Prólogo: Entre las aguas de Venecia
El agua era el testigo silencioso de mis pecados. Mientras mi cuerpo cansado flotaba en la serena oscuridad de la noche, el murmullo incesante de los canales de Venecia parecía susurrar mi nombre. Me encontraba en medio de un juego macabro, un baile mortífero en el que yo era el director principal y mis víctimas, meras marionetas en mi siniestro teatro.
Aquella noche, el alma de una maestra de segunda fue añadida a mi colección de desgracias. La sangre todavía goteaba de la daga que había utilizado para terminar con su vida. Había dejado su cuerpo sin vida en una pequeña habitación olvidada, envuelta en la misma penumbra que me acompañaba en cada uno de mis actos. Cada asesinato era como un lienzo manchado con la sombra de mi propia existencia, una obra de arte oscura y retorcida que solo yo podía apreciar en su totalidad.
La mañana siguiente, mientras los primeros rayos de sol se filtraban tímidamente entre los canales venecianos, tomé la decisión de huir de aquel laberinto acuático que había sido testigo mudo de mis crímenes. Sabía que debía dejar atrás cualquier rastro que pudiera conducir a mi identidad, cualquier indicio que pudiera revelar mi verdadera naturaleza. Y así, en medio de la temporada de inundaciones, me sumergí en la penumbra de las calles de Venecia, desvaneciéndome como una sombra más en la ciudad de los susurros.
Francia sería mi nuevo refugio, una tierra que también estaba siendo azotada por las inundaciones. Las lluvias torrenciales y los ríos desbordados eran mi manto protector, ocultando mis huellas y borrando los vestigios de mis acciones. Entre las sombras de Venecia y los desbordamientos de Francia, confiaba en encontrar el anonimato que necesitaba para continuar mi siniestro legado.
El viaje fue arduo y lleno de peligros, pero la urgencia de mi escape me impulsaba a seguir adelante. Cada paso que daba, cada latido de mi corazón, estaba marcado por la certeza de que mi arte no podía ser detenido. Mis víctimas eran solo piezas en un rompecabezas mortal, y yo era el maestro de ceremonias, el arquitecto de su destrucción.
Así, mientras las aguas se agitaban y se mezclaban, dejando tras de sí la devastación y la desesperación, yo avanzaba hacia mi nuevo destino. Hacia un nuevo amor.