna parte verde y aún viva. Sus manos sangraban por el esfuerzo que hizo al desgarrar las ramas secas, pero no sentía dolor.
Recordó lo que su hada le enseñó de esas plantas: El muérdago, le había dicho, es sagrado. Si podía, debía incluirlo en cada poción para aprovechar sus propiedades milagrosas y curativas. Lo recordaba porque se besaron por horas debajo de esa hermosa planta; El tejo, simboliza la resurrección. Logra crecer en sitios que nadie más lo hace. No lo olvidaría, porque habían hecho el amor recargados en su tronco; Y la flor de loto, es vida, fertilidad y pureza. Louis le había dibujado una en su brazo y después, le dijo que lo amaba, por primera vez.
Miró lo que había recolectado, y tomándolas con sus manos, las acercó a su pecho, mientras eran humedecidas con su llanto. “Por favor, ayúdenme...” La plegaria más pura que nacía desde un corazón enamorado.
Volvió a su casa, y tratando de secar sus lágrimas, escuchó su instinto más profundo. Mezcló sin medir, sólo sintiendo, hasta lograr una pócima.
Con un pequeño gotario, mojó los labios del hada.
Esperó, y volvió a repetir la acción. Pero ahora, además, lo besó.
Cuando un ligero movimiento apareció en los párpados del hada, sus ojos comenzaron a secarse de tantas lágrimas. Le pareció escuchar el canto de un gorrión, una leve claridad entraba por la puerta y juró, que lo que sentía era el río correr. Miró por la ventana, y el espectáculo desolado del bosque marchito, dio pasó a un hermoso cuadro, con pequeños dejos verdes. Un roble por aquí, un pequeño laurel por allá. Poco a poco todo comenzaba a despertar.
Una tímida sonrisa se formó en su rostro, cuando la mano de Louis buscó la suya y una dulce voz, con dificultad, susurró su nombre.
—Harry...
—Estoy aquí amor.
—Lo lograste mi mago hermoso.
—Creo que lo logramos.
Cuando sus miradas se reencontraron, fuertes ruidos comenzaron a escucharse. Harry sabía qué era: Las raíces de lo árboles, escondidas bajo el manto de la tierra, que pudieron aferrarse a la vida y que por fin, podían ver la luz del sol.
Los ojos azules empezaban lentamente a encontrar su camino, perdidos en la intensa mirada del mago, quien ahora lloraba de felicidad. Le dio de beber, y de comer, y después de un momento en que pudieron asegurarse de estar bien, Harry sin perder tiempo se adueñó de los labios y del cuerpo del hada, amándolo con toda la intensidad del dolor que sintió, con toda la angustia que se transformaba en deseo, y con todo su miedo que se volcaba en afecto en forma de caricias.
Hicieron el amor durante horas, no querían separarse, no más. Nunca más.
Dos días estuvieron encerrados, tratando de hacerle sentir al otro, sus emociones. Un ímpetu por gritar la falta que se habían hecho, lo mucho que se extrañaron, con palabras, miradas, caricias y besos.
Al día siguiente salieron, como siempre, de las manos, a recorrer el bosque y revisar si todo estaba como lo recordaban. Y sí, todo retomaba sus formas y colores.
Fue en ese momento que vieron el cuerpo del troll, aún en el mismo lugar.
—Esto no es normal, —dijo el hada.
—Lo sé. Sólo puede significar una cosa, y es...
—... que fue hechizado, —completó.
Se acercaron. En su interior, aún les daba miedo. El hada se arrodilló, y pasó sus manos encima de las grietas del cuerpo sin vida. Harry a su lado, practicando magia de limpieza.
—Es un hada amor, —dijo Louis. —Mira sus ojos.
Eran de un color lila muy bonito. Un color que únicamente se encontraba en las hadas del viento.
—¿Deberíamos devolverle su apariencia real?
—Creo que es lo justo, —contestó el mago.
—Bien.
Unieron sus manos, y cantaron una vieja canción que hablaba de volver a las raíces de lo que somos. Cuando terminaron, esparcieron una mezcla de hojas y hierbas, y, por último, llevaron su cuerpo al río, para lavarlo y despojarlo del cuerpo que no le pertenecía.
Cuando la última gota de agua se evaporó, pudieron ver la belleza del hada. Era un hada masculino también, con una piel dorada y un hermoso pelo marrón oscuro.
