Capítulo 1: Una copa de más
Maldije para mis adentros en el momento en el que trastabillé al subir las escaleras hacia la calle principal. Me agarré a la barandilla con fuerza y me obligué a respirar despacio. Todo me daba vueltas.
No debí haberme tomado aquella última copa.
Había salido con mis amigas Margot y Danna a cenar y después nos encontramos tan a gusto que acabamos la velada en una de las discotecas del centro. Me olvidé de que llevaba dos copas encima (y varios chupitos) y decidí tomarme aquella última. No me había subido del todo cuando nos despedimos. Iba a coger un taxi de vuelta a casa, así que mis amigas se fueron por el otro lado con el típico “Avísanos cuando llegues”, despreocupadas.
Sola durante la noche, a las cuatro de la mañana y sin ser capaz de mantener el equilibrio, descarté la idea de meterme en un taxi con un desconocido y preferí intentar hacer el camino de vuelta a casa, que estaba a escasa media hora de la zona.
Quizás fue un movimiento imprudente, pero el aire fresco en la cara no me venía mal. Casi había llegado a mi casa, estaba a escasos cinco minutos.
Vivía en una zona residencial bastante bonita, donde las casas se intercalaban con edificios de pocos pisos. Era algo diferente en la zona centro, donde los edificios no bajaban de las diez plantas.
Me erguí y continué con mi camino. Prácticamente visualizaba la calle hacia mi casa (aunque de forma ligeramente borrosa).
Al principio, no vi la figura a mi derecha, en un callejón. La visión en túnel que me daba el alcohol no me dejaba concentrarme en más de una cosa a la vez. Pero sí escuché el sonido.
Un pequeño quejido ahogado.
No era humano.
Giré la cabeza con rapidez y enseguida me arrepentí. Todo empezó a dar vueltas y tuve suerte de que tenía una farola cerca para apoyarme. Enfoqué con todas mis fuerzas mi visión hacia la figura escondida detrás de un contenedor, esperando encontrarme a un perro.
Pero lo que vi me hizo replantearme el absentismo.
Un enorme lobo se encontraba enroscado al lado de la basura. Luchaba por ponerse en pie, pero apoyar la pata parecía dolerle a horrores. Me fijé, pero la escasez de luz no me permitió saber qué le había pasado.
¿Qué hacía un lobo en medio de la ciudad? Vale, justo en esa zona había una parte boscosa que daba lugar a unas montañas y refugio natural. De hecho, era una de las atracciones turísticas más importantes de allí, pero no era para nada habitual ver lobos. Y mucho menos que estos se metieran en medio de la ciudad.
Estuve unos segundos quieta, sin poder reaccionar. Mi cabeza procesó más lentamente la información y cuando la hubo procesado, seguí mirando para asegurarme de que aquella visión no era fruto del alcohol.
El lobo me observó fijamente y lanzó un gruñido bajo.
—Vaya.
No fui consciente de que lo dije en alto. El lobo se sobresaltó y gruñó más fuerte, amenazante.
Sin embargo, sabía que no me atacaría. No era capaz. Fuera lo que fuese que le pasaba en la pata, lo había dejado lo suficientemente débil como para no poder moverse y huir.
No supe qué fue lo que me instó a moverme. Sentí cómo recuperaba algo de fuerzas y la brisa del aire (o quizás el shock de la situación) hizo que se me despejara la cabeza. Y sin embargo, la decisión que tomé en ese momento seguramente estaba muy influida por el alcohol.
Me acerqué lentamente, evitando el contacto visual. No quería parecer una amenaza. Mantuve los ojos bajos.
—No te voy a hacer daño —dije en voz suave. Sorprendentemente, parecía más sobria de lo que estaba—. Tranquilo…
Me acerqué hasta estar a escasos dos metros de distancia. El pelaje de ese lobo era de un profundo negro oscuro, casi era un milagro que lo hubiera visto. Pero tenía unos preciosos ojos azules que brillaban a la escasa luz de la farola como dos zafiros.
El lobo gruñó más alto.
Probablemente hice lo más arriesgado que había hecho en mi vida. Di unos pocos pasos más y estiré la mano.
—¿Ves? —Me temblaba la voz. De repente, sentí que mi mano era extremadamente vulnerable. Un bocado y... —. Quiero ayudar. Soy veterinaria.
Lo dije como si creyera que el animal fuera a entenderme. Me pareció estúpido justo después de que las palabras salieran atropelladamente de mi boca. La lengua aún me bailaba. Maldita copa.
Sin embargo, pareció funcionar. El lobo olisqueó mi mano desde una distancia prudencial. Me miró unos segundos y bajó las orejas. Apoyó la cabeza en el suelo y emitió un quejido.
Parecía que no me veía como una amenaza.
—Me voy a acercar, ¿vale? —dije. Seguía hablando como si el cánido me fuera a entender, pero me relajaba decirlo, me sentía más segura—. Voy a revisar tu pata y a ver si puedo ayudarte.
El lobo soltó un pequeño resoplido, como si estuviera de acuerdo. Me aproximé cuidadosamente y encendí la linterna del teléfono con torpeza (apuntando primero al extremo contrario, para no sobresaltar al animal).
Al inspeccionar la herida desde lejos, vi un montón de sangre salpicando el suelo. Normal que estuviera débil, estaba sangrando mucho. La pata delantera derecha estaba desgarrada con unas marcas enormes. No era experta en dentaduras de animales, pero estaba prácticamente segura de que aquello era debido a otro lobo. ¿Qué otro animal podría tener una mandíbula tan grande y fuerte, y con ese potencial destructivo?
Hice una mueca. Le debía doler horrores.
—No tiene buena pinta —me mordí el labio—. Vale... Puedo ir a mi casa y coger algunas cosas para intentar frenar el sangrado...
