Capítulo Uno
«Este es un asunto serio para mí. Quizá más serio de lo que debería... Pero me enoja eso... "Quizá".
Me parece vergonzoso que sea un problema serio para mi, porque claramente hay problemas mucho más importantes en la vida que el hecho de si besé o no a alguien. O si salí o no con alguien.
Pero a mí me parece un problema serio. Por lo que antes que nada este debe ser mi intento por creerme que mis problemas si son serios y que debo dejar de menospreciarlos. Porque he pasado mi vida poniendo a lado lo que siento por creer que no es lo suficientemente importante a lo que pasa a mi alrededor, y tal vez es un poco cierto, pero hacerlo también pone de manifiesto el derecho de los demás a ser felices negando el mío propio. Porque solo yo coexisto conmigo en mi cabeza, si no comienzo a darme importancia terminaré loca muy rápido. (Más de lo que ya estoy).
Así que este es mi momento de ser egoísta y comenzar a pensar en mi y solo en mi. Y...».
Abril 16, 2015. Jueves.
Agatha se quedó mirando todas las tonterías que había escrito con un poco de vergüenza. El sol de media tarde caía sobre sus manos y su teléfono, donde llevaba más de quince minutos concentrada escribiendo las tonterías de su vida. Y sí, tonterías, porque obviamente no cumpliría esas palabras de pensar más en sus problemas, no cuando sus problemas eran tan ridículos y poco importantes como no haber besado a nadie en toda su vida.
Ese es el tipo de cosas que no vas por ahí contándole a la gente, porque son ridículas, y en comparación a los problemas reales del mundo, no son más que una nimiedad.
Decidió guardar la nota que había escrito y dejarlo pasar, quizá en algún tiempo la leería y se sentiría aún más ridícula, porque esa idioteces no son las cosas que una mujer de veinticinco años debería escribir. Definitivamente no.
Eran poco más de las tres de la tarde y aún no llegaba a su trabajo, obviamente y por más que culpara al tráfico, la realidad es que había salido diez minutos tarde y que llegaría al trabajo más que retrasada.
El viernes había llegado muy rápido, se había pasado la semana entera prendada de un libro que en sus mejores tiempos habría podido leer en un día, pero que en los absurdos agotamientos que le hacían dormir temprano, solo había podido terminar en cinco, además de que su trabajo cubría por completo su tiempo últimamente.
Veinticinco años después de su nacimiento casi podría jurar que era la más grande de las fracasadas, y al hacerlo también sentirse la más dramática de las personas, porque claramente muchos se enfrentan a diario a problemas y situaciones más importantes que las que últimamente consideraba problemas.
En la escuela no fue la más brillante o excelente, de hecho era la típica chica rellenita y con necesidad de brackets a la que molestaban, pero no fue precisamente a la que la pubertad le sentó de maravilla y quién enamoró al fuckboy de la escuela. Eso solo pasa en libros, de esos que se había pasado esa época leyendo. Tampoco sucedió en la universidad, ni mínimamente. Tampoco eso de encontrar un grupo genial de amigos, viajar, conocer cosas. Nada. Nada de eso fue real, y de nuevo, se la pasó leyendo cosas en las que los demás eran felices.
A sus casi veintiséis, después de graduarse y no conseguir trabajo de lo que estudió, ya estaba un poco más resignada. Los sueños en los que se veía bajando de un elegante auto enfundada en un vestido estilo ejecutiva y tacones agujas, se habían resumido a esa media tarde con el sol pegando en sus brazos en un bus destartalado que la llevaba y la traía de su trabajo en una bodega de carga, donde debía pasar a mano números y nombres de lo que llegaba y salía, y dónde no hablaba más que con sudorosos conductores.
Sus sueños brillantes, dónde conseguía el amor de un hombre maravilloso se habían resumido en suspirar por las páginas de libros, o series, dónde cada semana podría tener un nuevo amor diferente y seguir siendo una jodida ilusa.
—Parada por favor —su voz no era muy fuerte, de hecho a veces también podía sentirse un poco ridícula al hablar.
Cuando bajó del bus, algo paso, sintió una mirada penetrante sobre ella que la hizo sentir mal, había un rostro serio y decaído, de mejillas gruesas, que se enmarca en lo despeinada que iba la persona, a la que la brisa le había puesto cabellos en la cara, y que se veía realmente infeliz. Un escalofrío recorrió su rostro cuando el auto se movió y su reflejo desapareció del cristal. Que fatal podía llegar a verse a veces...
Y de nuevo se sintió mal por ser tan dramática.
Joder Agatha. Debiste ser escritora. O actriz... Pero se te daba fatal.
Su primer sueño había sido ser escritora. Cuando la profesora de literatura les había dejado asignaciones de escribir, ella había podido llenar hojas enteras, y cuando debía leerlos en su clase, sus ilusiones se habían visto un poco magulladas en las caras de disgusto de sus compañeros. Pero eso había quedado en el pasado, mucho tiempo atrás.
Inevitablemente después de muchas críticas, se había convencido de que escribir no era para ella, aunque su hábito viejo nunca había dejado de estar ahí, pensar en al menos tres historias al día, llenar una que otra página de su libreta, y enviarse mensajes con intentos de poemas.
