Chapter 1
Dicen que ninguna vida es perfecta, pero la mía lo era. Era tal y como la soñé. Una profesión que me apasionaba y me satisfacía plenamente, una hermosa casa con un jardín de ensueño, dos hijos maravillosos en la universidad y un esposo que era el motivo de mi sonrisa todas las mañanas. Si esa no es una vida perfecta, entonces no sé lo que es. Pero como dije era, dejó de ser perfecta cuando me volví invisible para mi esposo, cuando deje de ser su esposa para convertirme en un mueble más de la casa, cuando deje de importarle como mujer, como ser humano y como persona. Me volví nada para mi esposo y eso me está destruyendo por completo.
Deje mi trabajo para dedicarme a la casa y ser la mujer y ama de casa perfecta para hacer feliz a mi esposo. Deje todo de lado para hacer solo lo que él quería y sin darme cuenta deje de quererme a mi misma para quererlo a él... Me casé totalmente enamorada y veinte años después sigo enamorada de mi esposo, con la universal diferente de que ya no soy una chiquilla de veinte años, de que la enamorada soy solamente yo... Mi esposo lleva un año sin hacerme el amor, sin mirarme más de cinco minutos durante el desayuno, sin hablarme más que para pedir que le planche una camisa o le ayude con la corbata, sin darme un beso ni siquiera en las mejillas. Para mi esposo soy totalmente invisible. Y todos los días me pregunto ¿Cómo paso eso? ¿En qué momento dejé de importarle? ¿Qué hice para qué me trate así? ¿En qué momento dejó de amarme? ¿En qué falle? ¿En qué le falle? ¿En qué lugar del camino perdí su amor? Esas y miles de preguntas más me pregunto a mi misma diariamente frente al espejo, pero no tengo respuesta, simplemente no sé en qué falle o cuando empecé a hacerlo... Les cuento un poco de mí para que me conozcan.
Me llamo, Crismardis Lozano, tengo cuarenta años, dos hijos hermosos: Jose Ignacio (Nacho de cariño) y Maria Claudia (Mary) que ya viven y se mantienen solos, y que además van a la universidad. Tengo la casa que siempre soñé, me casé con mi primer novio y mi primer amor a los veinte años y veinte años después seguimos casados y totalmente enamorados... Bueno, yo sigo totalmente enamorada del hombre para el cual soy totalmente invisible desde hace un año o quizás más. Él no era así o al menos yo nunca lo quise ver así, la cosa esa es que de un día para otro note un cambio radicalmente en él o como ya dije. Quizás yo me negaba a ver más allá de lo que él quería que yo viera y de lo que mi amor por él me permitía ver. Mi amor por él es tanto que nunca he puesto en tela de juicio ningunas de sus palabras, para mí su palabra siempre ha sido ley y ese ha sido mi gran pecado.
Mi vida ha girado alrededor de él desde que lo conocí, siempre ha sido así y aunque he intentado cambiar no he podido. Cada vez que he intentado hacer algo para cambiar o intento decir algo para que nuestra relación mejore me paralizo. Cada vez que lo miro o digo algo, él me mira con esos hermosos ojos que tanto amo y todo se me olvida. Soy débil ante él y eso él lo sabe, siempre termina ganándome. Solo hace falta que me sonría o me mire y ya se me olvido todo lo que le iba a decir. Él es mi soporte y yo... Yo solo soy una pared hueca sin él. Él ha tenido veinte años para morderme a su antojo y ahora no soy nada sin él, y sé que el tipo de amor que siento por él es tóxico y enfermizo, pero como ya dije antes ¡No soy nada sin él! Y aunque me duela aceptarlo, me siento tan poca cosa que sin él soy solo una bombilla rota, por esa razón hoy he decidido reavivar la llama de la pasión entre nosotros. Hoy le pongo fin a ese año de abstinencia y desamor...
—Gracias, señorita —le digo a la estilista que acaba de hacerme un hermoso peinado para celebrar que hoy cumplimos veinte años de matrimonio y no voy a decir que felices, pero sí que han sido buenos. Además, tampoco puedo ser tan egoísta y decir que es un mal hombre, porque no lo es. Ha sido un padre muy amoroso, un hombre intachable y durante nuestros años de noviazgo y los primeros de matrimonio fue un ser humano maravilloso. Un hombre increíblemente maravilloso y aunque ahora estoy abriendo los ojos y viendo en lo que me ha convertido, no puedo cerrar los ojos y negarme a decir lo buena que ha sido mi vida con él... Salgo del Spa y me dirijo hacia mi casa donde voy a preparar mi velada romántica.