Pero debía alejarme y tardaría entre diez y quince minutos. Con ese nivel de sangrado, dfícilmente aquel lobo podría sobrevivir.
Me quité la chaqueta con rapidez. De repente, mi cabeza funcionaba bien. Me acerqué con cuidado al lobo, que me miraba atentamente, pero seguía con la cabeza gacha. Parecía tener pocas fuerzas.
—Voy a poner un torniquete para detener el sangrado —dije. Y eso mismo hice—. Quizás te duela, tienes una herida bastante fea...
Justo en ese momento, el lobo soltó un gimoteo a la vez que apretaba el torniquete alrededor de la pata herida.
—Lo siento, lo siento...
Aquello debería bastar para frenar el sangrado lo suficiente. Pero no quería dejar a aquel animal solo, sobre todo porque cualquier persona podría verlo y llamar a la policía. Y no era probable que la policía tuviera delicadeza al tratar con él.
—Vamos a mi casa —dije. El lobo alzó las orejas y levantó levemente la cabeza, como si se hubiera sorprendido. Yo también me sorprendí de mis propias palabras—. Si pudieras ponerte de pie durante unos minutos...
Me incorporé. El lobo me miró, como dudando por unos segundos. Pero al final se puso de pie, sin apoyar la pata herida. Se tambaleó unos pasos, pero pareció aguantar débilmente.
Inicié el camino a mi casa escogiendo una ruta secundaria, por detrás de las casas en lugar de por la avenida principal. Tardaríamos un par de minutos más en llegar, pero era mejor que dejar que me vieran con un animal como aquel que me llegaba casi al pecho de altura.
Aunque el lobo caminaba lento y difícilmente, no se volvió a quejar. Me siguió en silencio. Sabía que tendía a caerle bien a los animales, pero hasta a mí me costaba comprender cómo un lobo era tan manso conmigo. Los animales no dejaban de sorprenderme. Debía ser consciente de que si no confiaba en mí moriría, y prefería arriesgarse.
Llegamos a mi casa. El torniquete ya estaba lleno de sangre y goteaba un poco, pero al menos parecía haber detenido lo suficiente el sangrado.
Abrí la puerta del garaje y dejé pasar al animal. A pesar de ser veterinaria, no tenía ninguna mascota, así que agradecí no tener que preocuparme por ello.
Un sonido me sobresaltó. El teléfono. Me había llegado un mensaje.
«Isabelle, ¿has llegado a casa? No has avisado».
Era Margot. Debían de haberse quedado pendientes del mensaje de Anabelle y puesto que esta se había retrasado al ir caminando a su casa en vez de coger un taxi y que en ese momento estaba encargándose ni más ni menos que de un lobo, no había siquiera recordado avisar de que había llegado.
Escribí rápidamente una disculpa y les informé que ya estaba en casa, inventando una excusa sobre haberme puesto a cocinar algo antes de dormir.
Y seguí ayudando al lobo.
No supe ni cómo reaccioné tan rápido. Solo agradecí tener en casa recursos veterinarios para poder ayudarlo. Aunque no tenía el equipo completo que tenía en mi trabajo, disponía de lo suficiente para atenderlo. En primer lugar, tenía un tranquilizante para evitar que el lobo me atacara. Logré limpiar la herida y, tras aplicar hielo (ya que no tenía anestesia), la zona se adormeció lo suficiente como para suturar las partes más profundas.
El animal se quejó, pero afortunadamente no me atacó en ningún momento.
Finalmente, entré a mi casa después de dejar al lobo cubierto con una manta y con un cuenco de agua y algo de carne por si despertaba con hambre. Esperaba que pasara la noche sin problemas, pero no estaba segura.
Ni siquiera supe qué hice después de terminar con el lobo. Me dirigí a mi habitación y me tiré en la cama sin siquiera cambiarme. Allí me di cuenta de que el alcohol no había bajado tanto como pensaba. Al acostarme boca arriba, el techo comenzó a dar vueltas, aunque al menos no tan intensamente como antes, cuando sentía que todo giraba.
Cerré los ojos, dejándome llevar por esa sensación de mareo.
****
Me desperté con un fuerte dolor de cabeza, tratando de recordar lo que había sucedido. Casi parecía un sueño, pero poco a poco los fragmentos de la noche anterior se ensamblaron en mi mente. Era real. Un suspiro escapó de mis labios mientras me incorporaba lentamente en la cama, tratando de asimilar lo que había sucedido.
Un lobo. En mi casa. ¿En qué estaba pensando? El dolor punzante en mi cabeza me recordó que debía ser ya mediodía, o tal vez más tarde. La luz del sol inundaba la habitación, causando un incómodo destello en mis ojos cansados. Me levanté con precaución, sintiendo el peso de la resaca golpeando mi cabeza. Me dirigí al baño y me lavé la cara, esperando que eso me ayudara a despertarme por completo.
Al mirarme al espejo, me di cuenta de que tenía ojeras y el cabello revuelto. La imagen reflejada no se parecía en nada a la de una veterinaria profesional, sino a alguien que había tenido una noche de locura.
Cuando bajé al garaje, hice una breve pausa en la cocina para coger más carne. Si me iba a acercar a un animal tan peligroso como un lobo, era mejor tenerlo bien alimentado.
Con dolor en mi corazón, cogí la ternera que había estado guardando para comer ese fin de semana y que pensaba hacer a la cerveza y lo llevé hasta el garaje.
Tenía algo de miedo de que de repente no encontrase a un lobo allí, sino a un cadáver. ¿Qué demonios haría en ese caso?
Cuando abrí la puerta del garaje, lo que vi me sorprendió mucho más que un cadáver.
Dentro, había un ser humano.
Sin ropa.