Lo vistieron con una túnica limpia y blanca, y lo dejaron acostado sobre unas rocas, por mientras pensaban dónde y cómo darle sepultura.
Estaban caminando de vuelta a su casa, de la mano, y dándose mimos, cuando sintieron un ligero ruido. Se devolvieron. La imagen era hermosa:
El hada tenía los brazos extendidos, y estaba levitando, mientras el viento creaba remolinos a su alrededor.
—Está hablando con el viento, —explicó Louis, a su mago.
Cuando terminó, se acercó a ellos.
—Quiero agradecerles por devolverme mi imagen. También disculparme por lo que hice, jamás haría algo así de manera consciente... Lo lamento tanto... El viento me ha contado mi historia y me gustaría compartirla con ustedes.
—Nos encantaría, —dijo Louis.
—Mi nombre es Zayn. Hace aproximadamente 200 años, nací en la tribu del viento norte. Fui el único hada masculino en un siglo, por lo que mis virtudes mágicas son fuertes y poderosas. Mi destino, me dijeron, era desposar a la mayor hada de la tribu, quien era la única con poderes de destrucción. Al unirnos, tendríamos el poder de la vida. Crear y matar a gusto. Pero me enamoré de un humano. Y fui castigado de la peor forma, dándome la apariencia y la maldad de un troll. La solución a mi tormento, era que me mataran con un hechizo, de cualquier tipo, pero que fuera una emoción pura. —Sonrió. —Y tu amor, tu dolor, y tu odio, fueron puros y los más verdaderos que vi jamás. Me salvaste con tu amor.
Louis estaba llorando de la emoción y Harry sólo podía mirarlo, y enamorarse más.
—Voy a buscar un lugar para mí, donde pueda estar tranquilo y alejado. Pero les prometo que tendrán mi protección y algo más. Jamás podré agradecerles lo suficiente. Les deseo dicha y felicidad. —Le guiñó un ojo tres veces a Louis, quien comprendió y sólo bajó la cabeza.
Lo vieron volar, envuelto en medio de una ráfaga de viento frío. Sus corazones se sintieron cálidos.
Mientras caminaban de vuelta a su casa, Harry se detuvo. Louis sabía, pero preguntó de todas formas.
—¿Por qué tu corazón siente miedo?
—Soy un humano, con poderes, pero humano. Tú, un hada, el más hermoso de este mundo y de cualquier otro, pero tú vivirás cientos de años más y yo no. No quiero morir y dejarte aquí.
—Eso no pasará hermoso mago, mi mago. Confía en mí.
—No quiero dejar de vivir. Me gustaría que fuéramos eternos y amarte para siempre.
—¿Podemos discutirlo después? Ahora necesito que me demuestres todo ese amor.
Y ahí mismo, al lado de un gran nogal, sobre la hierba fresca y fragante, se amaron hasta que el sol se escondió, demostrándose todo el amor que sentían, y las ansias de ser eternos en el cuerpo del otro. Se entregaron una y otra vez, como siempre, con todo lo que eran, disfrutando y reconociendo sus formas, olores y sabores, dando todo de ellos y más.
Los más bellos amaneceres eran con los dos apenas respirando y totalmente sudados. Las tardes perfectas se construían entre gemidos y espaldas arqueadas de placer. Las noches sublimes mezclaban los besos más tiernos y los más lujuriosos en un equilibrio único.
Una vida que era perfección mientras sus manos estuvieran unidas, y las marcas de sus uñas en la espalda de su amante; mientras sus almas estuvieran desnudas y también sus cuerpos; mientras el sueño de uno fuera el rostro del otro.
Nunca tuvieron suficiente. Se buscaban con desesperación, respondían ansiosos, como si cada vez fuera una experiencia nueva, casi como si fueran personas distintas. Pero entendían que la rutina les mostraba su mejor cara, esa que habla de compartir tu vida con una sola persona, con la indicada, la que tenía tu nombre escrita a fuego en su piel.
No importaba cuánto tiempo pasara en ese bosque que los cobijó y que volvieron mágico. Serían eternos en él, amándose entre medio de los árboles, plantas y flores, dejando su semilla extraordinaria que proliferaba y creaba nuevas especies, nuevos colores y nuevas sensaciones.
Un amor para siempre. Un amor real. Un amor mágico.