De camino a mi casa recibo la llamada de mis hijos felicitándonos por nuestro aniversario y diciéndome cuan orgullo de nosotros están, cuánto desean tener un matrimonio como el de nosotros, etc. Y yo solo puedo pensar en como cambiaron tanto las cosas ¿En qué momento me volví invisible para mi esposo, como para que olvide nuestro aniversario? ¿En qué momento empezaron a cambiar tanto las cosas, como para que se haya ido al trabajo sin haberme dado los buenos días? ¿Cómo fue que llegamos a ser dos extraños viviendo bajo el mismo techo? Me pregunto, pero aún no encuentro las respuestas o quizás si, solo que me niego a verlas con claridad...
Las cosas no empezaron a cambiar hace un año, hace un año empezaron a ser más notorias, pero él siempre ha sido dominante y posesivo conmigo y todo el que lo rodea. Solo que yo no quise ver esos pequeños detalles que me indican que algo anda mal, que eso no era correcto, que no debía aceptarlo, que debía ponerle un alto, etc. Esos detalles que yo por tener una fe ciega y un amor tóxico por el deje pasar por alto y me negué a verlos... Todo empezó con un detalle tan simple como el que un vestido no le gusto y yo me lo quite para darle gusto. Luego fue el maquillaje que se me notaba mucho y me lo quite, un peinado que a él no le gusto y me lo cambien. Y luego empezó a controlarme hasta la comida. Y todo lo disfrazaba con él «Es por tu bien, mi amor» «Solo quiero cuidarte» «Todo lo que hago, lo hago porque te amo y quiero tu bien» y con ese «te amo» lo resolvía todo. Todo me lo controlaba y yo se lo permití por amor a él, porque lo amo y no quiero perderlo. Toda mi vida gira en torno a él y aunque suene ilógico, tonto, ingenuo o masoquista de mi parte, quiero que así sea por mucho tiempo más... Y sí, sé que soy una masoquista, pero cuando has vivido entre rosas y espinas te acostumbras a ellas ¿Han escuchado la metáfora de la rana hervida? ¿No?, pues se la cuento «Dicen que si metes una rana en agua hirviendo, la rana saltará fuera del recipiente y se salvará. Sin embargo, si la metes en la olla con agua fría, al subir la temperatura poco a poco la rana no se dará cuenta, se sentirá cada vez más mareada y finalmente ya no podrá escapar y morirá» esa metáfora me aplica perfectamente a mí. Sus cambios han sido tan sutiles que no me di cuenta hasta que ya estaba acostumbrada a su trato. Me acostumbré de tal manera a su trato que se volvió natural para mí... ¡Si!, me volví codependiente de mi esposo y ya no sé cómo realizar mi día a día sin él...
Es imposible de creer que una mujer tan segura de sí misma y tan independiente se haya vuelto codependiente de su marido. Yo era la reina de la seguridad, todo el que me rodeaba me decía que era admirable mi seguridad, sobre todo a la hora de hacer negocios, cuando me proponía algo no paraba hasta lograrlo... Soy ingeniera civil y diseñadora de interiores y cuando me proponía terminar o conseguir algún proyecto, no paraba hasta conseguirlo y hacerlo bien, pero todo eso terminó cuando mi esposo me dijo que debía dejar de trabajar para dedicarme a mi casa, que quería hijos y que haciendo lo que hago no iba a poder hacerlo estando embarazada. En un principio lo pensé mucho, pero luego de hacer el amor me dijo que soñaba con tener una gran familia conmigo, con que algún día nuestra casa estuviera llena de nuestros nietos y muchas cosas bonitas más. Y así fue como abandoné mi trabajo para convertirme en mamá, ya que era muy peligroso para mí estar en los proyectos estando embarazada. En un principio solo iba a ser por un tiempo, mientras nuestro primer hijo creciera, pero luego llegó Nacho y ya no era uno, sino dos y ya no tenía tiempo ni para respirar. Entre Mary, que era una niña muy despierta, y Nacho, que era un niño muy demandante y exigente, pues no me quedaba tiempo para más. Y a eso sumémosles mis deberes de esposa y ama de casa, pues no era mucho tiempo el que me quedaba para mí. Luego están las manipulaciones sutiles de mi esposo, que si los niños no se pueden quedar solos, que si necesitan a su madre, que si nadie es mejor, que la madre de uno para cuidarlo, que si nunca nos iba a faltar nada, que si él era el hombre y podía mantenernos, etc. Y así fue como deje de ser la mujer que era, para convertirme en todo lo que mi esposo necesitaba que fuera...