Cómo el de escribir, sus sueños y metas ilusos habían ido quedando en el camino, hasta este momento. Ahora, a poco de su cumpleaños, y sintiéndose patética en demasiados aspectos de su vida, había tomado una gran decisión, comenzaría a saldar sus tonterías y vergüenzas de a poco. Y el punto número uno y trascendental sería besar a alguien.
No llegar a los veintiséis sin una experiencia que debió lograr a los dieciséis. O antes....
Para ello ya había destinado un plan de tres fases, trascendental y perfecto si era bien ejecutado:
1. Dejar de leer romance.
2. Ser más empoderada de su vida
3. Tener mejor autoestima.
Abril 20, 2015. Lunes.
Se supone que a nadie puedes gustarle si no te gustas a ti misma. Pero para ese postulado, el argumento central de esa mañana de lunes, es definitivamente, que puedes gustarle a tus padres aunque no te gustes a ti mismo. Por lo que es una vil mentira.
Definitivamente es más fácil ir por la vida resaltando lo que no nos gusta de nosotros mismos, que lo que sí.
Los planes de Agatha recién se retomaron en lunes, porque el fin de semana se atragantó con dos novelas rosas de portada candente, y recién sentía el peso del cansancio después de solo dormir dos horas por terminar de leer el epílogo tan tarde. Y definitivamente, esa sería la última historia por un tiempo, por lo menos si quería dejar de ser tan fracasa.
Esa mañana además de cansada se había despertado con un pensamiento serio e importante, de esos que no puedes ir pregonando por ahí, porque las personas se darían cuenta que estás un poco idiota.
Resulta que después de leer, y verse en el espejo, notó que los libros también pueden mandar tu autoestima a los suelos. Cosa que ya sabía, pero que en su reciente plan de metas debía tener en cuenta. Las protagonistas pueden ser guapas por lo general, y sin defectos, o unos pocos, no realmente tan importantes, no cuándo eres fea.
Seamos sinceros, sin la necesidad de escondernos en ello de las buenas autoestimas y del amor propio, si no te han besado a los casi veintiséis, ni nunca te han invitado a salir, ni siquiera coqueteado, y por ahí te dicen señora, guapa guapa no puedes ser. Ni siquiera bonita.
—Eres guapa, talentosa, e inteligente Agatha —dijo las palabras mirándose al espejo como recomendaba el gurú de la autosuperación, pero ni siquiera pudo reír ante las palabras, lo que sí se sintieron fueron las lágrimas presionando en sus ojos. Joder con la vida, y joder con eso de no ser bonita.
Es una cosa también de los casi veintiséis, deberías ir por la vida diciendo que ya lo superaste, que el no ser ni un poco guapa no hace eco en tu vida, porque tener el pensamiento se supone que te hace superficial, y quizá un poco menos inteligente, cuando ya de por si no eres inteligente; y cuando el talento es nulo, y la realidad es que no eres ni guapa, ni talentosa, ni inteligente, no es como que decirlo al espejo genera un cambio. Ni el hecho de que a las personas les gusta fingir que todos pueden ser aceptados, que si todos se aman proyectarán en los demás cosas buenas. Es mentira.
Una jodida mentira.
Si estás gordo, la báscula lo demuestra, y las depresiones a la hora de comprar pantalones y salir del probador con un "no me queda bien, gracias", son reales. Si tienes los dientes chuecos y algunos indiscretos los miran demás, es también una realidad, de esas obvias. Si tienes una gran nariz, si tus labios son muy gruesos, que tu boca sea muy ancha, que tú nariz parece ocupar mitad de tu rostro, que tus mejillas sean muy gordas, o tu frente muy prominente.
Todo es real, tan jodidamente real, que duele.
El cielo estaba gris, parecía que incluso el clima confabulaba para acrecentar la tristeza. Ese sería un lunes triste.
Solo debía mantenerse alejada de leer una nueva historia romántica, y de poner baladas tristes. Esa podría ser su meta del lunes, y su meta para el primer beso, una mucho más aterrizada que mirarse al espejo y amarse. Porque de nuevo estaba siendo puro drama y poco vida.
Una sonrisa tonta se posó en sus labios al pensar en lo vergonzoso que sería si alguien pudiera leer sus pensamientos, enterarse de que no había desayunado después de intentar amarse un poco más en la mañana y decirse bonita, porque eso la hizo sentir muy gorda e inútil.
Quizá la persona se compadeciera de ella, cosa que claramente no le gustaría, o pensaría en lo dramática y estúpida que era, que obviamente sería una mejor inclinación. Porque claramente todos sus pensamientos estaban siendo dramáticos últimamente, y muy estúpidos. Pero también, su cabeza era el único lugar en que podía ser libre y dramática, con solo su reproche. Sin temer al de los demás.
—Casi llegas tarde —un brazo se entrelaza con el suyo cuando bajó del autobús.
—Casi llegamos tarde, dirás.
—Bueno si —Lisa rió, su voz era un poco chillona—. Casi no vengo, la resaca está acabando conmigo.
Todas las semanas su compañera de trabajo tenía alguna anécdota de sus buenos paseos, fiestas o visitas de fin de semana. Ella siempre le contaba respecto a libros, y justo esa mañana, eso la hacía sentir aún más deprimida. Su juventud se estaba yendo en un jodido mal suspiro.