Llego a casa y me pongo a preparar todo para cuando llegue. Me compre un conjunto de lencería sexy, cambie algunos de los muebles del cuarto para que se vea más grande y espacioso, colgué globos del techo. La cama la cambie de lugar, la ropa de cama también, use una malla y la sujete en los extremos de la cama para poder poner encima de ella globos y pétalos de rosas que caerán encima de nosotros cuando yo lo decida. Luego de que me asegure de que todo estuviera bien decorado y bonito en el cuarto, me puse mi lencería, retoque mi maquillaje, me dirigí hacia el baño y me puse a llenar la tina para prepararla, con velas aromáticas, mucha espuma, aceites, escénicas, pétalos de rosas, etc. Prepare todo para tender una linda velada con mi esposo y no es por presumir, pero me ha quedado realmente divino ¡Totalmente hermoso y creo que le podría gustar! Creo que hoy reavivaremos la pasión... Faltan algunos minutos para que llegue, así que me acuesto sobre la cama y me pongo en una posición sexy...
—¡Maldición! —escucho la maldición de mi esposo y despierto de golpe. No sé en qué momento me quede dormida, ni siquiera sé qué hora es, pero sé que es tarde, las velas se apagaron, lo que quiere decir que es de madrugada... —¿Por qué carajos moviste el sofá? —es lo único que pregunta sin ni siquiera mirarme.
—¿Qué hora es? —pregunto aún en shock por despertar tan abruptamente y porque aun en ropa interior sexy sigo siendo invisible para mi esposo.
—Tarde —es lo único que dice acercándose al sofá, ignorando todo lo demás —¿Qué mosca te pico que cambiaste todo de lugar?
—¿No sabes qué día es hoy? —pregunto con dolor.
—¡No! —dice como si nada, ignorando que esas dos simples letras, esa simple palabra, están terminando de romperme la vida.
—Es nuestro aniversario -digo tratando de que no me falle la voz —Hoy cumplimos veinte años de casados... Prepare una velada romántica para nosotros.
—Crismardis, no estoy para cursilerías. Estoy demasiado cansado —dice acostándose como si no me estuviera rompiendo por dentro —Un año más, un año menos, luego lo celebramos —es lo último que dice, apaga la luz y me da la espalda... ¿En qué momento me convertí en un mueble más de esta casa? ¿Cuándo me convertí en la mujer invisible? ¿En qué momento dejé de existir para mi esposo? ¿En qué momento perdí el rumbo? ¿Cómo te perdiste tanto, Crismardis? Me pregunto mientras las lágrimas ruedan por mis mejillas como si fuera la sangre de mi corazón sangrante. Me acaban de romper por dentro y no sé da cuenta de eso, mientras yo no sé cómo sobrevivir al dolor agonizante que siento dentro.
Me paro de la cama y me dirijo al baño para vaciar la tina y mientras se vacía me miro al espejo y la imagen que veo no me gusta para nada. Lo que veo es una mujer rota, una mujer que durante veinte años la han ido rompiendo de a poco hasta volverla, una pila de nada, una pila de escombros desechables que no tienen ningún uso ni siquiera para reciclar. La imagen que veo es la de una mujer hecha mierda por su esposo, la de una mujer que le han destrozado la vida con su consentimiento, la de un alma en pena que se perdió en el camino y que está perdida en el abismo más oscuro y doloroso que ha conocido. La imagen de una mujer que se ha perdido en un campo de espina y ahora tiene espinas hasta en el alma que no hacen más que hacerla sangrar. La imagen de una mujer que está hecha pedazos y que todos sus pedazos sangran y duelen de una forma diferente...
Me miro al espejo y no me reconozco, ni siquiera sé quién soy. De tanto ser invisible para mi esposo, me volví invisible para mí. De tanto amarlo a él, deje de amarme a mí, de tanto buscarlo a él, me perdí a mi misma, de tanto necesitarlo a él, deje de necesitarme a mí, de tanto tratar de hacerlo feliz a él, deje de hacerme feliz a mi misma... Se me olvido que para amar a alguien, primero debo amarme a mi misma. Se me olvido que para hacer feliz a alguien debo de ser feliz yo. Mientras trataba mantener a un hombre que claramente ya no me ama a mi lado, se me olvidaron muchas cosas, pero ya no más. Ya no doy más, esto se acabó y ya no hay vuelta atrás... Que me dolerá, claro que lo hará, yo amo a ese hombre como el primer día. Que será difícil, obviamente que lo será, sobre todo porque yo dependo de él hasta para comer. Que será difícil encontrarme, claro que lo será, sobre todo porque estoy hecha pedazos, no sé en qué parte del camino los fui perdiendo, pero sé que poco a poco iré encontrando todos esos pedazos que perdí. Que será difícil volver a amarme, claro que lo será sobre todo porque cada pedazo de mí lo ama a él. Todo mi ser dejo de amarse a sí mismo para amarlo a él, pero sé que poco a poco, con terapia, ayuda, volviendo a hacer algo que me gusta y me haga feliz, volveré a amarme. Que me será difícil volver a ser visible para mí, obviamente que lo será, sobre todo porque cuando me miro al espejo no es mi reflejo el que veo, sino el de él. Pero sé que cuando empiece a ser yo de nuevo volveré a mirarme otra vez... Sé que hacer todo eso será difícil, pero mi miedo a resurgir de mis cenizas, no puede ni debe ser más grande que mi miedo a quedarme donde estoy. Ya tome una decisión y no me echaré para atrás, porque soy mujer y cuando una mujer decide darse valor y reencontrarse con ella misma, ni un milagro divino la hace dar vuelta atrás...
¡UNA SEMANA DESPUÉS!
Ya ha pasado una semana desde que tome la decisión de divorciarme y justamente hoy me llegaron los papeles del divorcio. Les juro que cuando los firmes sentí que la tierra se abría bajo mis pies, que el corazón se me estaba haciendo pedazos, que el alma abandonaba mi cuerpo, que la vida se me estaba partiendo en dos. Les juro que sentí que estaba agonizando mientras los firmaba, pero aun así lo hice. Los firmes sintiendo el dolor más grande que he sentido en mi vida, pero lo hice. Terminar con este matrimonio que de un año para acá es más falso que rumor de que la luna es de queso, es algo que debía hacer. Que me debía a mi misma. Mi matrimonio se fue muriendo lentamente y aunque me duela aceptarlo, yo contribuí para que eso pasara, así que ahora me toca afrontar las consecuencias de mi sumisión y codependencia con valentía. Y buscar la manera de volver a convertirme en ama y señora de mi vida, de volver a ser esa mujer segura de sí misma que debí seguir siendo siempre...
¡Uff! El día de hoy ha sido nefasto y mientras recojo mis cosas se pone peor... Creo que una de las cosas más difíciles que he hecho hoy (aparte de firmar el divorcio) ha sido hablar con mis hijos ¡Dios! Mi pequeño, Nacho (no tan pequeño va a cumplir 18 en poco meses) estaba triste y melancólico, pero me apoyo. Y, Mary me dijo que hace tiempo que debí haberlo hecho. Hasta mi hija de 19 años se dio cuenta de lo que yo hasta hace una semana me negaba a ver. Hasta hace una semana seguía pensando que mi matrimonio tenía salvación, cuando estaba más que claro que, que ni siquiera un milagro divino podía salvarlo... Gracias a Dios, mis hijos han sido muy maduros para su edad y me apoyaron incondicionalmente. Mis hijos siempre han sido muy independientes, Mary que es la mayor, se mudó de la casa, apenas cumplió los 17 porque la universidad que escogió estaba lejos de la casa y su papá le regaló un departamento cerca para que pudiera estar cómoda. Y así lo hizo, se mudó sola y para mantenerse sin depender de nosotros (siempre ha sido muy responsable) empezó a trabajar en un café/internet por la tarde y alquiló uno de los cuartos del departamento para no depender de nosotros. Y Nacho, hizo lo mismo hace más o menos un año y también es independiente como su hermana. Así que mi decisión no los afecta en nada a ellos, pero igual es placentero saber que puedo contar con ellos.
Miro lo que ha sido mi cuarto por veinte años e inevitablemente las lágrimas ruedan por mis mejillas como riachuelos siguiendo su curso hacia el mar, el infinito y profundo mar donde se pierden y desaparecen como si nunca hubieran existido y la única prueba de su existencia son las cicatrices sobre la tierra de su paso. Que en este caso son las cicatrices que llevo por dentro y que aún están sangrando.
—Ya basta, Crismardis —me digo a mi misma mientras guardo mis cosas en la maleta... —Ya deja de llorar —limpio mis lágrimas con dolor, porque si ¡Me duele! Me duele como no tienen una idea. Me duele porque lo amo, porque le he entregado toda mi vida a un hombre que apenas me mira, porque le entregue mis mejores años a la persona que me convirtió en invisible hasta para mi misma. Durante años viví bajo su sombra por decisión y elección propia, pero ya no más, ya me cansé... Termino de guardar mis cosas y me paro frente al espejo y hablo conmigo misma —Anímate, Crismardis tú puedes, no te rindas. No existe peor desilusión que la de no haberlo intentado. No existe peor derrota que la de no haber luchado. No existe peor sufrimiento que el de no haber peleado. No existe peor dolor que el de no haberte defendido a ti misma. No existe peor agonía que la de no haber luchado por salir del abismo en el que esta. No existe mejor consejo que el que uno mismo se da. Así que saca esa valentía que llevas por dentro y termina con todo esto de una buena vez —miro como ruedan mis lágrimas por mis mejillas y sonrió con tristeza y dolor en medio de ellas, pero con total seguridad de lo que haré... Camino hacia el sofá, me siento y empiezo a escribir la carta que le pondrá fin a un matrimonio de veinte años, la que servirá despida entre el amor de mi vida y yo, la que le transmitirá mis últimas palabras para él en mucho tiempo.
Mi querido: Esposo
El día de hoy te escribo con un gran dolor en el pecho, una gran agonía en el alma, una desilusión inmensa en el espíritu y una gran angustia en el corazón... Después de veinte años de matrimonio te escribo para pedirte que firme los papeles del divorcio ¡Si, amor mío! Te dejo para buscar mi libertad, esa que perdí cuando me pediste que dejara de trabajar para dedicarme a ti y lo hice. Te dejo porque desde ese día mi vida empezó a girar en torno a ti y me perdí. Te dejo porque deje de ser yo para ser quien tú querías que fuera, te dejo porque buscando ser perfecta para ti me volví imperfecta. Te dejo porque con el pasar de los años me volví un lujo para presumir, en vez de tu esposa. Te dejo porque quiero encontrarme nuevamente y ser esa mujer que siempre debí seguir siendo. Te dejo porque descubrí que para querer a alguien más, primero debo quererme yo. Te dejo porque el amor verdadero es el amor propio y yo perdí el mío cuando me entregue a ti por completo.
Te dejo y no te dejo porque ya no te ame, porque ya no te quiera o porque tenga a alguien más, como muy seguramente estarás pensando en este momento. Te dejo porque con el paso de los años me volví transparente para ti, me volví un objeto más de la casa, un mueble al que solo miras cuando chocas con él. Te dejo porque me volví totalmente invisible para ti, porque con el paso de los años asumiste que yo estaba bien, pero nunca me lo preguntaste, porque cuando me corte el pelo ni siquiera lo notaste, porque cuando llore durante una semana por la muerte de un ser querido ni siquiera me diste un abrazo para consolarme. Porque cuando moví el sofá de nuestro cuarto le prestaste más atención a ese hecho que al hecho de que lo hice porque te tenía una velada romántica preparada y que estaba en ropa interior frente a ti.
Te dejo porque de tanto buscarte, me perdí a mi misma, porque de tanto sacarte del laberinto, me quede atrapada en él, por qué de tanto sacarte del abismo, me hundí a mi misma, porque de tanto ir al infierno, por ti aprendí a vivir en él, por qué de tanto salta hacia el abismo por ti, me quede sin paracaídas y la caída fue destructora. Te dejo porque deje de ser tu mujer para convertirme en tu madre, porque deje de ser tu esposa para convertirme en tu sirvienta, porque deje de ser tu amiga para convertirme en una extraña, por qué deje de ser tu amante para convertirme en un objeto más de la casa. Te dejo porque de tanto amarte a ti, deje de amarme a mi misma. Te dejo porque me canse, porque estoy alta, porque me siento agotada, porque siento como si estuviera en medio del océano a punto de hundirme y ahogarme, porque siento que cada vez te miro a la cara, muero lentamente.
Te dejo porque ya me canse de sentirme invisible, porque merezco ser algo más que un objeto más de la casa, porque merezco algo más que eso, porque necesito volver a ser visible para alguien. Te dejo porque necesito volver a encontrarme, porque necesito salir de este laberinto en el que yo misma me metí, porque necesito salir de ese abismo al que termine cogiéndole cariño de tantas veces que estuve en él, porque necesito salir de ese infierno, el cual de tantos años que viví en el término siendo placentero para mí. Porque después de saltar sin paracaídas por ti, necesito levantarme y resurgir de los escombros de mi caída, porque necesito volver a aprender a amarme, porque necesito volver a ser totalmente visible para alguien, pero sobre todo porque necesito volver a ser totalmente visible para mí. Merezco volver a ser «Totalmente visible»...
Dejo la carta sobre la cama junto a los papeles del divorcio, tomo mi maleta y emprendo el vuelo rumbo a mí «Renacimiento»